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19.3.22

Entre un padre y un hijo

Nos pusimos una noche también con El olvido que seremos. Después del libro, había que ponerse con la película. La dulce, hermosa y especial relación de un padre con su hijo varón a lo largo de la infancia. Una historia hermosa. Dura y hermosa. Porque lo más interesante de la historia, ya digo, no es tanto la lucha política del padre, como la relación -con sus altos y sus bajo- que establece con su hijo. Y con un Javier Cámara enorme, por cierto.



Cine hermoso, ahora que vamos para viejos.

22.11.21

Olvidos y memoria

Nos pusimos con El olvido que seremos. Recuerdo el libro, magnífico, que le regalé hace unos meses a la mi rapaza. Está inmenso Javier Cámara, como lo estaba en la serie de Sorrentino, y como yo estoy sensible desde hace tiempo, no pude evitar la llorera final:


Un viernes solitario me puse con Sin olvido, cine eslovaco sobre la memoria y sobre el olvido. Sobre el horror que supone ser el hijo de un asesino que -además- perdió una guerra. Sobre los fracasos de la vida cuando nos vamos acercando al final...



7.4.20

Libro(s) de familia

Devoré durante la cuarentena el Libro de familia del bilbaino Galder Reguera. Un libro que, en la estela de El olvido que seremos, reconstruye la historia de su familia, marcada por una fecha faltal: el 31 de diciembre de 1974. Aquella Nochevieja, la madre de Galder le dijo a su padre  que estaba embarazada. Cuando su padre volvía a casa para la cena, un accidente de tráfico lo mató. Un libro emocionante, una reflexión hermosa sobre una familia cualquiera a la que la desgracia golpea en diversas ocasiones -su madre se vuelve a casar y la historia sale muy mal- pero que consigue salir adelante.
Una reflexión, sobre todos, sobre la familia y sus entornos en estas culturas del sur de Europa, tan diferentes a las del norte. También sobre sus contornos: ¿quiénes son nuestros padres? ¿a quién podemos llamar hermano?. Cosas que nos parecen lo más normal del mundo pero que en otras latitudes suenan extrañas: la abuela de Reguera muere en su casa, rodeada de los suyos, pero uno de cada cuatro ancianos suecos muere en soledad y nadie se hace cargo de su cuerpo.
Ya me dijo el tío Mails hace muchos años que "la sangre no es más espesa que el agua". No en vano el concepto de familia no hace referencia a la sangre, se lo leí a Emilio del Río, si no a los que "comen juntos". Y los del sur de Europa comemos menos en soledad que otras culturas.

Un buen libro, y muy indicado para esta cuarentena. Está bien escrito y se lee de un tirón. 

Hágase con él, desocupado lector. 

18.6.13

El heroísmo agregado a las ausencias...

Rematé el olvido que seremos, cortesía de Joxete, el libro que Héctor Abad le dedica a su padre, asesinado por terroristas, en este caso paramilitares, en Medellín en agosto de 1987. Un libro duro. Y hermoso. Refleja al final el autor las palabras que una de las personas que habló en el funeral dijo en memoria al muerto. Unas palabras que homenajean a las víctimas del terrorismo: concejales en Guipúzcoa, defensores de los derechos humanos en Irlanda del Norte, asesores en Italia o sociedad civil en Méjico. 

Víctimas en países  que olvidan sus mejores rostros,  y que siguen, todos con la monotonía irremediable:

"Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable, de espaldas a los que nos dan la razón de ser y de seguir viviendo. Yo sé que lamentarán la ausencia tuya y un llanto de verdad humedecerá los ojos que te vieron y te conocieron. Después llegará ese tremendo borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria. Yo sé que tu muerte será inútil, y que tu heroísmo se agregará a todas las ausencias".

Hablaremos más del texto...

10.6.13

Aquellas mujeres...

Mujeres. Las imagino fuertes. Las recuerdo valerosas. Las veo en aquella Sanabria, en aquel mundo que fue desapareciendo conforme avanzaba el siglo. Quiero imaginar así a muchas de las mujeres de las que vengo: aquella Micaela, muerta joven; aquella Paula, muerta de pena; aquella Petra, la mujer más sabia que los siglos vieron nacer en San Justo y que casó en 1883 con un nombre al que se tragaron las minas. Y si las quiero describir, quiero hablar de ellas como lo hace Héctor Abad con su madre y su abuela en el olvido que seremos (página 71).

“Creo ver en la mente de mi abuela Victoria, y también en la de mi mamá, una cierta conciencia atormentada por la contradicción de sus vidas. La abuela y mi mamá siempre fueron, por temperamento, profundamente liberales, tolerantes, avanzadas para la época, Sin una brizna de mojigatería. Eran alegres y vitales, partidarias del gozo antes de que nos coman los gusanos, patialegres, coquetas, pero tenían que ocultar este espíritu dentro de ciertos moldes externos de devoción católica y pacatería aparente. Pero al mismo tiempo [Mi abuela] no podía liberarse de su educación a la antigua. Y así, trataba de compensar su liberalismo de temperamento con un exceso de muestras exteriores de fervor y adhesión a la iglesia, como si se pudieran salvar las formas, y de paso su alma, a fuerza de los rutinarios rosarios que rezaba y de los ornamentos que cosía para los curas jóvenes de las parroquias pobres.

Esas mujeres alegres, liberales por temperamento, atrapadas entre la oscuridad de su entorno más cercano y un aterrador, esa es la palabra: aterrador, complejo de culpa.

Esas mujeres alegres.

Esas mujeres.


Esas.  

7.6.13

Cartas a una sombra...

Odio retener libros que me prestan. O los leo, o los devuelvo. 

Alguno se me escapa, se esconde, y sólo aparece tras la mudanza. Es el caso del último préstamo de Joxete. Un ensayo biográfico de Héctor Abad sobre su padre, el médico homónimo asesinado en Medellín en 1987. La convulsa Colombia de la violencia. Un país cada vez más cercano. El ensayo lleva un título hermoso: El olvido que seremos. La vida es una búsqueda y detrás de esa búsqueda, muchas veces, está nuestro padre. O nuestra madre. O lo que imaginamos que un día fueron.  Rescato de sus primeras páginas una reflexión que en el fondo nos atenaza a todos los que, como este humilde cazador de charrelas que mata las horas escribiendo punta cima del sierro, escribimos para personas que, por muchas circunstancias (vitales, personales, históricas, sentimentales) no nos leerán jamás. Una sensación difícil de explicar, y más aún de compartir. 

Escuche, desocupado lector, escuche:

Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, Es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.”

Abad Faciolince, Héctor: El olvido que seremos. Seix Barral, Barcelona, 2007. Página 22.



PS: ejercer de anfitrión. Pocas cosas más castellanas. Y con el ejemplo aprendido de grandes maestros, desde Mi Coronel, hasta Antoñito, allá en el sur…