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14.2.16

Periodismo de investigación

Nos acercamos a ver Spootlight. 


Muy buena. Una película sobre el periodismo. Sobre la necesidad de investigar lo que otros no quieren que se sepa. Con todas sus contradicciones. Con todos sus problemas. Cómo un simple periódico fue capaz de sacar a la luz toda la red de encubrimiento que la Archidiócesis de Boston había organizado para la minoría de sacerdotes pederastas que allí servían. Y todo ello ante la oposición del obispo y el silencio cómplice de muchas de las élites locales. Y es que, en ocasiones, también hay algo de Thomas Stockmann en el periodista que se toma en serio su trabajo.


Magníficos por cierto Ruffalo, Michael Keaton o Rachel McAdams.

29.11.12

Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.


Estuve viendo El indomable Will Hunting. Al fondo, Boston y aquel MIT de leyenda. Una ciudad construida sobre la colina. La Norteamérica colonial, otro lugar en el que vivir en alguna de mis siguientes vidas. Hacen un buen papel un alocado Affleck y un joven Damon, en la peli que los lanzó a la fama. Estaban acabando los noventa y yo aún seguía en la facultad… qué cosas. Entonces no sabía que hay fantasmas que nos persiguen, fruto de lo que fuimos o de lo que imaginamos que fuimos. Fantasmas poderosos, que habitan en nosotros y que pueden perseguirnos sin tregua, martirizándonos cada noche con sus recuerdos. Nos construimos contra ellos, pero también con ellos. Como experimenta el protagonista, atributos como la inteligencia o la lucidez pueden ser una maldición si uno antes no ha aprendido a vivir consigo mismo. El duelo entre Williams y Damon es quizá lo más interesante de la película. Un buen guion; en una película reflexiva que cuenta más de lo que parece... al fin y al cabo, como nos recordó Yanes, nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto…


PS: Sánchez Piñol nos recordó una vez que: Mai no som infinitament lluny d'aquells qui odiem. Per la mateixa raó, doncs, podríem creure que mai no serem absolutament a prop d'aquells qui estimem. Quan em vaig embarcar ja coneixia aquest principi atroç. Però hi ha veritats que mereixen la nostra atenció, i n'hi ha d'altres amb les quals no ens convenen els diàlegs


PD: En Labacete. Tenía que decirlo

20.8.07

Día 5. Boston

Amanece. Desde nuestra habitación se ve a la ciudad reflejada en el río Charles. Viendo los cauces y caudales estadounidenses uno siente cierta ternura por el padre Duero que cantara Claudio Rodríguez. En Boston el turista puede ver los monumentos más importantes sin ayuda externa. Una senda de varios quilómetros, denominada “la Ruta de la Libertad” (The Freedom Trail) guía al viajero por aquellos sitios que no debe perderse. Los norteamericanos saben de dónde vienen y les gusta recordarlo. Saben que la libertad es difícil de conseguir y compleja de gestionar. Echamos a andar. Nuestra ruta principia en el Faneuil Hall, un mercado del XVIII. También son gente práctica. Una de las paradas de la ruta es un edificio del XVIII que ha sido reconvertido, parcialmente, en boca de metro. Llegamos a uno de los cementerios históricos de la ciudad. Aquí están enterrados algunos de los patriotas que fueron asesinados por los británicos al comienzo de la guerra. Me gustan los cementerios históricos. Sus lápidas nos muestran la fugacidad de la vida y la persistencia de la memoria. Abandonamos parcialmente la ruta. A cada paso nos asaltan hamburgueserías y pizzerías. La mala alimentación de los estadounidenses es legendaria. Un monumento, sobrio, a las víctimas del Holocausto. Qué hubiera sido de Europa sin la intervención de los EE.UU. en la segunda guerra mundial.


Nos adentramos en little Italy. Una placa recuerda a los hombres del barrio “who gave their lives in defense of our country”; los nombres y los apellidos son todos italianos: Coscarelli, Dantone, Bugno… Las identidades, una fuente inagotable de misterios. Unas fotos muestran la celebración en el barrio de la victoria de Italia en el último mundial. Little Italy. Sus abuelos y bisabuelos eran italianos. Sus nietos se siguen sintiendo italianos, pero “their country” no es Italia, sino los Estados Unidos. Quizá ahí resida una de las ventajas competitivas de los EEUU: su capital simbólico es inagotable. Su ventaja respecto al resto, aún es sideral. Los italianos allí quieren ser norteamericanos. Aún no sabemos qué querrán ser, en un par de generaciones, los hijos de ecuatorianos o de marroquíes nacidos en España. Pero las perspectivas no invitan al optimismo. Entre la legendaria empanada mental de la izquierda española, y la tradicional cobardía de la derecha, no parece que podamos ofrecerles un país o una sociedad simbólicamente atractiva, de manera que se integren en ella y renuncien a reproducir su sociedad de origen aquí.

Entramos a almorzar a un pequeño restaurante. Rudy, el camarero, es salvadoreño. Del Barsa. Nos dice que el Real también es bueno, pero que “el Barsa es “el mejor”. Qué pequeños resultan desde Boston Laporta y sus intentos de provincializar un fenómeno mundial como es un club de fútbol.

Un par de quilómetros más por la senda de la libertad y volvemos al hotel. Hay que descansar un poco. Jacuzzi, sauna y Piscina. Cogemos en recepción unas bicis y nos ponemos a pasear siguiendo la orilla del Charles. El paseo es precioso. Verde y agua. A la vuelta, cambiamos de acera y pasamos por el MIT. Grandeza. Nos asomamos a sus instalaciones. Aunque el Perdíu no es más que un pobre agnóstico, siente un respeto reverencial por los lugares sagrados, ya sean estos religiosos o laicos. Y el MIT, con su trayectoria, su historia y su presente, lo es.

Nos toca cenar en un Mall. Más hamburguesa y más pizza. No tenemos claro dónde vamos a dormir mañana. Nuestra ruta girará hacia el oeste, camino de la América profunda. Buscamos un motel de carretera, lo más típico posible. Internet, que todo lo sabe, nos ofrece cerca de las once de la noche la solución.

Vamos a dormir. Hermosa Boston, tan coqueta, tan verde, tan sabia.