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20.1.24

Se publicó hace muchos años...

Señor, dame para descansar una casa tranquila. Mi cerebro ha trabajado mucho; mis nervios están agotados, deshechos; no tengo ya, Señor, ilusiones de nada. En las ciudades que visito, en el campo, no me interesan ya ni los monumentos, ni los paisajes; siento un terror profundo, íntimo, ante los hombres que me rodean. He recibido mucho daño en la vida; he gustado el amargor de la insidia; he soportado la necedad del elogio exagerado, inconsciente; he visto cómo los más sutiles matices de mis versos eran desconocidos y cómo las cosas más toscas, más llamativas eran aplaudidas. Señor, tengo un profundo cansancio en mi espíritu. No deseo ya conocer a nadie; no quiero estrechar nuevas manos; cuando por acaso en el trato social me encuentro con alguien a quien he de sonreír, apenas sí en mis labios puede aparecer una sonrisa triste.

Señor, todo me parece ya locura, vanidad. Como vemos en nuestra juventud las apariencias de las cosas; como entonces atisbamos sólo el brillo y el calor de las acciones humanas, ahora veo lo de dentro, ahora advierto cómo todos somos locos en este mundo, de qué manera las cosas que perseguimos son tan falaces, tan deleznables, y qué clase y número de desatinos, enormidades y ridiculeces hacemos por ellas. Señor, ¿qué es la gloria? Señor, ¿para qué quiere escribir este pobre poeta sus versos? ¿Para qué estampa todos los días su nombre en esta hoja ese pobre periodista? Y ese político, ¿para qué arenga a las masas?

Dame, Señor, una casa tranquila y en el campo. Yo quiero tener en ella unos pocos árboles verdes; si esta casa da al mar, yo comprenderé mejor a cada momento la inmensidad del infinito. Yo quiero tener también en esta casa un buen perro que se ponga a mi lado y que me mire silencioso con sus ojos de amor. Yo quiero ver todas las mañanas cómo las puntas de las lejanas montañas se ponen de color de rosa; yo quiero ver por las noches las luces misteriosas de las estrellas. Y así, Señor, deseo pasar el resto de mis días: olvidado de todos, oscurecido, sin que nadie me nombre, sin que nadie me escriba.


Señor, dame un momento de reposo: tengo en mi espíritu un profundo cansancio...

Publicado en ABC por Azorín, 20 de abril de 1907
PS: este texto me acompañó, en la carpeta, durante mis cinco años de facultad.

25.9.21

Azorín

Me asalta Azorín en la primera parte del libro de Bustos sobre el Asombro y el desencanto, a vueltas con su Ruta del Quijote. Y me asalta también (Vivir es ver volver) en esta cita de Arias Maldonado, en su tribuna de ayer en El Mundo.  

Habrá que ponerse con él en alguna vida...

10.8.15

Las vidas,como las almas

Acabé en un pispás las Almas grises de Philippe Claudel. Un papelillo triste, sobre vidas fracasadas, muertes sin cuento y errores cometidos. Quizá porque no hay literatura sin un poso de amargura. Bien escrito. Y con algunas reflexiones de interés. Ese tipo de escritura a lo Albiac. Frases cortas. Puntos y seguidos: Así que llego. A la puerta. abierta.

Una historia que se sigue con cercanía, aunque al final promete más de lo que cuenta. El paso del tiempo, morirse tarde cuando los seres amados hace décadas que se fueron: "nunca la conocí fea, ni vieja, ni arrugada, ni gastada. Durante todos estos años, y vivido con una mujer que nunca envejecido. Yo me encorvo, expectoro, me quiebro, me arrugo, pero ella sigue igual, sin estigmas ni deterioro.   La muerte me ha dejado al menos eso, que nada puede arrebatarme, aunque el tiempo me haya robado su rostro, que me esfuerzo en recobrar tal como realmente era [...]

El peso de la melancolía que puede llegar a aplastarnos "yo sabía, y sin duda el también, que se puede vivir en el pesar como en un país" 

El sinsentido de muerte:  Las buenas personas se van pronto. Todo el mundo las quiere, y la muerte también. Los canallas, en cambio, tienen la piel dura. Por lo general se mueren de viejos, y casi siempre en su cama. Como unos benditos   


La ira con la que desatascar nuestra propia frustración:  Cada día, sin ni siquiera darnos cuenta, matamos a mucha gente, de pensamiento y de palabra. Bien mirado, al lado de todos esos crímenes abstractos, los asesinatos reales son escasos. El equilibrio entre nuestros deseos culpables y la realidad absoluta sólo se da en las guerras...


De fondo, el carácter irreversible del paso del tiempo. La de cosas que nos quedaron por de cir. Y por hacer: no volví a tener oportunidad de hablar con Barbe, aunque no por falta de ganas, unas ganas que me concomían a menudo, como cierto tipo de sarna, que pica y al mismo tiempo gusta. Pero me decía que había tiempo. Ésa es la gran estúpida del ser humano, decirse siempre que hay tiempo, que podrá hacer esto lo otro mañana, dentro de tres días, el año que viene, dos horas más tarde… Y luego todo se muere, y nos vemos siguiendo ataúdes, lo que no facilita la conversación  


En fin, el carácter lejano de todo cuando uno alcanza la madurez. Esa reflexión con reflejos de Azorín: Pero ahora lo que me sobra es tiempo. Para el caso, es como si estuviera fuera del mundo. Todo lo que se agita y fuera me parece enormemente lejano. Vivo en la estela de una historia que ya no es mi historia. Poco a poco, me desentiendo.


Una novela.  

20.4.07

La oración del poeta (20 de abril de 1907)

Señor, dame para descansar una casa tranquila. Mi cerebro ha trabajado mucho; mis nervios están agotados, deshechos; no tengo ya, Señor, ilusiones de nada. En las ciudades que visito, en el campo, no me interesan ya ni los monumentos, ni los paisajes; siento un terror profundo, íntimo, ante los hombres que me rodean. He recibido mucho daño en la vida; he gustado el amargor de la insidia; he soportado la necedad del elogio exagerado, inconsciente; he visto cómo los más sutiles matices de mis versos eran desconocidos y cómo las cosas más toscas, más llamativas eran aplaudidas. Señor, tengo un profundo cansancio en mi espíritu. No deseo ya conocer a nadie; no quiero estrechar nuevas manos; cuando por acaso en el trato social me encuentro con alguien a quien he de sonreír, apenas sí en mis labios puede aparecer una sonrisa triste.

Señor, todo me parece ya locura, vanidad. Como vemos en nuestra juventud las apariencias de las cosas; como entonces atisbamos sólo el brillo y el calor de las acciones humanas, ahora veo lo de dentro, ahora advierto cómo todos somos locos en este mundo, de qué manera las cosas que perseguimos son tan falaces, tan deleznables, y qué clase y número de desatinos, enormidades y ridiculeces hacemos por ellas. Señor, ¿qué es la gloria? Señor, ¿para qué quiere escribir este pobre poeta sus versos? ¿Para qué estampa todos los días su nombre en esta hoja ese pobre periodista? Y ese político, ¿para qué arenga a las masas?

Dame, Señor, una casa tranquila y en el campo. Yo quiero tener en ella unos pocos árboles verdes; si esta casa da al mar, yo comprenderé mejor a cada momento la inmensidad del infinito. Yo quiero tener también en esta casa un buen perro que se ponga a mi lado y que me mire silencioso con sus ojos de amor. Yo quiero ver todas las mañanas cómo las puntas de las lejanas montañas se ponen de color de rosa; yo quiero ver por las noches las luces misteriosas de las estrellas. Y así, Señor, deseo pasar el resto de mis días: olvidado de todos, oscurecido, sin que nadie me nombre, sin que nadie me escriba.

Señor, dame un momento de reposo: tengo en mi espíritu un profundo cansancio.

Azorín, (ABC, 20 de abril de 1907)