25.12.16
Mandianes hoy, que es Navidad
10.1.15
Mediterráneo
Un magnífico paseo por un mundo mítico en el que todavía somos capaces de reconocernos.
No se la pierda, desocupado lector.
12.11.11
Al final del Milenio
Acabé, por fin, el Milenio, de Tom Holland. No está bien traducido, y eso mata un libro. Además, es más confuso que su impagable Rubicón, pero aún así es una lectura fascinante. Europa, una península de Asia, era un mundo en descomposición a finales del siglo VIII. Roma había desaparecido y los territorios europeos luchaban entre sí desangrándose con querellas intestinas que habían reducido la importancia de este territorio a la nada. En el oriente, la ciudad, Constantinopla, mantenía viva la llama tanto de la cristiandad como de una Roma ya plenamente oriental.
Canossa como símbolo de un cambio. Todo empezó por aquella época: las dos o tres décadas anteriores a la humillación de Canossa y las dos o tres posteriores. Ahí nació occidente, quizá de la manera en la que lo conocemos hoy. Gregorio VII y Enrique IV marcan de una manera lejana si usted quiere, desocupado lector, el inicio de una modernidad fascinante: la que marca la escisión entre el poder civil y el religioso que el Islam no ha sido capaz de conocer en quince siglos. La que supone asumir como natural que la Iglesia y el Estado, que lo espiritual y lo político, existen por separado. Una revolución en su época. Una bomba de relojería sin la cual no seríamos capaces de entender nuestro mundo de hoy en día...
PS: “En realidad, no existía ningún precedente de la revuelta que suponía Canossa, ni en la historia de la Iglesia Romana ni en la de ninguna otra cultura. [...] Europa occidental, que durante tanto tiempo había languidecido a la sombra de civilizaciones mucho más sofisticadas y de su propio lejano pasado, que ya se había esfumado, iba al fin a emprender un camino que resultaría ser, irrevocablemente, su propio camino.
Fue Gregorio, en Canossa, quien se convirtió en el padrino del futuro”.
Holland, T.: Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo. Planeta, Barcelona, 2008. Página 20.
9.11.11
El latín y aquel mundo
El libro de Holland. Cuando empezó a morir Roma y empezó a nacer Europa. El papel de la iglesia: el papel del latín. Conforme avanzaban los siglos, especialmente a partir del siglo VIII, son los sacerdotes los únicos que comparten la lengua común, el latín: una lengua sagrada no contaminada por los laicos, dice Holland. Una élite culta que comparte un mismo código: la Iglesia de occidente como iglesia latina. Al otro lado, en La Ciudad, el Emperador se sabía designado por Dios para dirigir la Iglesia, y le importaba bien poco lo que el Obispo de Roma dijera al respecto. La imbricación entre lo terrenal y lo divino: es el franco Pipino el que reclama su consagración con aceite sagrado: de ahí a la coronación que su hijo Carlos el Grande exigió no había más que un paso. Los conflictos que se inician ya entre el Imperio de Occidente y el de Oriente. El declive progresivo del oriental, comido por una herejía del cristianismo que se expande por Arabia. El ascenso de las tierras al este de los francos, los bárbaros germanos, cristianizados: Oton, Mauricio y la Legión Tebana, el Emirato de Sicilia, el papel del Papa Silvestre II, el erudito.
Una época fascinante. Un mundo de leyenda
PS: ¿A partir de qué fecha de ascenso, si no era la de un Emperador o un Rey terrenal iban a numerarse los años? La respuesta, una vez dada, era evidente. La Encarnación […] sirvió de eje en torno al que giraba toda la historia. ¿Qué cristiano podía oponerse? […] En consonancia, los clérigos al servicio de Carlomagno empezaron a medir las fechas “en el año de Nuestro Señor, anno Domini”
Holland, T.: Milenio: el fin del mundo y el origen del cristianismo. Planeta, Barcelona, 2008. Página 80



