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12.7.22

A contracorriente

Es un placer leer a Dalmacio Negro. Sigue tan vital como cuando lo conocía, a lo largo de la última década de.  siglo, cuando daba clase en la Facultad de Políticas. Es incorrecto, como lo era entonces, y sigue contando cosas que nadie cuenta (Los teólogos del Papado hablaban ya de 'lo stato', "lo que está ahí", y Maquiavelo llamó 'Estado' a los gobiernos despóticos y tiránicos que se instalaron a partir del siglo XIII en las ciudades republicanas del norte de Italia distanciando el gobierno del pueblo. Distancia que consagró Hobbes, el teórico del Estado distinguiéndolo de la sociedad) y que todos han olvidado: la nación política como un invento de la Revolución francesa. Sigo discrepando mucho de él, ahora a cuenta de la Rusia de Putin, pero es un hombre sabio del que se puede aprender mucho...

Noventa años ya...

1.4.22

Nación sin Estado

Brillante párrafo de Ruiz Quintano el miércoles: "La guerra, dice Cavanaugh, es el instrumento de expansión del Estado. Guerra y Estado poseen idéntica conexión que religión e Iglesia. América era una Nación sin Estado (esto lo explica Dalmacio Negro, que aquí sólo contamos con un folio), y la guerra le ha proporcionado un Leviatán que ni soñó Luis XIV."

A Dalmacio lo tuve de profesor. Uno de los mejores. Qué buena imagen y qué interesante Cavanaugh, por cierto.

27.4.08

Libros dolorosos (I)

Hay libros dolorosos. Que hay que leer, precisamente, porque nos tocan alguna fibra cercana. Acabo de terminar uno de ellos: El maestro en el erial. Me ha llevado tiempo, es verdad, pero había que leerlo entero. Habla de Ortega.

Y para El Perdíu, hablar de Ortega, es hablar de muchas cosas a la vez. Es, en primer lugar, hablar de Dalmacio Negro y aquella asignatura de Teorías y Formas Políticas, ¿recuerdas Hornuez?. De aquellas fotocopias de las Obras Completas, del origen deportivo del Estado, de la misión de la universidad, de las ideas y de las creencias. De la rebelión de las masas, también. De Alonso de Contreras, de Mirabeau. De la España invertebrada, discutiendo su tesis central con Elorza. Hablar en torno a Galileo y de la teoría de las generaciones en la historia.
Hay que ponerse en perspectiva. Uno llegaba a la universidad sin tener idea de casi nada. Y de repente, llega Ortega. La claridad es la cortesía del filósofo, y vaya si Ortega era cortés. Cada lectura era una sorpresa, aún lo recuerdo. Nuevas formas de ver la realidad, nuevas maneras de pensar. Llegar a sitios y conclusiones en las que jamás uno había pensado. Y allí estaba siempre, de la mano, Ortega.


Había, es cierto, un extraño silencio en
la Facultad de Ciencias Políticas respecto a él, pero acostumbré pronto a no darle importancia. En la facultad de políticas de la Complutense, que no hablen de determinados autores es para ellos más un timbre de gloria que un demérito.

Luego fui creciendo, porque todos los hacemos, y aunque en algunas cosas me fui alejando de Ortega, su recuerdo, y su base, siguen ahí. Sus lecturas, como tantas otras, me hicieron como soy, pero es verdad que fue él quien me llevó primero a la filosofía, y la política de la historia.

Con este
exordio, entenderán que El maestro en el erial, del asturiano Gregorio Morán, supuso un reto para mí. Una vez, en segundo o tercero de carrera, hablé con algún catedrático acerca de Ortega “volvió a España en pleno franquismo y no se posicionó claramente contra el régimen; eso le ha condenado al olvido”, me contó. Yo no tenía ni idea. De este tema trata precisamente el libro, de los años que transcurren, los diez últimos de su vida, entre la vuelta de Ortega a España en 1945, hasta su muerte acaecida en 1955.
Mañana les sigo contando.

PS: Martín Santos dijo una vez “Ortega es el padre de casi todos los españoles que piensan, incluidos muchos de los que le combaten”. Citado por Morán, Gregorio:
El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo. Tusquets, Barcelona, 1998. Página 309.