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31.8.13

Aprender a mirar...

Mi hermanu Lauru. Y su sabiduría antigua. De leyenda. Habló en Cervantes, el pueblo en el que se crió mi hijo, como ya conté en alguna ocasión. Ahora una Asociación Cultural ha recuperado el pulso a los veranos senabreses. Siguen con las comedias, como nos enseñó, con sus entremeses Don Miguel, el judío más ilustre de este pueblo. Y de judíos habló Lauricu. Una charla hermosa. Apasionada. Algunas frases, suyas, para enmarcar. Nos recordó a todos que fue un niño preguntón. Y que ya entonces le gustaban más “los silencios que las respuestas”. Nos contó la historia de unas gentes antiguas, provenientes de un pueblo errante pero que nunca olvidaron, al salir de estas montañas, las de León, cuál era su casa. Y en qué tierra se los acogió. Y se los respetó.

Esta tierra. Rayana. Con tanto pasado que ocultar. Con tantos silencios. Con tantos matices. He tardado muchos años en aprender a mirarla. En entender porqué San Ciprián está donde está, o Escuredo. O Santa Cruz de los Cuérragos.


Una tierra, en fin, a la que la modernidad, con sus clasificaciones, sus nacionalidades y sus bobadas ha traído pocos beneficios.

Esta tierra.

Esta. 

14.6.13

Almuerzos distendidos...

Aquella utopía de la España urbana de los años veinte y treinta del siglo XX. Una utopía de la que formaba mucha más gente que la ILE: la utopía de un pueblo alimentado y educado y que puede verse aún, cumple ochenta años, en el Amador de los Ríos, el primero hombre que nos recordó a todos que había españoles expulsos por judíos y que a miles de quilómetros de casa, seguían hablando el castellano puro y sin acento de quien ya no es de ninguna parte.  

Allí me acerque con mi hermanu Juan de la Cuesta. 
Allí hubo música, aquellas habas verdes que en realidad fueron avellanas. 
Allí hubo emoción, la de dos peregrinos que se encuentran lejos, de camino siempre a casa. 
Allí hubo un almuerzo para pergeñar la casa de Ruxinos que algún día será. 
Allí hubo un brindis, al final, como cada vez: el año que viene en...

11.6.13

Todo lo que queda del hombre...

Me escribe Juan de la Cuesta, impresor de halcón en puño. 

Mientras le saco un artículo para la revista, me habla de un paseo por la Sanabria. De una conversación. Del origen de los zanquillas. De los Cepeiros. Me dice que al patricarca de la familia, al Perdidaco que emborrona estas cuartillas, lo mató muy joven una víbora.

Hace unos ciento veinte años que aquel patriarca murió: Miguel de Barrio. El Perdíu. Y aún discutimos, las tardes de junio, en el serano que montamos en Barandales, si fue una víbora o la ruina lo que lo llevó a la muerte. Y mientras apuramos el Baines pienso en cómo, con el paso de los años, de nuestros padres, de nuestros abuelos, y de nosotros mismos, no habrá más que lo que un día nos aclaró József Kiss cuando nos susurró con su voz talmúdica que "Todo lo que queda del hombre es el nombre"

8.6.12

Hablar por hablar


Hablar nos hace humanos. El relato

Elicia me pide que le cuente historias de cuando iba al cole, yo, que tan mal estudiante llegué a ser.

Juan de la Cuesta, el impresor de Puño en Rostro, me habla del Cordel que atravesaba Ruxinos y de los Zanquillas en que se convirtieron los Barrio de la Requeixada.

Le pido a mí tía que me cuente historias del Perdíu. También lo llamaban cachicán, me cuenta por teléfono. Pero en aquella Senabria de hace ciento treinta años, cachicán significaba algo así como lambrión. O goloso, en castellano normalizado. Así que fui cachicán. Además de la caza y el juego, los dulces. Todos los vicios. También, el de enamorar a la mujer más hermosa del pueblo, María, hija de un Rabanillo de Triufé pero criada con los Arias de Robleda. Estas mujeres que, como yo, tienen al padre en un pueblo y a la madre en otro. El Perdíu: cruzar el Sierro para ir con ella a Robleda. Todos los vicios: también, el de no entender que hay amores prohibidos.

¿Dónde vas, cachicán?
Todo es un relato.
Inacabado

Inacabable