Durante la modernidad (siento ponerme tan sociólogo) ha podido haber, digamos, tres sujetos constitutivos de la nación.
- El proyecto ilustrado, y del que hasta ahora bebían el liberalismo y, en cierta medida, la socialdemocracia, imaginaba a la nación como una comunidad, constituida por el demos, es decir, la ciudadanía constitucional o comunidad de individuos libres, tal y como señala Rafael Rojas en su muy interesante Tumbas sin sosiego, que llevo una semana devorando.
Pero otras ideologías, bastante más siniestras, tenían otros planes para la nación como comunidad imaginada.
- Para la izquierda comunista, el elemento que constituía la nación era la clase. Además, una clase imaginadamente obrera. De ahí que quienes se salieran de ese esquema no eran ciudadanos de la nación y podían, por tanto, ser desposeídos, desterrados o, directamente, asesinados. El genocidio cometido primero por Lenin y luego por Stalin contra los campesinos que tenían pequeñas propiedades (dos vacas, un huerto) a través de la campaña de deskulakización, va en esa línea. Cuando los comunistas de ETA / Batasuna hablan del pueblo trabajador vasco se refieren a eso también. La imaginada burguesía no forma parte, en sus ensoñaciones, de la nación vasca.
- Para el nacionalismo, el sujeto en el que se funda y se mantiene la nación es el etnos. De su comunidad imaginada, sólo podrán formar parte aquellos que, étnicamente, formen parte del proyecto simbólico único. Antes que ciudadano, uno es catalán, por ejemplo. Así, un catalán que no sea catalanista no es catalán. Como el criterio de las razas y la sangre pasó de moda, una de las formas de identificar la pertenencia al etnos es la lengua, si es que esta es diferente y puede marcar diferencias. Un español que no hable español no es español. Para un nacionalista, no se concibe un español que hable catalán, ni un catalán que hable español.
Y ahora una pregunta, sin rencor y sin entrar en actitudes valorativas. La socialdemocracia española, representada en principio por el pesoe, ¿no les da la sensación de que lleva años abandonado el primer modelo, el de la comunidad de individuos libres, para abrazar el tercero (así, en Cataluña catalanista, en el país vasco, vasquista, en Galicia, galleguista…).
Por eso, entre otras cosas, me caen bien los Ciudadanos de Cataluña. Es una forma de volver, sin complejos y desde la izquierda, a la reivindicación de la ciudadanía constitucional como comunidad de individuos libres, más allá de los complejos identitarios o de clase. Me agrada discutir con esa izquierda, más cercana al ideal ilustrado que a la aldea cruel. Con la que izquierda que se confiesta nacionalista, tengo poco de qué hablar, la verdad. Nunca han sido de mi agrado los nacional-socialismos.