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5.2.08

Rioja, por si acaso

Todo el día en La Rioja.
Atravesando los campos de Castilla, Al llegar al limes que separa Vasconia de Castilla, uno no puede dejar de pensar en el canto a los míos, de Gabriel Celaya un poeta cruelmente olvidado hoy por los suyos.
Antes de España, ya estábamos los vascos
Trabajando entre piedras, trabajados
– aizkora, aitzur, azkon, aizto –
sufriendo y golpeando
para salvar las formas posibles de la nada,
para ser simplemente frente al inmenso caos,
para llorar espeso como suda la carne,
y alzarnosaún cuadrados,
no por naturaleza, sino porque luchando
nos hicimos quien somos tan santamente sanos.
Antes de España, ya estábamos los vascos
Alzados, siempre alzados.
Dentro de España seguimos trabajando,,
Metiendo el hombro, calldos.
No invoco aquellos nombres que ya están en la Historia,
Ni a Elcano el de Guetaria, ni a Ignacio el de Loyola,
Y olvido a secretarios que un día fueron hombres de eficacia y de rango.
Yo nombro a los sin nombre,
Nombro a los arrantzales y nombro a los ferrones,
Nombro al oscuro vasco
Que fue y volvió, callando, que insistió dando y dando.
Dentro de España, seguimos trabajando
A pesar de los fracasos, por si acaso.

12.1.08

En la muerte de Ángel González

Lo descubrí, lo sé ahora, cuando abro el libro que aún tiene el precio marcado -800 pesetas-, en marzo de 1995. Era segundo de carrera, si no recuerdo mal. Compré Poemas, en edición del autor. Publicado por Cátedra. Recuerdo algunos: "Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo".

Recuerdo aquél otro: "Otro tiempo vendrá distinto a este. / Y alguien dirá: / Hablaste mal. Debiste haber contado / otras historias". También uno que acaba uno que acaba con "áspero mundo para mis dos manos".

Compré el libro porque me gustaba un poema, el único que había leído de él, en realidad. Llevaba por título el campo de batalla. Un poema duro, áspero. Un poema desolado. Morir para que el trigo siga creciendo. Andaba yo descubriendo a la generación del cincuenta. Empecé por Claudio Rodríguez y llegué a Ángel González. Acababa de devorar, privilegios de lector imberbe en una universidad pública poco exigente, la obra de Gabriel Celaya y la de Blas de Otero y quería seguir descubriendo la poesía del veinte español.
Han pasado los años y cada vez leo menos poesía. Señal inequívoca de imbecilidad. Gracias a dios mantengo contacto con ella a través de Jimena, que sigue leyéndola y obsequiándome con versos. Una Jimena a la que recuerdo escuchando un poema recitado por Ángel González en viriato.

Pero hoy, en su muerte, no puedo dejar de pensar en Ángel González. Y mi humilde homenaje es recitar en voz baja el final de su poema "Ayer", de su libro "Sin esperanza, con convencimiento"; quizá el poema que el poeta nos hubiera leído mañana:

Por eso mismo
porque es como os digo,
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Y como escribió Tibulo: et bene discedens dicet placideque quiescas, terraque securae sit super ossa levis