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7.3.07

Domingo día 5

Amanecemos pronto. Por primera vez en los tres días de viaje está lloviendo. El cansancio acumulado nos decanta por la Gulbenkian en vez de por Sintra. Tomamos el metro hasta la plaza de España. En esta plaza se ubica la embajada española, un viejo palacio del XVIII. Calouste Gulbenkian era un armenio que se hizo rico a principios del siglo XX. Apasionado coleccionista de arte, fue haciéndose con una importante obra a lo largo de los años. El Reino Unido y Estados Unidos intentaron que ubicara la colección en sus países, pero tras la guerra mundial se quedó a vivir en Portugal y finalmente localizó allí su fundación. Paseamos tranquilamente por sus salas. Sigue lloviendo. Me interesa especialmente la parte de pintura impresionista. Al acabar el recorrido por los fondos, visitamos una exposición: “Fotografía e Ingeniería”. La pasión del hombre por dominar a la naturaleza en todas sus formas.
Volvemos al Chiado. Lloviendo es quizá más hermoso. Almorzamos tranquilamente en un restaurante de diseño ubicado en una de las callejuelas empinadas que pueblan la ciudad. Va llegando la hora de partir. Regresamos al hotel. Un taxista nos lleva al aeropuerto. Somos un país pequeño, han subido mucho las tasas. Si estuviéramos unidos a España nos iría mejor. Siempre hay nostalgia en el corazón del hombre. De lo que pudo haber sido y no fue. Pero la nostalgia, como la memoria, suele ser falsaria. Si Portugal fuera una Comunidad Autónoma española me jugaría lo que fuera a que este buen taxista militaría en un partido independentista portugués, y echaría la culpa a Madrid de sus males. La vida tampoco es fácil en España, le respondo. Ya, pero somos países hermanos. Hermoso Madrid; a porta do sol, a praça mayor… remata el taxista mientras a Jimena se le iluminan los ojos.
Fascinante país, Portugal.
Áspera tierra, Tras os Montes de mi infancia, con sabores a Chocolate y gelatina portuguesa, a navajas para niños escondidas de vuelta por Calabor.
Decadente y lánguida Lisboa.
Seguimos viviendo de espaldas a nuestro vecino del oeste. Quizá, no lo sé, por temor a ver reflejados en ellos nuestras miserias.

6.3.07

Panorámica lisboeta

- La ciudad desde el elevador de Santa Justa.














- El claustro de los Jerónimos

Sábado día 4

Nos levantamos temprano. En la Plaza de Figueira compramos un billete que nos permitirá viajar todo el día en transporte público. Tomamos el tranvía hasta la torre de Belem. Por el camino, el puente del 25 de abril, construido bajo el salazarismo. Las dictaduras, tan amantes de la ingeniería. La televisión portuguesa está haciendo un concurso para elegir al portugués más importante. Entre los finalistas está el dictador. Algo imposible en la España de hoy respecto del general Franco. Llegamos a la Torre de Belem. La perspectiva actual no ayuda a comprender su función (torre defensiva dentro del tajo), pero aun así es un monumento magnífico. La vista sobre el estuario del río en un día gris como este es espectacular. Sigue habiendo turistas españoles. Ahora son casi todos catalanes. Gritones y ruidosos. Tanto luchar por diferenciarse de nosotros para acabar dando la misma imagen que el resto de los españoles en el extranjero. Nos acercamos dando un paseo hasta el monumento a los descubridores. Las dictaduras tienen todas una estética similar. El monumento es bonito, y permite una vista aún mejor sobre el estuario del río, pero no supera, creo yo, a la torre de Belem. Toda esta retórica patriotera tan habitual en las dictaduras ibéricas, cronológicamente fuera de su tiempo y estéticamente bastante pobre.

Como no tenemos prisa, alteramos los planes sobre la marcha y comemos a los pies de los descubridores, en el Restaurante Ja Sei. Jimena y yo compartimos una de las mejores doradas que he comido en años. Los camareros son muy amables. Uno de ellos ha estado varias veces en Barcelona y nos habla de España con cierta admiración. En el restaurante hay varios catalanes. Tras almorzar, nos acercamos a los Jerónimos. El claustro del monasterio me deja, literalmente boquiabierto. Estilo manuelino en todo su esplendor. La grandeza de una época. Hay una exposición sobre la trayectoria del monasterio. Curioso. Para la historiografía oficial portuguesa, los años que van desde las Cortes de Tomar hasta el primero de diciembre son “dominio de los reyes de España sobre Portugal”. El nacionalismo hecho ciencia. El sebastianismo como un eje del imaginario colectivo portugués.

Nuestro paseo continua. Vamos ahora hacia el Chiado. Se nota que, tras el incendio, el barrio ha sido reconstruido, ya que las casas presentan mejor aspecto exterior que en el resto de la ciudad. Tiene Lisboa un aire decadente que la hermana con Porto. Ciudades lánguidas, siempre a la espera de un Sebastián que las despierte y las vengue. Ahora toca un café. Cae la tarde. En breve cenamos; presunto y lulas. Volvemos a estar cansados. Ese oporto nocturno tendrá que esperar. Bajando Garret entramos en la librería Bertrand, la más antigua de Portugal. Como tenemos mucho vicio, damos una vuelta. Jimena adquiere, en portugués, La creación del mundo, de Miguel Torga. Pero los dependientes saben poco de literatura. Otra parada en la FNAC, que nos pilla de camino al hotel. En la habitación, ponemos el canal internacional de TVE, pero su programación es una invitación a la reflexión y la meditación. Apagamos enseguida la tele. Mañana dudamos entre ir al Gulbenkian o acercarnos a Sintra.

5.3.07

Viernes día 2

Vuelo a las 10.30 horas. Volamos con la TAP. Aquí todavía dan prensa y desayuno. Hojeo el mundo y el fancine. Dos realidades diferentes. Los aviones de TAP son estrechos, la distancia entre los asientos es corta, pero el trayecto Madrid Lisboa en avión es breve, así que aterrizamos a las 10.40 hora local. El taxista nos dice que Lisboa es una ciudad pequeña, y que le gusta Madrid. Nos alojamos en el “hotel más lisboeta de Lisboa”, según el ministro que lo inauguró. Salimos dispuestos a descubrir la ciudad. Estamos alojados muy cerca de la Plaza de D. Pedro IV (Praça do Rossio). Decidimos encaminarnos, paseando, hacia la Alfama. Callejuelas. Encanto. Se nos aparece, casi de repente, la catedral. Seguimos subiendo. Un vinho verde en una taberna, para reponer fuerzas. Hay currelas almorzando. Llegamos a la fortaleza en la que se encuentra ubicado el castillo de San Jorge (castelo de Sao Jorge). Comemos en un restaurante dentro de la fortaleza. Tras una deliciosa sopa de pescado, me traen una açorda de marisco que no nos acabaríamos ni entre tres. Aunque casi reviento, no la termino. Sopor de sobremesa. Jimena se lamenta, en momentos como este, de tener una compañía tan poco glamorosa como yo. Seguimos la ruta. Españoles ruidosos por doquier. Jimena intenta practicar el portugués que está estudiando. A mí, la mitad de las veces, me parece estar oyendo a los ancianos de mi pueblo. Caminamos hacia la Plaza del Comercio (Praça do Comércio), la gran obra pombalina en la Lisboa Baja. Una placa recuerda la muerte allí mismo y “por la patria” de un rey. Quizá en Portugal sea posible ser republicano sin ser sectario. Ojalá pasara algo parecido en España. Paseamos por las pequeñas calles y salimos andando en dirección a Belem. Decenas de autocares ocupan las calles. Los señoritos de los sindicatos están descontentos con las reformas económicas del gobierno socialista así que han venido, en autocares pagados por el contribuyente, a echar el viernes a Lisboa. Una estatua dedicada a un héroe local en la guerra peninsular, que es como llaman los portugueses a lo que los españoles denominan, pomposamente, guerra de independencia. Decidimos volvernos sin alcanzar Belem. La plaza donde se ubica el Ayuntamiento tiene una picota en el medio. Hay una galería con artistas portugueses. Entramos. Está oscureciendo. Subimos al Carmo por el elevador de Santa Justa. Descendemos lentamente hacia el teatro de Doña María II. Estamos muertos de cansancio. Cenamos en el hotel. Toca descansar. Mañana, más.
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