Me sale en el libro de Binet una referencia a la matanza de Lídice. Aquí la guerra mundial nos pilló en la periferia, gracias a dios. Nunca había oído hablar de ella. Hay referencias históricas y culturales que tenemos lejos, muy lejos. Fue, como tantas otras actuaciones nazis en la guerra, no sólo un crimen; también fue un error que sirvió para galvanizar a la opinión pública mundial y para garantizar la existencia de un Estado checoslovaco cuando la guerra terminase. La historia fue dantesca, y aquí el adjetivo es sólo descriptivo: a través de una pista estúpida de la que se hubieran reído los hombres de Daniels, los nazis creen que alguien del pueblo de Lídice está implicado en el atentado contra Heydrich. Fuerzas ocupantes toman el pueblo, asesinan a sus habitantes y lo destruyen por completo. La repercusión internacional de la masacre fue brutal incluso para una guerra tan dada a las repercusiones como aquella. Lídice se convirtió en un símbolo de la barbarie del totalitarismo nazi. Supongo que hay que entender Lídice para poder leer con cierta perspectiva algunos capítulos del libro de MacDonogh del que ya hablamos aquí meses atrás, a cuenta del trato que se dio a los alemanes que vivían fuera de su país cuando la guerra terminó.
6.3.12
Lídice vivirá...
3.3.12
Metaliteratura en clave antropoide
Devoré como una termita HHhH. Metaliteratura de nuevo. Será que hay temas, como hay ciudades, que nos buscan. Agradable lectura, y no lo digo en tono displicente. Por si el desocupado lector lo desconoce, el nombre hace referencia a una expresión que se usaba en el alto mando nazi: Himmlers Hirn heisst Heydrich, es decir, el cerebro de Himmler se llama Heydrich). La segunda guerra mundial, para los niños de mi generación, era el conflicto bélico por excelencia, ¿verdad Mi General?. El bien contra el mal. Una buena novela y a la vez una metanovela en la que se entrecruzan dos argumentos: el atentado contra Heydrich y una reflexión sobre dónde acaba la ficción y donde empieza la historia. O al revés, si lo prefieren. A Heydrich, uno de los mayores asesinos al servicio de un régimen asesino en sí mismo, lo mataron siguiendo una operación llamada Antropoide que, pese a salir mal, cumplió su objetivo. Murió por nazi en sentido literal. Reinhard Heydrich, la bestia rubia, era el protector, título eufemístico, de Bohemia y Moravia, bajo el gobierno títere de Hácha y cumplió con demoledora eficacia sus objetivos al aplicar una política de palo y zanahoria. Para el gobierno legítimo en el exilio, su muerte era un recordatorio de que Checoslovaquia quería seguir existiendo cuando la guerra acabara. La novela intercala la narración de la operación con reflexiones, algunas más pertinentes que otras, del autor acerca del propio proceso creativo y de cómo ha llegado a escribir la novela, fruto de su conocimiento del país, de su amor por Praga y de algunas obsesiones personales.
Un buen libro, para leer del tirón, sin mayores pretensiones. Porque la calidad no está reñida con la sencillez. A cada cosa, lo suyo.
PS: hablando de guerras. Y de cómo cada uno se cuenta la historia a sí mismo como le conviene. No deje de echarle un vistazo, desocupado lector, a la reflexión de Todorov, el otro día en el fancine de Prisa
24.12.11
¿Murió un Lamed Wufnik?
Murieron dos hombres cuya relación con el comunismo fue inversa. A uno lo vejó, lo encarceló. A otro le permitió vejar y encarcelar. No me detendré mucho hablando hoy del ogro de Pionyang, a ver si mañana tengo un rato. Me interesa más Havel. Mucho más. En la tradición de la Europa central, la de los Habsburgo. Un hombre que no se resignó. Que no cayó, como hicieron tantos. Que no miró para otro lado. Que no sonrió. Mantenerse firme cuando, como cantaba Sopeña “la dignidad es un Judas traidor / y la paz una falsa moneda”. Yo llegué tarde a esa tradición. Es una tradición en mi vida: llegar tarde a todo. Es una tradición que nos van descubriendo a medias los amigos, los libreros y las editoriales. Havel fue muchas cosas, pero sobre todo fue un hombre que no se resignó. Y lo recuerdo y pienso en el poema Los justos de Borges, de acuerdo con aquella vieja tradición judía de la que ya comentamos aquí algo.
Quizá Havel fue un Lamed Wufnik y quizá hoy, que es Nochebuena, es buen momento para recordarlo.
Descansa en paz y que la tierra te sea leve, allá donde estés.
26.7.08
Cine
PS: "Laco Holdos pasó de las cárceles de Franco al internamiento en Francia, y de ahí a Buchenwald como resistente deportado, tras lo cual regresó a su Checoslovaquia natal, donde pasó varios años en la cárcel durante la década de 1950, víctima del terror comunista. Su trayectoria es emblemática, pero no atípica". Judt Tony: Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 311



