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13.4.24

Versos y ciudades

Algunas cosas tomadas de la ruta literaria por Zamora, de Julio Eguaras: “Caminar, ese es el premio”, de Pilar Antón. Descubro que el telúrico verso de Claudio (“Todos llevamos una ciudad dentro, / ciudad que nos alienta y nos acusa”) lo compartió su autor en  pregón que  dio en las fiestas de San Pedro de 1992.

Estos versos al poeta Tomás Sánchez, también de Angel Fernández Benéitez, amigo de Paco Somoza: “Las ciudades, Tomás, y sobre todo aquellas / que envolvieron en niebla nuestra infancia, / dejan huellas recónditas incluso en quienes fueron / muy poco complacientes con su historia…” 

19.1.23

Gamoneda, a propósito de Claudio

El otro día en La Lectura entrevistaban a Gamoneda. Estas dos preguntas -y sus respuestas- sobre Claudio:

P: A Claudio Rodríguez le tiene mucha ley.

R: Mucha. Creo que es el poeta más importante desde Lorca. Era un niño, por otra parte. Podía ser un niño encantador o patoso, pero era poeta. Ha sido el poeta con el que he convivido. Era un poeta genial si no lo entendemos como milagroso, ni profético, ni misterioso. Y siendo un muchacho no sencillo, sino un tanto elemental.


P: También le tiene respeto a José Ángel Valente.

R:  Sí, pero en segundo lugar. El que me da la cifra secreta de poeta es Claudio. Para encontrar a los semejantes tengo que ir a Lorca y a San Juan de la Cruz y a César Vallejo...


Pues eso...


21.3.20

Día mundial de la poesía

Poesía también frente al COVID19, y más en un día como el de hoy. Aquí van algunos de mis poemas fetiches:

  • El de César Vallejo y el último hombre, lo pueden leer aquí
    •  Quizá sea una metáfora
  • El de Kirmen Uribe las historias que no cambian
  • El de Claudio Rodríguez, autor al que citaba hoy Andrea Levy en las redes sociales. 
  • El Spoon River, del maestro Jon Juaristi.
    • Es tiempo de pensar en estas cosas. 
  • Los generales, de Zbigniew Herbert, en estos tiempos de heroicidades calladas sin límite, como Tucídides:
    • Los generales de las últimas guerras […] / gimotean de rodillas ante la posteridad / se glorian de su heroísmo / e inocencia // inculpan a sus subordinados / a los colegas envidiosos / y los vientos hostiles // Tucídides se limita a decir / que disponía de siete naves / era invierno / y navegó con rapidez”.
  • Luis Alberto de Cuenca: en las canciones siempre es verano, qué hermoso texto


Y basta por hoy


Feliz día, pese a todo

20.12.17

¿Será capaz un robot?

Muy interesante el artículo del otro día en El País. ¿Será capaz la inteligencia artificial de crear poemas que nos enamoren? ¿Algún día dirá, como Claudio Rodríguez que si tu la luz te la has llevado toda, ¿cómo voy a esperar nada del alba?. La poesía es al lenguaje, decía Elena González, como la Fórmula 1 al motor...

1.12.15

Tributos

Todos llevamos una ciudad dentro, escribió una vez Claudio. No hay otro igual. No necesita apellidos. Ahora su ciudad le rinde homenaje. Otro más. Siempre serán pocos. El callejero de Claudio.

Otra excusa más para visitar a la imperial vigía sobre el río duradero.

29.1.14

Ochenta años

Mañana hubiera cumplido ochenta años. 

Claudio Rodríguez, uno de los poetas más luminosos del siglo XX. Uno de los grandes. 

Para celebrarlo, el Seminario Permanente que lleva su nombre ha organizado un acto mañana en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora. A partir de las 19.00 horas.

Si andan por la ciudad del alma, no se lo pierdan. Verán, con sus palabras, cómo baja la claridad (del cielo, claro9. Y estoy seguro que no se arrepentirán. 

5.1.14

Nieva en La Raya

Hay algo mágico en esta parte de La Raya.  O quizá no sea que mi forma de verlo. A veces pienso que el paisaje lo llevamos en la vista. Una tierra pobre. Hermosa. Abandonada. No hay en mis palabras ninguna pulsión identitaria. Una tierra como cualquier otra. Ni mejor ni peor. Un mundo configurado por décadas de aislamiento. Y aún así… sale uno a la calle y parece que le está hablando Claudio Rodríguez (Como por estas tierras tan sano aire no hay….). Uno no viene aquí a curarse de nada. Es cierto. Pero cuando uno sube a Los Peces un día como hoy, una mañana serena, de invierno puro, con el sol alumbrando la nieve; uno no puede dejar de pensar que  la paz que uno busca fuera hay que construirla dentro de uno mismo. Y que para ello hay pocos entornos, desolados, solitarios, más hermosos que este. Tenía razón Miguel Torga. Y quizá nosotros, todos estábamos equivocados, ¿verdad hermanu?


3.11.13

Noviembre, claro...

Miraba a nuestro padre, al Lago Mar, (como lo llamaban los monjes y como aún lo sigue llamando Lauru), desde el ventanal. Lo miraba mientras paseaba por la playa. Luego miraba las castañas. Sus pellizos. Y, mientras las apañábamos, todo lo presidía la luz de noviembre. Veía crepitar la leña en la chimenea. Y veía el humo de la lumbre. Y todo lo presidía la luz del otoño. En esas circunstancias, era imposible no recitar a Claudio, al maestro Claudio Rodríguez, en todo su esplendor. 

Había que haber nacido en el oeste para escribir un poema que empezara así...

Llega otra vez noviembre, que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su vida, que es su canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.

16.2.13

Dos versos para comerse una tarde entera....

Ando de poeta en poeta como el infiel que tarda en volver a casa cuando cae la noche, pero siempre acabo de nuevo en Claudio Rodríguez. Mi lectura poética se asemeja cada vez más a un bucle del que no quiero salir porque siempre hay un verso diferente, un nuevo matiz, una claridad imprevista. 

Es difícil concebir una poesía mas hermosa, más entera, más sugerente. Tengo el libro ajado ya, de tanto subrayarlo, de tanto comentarlo. Fue un regalo de 2004, pero no empecé a leerlo de verdad hasta el otoño de 2009. Un par de versos  no se me van de la cabeza. Están en el Libro III del Don de la ebriedad, el poemario con el que un desconocido poeta zamorano de apenas diecinueve años  ganaba el Premio Adonais en diciembre de 1953.

Están en el extraordinario Poema VII. No hay nada más. No hay otra lectura para un sábado como este, en espera de que llegue el domingo. Uno de ellos dice: "La belleza anterior a toda forma / nos va haciendo a su misma semejanza." No me quedan palabras para reflexionar sobre dos versos que darían para un tratado de estética. La relación entre belleza y forma. La duda eterna de quién construye a quién. 

El otro sentencia: "La luz nace entre piedras y las gasta." Hay que haber visto amanecer en Castilla para entender que era ese, y no otro, el matiz que hace diferente los atardeceres y los seranos en la nuestra tierra.

No está mal para ser sábado. 
Disfrute de este regalo, desocupado lector. Hoy me ha pillado con la guardia baja.

13.11.12

Madrugando en Castilla, charlando con el peatón celeste...

 Amigos de ciencias, déjenme que les cuente un secreto. Los territorios, mucho más que realidades físicas, son construcciones culturales. Todos. No existe Castilla, como no existe Cataluña o España. No están ahí, colgadas en el vacío, como el sol o la tierra. No. Están dentro de nosotros. En nuestras mentes. Por eso, cada generación hace y deshace las fronteras. Hoy hace un día fantástico de otoño y nos hemos detenido en el límite provincial entre Ávila y Segovia. Amaneció hace poco. Una escapada. Un viaje para reconstruir mapas olvidados, esa zona de Castilla que no tengo aún en la imaginación, porque siempre la he considerado como zona de paso, a un sueño en forma de Portugal casi siempre. Voy de la mano de un guía, que en palabras de Machado, podría definir como “en el buen sentido de la palabra, bueno”. El otoño está en su cénit y los ocres dominan el paisaje. Un paisaje más amplio que el que veo en la mi tierra cuando paseo, allá en el oeste. Hemos pasado del cereal al vacuno y ya vemos a los lejos los terneros. Y al igual que me pasó el otro día cuando paré en Rueda a eso de las nueve de la mañana de un día laborable, me doy cuenta de que, también para mí, hubo otra España, como hubo otra Castilla. Otra vida en la que haber sido ganadero, o bodeguero. Pero sólo tenemos una vida y por eso, hemos de conformarnos con asomarnos a atisbar lo que pudieron haber sido las otras, ¿verdad?

En cualquier caso, si algún día me pierdo de verdad, búsquenme en algún campo castellano, charlando con aquel peatón celeste al que se dirigía Claudio Rodríguez, aquel peatón “[…] que en el invierno / a las claras del alba dejas tu casa y te echas / a andar, y en nuestro frío hallas abrigo eterno / y en nuestra honda sequía la voz de las cosechas.”

13.10.12

Mirando, era otoño...


Mirar. Ver. Los ocres. Los tonos de Castilla. Es Castilla, miradla… Sonaba Barricada en el Iphone, esa canción fetiche para un mes hermoso: Acabé quemando mi nariz  / Sólo en octubre me siento así / Y ese viento que pega de frente / No deja a los ojos descansar. Las castañas. Que en la mi tierra se apañan, no se recogen. Pasear por el Barreiro, bajar hasta Llagona. Los versos de Claudio. Dejad de respirar y que os respire la tierra, nos conjuró un día. El sol empieza a irse pronto. Quedan las sombras. Queda el caldeiro, junto al fuego, con la berza encima de los frutos que crepitan. Siempre fue esta una tierra de magia, en el serano, al caer la tarde, o ya en la noche. “Contar historias y viejas baladas” hubiera dicho Yosi...

La paz que da reconocer las derrotas. Todas las derrotas, sin que quede ninguna por asumir. Y hacerlo mientras uno pasea en compañía de viejos amigos. Ese es el primer paso para empezar de nuevo:  la libertad del “[…] corazón cuando late sin tiranía, cuando / resucita y se limpia”.

Son las castañas. Es el otoño. Una estación que sólo se disfruta en la madurez. Ya lo escribió el bardo zamorano: “Estas castañas, de ocre amarillento, / seguras, entreabiertas, dándome libertad / junto al temblor en sombra de su cáscara”.

23.9.12

Rayanos, como Torga...


El Día de la Provincia. El día en que nos reconocemos como zamoranos.  Hay quien acusa a Zamora de ser una realidad artificial, y lo hace desde la barra del bar, mientras se imagina español, o izquierdista o ecologista. Como si hubiera alguna identidad que no fuera fruto de nuestra imaginación. El Día nació en 1963, como un homenaje a la a la “familia campesina”. Al año siguiente Benavente y en octubre de 1965, en octubre, el Día se celebro en la mi tierra, en la Villa. Al año siguiente, en 1966, se celebró en Toro y, tras pasar por la Fuente del Saúco, el Bermillo de Sayago, la Villa que llaman de Alpando, Al-Qannis, volver a Zamora y llegar a Fermoselle en 1972, dejó de celebrarse. Hubo un nuevo intento a mediados de los ochenta, en la capital y no se volvió a organizar hasta el año 2000. Y desde entonces ahí seguimos. Premiando, entre otros, a los zamoranos en la diáspora o a los zamoranos emprendedores, en un almuerzo que pagamos a escote.

Me gusta esta provincia indefinida e irredenta, heterogénea y fría; claudia. Me gusta esta tierra. No porque sea la más hermosa, que las hay mucho más hermosas, ni porque sea la mejor. Me gusta  porque siempre ha vivido en mí algo La Raya. Esas identidades a medio camino entre lo que somos y lo que creemos ser.


PS: […] “Y si algún día / la soledad, al ver al hombre en venta, / el vino, el mal, o el desaliento / asaltan lo que bien has hecho tuyo, / ponte como hoy en pie de guerra, guarda / todas las puertas y ventanas como / tú has hecho desde siempre, / tú, a quien estoy oyendo igual que entonces, / tú, río de mi tierra, tú, río Duradero”. (Claudio, claro)

21.6.12

Hopper y la luz de Claudio Rodríguez


Me acerqué a ver a  la exposición de Hopper, en el Thyssen. Los clichés me rodean, y no es fácil írselos sacando de encima. Uno claro: la ausencia de alta cultura en los Estados Unidos. El país de la música y el cine, pero no de la pintura o la literatura. Es un tópico, claro, y como todos esconde mucha generalización. Y los mejor de los tópicos es írselos comiendo, uno a uno, como me ha pasado a mí con Kennedy Toole, con Salinger y con Capote. A Hopper lo conocí tarde, a través de una postal furtiva. Era agosto y ya sabe, desocupado lector, que Lisboa resplandecía.  La exposición es magnífica,  y a mí algunos aires de los cuadros me recordaban a los aires Sorolla. La luz. Quizá nada identifique mejor a esas pinturas de los hermosos años veinte como la luz. La luz de Claudio Rodríguez. Todo en la obra de Hopper es luz. Y es modernidad. Una gasolinera, una oficina, una pareja en casa. Silencio. Incomunicación. Alguien tenía que pintar aquel mundo que estaba llegando para quedarse. El mundo moderno en el que el bullicio de la aldea desaparece engullida por los silencios de la ciudad. Una vía del tren, un vendedor en la calle. Uno se imagina a Scott Fitzgerald y a  Zelda  tomando el sol en alguno de los cuadros.  Un sol que le da a uno de frente cuando se ubica en la perspectiva correcta delante del lienzo.

Hermosa visita, hermosa conversación.

Remansos de lucidez cuando sólo queda ya barbarie.



PS: En La Montaña, que esta tarde toca predicar. Qué distinto el viaje de aquel de septiembre. En algunos casos, creo que he envejecido, desde entonces, varias décadas.

5.4.12

Libros, mientras atardece...

Me llega el último anuario del Florián. El Florián es el Instituto de Estudios Zamoranos, por si tengo algún desocupado lector que lo ignora. Siempre que me llega el anuario lo abro y lo disfruto al azar. Me doy de bruces con dos ponencias sobre Claudio Rodríguez. Veo atardecer desde la Puebla, sentado en la puerta de La Cartería, y recuerdo sus versos “La luz nace entre piedras y las gasta”. Es imposible decirlo mejor. Algo también sobre Petavonium: algún día deberé meterme con el pasado romano de la mi tierra. Que no quedaran restos no significa que no hubiera cultura, me dice Al Pacino Cachavo, Ballestero de San Francisco, mientras se nos va la cabeza con los farinatos que prepara su madre. Ya no llegamos a tiempo para estudiar el pachuecu, le contesto mientras hojeo uno de los libros de temática senabresa que cobija su estantería.

Viejos libros.
Buenos vinos.
Viejos amigos.
Estoy en la mi tierra.

29.1.11

Investigaciones fragmentadas

Lo bueno de ser politólogo es que uno va por la vida investigando sin método y sin concierto. Si hubiera estudiado algo serio, sabría que uno no puede arrogarse conocimientos de los que carece cuando se rasca un poco la pátina superficial que lo recubre.
Un par de semanas investigando. A ratos muertos, claro, porque uno ha de vivir y no se dedica a ir por ahí investigando en horas de trabajo. Sobre Ponce de Cabrera; vaya tela que hay más información sobre él en la wikipedia en inglés que en castellano. Así somos. El Príncipe de Zamora. Una figura de leyenda. Señor de la mí tierra. Y gerundense. La lucha por el poder como eje de una vida.
Como no tengo medida, he alternado esto con Fabriciano Cid y con López Monís, los diputados por el distrito sanabrés durante los primeros años del XX, en plena Restauración. Amigos políticos. Caciquismo en estado puro. He visto una carta, fantástica, que hoy sería delito: estimado amigo, gracias por moverme los votos en tu municipio, ya me dirás en qué puedo ayudarte durante esta legislatura. Mil años después de Ponce y lo único que se mantiene es el apetito de poder.
Quizá eso nos hizo humanos, y no sólo el prensil, como explican en el MEH.
Hablando de Burgos. Qué hermoso es recordar el viaje delante de un café. Al recordarlo, uno parece vivir incluso otro distinto. Qué feliz puede llegar a ser un sábado. Lo escribió Claudio Rodríguez, claro: "Una mirada, un gesto / cambiarán nuestra vida".
Para que luego haya gente que no crea en la magia...


PS: Y mañana, debuto como nadador con Elicia... ¡qué ilusión me hace!

3.1.11

Tarde de fútbol

Estuvimos en el fútbol. Para mí, ir al fútbol es, desde hace años, ir a ver al Zamora. Recuerdo la primera vez, aún jugaban en La Vaguada, hace mil años. Contra el Guernica. Volví. Muchas veces. Los años que estaba en el grupo con los equipos de Madrid, varias veces. Aquel mítico cero cuatro en la ciudad deportiva. Aquellos insultos de Fabri en el campo del Alcalá. Aquella tajada de Amador en el campo del Sanse. Aquel Sestao ya en el Ruta.

Estuvimos en el fútbol. Llegar a la capital tras colgar el teléfono, ir de pinchos por la zona del Lobo, almorzar en Casa Cipri (reservado ya en la memoria el almuerzo en Los caprichos de Meneses), echar la sobremesa en Michelos. Un puro, ahora que ya no se puede fumar. Llegar al fútbol. Abrazo con David. A Tribuna, que no al Palco.

Estuvimos en el fútbol. Es interesante bajar a ver un partido a estas categorías alejadas de los focos y del oropel. Todo el público cargando contra el entrenador, la mitad de la grada cargando contra la juez de línea. Un partido malo, un correcalles, pero me encanta el ambiente, el termo, el bocata, las pipas, los niños gritando. Las pipas, las pipas en Zamora.

Al final perdió el Zamora. Buen equipo el Alavés, y magnífico entrenador Tomé. Siguen jugando bien sus equipos.

Salimos del estadio. Allí está el cementerio de la ciudad. No puedo dejar de acordarme de Claudio Rodríguez, allí enterrado, cuando paso por su puerta, esta ciudad, tan suya. Esa forma de mirarla. Esa forma de ver “sobre todo el aire, / el temple de Duero”.

Dejamos la ciudad a la espalda y volvimos a la Sanabria. Había oscurecido ya. La sierra de la culebra, llena de estrellas, como sólo se ven ya por Castilla. También lo dejó escrito él: “Es el olor del cielo, / es el aroma de la claridad”.

Mi refugio en el oeste.

1.1.11

Puertas para uno, de camino a la mi tierra.

En 1965, con apenas treinta y un años, Claudio Rodríguez publicaba su tercer libro, Alianza y Condena. Uno de los poemas más hermosos del libro (Ciudad de Meseta) narra, en sus inicios, el viaje que más de cuarenta años después realizo yo en este instante a la Sanabria:

Como por estos sitios
tan sano aire no hay pero no vengo
a curarme de nada.
Vengo a saber qué hazaña
vibra en la luz, qué rebelión oscura
nos arrasa hoy la vida.
Aquí ya no hay banderas,
ni murallas, ni torres, como si ahora
pudiera todo resistir el ímpetu
de la tierra, el saqueo del cielo. Y se nos barre
la vista, es nuestro cuerpo
mercado franco, nuestra voz vivienda
y el amor y los años
puertas para uno y para mil que entrasen.






7.12.10

Todos llevamos una ciudad dentro

Pasear por Zamora. Una ciudad junto al Duero. Estos burgos en los que demora su partida el invierno. El río. Los tres árboles. La ciudad medieval. El rosetón de Santiago del Burgo. Santa Clara para arriba. Santa Clara para abajo. Un café al lado del Consultivo. Cenar en Los Caprichos de Meneses, mejor cenamos solos, deja, yo te invito. Almorzar en el Rey Don Sancho. Una copa en El Ópera. Creo que es su guardaespaldas. El sayagués. Aquel Iphone durante unos minutos. Aquella ponencia. Luego en Toro. Nuestra bodega. Nuestros vinos. Probar la nueva cosecha del uno. Vino y música: la cultura en su máxima expresión. Unos vinos por la noche, de nuevo en la capital.

Y mañana volver a Madrid, despacio, saboreando el viaje. No siempre los viajes tienen lugar cuando pensamos. Uno a veces viaja por una ciudad y se sumerge, sin darse cuenta, en un viaje por la memoria que esa ciudad le ha dejado.

Lo escribió, ¿quién si no? Claudio Rodríguez: Todos llevamos una ciudad dentro, / ciudad que nos alienta y nos acusa. / La ciudad del alma. / Calles, sonidos de campanas y de pasos, / y la luz, / sobre todo el aire, / el temple del Duero, / las piedras que nos fecundan.

14.10.10

De nuevo hacia el oeste, los pequeños placeres de lo cotidiano

Estoy de viaje. Hacia el oeste. Sigo contracturado. Mi tos parece la de un fumador crónico. Pero está llegando el otoño. Y el otoño es una estación hermosa. Amarillean los árboles. Claudio Rodríguez me enseñó, nos enseñó, a mirar el cielo. Él cantaba mucho en esta estación: “Cuánto calor habré perdido” decía en uno de sus mejores poemas. Esta mañana, mientras me duchaba, pensaba en otros versos suyos: “Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana / qué salvadora. Qué / luz tan íntima. Me entra y me da música / sin pausas / en el momento mismo en que te amo, / en que me entrego a ti con alegría”. A mí los amores me han nacido siempre en otoño, cuando se acerca ya el invierno. Seguro que es por algo. Quizá sea por la luz de cuando acaba el verano. La luz, en palabras del poeta “codiciosa, olvidadiza y cárdena” de noviembre. Esa luz que “nace entre piedras y las gasta”.

Saber que en otoño, cada mañana es la primera.

Un año antes de morir, el poeta checo Jaroslav Seifert publicó sus memorias con el inolvidable título de “Toda la belleza del mundo”. Es difícil expresar mejor lo que siento en algunos momentos.


PS: Pedro García Cuartango escribía ayer en El Mundo: “El calor del verano puede ser insoportable, la primavera crea expectativas desmesuradas y en invierno hace demasiado frío, pero el otoño es una estación abierta a los pequeños placeres de lo cotidiano”.