Mostrando entradas con la etiqueta Monarquía de los Habsburgo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monarquía de los Habsburgo. Mostrar todas las entradas

23.8.20

Gobierno y administración

Reordenando la estantería, me cruzo con Administración y Estado en la España moderna, del profesor José Antonio Escudero, de cuando las CCAA tenían dinero y editaban estudios -y me los enviaban-. Varios estudios de interés sobre la puesta en marcha del Consejo de Ministros y la consolidación del modelo que supera el polisinodial de los Austrias. Un par de notas, interesantes:

  • El 18 de junio de 1790, el Conde de Floridablanca fue apuñado entrando en el palacio de Aranjuez por un tal Peret, francés y quizá agente jacobino. ¿Es el primer atentado en España contra un primer ministro?
  • Otro sí, Martínez Marina era ovetense, nacido en mayo de 1754, hijo de una familia de hidalgos pobres. Ni idea, la verdad...
  • El gran secretario del emperador Carlos I no fue un vasco, como siempre pensé, sino el andaluz Francisco de los Cobos, quien conoció de manera casual y siendo un muchacho a su protector, Miguel de Zafra.


27.7.20

María Teresa y Santa Teresa en la Voivodina

Coasas que aprende uno apenas pone la oreja en las clases de inglés. Resulta que en Subotica, una ciudad de la Monarquía ubicada al norte de Serbia, - en alemán se la conoce como Theresiopel- la Catedral está consagrada a Santa Teresa de Ávila. Una catedral a más de dos mil quilómetros de la tierra castellana donde nació la santa conversa. Una ciudad interesante, metáfora del mosaico balcánico: poblada de húngaros (son la primera étnia de la ciudad), trilingüe y que mira más al norte que al sur. La ciudad con una mayor concentración de católicos de toda Serbia. Aquella monarquía del Danubio. Aquel espacio en el que los europeos ensayaron, por primera vez y sin darse cuenta, algo parecido a lo que hoy es la Unión Europea..  

14.7.20

Estados e Imperios: Rumanía, de nuevo (II)

Algunas reflexiones más de interés A la sombra de Europa, de Robert Kaplan. Según señala Robert A Kahn el imperio austriaco fue “más diverso en cuanto a las tradiciones étnicas, lingüísticas e históricas” que cualquier otro imperio de las épocas moderna y contemporánea. "Estaba más cerca de la Comunidad Europea del siglo XXI que de otros imperios del siglo XIX” escribió Jan Morris.

Admirador del genio austriaco, sostiene Kaplan en el libro que MetternichFue capaz de entregar a los europeos un siglo XIX libre de conflictos bélicos a gran escala, en términos relativos, si bien es cierto que, en un gesto irónico, hizo a sus habitantes demasiado ingenuos como para prever los conflictos violentos entre las grandes potencias que tendrían lugar el siglo siguiente.

Constinúa Kaplan señalando que “Frente a Napoleón, aquel progresista recalcitrante que fue un hombre de guerra, Metternich fue un sagaz reaccionario, un hombre de paz. Metternich creía en los Estados de derecho, no en las naciones étnicas. Los Estados constituyen sistemas burocráticos basados en la legislación; las naciones étnicas se rigen por la pasión de la tierra y la sangre, el mismísimo enemigo de la moderación y el análisis. Metternich no fue un héroe sobrehumano como Churchill […] era bastante más común, algo que a veces resulta más necesario y a lo que deberían aspirar los burócratas que hoy luchan por mantener la Unión Europea.

Aquellas décadas, finaliza Kaplan, “Fueron también las responsables de sosegar a los europeos e insuflarles una engañosa sensación de seguridad, propia de los pueblos que han perdido el sentido de lo trágico, algo que siempre debe cuidarse para evitar precisamente la tragedia.” 

1.12.19

El Mundo que se fue

Rememoraba el otro día Luis Uría en La Vanguardia la monarquía del Danubio a cuenta de un artículo en NYT. Aquel mundo que supuso el último intento de articular identidades imperiales por encima de las nacionales. Aquel mundo, derribado por la pulsión nacional...



21.1.17

Márai en positivo, y en negativo (III)

Otro elemento de interés de Lo que no quise decir está relacionado con la modificación de las fronteras húngaras en la época de entreguerras. Como se sabe, el Tratado de Trianón redujo a su mínima expresión al Estado húngaro como consecuencia de la derrota de la Monarquía dual en la Gran Guerra. La pérdida de territorio se convirtió en una obsesión de las élites húngaras y por ello no es extraño que persiguieran una reversión de aquellos lugares a toda cosa, lo que consiguieron con los arbitrajes de Viena a instancias de los nazis. Es interesante porque Márai reflexiona en el libro sobre cómo la vuelta de los territorios eslovacos de la Alta Hungría,  entre ellos su propia ciudad natal, no generó entusiasmo entre aquellos húngaros irredentos. Venían de casi veinte años de democracia en el Estado checoslovaco, para integrarse en una madre patria autoritaria que los miraba por encima del hombro.

Esos mismo húngaros, alucinados, que pensaban al final de la guerra que los aliados no los atacarían y que probablemente, había un acuerdo secreto firmado con Inglaterra y con Estados Unidos. Era todo mentira, por supuesto, pero la capacidad del hombre para engañarse a sí mismo es asombrosa...