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20.6.13

La enloquecida fuerza del desaliento...

Los hermanos Fetuccini fueron a predicar a la ciudad de la magia. En medio de la nada. Un curso de alto nivel. Con un alumnado potente. Adoro la formación. En otra vida, cuando me centre, decidiré que quiero dedicarme a ella por extenso, venciendo esta manía mía de dejarme llevar donde la corriente me arrastre. Y mientras impartíamos la clase, y veía la cara de los alumnos pensaba: algo se hace mal en este país cuando gente como nosotros está como está. Cuando a las personas se les abren las puertas o por el apellido que ostentan o por el pedigrí que muestran, y nadie mira, en realidad, la valía del trabajo que cada uno realiza. Quizá porque en realidad nadie valora el resultado y es verdad que la postmodernidad es el mundo en el que todo ya da igual.

La sociedad moderna se basaba en el mérito. Era solo una convención, claro, pero era  más justa que las demás. Y sin justicia no hay forma de hacer un país. 
Es lo que hay.  



2.3.13

Algún día...


Algún día, me retiraré a provincias a vivir. Así, con dos cojones. 

Ese día, acompañado por una hermosa mujer (el cholo Vallejo hubiera escrito “de la cuál tengo ya el recuerdo”) abriré una librería. Ya tengo el modelo. Se parecerá mucho a la Oletum de leyenda que aparece de manera recurrente en mis sueños; un puerto para libros errantes desde el que ver el atardecer de mis días.  

Será acaso algo más pequeña y por allá pasarán, como en un sueño, todas las personas, vivas o no, con las que he disfrutado en la vida hablando de libros. Allí veré comprar a mi querido Juan de la Cuesta, aturullando con su verbo incansable al amigo Pita, allí  llegará cada tarde al maestro Esteban acompañado de Miqui el libanés;  compartiré tertulia con John the Minor y Jesus Fuentes, mientras Oscarnello  y el hijo de Antonio Redoli hojean libros de Magris de manera furtiva. Tras el mostrador, como en la ferre del Mercado y mientras Montaigne dibuja con su dedo grande en aire, estaremos aquella mujer (de la cual, ya digo, tengo ya el recuerdo) y yo, compartiendo la vida. Una vida ya madura. Hecha de verdades. Una vida sin dobleces. Por fin, una vida sin huidas. Tan cansado de empezar siempre de nuevo. Una vida sin todas las mentiras que se arrastran en esas relaciones que siguen vivas por inercia y que se construyen engaño tras engaño.

Algún día me retiraré a provincias a vivir.

Y sólo una mujer vendrá conmigo. El resto serán sólo niebla, ausencia...

De estoy que hoy digo serán testigos: “los días jueves y los huesos húmeros, / la soledad, la lluvia, los caminos...

19.5.12

Nire aitaren etxea...


Madrid es una ciudad. Y lo digo con todas las letras. Cuanto más viajo, más de me doy cuenta de que el resto de España es todo provincia. Las lógicas premodernas y rurales de la mi tierra son las que hay en Zaragoza, o en Barcelona. La única metrópoli de España es Madrid. No hay más. Madrid, su mar, su cielo, es la única ocasión que tenemos de respirar aire limpio en este país que por siglos fue el final de la tierra. Suenan los Suaves en el Itunes, se nota, ¿Verdad? Comía esta semana con amigos lejanos, a los que veo de tiempo en tiempo. Turkilmaz, Patricia… Sólo Madrid nos dio la oportunidad de conocernos. Sólo Madrid nos permite seguir en contacto. Qué suerte esa gente con la que puedes quedar a comer, me dice Jesús por teléfono. Mira al mi pueblo. Estoy asomado a la ventana. Esta es mi tierra, mi casa. Aquí me reconozco. Aquí pertenezco. Aquí está la casa de mi padre. Aquí me quedaré cuando llegue el momento. Pero sólo entonces. Hasta que ese día llegue,  el resto será Madrid, la ciudad que me enseñó a ser libre.


PS: La necesidad de una biblioteca, deliciosa reflexión de Muñoz Molina.