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16.10.12

Más series, sin salir de los EEUU


Sigo con las series. Rematé la tercera del Ala oeste. Se va animando. Una serie en la que se lo sigue comiendo todo la majestuosa presencia de Sheen en el papel de Barlet, y en la que va creciendo Leo. Un Barlet, por cierto, que creo que es el presidente que menos trabaja del mundo, qué bárbaro, no pasa más de un minuto leyendo el mismo papel ni sentado en la misma silla. No se la va la moralina de Sorkin, de qué buenos, qué demócratas, que compasivos y que cool somos frente a la barbarie de la derecha, pero es lo que hay. Mi querido Seaborn va desapareciendo y se va haciendo más complejo el papel de Lyman. La serie me sigue pareciendo, a estas alturas, una buena excusa para comprender el funcionamiento del sistema político norteamericano (el papel de la esclerosis del presidente, por ejemplo), un rara avis en sí mismo y que probablemente no es exportable a ningún otro lugar del mundo, porque es un sistema que tiende, se mire por donde se mire, a la inestabilidad

Por cierto que en breve empiezo con la cuarta y también con la primera de Boardwalk Empire: aquel Atlantic City de la época de la prohibición. Quizá sea verdad que Gatsby me persigue.

En cualquier caso, ya le iré contando, desocupado lector... 

10.10.12

La música de Django, tantos años después...


Volver a ver una película al cabo de varios años. Esta vez en versión original. La historia, ficticia, de Ray Emmett, el segundo mejor guitarrista del mundo después de Django Reinghardt, que Allen nos contó en 1999 en forma de acordes y descuerdos. La vi en el cine y la recordaba. No ha envejecido mal, porque Allen es bueno y sabe dotar de un halo de intemporalidad a algunas de sus historias.  La soledad del poder creador. La maldición de la genialidad. O cómo la calidad de producir arte no está relacionada de manera directa con la calidad humana de quien lo produce, según declara Allen en una entrevista que viene en el cedé (ventajas de consumir sólo contenidos digitales originales). Una buena historia de perdedores, en aquel mundo al que me enganchó para siempre la historia de ese alter ego parcial que seré alguna vez llamado Gatsby. Magnífica, por cierto, Samantha Morton, y muy bueno Penn en su atormentado papel, un Penn, al que, lo que son las cosas, un biógrafo atribuye orígenes sefardíes, siendo un Piñón expulso de la península.

Cine para una tarde de octubre o para asumir, son tantos los ejemplos, que se puede ser un magnífico artista y un gilipollas a la vez.


PS: Pacheco escribió: “Dices que solo valgo cuando empaño / la blancura insondable de una página”.

24.7.11

Entrar a una tienda a ritmo de jaz tras una caída en la calle y bailar en los años veinte

Tras haber disfrutado hace unas semanas de la deliciosa medianoche en París que nos ha preparado Woody Allen, tocaba ver la versión del Gran Gatsby que escribió Coppola para Robert Redford y Mia Farrow en 1974. Los dorados años veinte, el mundo del jazz y las vacaciones en Long Island. Aquellas mujeres con los vestidos ceñidos, en un probador después de una caída en la calle, con los sombreros de moda en la época, con prisa para ir a una reunión. Un narrador que cuenta un verano. La vida desde un verano. Todos acabaremos contando nuestra vida desde un verano. Un donnadie que ha de renunciar al amor de su vida porque “las chicas como yo no se pueden casar con chicos pobres”. La superficialidad. Y esa música deliciosa que no para de sonar en toda la película. Casarse con alguien por asegurarse el futuro, hasta que de repente, un cisne negro se cruza y aquel donnadie vuelve hecho un triunfador. Y ni aún así las cosas son fáciles: de fondo: las convenciones sociales, el machismo, la infidelidad, el poder del dinero, la amistad y la persecución de un sueño, sin darse uno nunca por vencido. Porque la vida hay que pelearla. Y porque idealizar a alguien no es estar ciego a sus defectos, sino asumirlos como necesario par que esa persona sea como es.

La película es buena y creo que refleja bien la esencia del libro. Aquel mundo que desapareció para siempre y que fue, quizá, el último momento de inocencia. Una inocencia que cayó al suelo en octubre del veintinueve y que fue rematada enseptiembre de 1939.

Buen cine, claro, cómo no va a serlo si es de la cosecha del setenta y cuatro. De fondo, las olas del mar. Esta cayendo la tarde. Ahora comprendo cómo Claudio pudo escribir aquí.


PS: Ese labor que empieza: In my younger and more vulnerable years my father gave me some advice that I’ve been turning over in my mind ever since.

“Whenever you feel like criticizing any one,” he told me, “just remember that all the people in this world haven’t had the advantages that you’ve had.”