Sociedades
en las que se premia la pasividad. El país de los muertos. Si uno hace algo:
mueve, convoca, organiza, siempre corre el riesgo de equivocarse, de no
fijarse. De olvidarse. Pocas veces tiene el beneficio de la duda. Apresurarse a
atribuir a la maldad lo que es un equívoco, un malentendido y, en ocasiones,
simple despiste. De frente, en el lado de los dormidos, el “no” por respuesta
como complemento ideal a la pasividad. El no rotundo, varonil, de quien no
entiende ni el mundo, ni sus matices, ni su complejidad. El hombre ideal.
De
fondo, esa diferencia esencial, que Mi
General me enseñó hace décadas, que media entre contestar con un “no” a una
pregunta a contestar, siempre, con un ¿Por qué no?. Un matiz inefable.
Un matiz que, cuando interioricé, empezó a alejarme de mis compatriotas.
Lo
que pasa es que, a veces, dan ganas de mandarlo todo a la mierda.
Sinceramente.



