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13.11.21

Por tierras de Castilla

Caímos por Berlanga. Las tierras del Cid, y de Machado. El castillo fortaleza, fruto del temor a una nueva revuelta comunera. Tierras de los Duques de Frías, Velascos y Tovares, almirantes de Castilla y que hicieron desaparecer media docena de iglesias románicas para levantar una imponente colegiata. Castilla tiene más monumentos de los que es capaz de gestionar. Paseo por la ribera a la tarde cayendo el sol. No hay mejor momentos que el otoño declinante ya en las tierras del Duero un sábado por la tarde. Caímos también por Abanco, una pedanía ya medio abandonada con una Iglesia que es casi medio pueblo; un lugar en la que disfrutar de la hospitalidad de los amigos y ver correr a los rapaces. 

Era domingo y era noviembre, "que es el mes que más quiero"

21.10.14

Esas sábanas heladas...

Esos pueblos de Castilla que mueren cada año cuando llega el otoño. Ese olor leña crepitando en la lumbre. Esa bolsa de agua caliente. Ese vaho. Esas sábanas héladas. Esos ocres. Esa sabiduría rural. Ese placer de disfrutar de un día de campo...

Toda esa tristeza de otoño, que sólo Pedro García Cuartango es capaz de transmitir. 

No se la pierda, desocupado lector. 

3.11.13

Noviembre, claro...

Miraba a nuestro padre, al Lago Mar, (como lo llamaban los monjes y como aún lo sigue llamando Lauru), desde el ventanal. Lo miraba mientras paseaba por la playa. Luego miraba las castañas. Sus pellizos. Y, mientras las apañábamos, todo lo presidía la luz de noviembre. Veía crepitar la leña en la chimenea. Y veía el humo de la lumbre. Y todo lo presidía la luz del otoño. En esas circunstancias, era imposible no recitar a Claudio, al maestro Claudio Rodríguez, en todo su esplendor. 

Había que haber nacido en el oeste para escribir un poema que empezara así...

Llega otra vez noviembre, que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su vida, que es su canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.

13.10.12

Mirando, era otoño...


Mirar. Ver. Los ocres. Los tonos de Castilla. Es Castilla, miradla… Sonaba Barricada en el Iphone, esa canción fetiche para un mes hermoso: Acabé quemando mi nariz  / Sólo en octubre me siento así / Y ese viento que pega de frente / No deja a los ojos descansar. Las castañas. Que en la mi tierra se apañan, no se recogen. Pasear por el Barreiro, bajar hasta Llagona. Los versos de Claudio. Dejad de respirar y que os respire la tierra, nos conjuró un día. El sol empieza a irse pronto. Quedan las sombras. Queda el caldeiro, junto al fuego, con la berza encima de los frutos que crepitan. Siempre fue esta una tierra de magia, en el serano, al caer la tarde, o ya en la noche. “Contar historias y viejas baladas” hubiera dicho Yosi...

La paz que da reconocer las derrotas. Todas las derrotas, sin que quede ninguna por asumir. Y hacerlo mientras uno pasea en compañía de viejos amigos. Ese es el primer paso para empezar de nuevo:  la libertad del “[…] corazón cuando late sin tiranía, cuando / resucita y se limpia”.

Son las castañas. Es el otoño. Una estación que sólo se disfruta en la madurez. Ya lo escribió el bardo zamorano: “Estas castañas, de ocre amarillento, / seguras, entreabiertas, dándome libertad / junto al temblor en sombra de su cáscara”.

15.9.11

Con delicadeza, en septiembre...

Cuando llega septiembre por esta tierra la luz empieza a contraerse.
Es un movimiento tenue, casi imperceptible, que lo deja todo listo para el otoño. Los días se acortan, las emociones se multiplican y durante unos pocos días, las ciruelas ya maduras están en su punto para recoger del árbol. Mi ahijado me ve y sonríe. Son tres niños y los tres vienen conmigo a por ciruelas. Están dulces. Aquí cuando no hiela, la fruta se da bien. Y ninguna como la ciruela en septiembre. Nos acercamos al árbol. Vamos cogiendo por turnos. La luz va terminando de recogerse y el verde se ve ahora puro, como en un poema de Claudio.
Pelamos y comemos. Sin prisa, sin pausa.
Está llegando el otoño, digo en voz alta mientras los miro, ¿no os habéis dado cuenta?
Me miran.
Sonríen.

17.11.10

El último del círculo

Compro en el Círculo en homenaje a mi padre. No creo que nunca sea capaz de darme de baja. Vino a Madrid. Con la poca cultura que una España salida de una guerra maldita daba a los niños en los pueblos. Pero siempre ha valorado los libros. Y ha leído mucho. Se hizo del Círculo hace tantos años que ya casi ni me acuerdo. Es más, yo no debía de haber nacido. Ayer me llegó el último pedido. Después del Reich. Una reflexión sobre un tema que me abrió Sebald, a través de Jesús, hace ya muchos años. Cómo acabó la guerra para el pueblo que la perdió.

Hablando de libros. Sigo mediado con la inquietante novela de Muñoz Molina que también compré ahí. Una historia que tiene párrafos que parecen escritos por mí. Y para mí. Es lo que tiene la literatura. A veces uno piensa que está viviendo algo que nadie ha vivido y basta con abrir un libro para darse cuenta de que las pasiones, los recelos, los engaños, las ganas de vivir, la búsqueda de la felicidad acompañan al hombre desde que el primer simio tomó conciencia de sí mismo. De que las cosas que nos pasan, vistas en perspectivas, son más normales de lo que nosotros pensamos. Porque somos personas. Y las personas, como dijo Isaiah Berlin, tenemos un fuste torcido con el que, gracias a dios, es imposible construir nada recto. Y no pasa nada. Claro que no

Por cierto. Ahí va un blog. Quizá para otro tipo de lectores. Por si quieren visitarlo, pinchando aquí. De nada.

Llueve. Y está siendo buena semana. Claro, es noviembre


PS: “Si se consigue estar sentado en una silla, en silencio y a solas, en una habitación, es que se ha recibido una buena educación”, escribe Pascal.

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 495

9.11.10

Centenarios en otoño

Hay centenarios que pasan desapercibidos. Quizá porque el centenariado cae sobre alguien que no es progre. Luis Rosales. Creo que ya hablé de él en alguna ocasión. Poesía lenta. Suave. Un hombre serio. Marcado por un estigma; la muerte de Lorca. Un poeta para recordar, ahora que llega otoño, que es fiesta aquí en Madrid y que me empieza a gustar, a mi edad, la forma de narrar de Muñoz Molina. Una voz culta, dura, grave, una voz en off contando una historia lejana sobre nuestra guerra, sobre nuestra maldita guerra, sobre nuestra puta guerra en la que, por una vez, ni los buenos son muy buenos ni los malos son muy malos.

Cojo a Rosales y lo leo al azar. Me acompaña mientras escribo y me dice, adusto: “No sé, siempre es así, tu voz me llega / como el aire de Marzo en un espejo, / como el paso que mueve una cortina / detrás de la mirada”.

Es fascinante ver cómo alguien escribió, hace tantos años, lo que uno puede sentir ahora mismo.

Es ya la tarde.


PS: "A Ignacio Abel los primeros síntomas indudables del otoño le deparaban un estado de expectación ilusionada que no tenían ninguna causa precisa y que tal vez no era más que la reverberación en el tiempo de una lejana felicidad escolar de cuadernos nuevos y lápices" [...]

Muñoz Molina, A: La noche de los tiempos. Círculo de lectores, Barcelona, 2010. Pág. 45

1.11.10

Lecturitas... de otoño

Ya ha entrado el otoño. En la Sanabria. Amarillea. Me he traído el libro de John the Minor y estoy empezando con La noche de los tiempos. Tengo algún problema con Muñoz Molina. Me parece un gran tipo. Bastante digno. La colección que dirigió en Círculo fue fantástica, recuperando la memoria de las víctimas de los totalitarismos fascistas y comunista del siglo XX. Algún sábado, furtivo, me compro el fancine de prisa sólo por leer su artículo en Babelia. Pero me fallaba, hasta ahora, como novelista. Beltenebros me aburrió. O no lo entendí. O las dos cosas, yo qué sé…

Todo el mundo me habló bien de su último libro, La noche de los tiempos; el tema no es malo, aunque esté trillado y no será, pensé, la típica colección de tópicos maniquea. Llevo unas sesenta páginas. No está mal escrito, ni mal narrado, pero me falla algo. Frases muy largas, un narrador que lo sabe todo y que va contando lo que le parece, pero nada más. Quizá exige demasiada concentración y a mí, a estas alturas, lo único que no se me puede exigir es concentración en la lectura de una novela.

Venía con ganas de leer. Y de escribir. Pero mi padre me saca de casa. Me lo pide y aunque protesto y berreo, al final voy con él. Me siento culpable si, para dos días que estoy, no lo acompaño. Ya voy teniendo identificadas varias fincas, hoy fuimos paseando hasta la cerrada del Barrio. La calle se la ha comido la maleza y el Ayuntamiento es tan pobre que no puede mantenerla abierta. Nos cuestas llegar y nos cuesta salir. Una metáfora del abandono de lo público a las zonas rurales en esta España postmoderna donde somos todos tan altos, tan guapos y tan ricos. Es fascinante. Mi padre tiene el pueblo entero en la cabeza. Cuando le pide que me marque la linde de algunas de sus fincas, se remonta a unos sesenta años, y me cuenta la historia de la finca de sus abuelos o sus bisabuelos. Y me habla, como si fuéramos los Buendía, de "la casa del Barrio" y "la casa del Franco", para referirse a sus linajes. Recuerdo, hablando con él, ese capítulo, el trigésimo noveno, en el que D. Miguel, el judío de Cervantes, descubre para quien quiera leerlo, sus orígenes: "En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque en la estrecheza de aquellos pueblos todavía alcanzaba mi padre fama de rico [...]"

Vale

14.10.10

De nuevo hacia el oeste, los pequeños placeres de lo cotidiano

Estoy de viaje. Hacia el oeste. Sigo contracturado. Mi tos parece la de un fumador crónico. Pero está llegando el otoño. Y el otoño es una estación hermosa. Amarillean los árboles. Claudio Rodríguez me enseñó, nos enseñó, a mirar el cielo. Él cantaba mucho en esta estación: “Cuánto calor habré perdido” decía en uno de sus mejores poemas. Esta mañana, mientras me duchaba, pensaba en otros versos suyos: “Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana / qué salvadora. Qué / luz tan íntima. Me entra y me da música / sin pausas / en el momento mismo en que te amo, / en que me entrego a ti con alegría”. A mí los amores me han nacido siempre en otoño, cuando se acerca ya el invierno. Seguro que es por algo. Quizá sea por la luz de cuando acaba el verano. La luz, en palabras del poeta “codiciosa, olvidadiza y cárdena” de noviembre. Esa luz que “nace entre piedras y las gasta”.

Saber que en otoño, cada mañana es la primera.

Un año antes de morir, el poeta checo Jaroslav Seifert publicó sus memorias con el inolvidable título de “Toda la belleza del mundo”. Es difícil expresar mejor lo que siento en algunos momentos.


PS: Pedro García Cuartango escribía ayer en El Mundo: “El calor del verano puede ser insoportable, la primavera crea expectativas desmesuradas y en invierno hace demasiado frío, pero el otoño es una estación abierta a los pequeños placeres de lo cotidiano”.

13.10.10

Levantar los ojos y escuchar al afligido

Días castellanos. Va entrando el otoño. Dejó de llover cuando llegamos y no llovió hasta que nos fuimos. A veces el tiempo nos respeta. Pasear. Una señora de unos sesenta años, en la puerta de su casa, me aborda y levanto la vista del libro, claro. Empieza a hablar: “hace un año ya y cada vez lo echo más de menos, se me cae la casa encima, no sé si hay que podar ahora, pero me entretiene, perdona que te interrumpa, ibas leyendo y yo aquí molestándote. No se preocupe, por dios, le dije". Hablamos un rato. Cuando me iba a ir apreté sus manos contra las mías. Manos ya envejecidas, unos setenta años. Es la vida, y hay que hacerse a ello. Lo sé, pero me cuesta, han sido tantos años. Ni aquí ni en Madrid estoy bien, no puedo dejar de pensar. Un marido muerto de cáncer, hace ya más de un año. Hazlo por tus hijas, y por tus nietos, es otra etapa que empieza ahora. La vida son etapas, pensaba mientras que la veía llorar furtivamente, y no darse cuenta de ello es no entender porqué ocurren las cosas que nos ocurren. Pensaba también en algún poema de Auden, que recitaba en silencio, como una letanía, mientras me alejaba.

En fin, que en el finde hubo ratos para todo. Para el silencio. Para pasear con Gonzalo, un niño que hace magia con un palo de roble mientras da de comer a un caballo. Para tomar una copa a orilla de la chimenea, para disfrutar de la hospitalidad de maese Joao en Escuredo. También para soñar, claro, para soñar sueños.....sueños, sueño....


PS: Auden escribió una vez: […] "el secreto que fue verdad de siempre / pero antes conocía una élite / y a todos ha obligado a aceptar / que la norma del hombre es soledad, / que cada uno hace su viaje a solas […]. WH Auden. Carta de Año Nuevo

PD: Contractura en el trapecio. Apenas puedo decir “no” con la cabeza. En fin

9.10.10

Reflexión bajo la lluvia por la Autovía del Noroeste

De camino a la Sanabria.

Ir a por cucurriles (macrolepiotas para los españoles en general), para hacerlos luego a la lumbre. Ir a pasear sobre el campo mojado, de camino al Peñón de la Palla, y bajar por Avedillo hasta Cobreros. Ir a respirar. Si ha llovido bastante, ir a apañar castañas. Porque en mi tierra las castañas no se recogen, se apañan, sacándolas delicadamente del pellizo que las envuelve. Si hay suerte, ver si las nogales (en mi pueblo las frutales son casi todas femeninas, fíjese qué cosa tan rara, desocupado lector) han dejado nueces por el camino, antes de que se las coman las ardillas. Ir a tomar un café al Doña Amelia, mientras llueve. Quizá un juego de mesa. Apañar también algunas manzanas, caídas ya, y unas pocas peras.

Es fascinante lo que un finde largo da para hacer en la Sanabria, con lluvia o sin ella.


El coche se va comiendo la nacional seis mientras recuerdo los versos que Claudio Rodríguez escribió sobre “Aquella tierra donde el sol madura”, que es como se refería a la mi tierra senabresa. Unos versos, lector, que comparto fugaz con usted llegando casi ya a la legendaria Malgrat: “[…] Quiero ver aquel terreno, / pisar la ruta inolvidable, oír / el canto de la luz aquella, ver / cómo el amor, las lluvias / tempranas hoy han hecho / estos lodos, vivir / esa desenvoltura de la brisa / que allí corre […]”.

5.12.09

Tiempo desapacible

Qué ingrato todo.
Qué ingrato el hombre, sobre el que es inútil hacer cualquier juicio moral. El hombre, el único animal que traiciona con una sonrisa en la cara.
Qué ingrato todo.
Qué ingrato el trabajo. Broncas. Voces. No sé si voy a poder.
Áspero mundo, en fin, también para mis dos manos.
Al menos, me queda la escritura.

PS: Quiero dormir, no quiero despertar, / quiero ser la lluvia al otro lado del cristal, / quizás alguien me espere en la oscuridad". (Ismael Serrano)


7.10.09

Hoy no tengo ganas de escribir

Hoy no tengo ganas de escribir. Quizá porque es domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza).

Es octubre. Suenan los secretos.

Quizá sea eso

O quizá no.

El caso es que no tengo ganas de escribir. Leo a Vallejo, como siempre, aunque sé que hablando de la leña no callo el fuego.

Leo a Vallejo. Te vas haciendo mayor, me dice, y aunque tus labios no están hechos de jebe, y aunque no humea en ellos la pavesa de un cigarrillo, también se ve en el humo que no expulsas el tórax de un café y a través de este tórax no es difícil ver un óxido profundo de tristeza.

Y mañana, ya sabes: te despiertas al amanecer, sabes bien lo que debes hacer…

PS: "Pero cada experiencia, cada amistad, es fruto de un momento determinado de esta vida, y sólo vale, sólo se realiza, en su contexto. Las relaciones humanas poseen una fragilidad de jarrón. Un día se caen y se rompen. Que podamos o no recomponer la pieza dependerá del número de trozos que haya que pegar. Pero incluso en el mejor de los casos […] se verá la marca del destrozo".

Pericay, Xavier: Filología catalana. Memorias de un disidente. Barataria, Barcelona, 2009. Página 391

19.11.08

Era noviembre

El tren atraviesa Castilla. Son apenas las siete y media de la mañana. Va amaneciendo. La prensa habla de Garzón y de su manifiesta incompetencia para abrir las fosas, y de que el gobierno reacciona con brillantez ante la crisis saltándose el límite de 3% de déficit. Hace frío. Las mañanas de noviembre son lo que son. La soledad y el ángulo recto. Castilla. Es apenas inteligible, a estas alturas de la historia, que en esta parte de la península se creara un reino, y luego una corona que fue parte fundamental en la creación de una nación que luego expandió su lengua por el mundo. Castilla hoy es, y para mí ha sido siempre, pues no la he conocido de otra manera, un sitio del que la gente se va. Un lugar en el que quien se disculpa es el que se queda (verás, quiero una vida tranquila, para mí y para mis hijos…). Castilla es un sitio vacío, sale uno de Madrid por la a seis y desde que entra en Castilla hasta que llega a su destino apenas hay otra cosa que campo y páramo. Una región en la que hay zonas, como la mía, con una densidad similar a las regiones polares de Suecia y de Noruega.
Castilla es, además, el lugar donde me fui haciendo mayor. Y de aquí saqué parte de sus virtudes y muchos de sus defectos. Ese carácter tímido, ese horror ante las muchedumbres, esa parquedad en los gestos…
Ya casi hemos llegado. Con tanto palique se nos ha hecho de día. Hoy he bajado la guardia y he hablado demasiado de mí, desocupado lector. Debe de ser noviembre. Sus colores, cuando atravieso Castilla, me vuelven melancólico.

PS: "He ido muy lejos a admirar las escenas de la naturaleza; habría podido contentarme con las que me ofrecía mi tierra natal".
Chateaubriand
, François de: Memorias de ultratumba (Libros I-XII). Tomo I. Página 205.

9.11.07

Ocre

Hay un color que describe el otoño. Incluso un otoño inusual, como este, en el que llegamos, en la Sanabria, a los veinte grados de día para caer a los cero durante la noche. Es el ocre. Pasea uno por su pueblo y el paisaje es una paleta impresionista: los álamos, los sauces, a los que aquí les decimos salgueiros, los negrillos, que en otras partes llaman olmos. Del verde pálido al amarillo oxidado. Del ocre al vino. Uno se podría quedar horas mirándolos. La alfombra que forman las hojas caídas de los castaños. Las nogales, desnudas. Árboles majestuosos que rodean al pueblo y que forman parte de mi memoria.

Aprovecho la caída del día para acercarme al cementerio. Siempre me han parecido sitios interesantes. Tantas vidas resumidas en dos cifras. Hay flores. Y vidas que no volverán. Paseando por un cementerio, entiende uno mejor aquello del “descanso eterno”.


PS: Hoy se cumplen dieciocho años de la caída del muro. No sólo ningún partido comunista del mundo ha pedido disculpas por lo que hicieron, sino que en algunos países rumbosos, como el nuestro, siguen estando en el Parlamento. Unos cien millones de muertos. No dejen de leer, si lo encuentran El libro negro del comunismo. Lo decía Arcadi Espada en el mundo de hoy. Lo único real del socialismo fue su caída. Todo lo demás era mentira