Mostrando entradas con la etiqueta siglo XV. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta siglo XV. Mostrar todas las entradas

26.12.12

Una cita, enfilando el noroeste...


Rescato este párrafo de un magnífico libro que disecciona, mientras recrea la sangre de abril, el nacimiento del capitalismo moderno. Y lo rescato porque si hay algo fascinante de la modernidad es la movilidad. La capacidad de, como yo hoy, desayunar en Madrid y almorzar en la Sanabria. La posibilidad, en suma, de hacer que los territorios sean de uno, y no al revés.
Disfrútela, desocupado lector.

Como Venecia, la pequeña Florencia [del siglo XV] era todo un Estado y, en su fiero patriotismo, casi una nación. Los hombres en puestos intermedios y superiores –por no hablar de las mujeres- no tenían libertad para deambular de una ciudad o de una región a otra con la esperanza de emprender nuevos rumbos vitales o profesionales. Dicha movilidad entre los ricos y hacendados es más bien un distintivo de nuestra sociedad moderna. Por supuesto, los mercaderes florentinos salían al exterior para manejar sus negocios, a veces durante largos periodos, pero siempre volvían: el hogar era la vera città, donde se alimentaban poderosas raíces: la familia, la identidad, el matrimonio y los amigos.

Martínes, Lauro: Sangre de abril. Florencia y la conspiración contra los Médici. Turner, Madrid, 2004.  Página 264

30.9.12

Llovía, aquella mañana también llovía (y II)


Llueve. Aquellos Losada.

Una estirpe de traidores. De advenedizos. Enrique-cidos por un rey bastardo y felón. Enloquecidos por el dinero que el tal monarca repartió entre sus conmilitones cuando hubo acabado con el Rey Pedro y con el futuro de Castilla. Pero la suerte no dura para siempre. Pocos años después, apostaron por el perdedor. Ironías de la vida, esta vez lo hicieron por apoyar a la reina legítima, doña Juana, en la guerra contra su sobrina. Y perdieron. Supieron lo que es tener que huir por haber sido fiel a un juramento.

Llueve. La lluvia atenúa el dolor. Es un paliativo contra le melancoloía. En los papeles me habla Leonor de Melgar, la esposa de aquel Diego de Losada. La casaron cuando apenas tenía siete u ocho años. Por aquel entonces, la mitad de nuestra sierra era de los Losada y la otra mitad era de los Pimentel. Leonor relata sus penas. Era hija de Juan de Melgar y en total estuvo casada con D. Diego unos catorce o quince años. Nos habla. La escucho. Se queja. El merino de la Puebla trataba mal a los Losada. Llegaron los conflictos. Y cada uno se posicionó en un bando. Los Losada, que tenían esta tierra gracias a la donación de un rey traidor, juraron lealtad a la reina legítima. Los Pimentel, especialistas en traiciones, se aliaron con la princesa Isabel.

Nieta de reyes. Esposa de reyes, fue su tío Alfonso el que levantó su bandera, tras casarse con ella. Llegó una guerra. Larga. Dura en esta la mi tierra. Todo terminó en las campas de Peleagonzalo, en marzo de 1476La guerra la ganó Isabel. A los partidarios de Doña Juana sólo les quedó la muerte o el exilio. Un exilio a Portugal, de donde era la madre de JuanaDon Diego marchó al exilio y con él su mujer. Vivieron en Berganza, ciudad en la que Losada murió, melancólico, sin poder volver a su tierra. Exiliados, dice la Melgar, porque su marido “avía seguido el partido del Rey de Portugal.
Sigue lloviendo.

Es tarde ya

29.9.12

Llovía, aquella mañana también llovía (I)


Llueve. Uno de esos días de otoño en los que lamento no estar en la mi tierra, paseando a la sombra de las nogales. Llueve. Y sobre mi mesa hay papeles viejos. En días como hoy, si estuviera asomado a la ventana de mi habitación, me sentiría como aquel nieto de los Villanueva aragoneses, recluido en su torre, dedicado al placer de leer y meditar. Lejos del ruido. Lejos de las pasiones que oscurecen mi alma.

Llueve, y me abandono al placer de sumergirme entre legajos que me acercan a otras vidas. Uno también necesita evasiones de vez en cuando. Llueve. Los papeles, melancólicos, me llevan lejos en el tiempo. Muy lejos. En mi tierra no había nada, sólo frontera. Estamos a principios del siglo XVI. Mire donde mire, sólo veo judíos, recién llegados algunos, viejos amigos otros, escondidos todos...

Llueve. Los papeles me hablan de un pleito. Viejo. María Pacheco y su hija doña Beatriz litigan con el poderoso Conde Alonso Pimentel, hijo de María y hermano de Beatriz. Herencias. Sus riñas son antiguas como el mundo. El cielo estaba gris, como hoy.

María era una Pacheco. Nada menos. Hija del poderoso marqués de Villena. Grandes en Castilla. La habían casado con Rodrigo Alonso Pimentel, primer Duque y IV Conde de Benavente en 1466. Un buen matrimonio. El marido había muerto en 1499. Los papeles del pleito me hablan. La Pacheco asegura que después de la boda “ganaron y adquirieron, mejoraron e multiplicaron entre ellos ciertos vasallos en Sanabria y  asimismo labraron la fortaleza de Sanabria y cercaron la villa”.

Llueve. La lluvia se huele desde el pergamino. Su hijo el Conde Alonso se defiende. Aquellos vasallos no los ganaron sus padres; si llegaron a ser propiedad de los Benavente fue “por mercede que de ellos le hizo la católica reina doña Ysabel, porque estos vasallos fueron confiscados a su Real Corona, por crimen y delito de trayción, crimen Lesa Maiestatis, cometido por Diego de Losada”.

Levanto la vista y me parece estar viéndolos; aquellos Losada, aquel Diego…


PD: en recuerdo del padre del mi Maestro Lauru, que debió de llegar a la nuestra tierra con los suyos por aquellas fechas y cuyo hijo sabe, como yo, que las personas, cuando mueren, van al corazón de aquellos que los recuerdan...