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11.2.13

Ir a Pompeya para derribar tópicos...


Se me pasó recordar el apartado dedicado al Rey Carlos VII de Nápoles (y III de España tras la muerte de su hermano Fernando). Un Rey culto. Y Grande. No sólo jugó un papel esencial en la investigación y recuperación de las ruinas de Pompeya. También consagró una forma de entender la arqueología, tan lejana al modelo de rapiña napoleónico o de la Inglaterra imperial. Las cosas se quedan donde se han encontrado.  Está por hacer, en un país tan acomplejado como España, la historia de los borbones españoles en el sur de Italia. O, más bien, el papel que la Monarquía Hispánica jugó en aquella península durante varios siglos.

Más allá de eso, la Exposición se centra también en el impulso que la llegada del Rey a Madrid dará a las excavaciones dentro de los dominios de la Monarquía.  Ideal para todos aquellos acomplejados que siguen repitiendo, como un mantra, aquello de que “aquí no hubo Ilustración”, mientras suspiran y terminar de apurar un Burdeos…

Un buen final para una buena exposición.
No se la pierdan. 

25.11.12

Buenos escritores, novelas mediocres...


Hay buenos escritores que son malos novelistas. Le pasaba a Umbral. Me pasaría a mí, sin ir más lejos y si yo fuera buen escritor. Le pasa también a Reynaldo Lugo, un cubano que vive en Béjar. El amigo Moretón, caballero charro, me regaló su último libro, a vueltas con  El príncipe que leía el tarot y soñaba con mujeres. Un relato de los últimos años de Alfonso de Borbón y Battemberg, Conde de Covadonga, aquel Príncipe de Asturias que nació para ser Alfonso XIV y al que la hemofilia apartó del trono.

Se trata de una figura, maldita y oscura, como corresponde a los perdedores, y quizá lo más fascinante del libro es cómo recrea la angustia vital de aquel hombre huido y peleado con todos: los miedos de quien siempre se supo por debajo de las exigencias que la vida le puso delante, sin preguntarle. Muchas inseguridades nacen del temor a no ser lo que las personas que nos importan esperan que seamos.

Algunos personajes están bien construidos, no sólo el Conde, sino también aquella María Caridad Neira, lesbiana primero y luego bisexual, tras quedar atrapada en la cama del Conde,  o Marta Rocarfot, aquella livianidad que concebía el matrimonio con un ascensor social.

El autor es buen escritor. Y sabe golpear con la frase precisa en el momento justo: “Alfonso está en mi camino y tengo que chocar con él. Así de sencillo”. Es difícil expresar mejor una sensación que a todos nos ha asaltado alguna vez en la vida. O la inseguridad de María Eugenia, la ingenua prostituta enamorada de un príncipe. Esa desolación de no cerrar nunca la puerta del todo, aunque la persona amada esté ya lejos “Aguardó por él como ya lo había hecho antes, sin esperanza alguna; pero no dejó de esperarlo.”

Pero el autor no mantiene el ritmo de la novela. La trama política es floja no está bien resuelta y, en conjunto, la obra es irregular, un continuo sube y baja que no termina de atrapar al lector.

Un buen escritor y una buena historia, pero una novela mediocre. 

5.4.11

El primer iberoamericano universal (y III)

Cierro por ahora el ciclo, pero sigo pensando en el tema de la mano del profesor Lucena. La estructura de la América española era una estructura muy del gusto de los Austrias: pactos y autogobierno. El reformismo borbónico en el XVIII intentó modernizarlo. Salió mal. Pero las cosas nunca estuvieron tan claras como vemos ahora, cuando abrimos los libros. A finales del XVIII la Monarquía se había rehecho y el Caribe volvía a ser un mar español. El precipitante final, como en otras cosas, fue la brutal invasión y posterior ocupación francesa, tan saludada aún por nuestra progresía. Una parte de la España americana decidió volar en solitario. No toda, ni mucho menos. La España europea no tenía tanto ejército como para sostener la legitimidad realista durante casi veinte años a miles de quilómetros. Por eso, aquella fue una guerra librada entre realistas americanos e independentistas americanos. Hubo muchos más españoles peninsulares defendiendo la soberanía en Cuba un siglo después que frenando las revueltas a principios del XIX. Porque hubo muchas opciones, y no todas eran independentistas. Ni todos los criollos lo fueron. Como no lo fueron apenas los pardos y gentes de color. Es verdad que todo acabó como acabó, y que Ayacucho marca, en cierto sentido, el final de un mundo. Pero las cosas, como siempre en la historia, pudieron haber sido de otra manera. Y los estudios que el profesor Lucena está llevando a cabo sobre el tema aportan mucha luz, tal y como ya tratamos aquí hace meses.


PS: “A quienes edificaban una mitología republicana con elementos criollistas que todo lo explicaba sobre la base del despotismo peninsular, real o supuesto, no les convenía recordar, por ejemplo, que el libertador de Argentina, José de San Martín, había sido un destacado oficial del ejército español en Bailén; que el prócer chileno José Miguel Carrera empezó su carrera militar luchando contra Napoleón en la Península y logró el grado de capitán; o que el admirable mulato José Prudencio Padilla, fusilado además en pleno gobierno de Bolívar (1828) por supuesto conspirador, había peleado en Trafalgar con la Real Armada, y pasado luego tres años prisionero de los británicos por servir a la Monarquía borbónica”

Lucena Giraldo, M.: Naciones de rebeldes. Las revoluciones de independencia latinoamericanas. Taurus, Madrid, 2010. Página 76