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26.5.14

Al norte

Partimos hacia la batalla de Las Navas. Se nos va echando el día encima cuando pasamos Sevilla y es ya noche cerrada al llegar a la Córdoba de leyenda. Una ciudad que para mí siempre será el señor pita y su arte. Dormimos en Santa Elena y madrugamos para visitar el museo de interpretación de las Navas de Tolosa. Un edificio majestuoso en el paso que separa Castilla de Andalucía. Aquella batalla entre los reinos cristianos y el legendario Miramamolín que marcó el fin de una época y que tantas leyendas, como la del escudo navarro, ha proporcionado a nuestra historia, Una buena ruta, didáctica, sobre aquella batalla, decisiva tras el fracaso de Alarcos pocos años antes,  y sobre la Edad Media peninsular. 

Es ya casi la hora de comer cuando nos ponemos en marcha hacia Castilla.

21.5.14

Cádiz, las esculturas

No es fácil patearse Cádiz. Son más de tres mil años de historia y eso exige mirar mucho y bien. Nos acercamos al museo del provincia. Una magnífica exposición de restos, como los dos sarcófagos fenicios de leyenda que ningún visitante debería perderse. En esta ciudad se confirma esa tesis que le leí a Racionero: la civilización es urbana: el resto es bruma, frío y miedo. La planta de arriba es, empero, más floja: glorias de la pintura local sin demasiado interés. Llegamos a la Casa del Obispo e iniciamos otro viaje en el tiempo. Salimos a la calle, ya en el siglo XX, y entramos en la Casa de Iberoamérica. La exposición permanente de Cornelis Zitman: un holandés errante al que desconocía. Hay una marca propia en cada una de sus figuras que llena de paz las salas. Hay algo mágico en la escultura como concepto; quizá nosotros no seamos más que mamíferos que crean con las manos. Quizá el primer hombre supo que lo era cuando dibujó con barro sus sueños. O cuando, como hubiera escrito César Vallejo, escribió con su dedo grande en el aire...

Es tarde ya cuando volvemos a casa. Por el camino, un  levante de cojones, a sí que aceleremos la salida hacia Castilla

19.5.14

Gadir

Arribamos en Cádiz. En realidad, tengo la sensación de que gran parte del viaje ha sido una excusa para llegar a esta ciudad liberal. Yo soy un hombre de tierra adentro, pero en otra vida hubiera sido un hombre de puerto. Las ciudades con mar son ciudades abiertas, y a través del mar llegó siempre el comercio y la cultura. 

Para reencontrarnos precisamente con el origen nos acercamos a ver Gadir, una exposición deslumbrante sobre el origen fenicio de la ciudad. Los cananeos, que trajeron el comercio a esta parte del mundo, llevaban en sus barcas cosas que nos hace reconocernos hoy como lo que somos: alfabeto, escritura, dinero, cultura... La exposición es magnífica, y permite hacerse una idea de cómo ha ido evolucionando la ciudad desde entonces. Un audiovisual complementado con una visita guiada por los restos de varias culturas que se superponen en el subsuelo. Un must si va por la zona, desocupado lector. 

16.5.14

La roca de Tarik

A la vuelta del ferry enfilamos Gibraltar de manera directa. Entramos a pie y sin patriotismos, que no soy hombre dado al histrionismo identitario. Y aunque entro a paso firme y con intención de escuchar, razonar y entender, es verdad que hay algo humillante en la presencia de una colonia de un país amigo aquí. Y lo digo yo, que soy anglófilo desde que empecé a andar. Un país amigo de otro no tiene una economía parasitaria en casa de su vecino. En fin, no sé que pensarían los británicos si tuviéramos una colonia dedicada a actividades dudosas en la isla de Wight. 

El panorama es desolador, así que espero que sea verdad lo que dijo Margallo de que "se acabó el recreo con el Peñón". Los llanitos han ido ganando terreno, no sólo a la tierra de nadie, sino también al mar. La pista del aeropuerto es una vergüenza. Como lo es el campo de fútbol, ubicados ambos en territorio español. O el incremento de terreno por el lado de la playa de los catalanes. Los llanitos son colonos, no son otra cosa, y aunque es evidente que sus derechos han de ser salvaguardados, y nadie en su sano juicio puede plantear su expulsión, lo que no pueden pretender ser es un interlocutor ante un Estado como España, por más que a Moratinos se le pasara por la cabeza. 

Patemos la ciudad. Un mundo británico con sol y playa. El sueño de los british. Subimos por el teleférico hasta lo alto del peñón. Impresionan las vistas de la bahía y quizá ahí esté una clave de porqué nunca España lo conquistó: alterar la situación podía llevar, es cierto, a echar a los británicos, pero también a que ellos salieran del mismo y se hicieran con la bahía. Cervezas en un par de bares. Un par de iglesias y algunas tiendas típicas. Nos topamos con una procesión, católica, al abandonar la colonia. 

14.5.14

La ciudad portuguesa o el limes de la identidad

La historia de Ceuta tiene mucho de mito. Madrugamos para caminar con calma las murallas reales. El canal abierto por los portugueses convirtió a la ciudad en una isla. Marruecos al fondo. Es festivo y,  pese a lo que se anuncia en las puertas, están cerrados los museos; así que nos queda patear la ciudad. Ni los baños árabes ni el museo de la legión. Algunos vinos decadentes. Un vistazo por La casa de los dragones y el Palacio de la Asamblea. Una ciudad llena de recuerdos militares. Los caídos en la campaña de África, quizá la primera y última guerra que España hizo como nación moderna, son recordados en un monolito en la plaza de África. Sólo en Melilla se vive con tanta intensidad la identidad española como aquí. Las fronteras, sitios de identidad difusa, son ideales para reivindicar identidades. No es casual, se lo leí hace años a Jon Juaristi, que gran parte de los inventores de identidades nacionales vengan del limes: Si De Valera nació en Nueva York y era hijo de un asturiano, si Hitler era austriaco, Napoleón corso y si Chamberlain, por poner solo cuatro ejemplos era británico, es que nuestros padres mintieron / eso es todo.

12.5.14

Ceuta

Atracamos en Ceuta. Un paseo hasta el Parador. Un edificio envejecido; esta vez no ha sido buena elección ya que ni siquiera su magnífica ubicación justifica el precio. Para salir a cenar, nos andamos la ciudad. Una ciudad, cortesías de la fecha, metida en celebraciones religiosas. Cuando divisamos el Hacho nos acobardamos cogemos un taxi para ir al Oasis. Siempre que llego a una ciudad, pregunto siempre por los doce mejores restaurantes. De camino, el taxista nos desgrana los problemas del sector que en el fondo son los de la ciudad. Un mundo de claustrofobia cuando un mar te separa de tus entornos culturales. La gente se va. Ese mensaje tan duro que he oído tantas veces en la mi tierra rayana y que tan difícil es de entender cuando uno no ha salido nunca de Madrid. Terminamos de cenar. Una delicia. No se pierdan el restaurante si vienen por aquí. Bajamos la cena con un digestivo. La ciudad, en la que todo recuerda que la única garantía del mantenimiento de su identidad occidental son las Fuerzas Armadas, está ya recogida cuando nos retiramos. 

9.5.14

El Estrecho

Me emociona cruzar el Estrecho. Pasar por donde Hércules, con su maza, abrió un tajo de agua, entre el monte Calpe y el monte Abila. Nos tiramos el viaje en cubierta. Dos mundos separados por apenas quince quilómetros. Dos mares. Dos vidas. Es la primera vez en mi vida que voy a pisar tierra continental africana. La España africana: los restos de una política de seguridad de la Monarquía que pasaba por disponer de enclaves en el norte de África para defender al país del inquietante (y desconocido) vecino del sur.

Y mientras enfilamos Ceuta recuerdo aquellas conversaciones a la lumbre con mi abuelo: "me adelantaron la quinta por Annual" y allí marchó, a servir en la "Comandancia de Artillería de Montaña de Larache". Casi tres años en el Protectorado, sin volver por casa, asistiendo al capitán José Iglesias Varela. Deseando que lo hiriesen para poder volver a España. Tres años estuvo allí y volvió ileso "los muertos colgados de los árboles", eso no se olvida. Como tampoco olvidó nunca aquellos hechos de armas en los que participó, tal y como reza su expediente militar: "Fedan-Domi-Tarrarut, Fetel-Burhasem, Mederah y Dal el karía".

Llegamos al puerto...

7.5.14

La Isla

Madrugamos. Nos espera un buen trecho. Recorrer la España del levante, ahora que estoy en la orilla, con Rafael Chirbes. El paisaje va cambiando conforme nos acercamos a Granada. El agua es la vida, y así lo entendieron todos los que hasta aquí llegaron. Pasamos por la costa conforme va finalizando nuestro viaje. Al fin, divisamos la bahía de Algeciras. Una ciudad mítica. La Al yasira de los musulmanes. La llave del Estrecho. Por esta bahía se empezó a perder la Hispania goda, según nos contaron los cronicones. Un mundo degradado, me dice Oskarnello, siempre atento. Las políticas de desarrollo de la bahía, para contrarrestar Gibraltar, han acabado con el entorno natural de la zona. Un puerto por el que me parece estar viendo a McNulty en la segunda temprada de The Wire. Aún  hay tiempo hasta coger el ferry. Algeciras es también alguna canción de Medina Azahara, en mi adolescencia, y sobre todo es la patria adoptiva, durante algunos años, de mi amigo y maestro Esteban. Esas ciudades que, en el fondo, ya conocemos antes de visitar por primera vez. Y es que los viajes, también, se conversan y luego se hacen. Embarcamos.

5.5.14

Pasiones semanasanteras

Salimos del levante y hacemos nuestra primera parada en Lorca. Un viaje hacia el sur, partiendo desde el este: el mundo más opuesto al mío que pueda imaginar. Llegaremos al municipio más grande de todo el este español cuando la tarde cae. Abrazos. Claro que hay abrazos. Hay amistades que los años tardan en olvidar. Un baño. Un magnífico Parador. De cuando éramos ricos. Salimos a cenar la ciudad. Estamos en Semana Santa. Miércoles Santo. Nos desgranan la historia de rivalidades cainitas entre los blancos y los coloraos. Viajar no es sólo mirar. No es ni mucho menos mirar. Es escuchar, es leer, es aprender. Esta noche desfilan los coloraos. Es curioso que, como en muchas ciudades castellanas, una parte importante del tejido de la sociedad civil está también aquí ligado a la Semana Santa. Quizá para esconder identidades dudosas: Lorca fue siempre un país de frontera. Y los países de frontera eran territorios ideales para los emboscados. No hay más que ver los magníficos restos de la aljama que aún se pueden visitar en la vieja alcazaba lorquina.

Nos recogemos pronto. Mañana hay que seguir con la ruta...