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11.11.12

Un rey sin enterrar...


No termina de irse la figura legendaria del rey Pedro
Un rey de leyenda. 

Murió hace poco García Calvo, con sus fantasmas del rey D. Pedro al fondo. Y ahora los Escolar abordan de nuevo la figura del rey. No he leído el libro, al que me he acercado a través de la prensa, pero sí estoy de acuerdo en la idea de que aquel final, aquel fracaso fue, en cierta medida, el fracaso de otra forma de concebir la vida, la política, el comercio y la identidad.

De aquel fracaso venimos. Lejano, dirán algunos. No estoy de acuerdo. Somos lo que fuimos. Y al que el XIV y las querellas del rey D. Pedro le parezcan lejanas, lo invito a que se venga una tarde a pasear, con el amigo Lauru, con Chisun y su kipá, con Joao o con Cachavo, por el monte Sospazio y se fije atentamente, cuando llegue el ocaso, en las sombras que se dibujan cuando uno se fija, a lo lejos, en el Pinar de Vigo…

30.9.12

Llovía, aquella mañana también llovía (y II)


Llueve. Aquellos Losada.

Una estirpe de traidores. De advenedizos. Enrique-cidos por un rey bastardo y felón. Enloquecidos por el dinero que el tal monarca repartió entre sus conmilitones cuando hubo acabado con el Rey Pedro y con el futuro de Castilla. Pero la suerte no dura para siempre. Pocos años después, apostaron por el perdedor. Ironías de la vida, esta vez lo hicieron por apoyar a la reina legítima, doña Juana, en la guerra contra su sobrina. Y perdieron. Supieron lo que es tener que huir por haber sido fiel a un juramento.

Llueve. La lluvia atenúa el dolor. Es un paliativo contra le melancoloía. En los papeles me habla Leonor de Melgar, la esposa de aquel Diego de Losada. La casaron cuando apenas tenía siete u ocho años. Por aquel entonces, la mitad de nuestra sierra era de los Losada y la otra mitad era de los Pimentel. Leonor relata sus penas. Era hija de Juan de Melgar y en total estuvo casada con D. Diego unos catorce o quince años. Nos habla. La escucho. Se queja. El merino de la Puebla trataba mal a los Losada. Llegaron los conflictos. Y cada uno se posicionó en un bando. Los Losada, que tenían esta tierra gracias a la donación de un rey traidor, juraron lealtad a la reina legítima. Los Pimentel, especialistas en traiciones, se aliaron con la princesa Isabel.

Nieta de reyes. Esposa de reyes, fue su tío Alfonso el que levantó su bandera, tras casarse con ella. Llegó una guerra. Larga. Dura en esta la mi tierra. Todo terminó en las campas de Peleagonzalo, en marzo de 1476La guerra la ganó Isabel. A los partidarios de Doña Juana sólo les quedó la muerte o el exilio. Un exilio a Portugal, de donde era la madre de JuanaDon Diego marchó al exilio y con él su mujer. Vivieron en Berganza, ciudad en la que Losada murió, melancólico, sin poder volver a su tierra. Exiliados, dice la Melgar, porque su marido “avía seguido el partido del Rey de Portugal.
Sigue lloviendo.

Es tarde ya

28.4.12

Saludando a antiguos amigos...


Llegar a Galicia en coche. Desde Castilla. Desde la Sanabria. Pasar las portillas, “las montañas más frías de toda Castilla”, según escribieron los jesuitas en el XVII, cuando la Casa de Austria empezaba a agonizar, aunque aún no nos diéramos cuenta. Atravesar el Coto Mixto, la última zona insumisa al Estado moderno que hubo en la península. Un territorio de leyenda, tan parecido, en algunos aspectos, al sur de la mi tierra senabresa, con ese Río de Honor que nos espera a Juan de la Cuesta y a mí para recordarnos quién fue Torga y porqué lo fue. Llegar a la Galicia. A un lado Moimenta, donde, decían los jesuitas, la mitad de la población es judía y chupan la sangre de los pobres gallegos y senabreses. El valle del Limia, el del Támega, los últimos lugares en los que se levantó la bandera de la postrer dinastía legítima que hubo en Castilla, la borgoñona. Por aquí peleó y por aquí se defendió Men Rodríguez, el aguilucho, levantando la bandera del Rey Muerto, junto con aquel que encarnaba en sí mismo “toda la lealtad de España”.
Emocionado, paro a tomar un café. Voy con tiempo. Llueve. Pero no puedo pasar por aquí sin presentarle mis respetos a los hombres de un Rey que, quien sabe, hubiera cambiado para siempre la historia de esta identidad que ahora todos llaman España.


PS: la virtud de la perseverancia, en forma de clásico.