Fascinante la historia que se cuenta en la reseña de Manuel Lucena en el Cultural, hace unas semanas. El 9 de agosto de 1780, un día memorable para la Armada de la Corona.
Daba para una película, pero de las buenas.
Visión más o menos liberal de lo que pasa. Reflexión sobre la cultura, la sociedad y la vida. En general. Se admite debate.
Fascinante la historia que se cuenta en la reseña de Manuel Lucena en el Cultural, hace unas semanas. El 9 de agosto de 1780, un día memorable para la Armada de la Corona.
Daba para una película, pero de las buenas.
Es un siglo con mala fama: para la derecha, el inicio de nuestra decadencia; para la izquierda, que está peleada con la idea de nación, una oportunidad perdida de afrancesarnos del todo. Recordaba el otro día el periódico la gesta del 9 de agosto de 1780, una gesta que los niños sabrían de memoria si hubiera sucedido en otro país. Aquel día la Armada infringió su peor derrota a los británicos, capturando una flota que hubiera podido cambiar el curso de la guerra en las colonias británicas del norte de América.
Una Armada profesional, eficiente, bien dotada... Las cosas cambiaron tras la guerra de la convención, a partir de 1793, cuando el país empieza a caer, pero los años sesenta, setenta y ochenta del siglo...
Sostiene Corbin, ya mediado el libro, que los románticos no descubrieron el mar, porque mucho antes de finales del XVIII, las riberas del océano se habían convertido en lugares de gozo y contemplación. De hecho, a finales de la década de 1750 eran multitudes las que iban a Brighton a disfrutar de los placeres del baño. No obstante, son los románticos los primeros en desarrollar un discurso coherente sobre el mar, los que enriquecen las formas de gozo de la playa y los que agudizan el deseo inspirado por está indecisa frontera. Podría decirse, en cierto sentido, que los románticos amplían el alcance de prácticas ya sólidamente establecidas
Su gran aportación quizá es que los románticos hacen de la ribera un lugar privilegiado del descubrimiento de Yo. Señala Corbin que "el individuo no viene ya ahí para admirar los límites, impuestos por Dios, al poder del océano; va en busca de sí mismo, espera, descubrirse en él, más aún, reencontrarse."
A mediados del siglo XVIII, sostiene Corbin en El territorio del vacío: “Médicos e higienistas, al tiempo que producen conocimiento científico, dan la alarma y crean el deseo; su discurso produce, asume o codifica prácticas que, posteriormente, se les escaparán".
Los médicos prescriben el mar para curar la melancolía, el gran mal del siglo. Con anterioridad, y a mediados del XVII, la nobleza inglesa se retira al campo y crece el rechazo de la ciudad, una nobleza amenazada en aquel momento político.
A partir de mediados del XVIII, del mar se espera que remedie los males de la civilización urbana, que corrija los efectos perniciosos del confort. Se empieza a recomendar el baño frío, que se ve como una clave de la longevidad de los pueblos del norte. Ahí está la Historia del baño frío, de John Floyer, publicado a principios del siglo en 1702, y durante todo el siglo serán muchos los tratados médicos que recomienden el agua de mar para sanar el cuerpo y la mente.
La moda del baño en el mar nace por lo tanto como un proyecto terapéutico. Hay años de dudas entre el balneario y su agua caliente y el mar y su agua fría, pero ya está la playa ahí y lo esta para quedarse. También la manera de bañarse es diferente para el hombre, que se lanza viril a la ola, de la mujer, que la recibe lánguida. Son los baños de mar que ya se celebran de manera terapéutica en Brighton en 1797. Durante ese siglo y en el mediterráneo, los baños son casi siempre solo masculinos, no como en las costas inglesas en aquel momento....
Corbin y El territorio del vacío. Sostiene el autor que, aunque las costas italianas generan rechazo entre los viajeros del Grand Tour, a partir de finales del XVII los viajeros se entusiasman con la bahía de Nápoles. Es el mundo del neoclasicismo y de las primeras excavaciones arqueológicas con una cierta lógica moderna. En este sentido, a mayores, Campania es el punto final del viaje, el final de Europa en realidad para unas gentes que consideraban Sicilia o Calabria como territorio africano. Un mundo en el que las élites cultas leen a los clásicos romanos y conocen que para ellos, las riberas de Campania simbolizaban la belleza. A ello hay que , como digo, sumarle las excavaciones que comenzarán de manera pronto-científica en el XVIII de la mano de los borbones españoles en el territorio de las dos Sicilias.
Un mundo en cambio...
Sostiene Corbin en su libro -un espectáculo, y llevo treinta páginas- que, aunque es cierto que la imagen del mar y de las costas está influida por la navegación moderna, tampoco debemos venirnos demasiado arriba: “Hasta 1770, por lo menos, los recuerdos extraídos de la literatura antigua y la lectura de la Biblia influyen más en el imaginario que los relatos de viajes exóticos.
Como los siglos XIX y XX fueron más benévolos con las viejas colonias británicas del norte que con los Virreynatos de la Monarquía, la historia se ha escrito con una visión muy parcial de aquel mundo. Doña Carmen Iglesias, la gran Carmen Iglesias, contaba esto el otro día entrevistada en El Mundo: "Humboldt, que no es precisamente hispano, hace toda la travesía (con el pasaporte que le da Carlos IV) desde el sur de América, y cuando llega a Filadelfia se sorprende del retraso de ese Norte, que no tenía ni universidad ni nada. Claro, él había pasado por Cuba, que era una de las joyas de la Corona. Otra cuestión es que se suele olvidar es que la Monarquía Hispánica fue policéntrica, con varios centros; pues tan importante era México (avanzado el XVI y XVII era el centro del mundo) como Sevilla. Además nunca hubo ejército, más que algunas tropas de refuerzo en el siglo XVIII. Había representantes de la monarquía, pero la administración de los virreinatos se hizo con gente que estaba allí, criollos, mestizos... El mestizaje".
Hay que entender la geografía, y la historia, de un lugar, para entender el presente. Un ejemplo al azar, leído en el aeropuerto de Lisboa. Lo cuenta Pedro Ballesteros en XL Semanas. Los vinos de la Ribera tardaron en darse a conocer porque no había comunicación entre Castilla y Madrid (el alto del León lo abre el marqués de la Ensenada, ¡¡a finales del XVIII!!). Castilla miraba al norte, al Cantábrico -como la mi tierra miraba a Galicia-, porque no podía mirar hacia Madrid Muy interesante la entrevista para cualquiera interesado en le mundo del vino. y en efecto, el terroir es condición necesaria, pero no suficiente: váyanse a cultivar vino a Afganistán y hagan la prueba...
Me llegó vía el gran Oscarnelo, unos de los grandes, la historia de Karansebes, quizá la batalla más loca de la historia. Para echar el sábado...
En un sitio tan lejano como el Misisipí. La huella de los canarios en aquel mar español que fue el Caribe en el XVIII. Se puede ver aquí. No se lo pierda, lector
Reordenando la estantería, me cruzo con Administración y Estado en la España moderna, del profesor José Antonio Escudero, de cuando las CCAA tenían dinero y editaban estudios -y me los enviaban-. Varios estudios de interés sobre la puesta en marcha del Consejo de Ministros y la consolidación del modelo que supera el polisinodial de los Austrias. Un par de notas, interesantes: