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13.9.23

El mar y los baños

A mediados del siglo XVIII, sostiene Corbin en El territorio del vacío: “Médicos e higienistas, al tiempo que producen conocimiento científico, dan la alarma y crean el deseo; su discurso produce, asume o codifica prácticas que, posteriormente, se les escaparán". 

Los médicos prescriben el mar para curar la melancolía, el gran mal del siglo. Con anterioridad, y a mediados del XVII, la nobleza inglesa se retira al campo y crece el rechazo de la ciudad, una nobleza amenazada en aquel momento político. 

A partir de mediados del XVIII, del mar se espera que remedie los males de la civilización urbana, que corrija los efectos perniciosos del confort. Se empieza a recomendar el baño frío, que se ve como una clave de la longevidad de los pueblos del norte. Ahí está la Historia del baño frío, de John Floyer, publicado a principios del siglo en 1702, y durante todo el siglo serán muchos los tratados médicos que recomienden el agua de mar para sanar el cuerpo y la mente. 

La moda del baño en el mar nace por lo tanto como un proyecto terapéutico. Hay años de dudas entre el balneario y su agua caliente y el mar y su agua fría, pero ya está la playa ahí y lo esta para quedarse. También la manera de bañarse es diferente para el hombre, que se lanza viril a la ola, de la mujer, que la recibe lánguida. Son los baños de mar que ya se celebran de manera terapéutica en Brighton en 1797. Durante ese siglo y en el mediterráneo, los baños son casi siempre solo masculinos, no como en las costas inglesas en aquel momento....

15.6.18

Senderos (III)

Alguna cosa más de Los senderos del mar. Las playas son un invento del siglo XIX, hasta bien entrada la centuria eran territorios de trabajo, espacios sucios y malolientes frecuentados por pobres pescadores (pobres) recolectores de algas. Para los románticos, aquellos pueblos miserables de las orillas alimentaban su nostalgia de imaginarios habitantes ancestrales. Los buenos salvajes rusonianos frente al horror de la modernidad. Hay mucho de eso en la mitomanía celta de gallegos, sajones, normandos y vascos, por ejemplos. Pueblos del mar que cuadraban bien con el estereotipo en el que los auténticos pobladores quedaban reducidos al papel de simples figurantes. El buen salvaje era el habitante de la orilla que vive de lo que lo naturaleza le proporciona a través del mar, su madre nutricia a la que todos hemos de volver.
Alguna cosa más, en el XIX se pusieron de moda en la monarquía de los Hasburgo, los spa, salutem per aquam. Esa relación del agua con la salud, con la gente tomando baños de olas, 30 eran consideradas suficientes por los médicos, nos dice Belmonte. En realidad, la gente no iba por prácticas acuáticas, sino por la intensa vida social que se desarrollaba con la excusa de la salud.

Por cierto, y para supremacistas, durante el Imperio romano la costa vasca formaba parte de la vía Maris, una ruta marítima que recorría el golfo de Vizcaya desde La Coruña. Esas bobadas de no haber sido romanizados se consolidaron durante el romanticismo sin demasiada base científica.