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20.10.14

Los justos

La reflexión de Albert Camus sobre la violencia y su legitimidad plasmada en Los Justos llevada ahora a la España de finales de los setenta del pasado siglo XX. Lo que en la obra de Camus era una reflexión sobre el terrorismo y sus métodos ambientada en la Rusia de 1905, se convierte ahora, en el montaje que se exhibe en las naves del Matadero, en una historia sobre la ETA que atentaba de manera indiscriminada en los años de plomo

Teatro de alto nivel, porque la vida sigue, pese a todo.  No se pierda la magnífica adaptación de Javier Hernández Simón. De lo mejor que he visto este año sobre un escenario. Y es que entre la justicia histórica y mi madre en un autobús, yo también me quedo con mi madre. 

Camus era el hombre y no Sartre. Camus fue la gran pérdida. Y por decirlo en palabras del maestro Umbral, al final, Sartre está en la historia como Pilatos en el Credo...

25.6.08

Libros de guarda (V).

El final del libro de Tony Judt se adentra en el proceso de construcción del enemigo de la izquierda francesa: el liberalismo, convertido en la actualidad en “neoliberalismo”. La libertad no lo tenía fácil: el espacio público francés raramente ha estado ocupado por el pensamiento liberal. La concepción de la libertad negativa de Berlin no cuajó en Francia. Los derechos no defendían a los ciudadanos frente al poder, sino que legitimaban las actuaciones de éste poder frente a los administrados. A ello se sumó el bodrio de los derechos más allá de los individuos (vg. derechos de los trabajadores), que con tanta fortuna se han visto aquí reflejados en esa cosa que no aprobaron ni la mitad de los catalanes. El Estado debía convertirse en el arma de la que se dotaba la sociedad para conseguir los objetivos últimos. El modelo liberal, que considera el conflicto como consustancial a la sociedad y no como un problema a superar, quedó atrás. Y es que para Sartre, el pluralismo era fuente de alienación. Por ello, lo mejor de la producción de Aron y de otros liberales se movió en el marco conceptual de la izquierda. Se escribía para responderles, no para proponer otras alternativas. Llovía, en casa estaba la izquierda y nadie quería dejar entrar a los liberales…

Es cierto que, como recuerda Judt, esta situación no fue exclusiva del mundo francés. Gentuza como
Bernard Shaw aseguró que el proletariado soviético amaba a sus camaradas estajanovistas. O aquel Sweezy, que realizó un estudio sobre la violencia en las sociedades socialistas frente a las capitalistas, en las que lógicamente, aquellas eran las que salían bien paradas frente a estas…

Pero en Francia todo esto se generalizó en el discurso de las élites. Unas élites, además, extraordinariamente despreocupadas por el conocimiento empírico. Por no hablar de su absoluto desconocimiento de la economía. A ellos se le suma un chauvinismo nacionalista brutal. Francia no sólo tenía una visión desinteresada del mundo (
Mauriac dixit), sino que Francia era y siempre sería “la vanguardia del progreso humano” (Le Monde dixit). Francia era la nación elegida y su lengua la más perfecta. A fin de cuentas, “sólo un francés sabe lo que es la prosa” (Jacques Chardonne dixit). Y ahí da Judt una clave. “Al defender a la URSS, el intelectual burgués francés superó su propia irrelevancia provinciana y volvió a hablar por la historia y con la historia”.
Muchos europeos creyeron todo esto. Para otros, en especial para los de la Europa central y del este, todo se vivió como un drama. Durante años Francia había representado la tierra de asilo y de promisión para los refugiados de medio continente. Es cierto que muchos de los intelectuales del este callaron, pero es que ellos sí se estaban jugando la vida. Los que debieron hablar, en París, miraron para otro lado. Y todavía la socialdemocracia europea se pregunta el motivo del desaforado atlantismo de checos, rumanos o albaneses. No te jode.


Todo aquello empezó a cambiar en el 56. La masacre de Hungría fue demasiado evidente para todo. Así que la izquierda francesa desplazó su punto de mira. Asumir lo ocurrido en Hungría exigía demasiadas preguntas y demasiadas respuestas dolorosas. Así que la atención se fijó en la descolonización, como una forma de combatir el capitalismo y el imperialismo europeo. Ello permitió a los intelectuales abandonar sin mácula sus posturas primigenias. Algunos serían idiotas hasta el final, como ese patético Sartre proclamándose maoísta a finales de los sesenta. Pero las cosas habían cambiado. Francia no era ya el mismo país a finales de los sesenta que en los cuarenta. Un mundo urbano se abría paso a toda velocidad. Los intelectuales, poco a poco, fueron perdiendo su espacio público. La educación superior y la lectura se generalizaron en una sociedad de clases medias. En realidad, Sartre y su tropa ya llegaron tarde. Su mundo había terminado cuando ellos estaban en pleno apogeo. No supieron verlo. Nuestra intelectualidad, la española me refiero, obviamente tampoco. Sartre y
Brasillach tenían más en común de lo que nunca hubieran reconocido. Y aquel era su mundo. En este sentido, son pocos lo que como Aron o Camus, estuvieron, el concepto es de Ortega, a la altura de los tiempos.

Queda poco de todo aquello. Y queda más fuera de Francia que en el hexágono. En este sentido, el caso español no es único: una gran parte de la élite intelectual absolutamente fascinada por Francia y lo francés. No es que los intelectuales ya no sean importantes, es que terminó la época de las certezas absolutas. Y es falso que aquella época fuera la época de oro de la responsabilidad; al contrario, dice Judt, nunca los intelectuales fueron más irresponsables; escribieron sin ningún fundamento sobre lo que les vino en gana, sabiendo que nunca tendrían que confrontarse con sus palabras.


PS: En 1977
Mary McCarthy escribía: “El socialismo de rostro humano sigue siendo mi ideal. Vivir en un sistema así sin duda exigiría un reajuste, pero sería emocionante. Espero que uno esté deseoso de sacrificar las comodidades de una vida a la que se halla acostumbrado en extremo. Creo que esa emoción constituiría una drástica diferencia”. Citado por Judt, Tony: Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 281

PD:
en mi tierra también habitan aquellos pájaros de los que hablaba Borges en su libro sobre los seres imaginarios. Unos pájaros que volaban siempre de espaldas, porque lo que les interesaba no era saber a dónde iban, sino de dónde venían.

PS:
algo de cordura queda en el gobierno. Menos mal

20.6.08

Libros de guarda (III). De culpables y de perros

Sigo repasando con usted, desocupado lector, el magnífico pasado imperfecto escrito por Tony Judt.
Las cosas iban estando claras. Benda trajo a colación el asunto Dreyfus para hacer un llamamiento a la rebelión de los intelectuales ante los juicios farsa de la Europa socialista. La respuesta de Paul Eluard no puso ser más clara: “estoy demasiado ocupado con inocentes que afirman su inocencia como para ocuparme de culpables que proclaman su culpa”. Y ahí nos aparece Albert Camus. Ya en 1948 proclamó que el juicio moral sobre las dictaduras era indivisible, y que quien condenase la dictadura en España no podía callar ante lo que pasaba en la Unión Soviética. Pocos tuvieron, igualmente, la claridad de Lefort: la Unión Soviética no sólo no era un Estado obrero sino que era un Estado que vivía, precisamente, de la explotación de los obreros que allí existían.
La traición de los intelectuales se completó, claro que se completó. No había una ideología, había una fe, un deseo de creer, y nada podía imponerse en el camino. Así,
Lyssenko, por raras que sonaran sus teorías, era un sólido científico porque el “Comité Central no va a confiar el futuro de su agricultura a un charlatán”. Si en España había restricciones alimenticias, era porque el Estado quería tener a su pueblo controlado, si esto pasaba en Polonia, era porque esa era una forma magníficamente democrática de compartir en tiempos de escasez (no parezca esto una broma, la misma idiotez supina ha defendido en tiempos recientes el novelista Sampedro). Esa voluntad de ignorar la realidad es lo que estaba en el medio de aquella fe. Y el que estaba fuera de la misma era un hereje. Que se lo digan a Silone

Esta fe daba lugar a ese doble rasero al que tan acostumbrados estamos; para Sartre, el comunismo no deseaba la opresión, mientras que la represión era consustancial al sistema capitalista. Por ello, no se podía criticar a la Unión Soviética desde occidente porque occidente no podría tener nunca la 
conciencia tranquila.

Y es ahí donde la izquierda francesa se deslizó por lo que Judt denomina, brillantemente, por la senda de “la metáfora como obscenidad”. Así, los barrios obreros de París eran auténticos gulags. Y ahí seguimos: los ataques israelíes contra terroristas palestinos son "asaltos al gueto de Varsovia". Cuando el lenguaje se relativiza, la realidad se evapora como por ensalmo. Y es que, aunque en occidente los intelectuales vivieran bien, la gran esperanza para los obreros estaba en el este. Por eso Sartre escribía aquello de “un anticomunista es un perro; de ahí no me apeo ni me apearé jamás”.
De ahí al antiamericanismo no había mucho tramo que recorrer…

PS: "La inagotable letanía de las referencias de la era de la resistencia a la renovación, la purificación y la lucha, había conformado una red de símbolos lingüísticos que los comunistas manipulaban con contrastada facilidad, tanto más si se piensa que este léxico político radicalizado vino a suplir la revolución misma". Judt, Tony:
Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 64

PS: interesante noticia. Un cómico que mandó
a la mierda “a la puta Cataluña” en Telemadrid, ante la sonrisa cómplice del presentador, se sentará en el banquillo.

16.6.08

Libros de Guarda (II). Perder para ganar siempre

El libro de Tony Judt sobre el pasado imperfecto describe, igualmente, la recepción en Francia del terror que se desató en Europa del Este entre el 47 el 53. A finales de los cuarenta, la información sobre lo que era en realidad el estalinismo estaba disponible para quien quisiera acercarse a ella. Pero es más cómodo fingir no ver. Louis Aragon, ese horror totalitario, escribía en 1937 que “aceptar la inocencia de aquellos hombres era como adoptar las tesis hitlerianas”. Acabó la guerra y los pecados de la URSS se olvidaron. Pero la cabra tira al monte; enseguida llegó el caso Petkov en Bulgaria; un izquierdista ejecutado por un gobierno comunista. El terror desatado en Rumanía, ¿de qué manera explicar que un partido con apenas mil afiliados ganara unas elecciones? Aquellos juicios de postguerra tenían un sentido que Judt denomina “funcional”. Los partidos comunistas europeos estaban después de la guerra llenos de personas con mentalidad independiente y que habían convivido demasiado con demócratas de todo tipo. Y aquello había que purgarlo, no fuera a ser que se convirtieran en herejes. Y los intelectuales franceses callaron.

Y es que la respuesta de la intelectualidad francesa ante el terror fue, en general, lamentable… la historia tiene una lógica y una fuerza, y no tiene sentido oponerse a ella. Muy pocos, como
Aron, rechazaron sin matices esta argumentación. Fueron más lo que, como Aragon, simplemente aceptaron lo que había. Otros, como Morin, se fueron, y finalmente estaba el grupo de los que, como Sartre, trataron de explicarlo, convirtiendo en racional el asesinato y la destrucción de sociedades enteras. Cuando explicar significa comprender. Para gentuza como Sartre, la Unión Soviética  gozaba de privilegios especiales gracias a que sus objetivos (justicia y libertad para todos) estaban por encima de los objetivos del resto de los Estados. Así, con dos cojones. Esta era la élite intelectual europea. No había, pues, que pronunciarse contra las injusticias cometidas por un Estado comunista pues eso sería “dar munición” a los Estados capitalistas. Recuerden: prefiero equivcarme con Sartre a acertar con Aron. Toda una declaración de honradez intelectual, sí señor.

Hay aquí una cierta fascinación por la violencia (ejercida siempre contra el otro lejano) que parece beber de las fuentes más profundas de la irracionalidad filosófica del XIX europeo. Una violencia, eso sí, progresista, que permitía juzgar con criterios diferentes los miles de muertos en Europa del Este respecto de los dos muertos en lo que la ideología progresista dio en llamar “
caza de brujas” ocurrida en los Estados Unidos.
Así, mientras en Europa del Este algunas de sus mejores cabezas (Heda Kovaly, Edith Bone) y algunos miembros de la izquierda (London, Loebl, Szasz) vivían el comunismo como un drama diario, la izquierda intelectual francesa lo vivía a distancia y como un dilema fascinante.
Algo similar a lo que ha ocurrido, en España, durante muchos años con el terrorismo etarra. Ya saben, aquello de “vosotros fascistas sois los terroristas”.

PS: "Thomas Pavel ha sabido describir con precisión qué sucedió a gran parte de la élite intelectual francesa durante los años cuarenta y cincuenta, calificándolo de “una negativa a escuchar”. Judt, Tony:
Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 16