Amanecemos pronto. Por primera vez en los tres días de viaje está lloviendo. El cansancio acumulado nos decanta por la Gulbenkian en vez de por Sintra. Tomamos el metro hasta la plaza de España. En esta plaza se ubica la embajada española, un viejo palacio del XVIII. Calouste Gulbenkian era un armenio que se hizo rico a principios del siglo XX. Apasionado coleccionista de arte, fue haciéndose con una importante obra a lo largo de los años. El Reino Unido y Estados Unidos intentaron que ubicara la colección en sus países, pero tras la guerra mundial se quedó a vivir en Portugal y finalmente localizó allí su fundación. Paseamos tranquilamente por sus salas. Sigue lloviendo. Me interesa especialmente la parte de pintura impresionista. Al acabar el recorrido por los fondos, visitamos una exposición: “Fotografía e Ingeniería”. La pasión del hombre por dominar a la naturaleza en todas sus formas.
Volvemos al Chiado. Lloviendo es quizá más hermoso. Almorzamos tranquilamente en un restaurante de diseño ubicado en una de las callejuelas empinadas que pueblan la ciudad. Va llegando la hora de partir. Regresamos al hotel. Un taxista nos lleva al aeropuerto. Somos un país pequeño, han subido mucho las tasas. Si estuviéramos unidos a España nos iría mejor. Siempre hay nostalgia en el corazón del hombre. De lo que pudo haber sido y no fue. Pero la nostalgia, como la memoria, suele ser falsaria. Si Portugal fuera una Comunidad Autónoma española me jugaría lo que fuera a que este buen taxista militaría en un partido independentista portugués, y echaría la culpa a Madrid de sus males. La vida tampoco es fácil en España, le respondo. Ya, pero somos países hermanos. Hermoso Madrid; a porta do sol, a praça mayor… remata el taxista mientras a Jimena se le iluminan los ojos.
Fascinante país, Portugal.
Áspera tierra, Tras os Montes de mi infancia, con sabores a Chocolate y gelatina portuguesa, a navajas para niños escondidas de vuelta por Calabor.
Decadente y lánguida Lisboa.
Seguimos viviendo de espaldas a nuestro vecino del oeste. Quizá, no lo sé, por temor a ver reflejados en ellos nuestras miserias.





