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19.7.22

Provocando, que es gerundio

John Müller la semana pasada, en su columna dominical, a vueltas con Stuart Kirk y el incidente que le ha costado una sanción. Muy interesante todo el artículo, pero me quedo con este párrafo: 

"Según Kirk, adaptarse al cambio climático es barato y eficaz: los costos y la mortalidad relacionados con fenómenos climáticos están cayendo. ¿Los incendios son más devastadores en California? Cierto, pero ese estado sólo destina un 1% de su presupuesto a prevenirlos y combatirlos, lo que equivale al 0,1% del PIB del estado. Ese es, según Kirk, el valor que los californianos asignan al problema. Fue en ese momento donde hizo una de sus afirmaciones que más críticas han levantado: «¿A quién le importa que Miami esté seis metros bajo el nivel del mar en 100 años? Amsterdam lleva cientos de años seis metros bajo el nivel del mar y es un sitio estupendo».

10.2.14

Asunciones de deudas

Tengo la sensación, apenas una intuición, de que escribimos como leemos. Escribimos como lo acaba haciendo la gente a la que leemos. Es innegable. Algo habrá de aportación propia pero, ¡quía! menos de lo que suponemos. 

Empecé hace muchos años a seguir los artículos de Gabriel Albiac. No sé si en el Diario 16 o ya en El Mundo. Y luego en ABC. Su escritura rápida. Cortante. Trufada de puntos y seguidos. Es quizá el autor en el que más me reconozco cuando lo leo. O por ser más modesto: el autor que creo que más ha influido en mi forma de articular el pensamiento. Sigo con La Sinagoga vacía. Aquella comunidad de españoles en el Amsterdam del Barrroco. 

Un mundo que se iba y en el que la (para mí) desconocida figura de Sebatai Zeví iba a impactar como un auténtico cisne negro... 

4.2.14

Impresor de Puño en Rostro

A veces un teléfono en silencio es presagio de malos augurios. Como lo son algunos mensajes sin responder. Algunas llamadas sin devolver. Y yo con unas cien páginas ya de la sinagoga vacía. Esos libros que nos regalan quienes nos escuchan. Tantos subrayados y tantas cosas que comentar con mi hermanu Lauru, impresor de puño en rostro. Las palabras como imaginación. Un herem. Un literato marrano en el Amsterdam del XVII llamado Miguel de Barrio. Eran demasiados temas como para no comentarlos. Y de repente voces de hospital. Abrazos al pie de una cama. Tantos proyectos aún por estrenar. Prólogos. Libros. Investigaciones. La maldición de un pueblo emboscado y en el que sus mentes más brillantes acaban siendo todas ágrafas. Estaremos vivos mientras tengamos cosas que hacer. Y mientras no hayamos tomado ese jarro de vino en Ruxinos, estrenando la tuya casa.... 

Esta mañana nevaba. Era la nieve senabresa que venía a interesarse por la salud, creo que ya recuperada, del hombre que no puede irse, porque sin él todos estaremos un poco más solos.

Y yo me despido hoy de mi hermanu como el cholo Vallejo se despedía de Ramón Collar, yuntero y soldado: "Salud hombre de Dios, mata y escribe".

21.8.07

Día 6. Un alto en nuestra ruta hacia el oeste

Partimos hacia el oeste. La primera sorpresa llega la dejar el hotel. Las llamadas entre Estados son a doce dólares el minuto. Toma ya. Se nos salen los ojos de las órbitas. Pagamos, qué remedio, y nos ponemos en ruta. Varios de los coches que adelantamos llevan una pegatina en forma de lazo, con los colores de la bandera de los EEUU y en la que se puede leer: “support our troops”. Si la encuentro la compraré. Estas cosas no salen nunca en las infantiles crónicas que nos endilgan a diario los socialistas de todas las televisiones españolas cuando hablan de los Estados Unidos. Paramos en un Área de Servicio. El concepto es tan diferente al de España que asusta. Para empezar, la gasolinera está separada del resto de negocios. Cuando has repostado, entras en el área en sí, y allí no fallan el McDonalds, la pizza y todas las guarrerías de chocolate que se le puedan ocurrir, desocupado lector.


El viaje, pese a las horas de coche, no se hace largo. Los bosques son interminables. Atravesamos quilómetros y quilómetros en los que no se ve otra cosa. Tienen, los bosques, algo de inquietantes. Por fin, nos acercamos a Amsterdam, donde nos alojamos en un motel de carretera. Es casi la hora de comer. Tras registrarnos, entramos en el pueblo. Son casi las dos y media y ya apenas hay ningún bar abierto para comer. Vemos un cajero al que se accede desde el coche. También un buzón de correos para coche. Las calles están relativamente sucias. En el casco vive una clase media relativamente depauperada. En el porche de una casa ondea una bandera del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Alguien descubre un McDonalds. Será nuestra salvación. Antes de entrar, vamos a la pharmacy a hacer unas compras. ¿Sois de por aquí? Nos pregunta la dependienta. El concepto de la community. Tras el almuerzo, nos ponemos en ruta hacia el Lago Sacandaga, que cierra por el sur un enorme Parque Natural. Bordeamos durante algunos quilómetros el lago. No se ve demasiada infraestructura turística. Si se lo dejaran un par de años a lo de marinador, se iban a enterar de lo que vale un peine. Hacemos un alto en Northville. Esto empieza a parecerse a lo que uno imagina de la America profunda. Un Instituto con un enorme campo de soccer. Niños jugando, uno con la camiseta del Madrid. Quizá algún día el fútbol europeo acabe arraigando en los EEUU, y veamos una NBA llena de europeos y unas ligas europeas llenas de jugadores yanquis.


Cae la tarde. Tornamos a Ámsterdam. Recorremos en coche la zona deprimida del pueblo. Población negra en casas pobres. También algo de lo que se ha dado en llamar white trash. Entramos en un bar. Como en las películas. Una barra, una mesa de billar y una máquina para poner discos. “¿Qué cerveza bebe aquí la gente” le pregunto al camarero; unos cincuenta años, delgado para los estándares de la zona. “Bud”, me contesta. Empezamos a beber. Chorch pone algo de música. Los del billar siguen a lo suyo. Charlamos. Ahora Carles toma un güisquito. Cenamos en el bar, un sándwich y alguna hamburguesa. Jimena ríe. Se nos hace tarde y estamos cansados. Directos al motel.


Ahora la recepcionista ha cambiado. Unos cuarenta y cinco. Desaliñada. Sus gafas proceden de una película de los setenta. Le pedimos que nos reserve habitación en el Super 8 de Niágara, nuestro destino de mañana. Reacciona de manera extraña: hace aspavientos, señala el teléfono, se levanta, habla con alguien, gruñe. Quizá white trash. Al final, nos dice que ok, que ha reservado. Nos vamos a dormir. La habitación, como todas, tiene una pequeña máquina para hacer café. Pero es un café malo, dice Jimena. Los cafeteros lo pasan mal aquí. Incluso a mí, que en España siempre tomo “café americano”, el de aquí me parece demasiado aguado.


Tiempo de dormir, pues.

14.1.06

Libros

Finalizada la tanda anterior (excepto el delicioso Diario de fin de siglo), y tras un paseo por la biblioteca, empiezo tres de una tacada.
  • Amsterdam, de Ian McEwan, regalo mío de reyes a Jimena, pero que he decido leerme yo. El autor ha publicado recientemente Sábado, y tenía ganas de leer algo suyo. Novela británica. Supongo que es bueno que vuelva a leer algo de novela.
  • El aventurero cuerdo, la segunda parte de las memorias de Mario Onaindía. El primer volumen, El precio de la libertad, lo devoré en verano y me encantó. Bien escrito, aclara muchas cosas del pasado más inmediato del problema vasco. Empiezo este segundo volumen con muchas ganas.
  • Finalmente, porque no sólo de pan vive el hombre, he sacado de la biblioteca el "Buenos días pereza", algo ágil para leer este findesemana.