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26.11.24

Citas desde los árboles (y IV)

Rematando con los Árboles portátiles. Alguna cosa más:

La bibliofilia: "Sin embargo, no he sido un bibliófilo. Mi casa ha estado siempre llena de libros, pero estos me han interesado por su contenido, no por su rareza, ni por su topografía primorosa ni por el año de su edición".

El periodismo español del XIX: "El estilo [de Toribio Echevarría] es cursi, relamido, pero no muy distinto del que predominaba en el periodismo español de esta época. Y lo hace sin salirse de la doxa, de los conocimientos científicos, que son familiares para el público surgido del alfabetización de masas, gracias a la literatura divulgativa de kiosco, a las enciclopedias familiares, por suscripción, que ya comenzaban a entrar en los hogares de la pequeña burguesía, y lo que los marxistas llamaban por entonces la “aristocracia obrera”, y a las grandes enciclopedias que podían consultarse en las bibliotecas públicas"

Los nuevos públicos. "Porque, ni Bretón (pese a sus devaneos bolcheviques) ni Levi Strauss eran revolucionarios profesionales, pero sí intelectuales modernistas, o sea, lo contrario de los obreros conscientes. Estos formaban parte del sector más activo de los nuevos públicos, o sea, de los públicos de masas, surgidos de la escuela pública, obligatoria y de alfabetización promovida por la cultura letrada industrial (prensa periódica, novela por entregas, literatura política y de divulgación científica y filosófica…) 

Qué fue el modernismo. "El modernismo fue una reacción elitista contra los literatos, salidos de los nuevos públicos y contra los literatos modernistas renegados que intentaban ganarse a los nuevos públicos, entre otras razones, porque eran mucho más amplios que los públicos de los modernistas estrictos. Para estos últimos, el realismo significaba una concesión imperdonable a la vulgaridad. En realidad, lo que los modernistas pretendían era preservar el poder corporativo que, en el siglo XVIII, los escritores habían arrebatado a los clérigos tras un contencioso histórico que describió magníficamente, en lo que Francia se refiere, mi maestro Paul Benichou."

12.10.10

Historias hermosas

A veces las historias más hermosas son historias reales. En ocasiones, además, son historias desconocidas; leves rumores que sólo conocen los iniciados y que pasan desapercibidas para todos aquellos que no saben mirar con atención. Sin embargo en ocasiones, en contadas ocasiones, las historias ven la luz, para claridad de todos nosotros.

Una escritora neoyorquina de mediano éxito, Helene Hanff, comenzó un intercambio epistolar después de la Guerra Mundial con una librería londinense de viejo que se prolongó durante casi veinte años. La historia de Helene y su correspondencia con Frank Doel es una vibrante declaración de amor a los libros, a un mundo que ya desaparece, engullido por tanto iletrado con Ipad como hay por el mundo adelante. Se escribieron durante años y, aunque no llegaron a conocerse a jamás, sabían mucho el uno del otro. Los libros que a uno le gustan son un reverso de la personalidad que todos arrastramos, de igual manera que no apreciar los libros es ya una respuesta de cómo es alguien. De igual manera, en fin, que recomendar un libro es un delicado elogio hacia la persona elegida para que lo lea. Porque la lectura es, como el amor, un ejercicio íntimo para practicar con calma. Helene nunca viajó a Londres durante todos aquellos años, al Londres victoriano que siempre había soñado conocer, ella que se ganaba la vida escribiendo guiones para la televisión. Cuando todo acabó, decidió publicar un libro con algunas de aquellas cartas. Libro que se convirtió en un éxito mundial y que puso a la librería, Marks & Co, y a la calle en la que se encontraba ubicada, el 84 de Charing Cross Road, en el imaginario de todos los lectores del mundo. ¿Cómo ir a Londres, después de aquello, y no acercarse por Charing Cross?.

Mi primer contacto con estas cartas fue hace ya algunos años; una deliciosa obra de teatro que llevaba por título el del libro. La recuerdo aún hoy vivamente, y la recuerdo otoñal, cadenciosa, con la melancolía que nos atrapa, cuando de libros hablamos, a los que siempre hemos pensado que libresco no es ningún insulto. Hace poco mi querida Snows me prestó el libro. Se lee casi de una sentada. Y uno se imagina las voces de su protagonista, como yo las recuerdo en el teatro. Gracias a Dios, no he visto la película, y espero no verla nunca. Pocos placeres mayores que el de ver una obra de teatro y luego poder leer la novela que le dio vida.

Un libro para regalar, desocupado lector. Pero para regalar selectivamente, eso sí. No todo el mundo entiende el placer de tener un libro entre las manos. Y menos un libro como este, un libro escrito para leer en octubre en la Sanabria, mientras cae la luz del otoño sobre el valle, o en noviembre, cuando uno descubre que ha llegado a casa, o ya en diciembre en el Café Belén, un sábado cualquiera.

Los libros que sólo determinadas personas que pasan por nuestra vida nos pueden recomendar. Y que cuando uno los pierde, se da cuenta, sólo en ese momento, de que quizá nunca los olvidaremos. Ni a ellos ni a sus libros.



PS: “Le echo mucho de menos… La vida con él era tan interesante cuando él me explicaba sus cosas y trataba de introducirme en el mundo de los libros” (20 de enero de 1969, carta de Nora, la mujer de Frank Doel, a Helen Hanff). Hanff, H.: 84, Charing Cross Road. Anagrama, Barcelona, 2002. Página 116

10.9.10

Elogio del libro, a estas alturas

No sé si leer nos hace más libres, o nos hace más hombres. Ni siquiera tengo claro que nos haga mejores personas. Pero qué importante es leer. Tengo conmigo a un joven Padawan. Brillante. Inteligente. Pero no lee. Y eso me desespera. Los libros me hicieron como soy y me han permitido poder mirar de frente a casi todo el mundo con el que me cruzo. A mí, que soy nieto de la tía Serafina, que murió analfabeta; a mí, que nací en la periferia de la periferia; a mí, un tímido impenitente.

Los libros. La única herramienta para conversar con personas lejanas ya en el tiempo o en el espacio. Los libros; efímeras espadas para abrirse uno paso en la jungla de la vida. Los libros, en fin, lugares donde calmar el dolor.

Placeres: el placer de descubrir un libro a la persona amada; el placer de recibir a un autor como quien invita a un amigo a una fiesta; El placer de entrar en un libro y escuchar del autor la sentencia que cantaba igualmente Barricada: “acércate hasta la puerta / pasa sin pestañear, te esperamos / hace tiempo, ¡pasa ya!”

El respeto a los libros. Una herencia de esta dura tierra castellana, en la que todos sabían que la letra impresa tuvo siempre algo de mágico. Un respeto que trasmito: este verano, en mi convivencia con Elicia, tres años ya, no me cansaba de decirle: Los libros son nuestros amigos y tienes que cuidarlos. Al tío le han permitido ganarse la vida y a ti te lo permitirán también. Y cuando seas mayor, ¿Quién te dará libros y te enseñará a leerlos? El tío, repetía. Y yo sonreía como un niño.

La dejó escrito Joan Margarit y no necesita traducción: “La llibertat és una llibreria”. Porque leemos, eso sí lo tengo claro, para ser más libres.

Pues eso.


PS: "Temo que vamos lenta e incruentamente hacia un mundo sin libros. Internet es una inmejorable disculpa para tanto iletrado resentido. Todo el saber universal está metido en la red, pero cada vez hay menos personas cultas. Y la cultura es la que trae la libertad individual".

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 228


PD: (Re)descubriendo a Aleixandre.