No comenté mucho en su momento el libro que los de Panenka publicaron sobre Strelstov, un libro que retrata el horror de la vida bajo la dictadura soviética. Ahora encuentro unas notas dispersas y les doy forma. El autor se hace un hueco en la vida soviética, una vida gris para todos en la
que los jugadores, es verdad, podían aspirar a un apartamento para ellos solos. Un lujo en aquel mundo de mierda, pero en el que los jugadores
de los equipos grandes podían escapar de las estreches de las viviendas comunales a las
que el régimen condenaba a la sociedad.
Eduard tuvo un vida triste, empapada por el alcohol. Campeón olímpico en 1956 al derrotar a Yugoslavia, se convirtió en una estrella, y estaba destinado a ser el líder del combinado en el mundial de 1958 en Suecia. El problema es que, incluso muerto Stalin, el país seguía siendo un Estado autoritario. Aquel triunfo despertó los recélelos de la dictadura, que veía a Eduard veía demasiado alegre, demasiado
occidentalizado en su forma de jugar: un candidato potencial a
desertor. Por eso, no llegó a jugar la final contra Yugoslavia, pese a que era la
estrella del equipo.
Pero hay un olor y un sabor recorren el libro. El del alcohol. En
esa época, todo el mundo lo hacía. "Nadie veía el alcoholismo como una
enfermedad", sostiene el autor. Los futbolistas bebían, todos. Kuzma bebía, Neto bebía, Simonian
bebía incluso Yashin lo hacía. Las relaciones personales eran endebles y el alcohol ayudaba a socializar.
"
El chico maravilla se ha vuelto un consentido" titulaba el
diario oficial Pravda, tras una pelea que acabó Eddi en comisaría siendo analizado a su vez por la policía, meses antes del escándalo que acabó con él en la cárcel.
Insisto en el momento, ya había muerto Stalin pero el jugador conoció la crueldad del sistema penal soviético, y ahí comenzaron sus problemas pulmonares. Tras la condena y penar cinco años en un gulag, poco más que mano de obra esclava, volvió a trabajar en
la fábrica ZIL, como obrero y poco a poco retomó una actividad futbolística que
no había abandonando nunca, ni en los campos. Pero ya no era el mismo y su carrera
tampoco, claro.
Murió joven, con poco más de cincuenta años, víctima de un sistema terrorífico que no consentía la desviación y que fomentaba el alcoholismo...