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19.5.14

Gadir

Arribamos en Cádiz. En realidad, tengo la sensación de que gran parte del viaje ha sido una excusa para llegar a esta ciudad liberal. Yo soy un hombre de tierra adentro, pero en otra vida hubiera sido un hombre de puerto. Las ciudades con mar son ciudades abiertas, y a través del mar llegó siempre el comercio y la cultura. 

Para reencontrarnos precisamente con el origen nos acercamos a ver Gadir, una exposición deslumbrante sobre el origen fenicio de la ciudad. Los cananeos, que trajeron el comercio a esta parte del mundo, llevaban en sus barcas cosas que nos hace reconocernos hoy como lo que somos: alfabeto, escritura, dinero, cultura... La exposición es magnífica, y permite hacerse una idea de cómo ha ido evolucionando la ciudad desde entonces. Un audiovisual complementado con una visita guiada por los restos de varias culturas que se superponen en el subsuelo. Un must si va por la zona, desocupado lector. 

7.5.13

Viajar hacia el sur...


Viajamos al sur. Ese sur extraño, lleno de sol. Otro país, tan mediterráneo, en el que sentirse ajeno cuando uno viene de las tierras del norte. A mayores, el sur oriental. Almería; una de las dos provincias españolas en las que aún no había puesto un pie en mi vida. Ya me vale. Aquel lugar al que llegaron los fenicios cuando en la mi tierra no había más que gañanes luchando contra el frío.

Viajábamos al sur, digo, con varios libros bajo el brazo, un bañador y ganas de paseo. “Tenías que haber ido hace quince años, aquello está devastado por la urbanización”, me dice un amigo el día antes de partir. Pero cuando arribo, le contesto: no, no lo está. Lo único que se puede hacer en esta parte de la costa de Almería es construir. Su valor añadido está por encima (el sol) y por delante (el mar) del terreno. Un terreno feo. Árido. Un terreno sin más valor que el de servir de base a una mirada de frente hacia el mar. 

El mar. Una de mis cuentas pendientes.

Viajábamos al sur, digo, y aun sí vi varias cosas que me sorprendieron…

6.7.12

El viaje como placer estético


Aunque en realidad es uno de sus últimos libros, el invierno mediterráneo de Kaplan lo que recoge, en realidad, es el primero de sus viajes. El texto recoge el recorrido que, a finales de 1975 y con veintipocos años, el joven escritor realizó, durante un invierno, por el mediterráneo.  Es un libro magnífico, como casi todo lo que le he leído a Kaplan cuando viaja, en el que se mezclan de manera sencilla reflexiones sobre el propio concepto del viaje con la historia de los lugares que el autor visita. El viaje comienza en Cartago. Aquel Cartago con el que yo me tropecé por primera vez unas fiestas de Barrio a finales de los ochenta. Era una tarde agosto y ya sabe, lector, que Lisboa resplandecía. El día que muera, mi espíritu vagará libre por esos pocos quilómetros cuadrados de superficie que contiene el triángulo que forman la Villa, el Mercado y el mi pueblo. Con todo lo que contiene, claro. Y el grupo repetía, incansable: “Hijos de Cartago, la victoria es nuestra, sabrán los romanos de nuestro valor…”. Quizá ningún sitio como Cartago, aquella ciudad fundad por los fenicios en el siglo IX antes de Cristo, como para comprender por qué el concepto “historia” está ligado de manera íntima al de “conocer”. Sin historia, no podemos entender nada del presente. Cartago, aquel Cartago que se ve desde Chez Magui mientras uno ve caer la tarde con una copa de vino en la mano y unas aceitunas en el plato. Todo empezó aquí, cuando las dos riberas del mediterráneo eran en realidad un solo territorio, más unidos entre sí que con el resto de Europa o el Sahel africano.

El viajero recorre también, para nosotros, la Muqadima de Iben Jaldún y nos muestra lo que un texto intemporal nos puede enseñar, tantos siglos después. Y algunas pinceladas mayores. No es extraño que la primavera árabe estallara en Túnez, precisamente. Una sociedad articulada y razonablemente urbana; una civilización ancestral frente a lo que han sido Argelia o Libia: meros nombres geográficos sin ninguna tradición societaria detrás. Más pinceladas: la llegada del cristianismo, una religión revolucionaria, ligada a los pobres, y que también llegó por mar. San Agustín es una muestra de aquella África mediterránea más ligada, ya digo, al mar que al desierto, y que desapareció en el siglo VII con la llegada, esta vez por tierra, de  unos nuevos invasores que esta vez venían por tierra. Y llegaron para quedarse muchos siglos



PS: Cuanto más bello es el paisaje, más arde uno en deseos de devorar su pasado y su cultura: toda la vida intelectual reposa en última instancia en la estética.
Kaplan, Robert D.: Invierno mediterráneo. Un viaje por Túnez, Sicilia, Dalmacia y Grecia. Barcelona, Ediciones B, 2004. Pág. 37