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15.11.24

Comunicación y su importancia

El fallo de Valencia ha sido sobre todo un fallo de comunicación, lo contaba Arcadi el otro día en El Mundo. Dentro párrafo: Es probable que Aemet no la viera venir en su magnitud, pero si lo hizo, no supo comunicar de modo apropiado el peligro. Y relacionado: hace tiempo tuve que borrar la aplicación de Aemet de mi iPhone. Insólitamente —la app de un organismo público— era una vía de entrada de virus, su interfaz era puramente rudimentaria y se colgaba cada dos por tres. La comparación con Météo-France, por poner un ejemplo, era hiriente. Hoy la aplicación sigue impertérrita en el fondo cavernoso de la tienda de Apple: tiene un 1,6 de valoración sobre 5. ¡Y no se actualiza desde hace cuatro años! La de Valencia ha sido —y continúa siendo— una catástrofe de comunicación. Dada la inimaginable cantidad de estupideces que se comunican —y destacadamente por parte de la política—, eso supone una paradoja cruel. Una comunicación eficaz no habría evitado las inconcebibles montañas de coches muertos en las bocacalles, pero sí que en su interior hubiera cadáveres.

22.3.13

Corolario sobre el poder político en escena...


Acabo ya con el poder político en escena, el ensayo de Luis Arroyo. Se vuelve superficial en su cierre y creo que es uno de los fallos del libro: cae demasiadas veces en lo banal cuando se centra en la comunicación política.  ¿De verdad el liderazgo es genético? No lo creo, pero además, tras leerlo, me da la sensación de que el autor tampoco consigue demostrarlo. Otros aspectos recurrentes en el libro, como lo de las liturgias del poder, o lo de las triadas (marca de la casa, por cierto) son interesantes, pero son sólo el atrezo de fondo. Nada de eso justifica por sí mismo victorias o derrotas. En las elecciones o en la vida. Aún recuerdo el papelón de Gutiérrez Rubí intentando convencernos de que Obama ganó por el uso que hizo del análisis de los datos. Es un defecto fieramente humano: todos pensamos (y el Perdidaco el primero) que lo nuestro es lo más relevante, y eso le acaba pasando al autor. No saco en claro que la comunicación sea esencial. Es importante. E influye. Pero hay muchos factores que ponderar a la hora de intentar interpretar las cosas; algunos de ellos nunca llegaremos a calibrarlos bien; otros, siquiera a conocerlos. Y eso, si es que hay alguna interpretación qué hacer, por cierto.

En cualquier caso, cierra uno el libro, el buen libro, pensando que un mundo político en el que la forma se coma el fondo, en el que el medio sea el mensaje, es lo más parecido a los ochos años de desgobierno zapaterista que ya hemos sufrido….

Reivindiquemos la sustancia, so pena de no despertar nunca de la postmodernidad... 

18.3.13

Comunicación y política (IX)


El ensayo de Luis Arroyo sobre la comunicación política y su incursión en el mundo de los erizos y los zorros. Un buen resumen de las tesis de Tetlock y de los ensayos de Kahneman. Los erizos son los que ven el mundo dentro de un marco coherente y tienen explicaciones para todo. Son los tertulianos, los todólogos de mi adorado Roger. No reconocen los errores; son obstinados y desprecian a cualquiera que matice algo. En seguida tachan al discrepante de derrotista. O de payaso. O peor aún, de contrarrevolucionario. Son esa gente que cuando te pregunta algo ya sabe la respuesta y que no paran de dar lecciones en cualquier aspecto de la vida.
Frente a ellos están los zorros. Pensadores complejos. No creen en una sola fuerza dirigiendo la historia. No creen en la miseria del historicismo contra la que clamó Popper. Creen en los matices. En la complejidad. En la dificultad.

A veces uno se sorprende de ver a un zorro en una tertulia televisiva, por ejemplo. Suele durar poco. No es su entorno. De la misma manera, a veces, los erizos se cuelan en un periódico serio, y ahí tampoco suelen durar mucho.

Es una batalla perdida. Al final, ganan siempre los erizos. Los cerebros humanos prefieren los relatos coherentes a los relatos sofisticados. Lo más sencillo es dividir al mundo en putas y maricones, me contó una tarde de agosto un maestro, y Lisboa resplandecía.

Tardé años en darme cuenta de la razón que tenía…