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20.1.23

Adios hermanu: en silencio como la helada

Hoy toca recordar. 

Al hermanu que se fue de madrugada. 

Al hermanu que siempre será la guitarra el día de mi cumpleaños en el Mesón. Que siempre será el impresor de puño en rostro. Que será siempre Bento. Recordar aquel paseo maravilloso por Ruxinos con el mi cuñado. Aquel recital y aquellas historias compartidas en Ilanes, en Cervantes o en tantos otros lugares de la nuestra tierra. De recordar el parchís del Andurlino..

Es día también de recordar también, la historia del su abuelo que se marchó también un invierno duro y helador. Aquí la tienen, tal y como me la contó hace años.

Recordar sus palabras en un prólogo mágico -un pueblo de emboscados irredentos- que cada año va ganando en profundidad: "Los posibles veranos que nos queden para volver a estar en burrigañas, cuando venga la nada a buscarnos a la vieja usanza: en silencio, como la helada y por Peña Negra, como la niebla

Sit tibi terra levis.

14.6.13

Almuerzos distendidos...

Aquella utopía de la España urbana de los años veinte y treinta del siglo XX. Una utopía de la que formaba mucha más gente que la ILE: la utopía de un pueblo alimentado y educado y que puede verse aún, cumple ochenta años, en el Amador de los Ríos, el primero hombre que nos recordó a todos que había españoles expulsos por judíos y que a miles de quilómetros de casa, seguían hablando el castellano puro y sin acento de quien ya no es de ninguna parte.  

Allí me acerque con mi hermanu Juan de la Cuesta. 
Allí hubo música, aquellas habas verdes que en realidad fueron avellanas. 
Allí hubo emoción, la de dos peregrinos que se encuentran lejos, de camino siempre a casa. 
Allí hubo un almuerzo para pergeñar la casa de Ruxinos que algún día será. 
Allí hubo un brindis, al final, como cada vez: el año que viene en...

8.6.12

Hablar por hablar


Hablar nos hace humanos. El relato

Elicia me pide que le cuente historias de cuando iba al cole, yo, que tan mal estudiante llegué a ser.

Juan de la Cuesta, el impresor de Puño en Rostro, me habla del Cordel que atravesaba Ruxinos y de los Zanquillas en que se convirtieron los Barrio de la Requeixada.

Le pido a mí tía que me cuente historias del Perdíu. También lo llamaban cachicán, me cuenta por teléfono. Pero en aquella Senabria de hace ciento treinta años, cachicán significaba algo así como lambrión. O goloso, en castellano normalizado. Así que fui cachicán. Además de la caza y el juego, los dulces. Todos los vicios. También, el de enamorar a la mujer más hermosa del pueblo, María, hija de un Rabanillo de Triufé pero criada con los Arias de Robleda. Estas mujeres que, como yo, tienen al padre en un pueblo y a la madre en otro. El Perdíu: cruzar el Sierro para ir con ella a Robleda. Todos los vicios: también, el de no entender que hay amores prohibidos.

¿Dónde vas, cachicán?
Todo es un relato.
Inacabado

Inacabable