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7.8.25

Letras y Europa (I)

Aprovecho estos días de agosto para leer ejemplares atrasados. El número de Letras libres de mayo, por ejemplo. Sobre Europa, que para eso el día nueve es el su día. ¿Cuándo lo celebraremos?. Me gustó la idea de la némesis, en el artículo de Víctor J. Vázquez -el europeo como alguien "ingrato", pero me quedo en detalle con lo de tren que firma Isidoro Tapia. La idea es buena, y es de Judt: el tren trajo la modernidad al mundo occidental. Y esa idea, también de Judt, de que lo distintivo del mundo moderno no es "el individuo sin vínculos ni el Estado sin limitaciones. Es lo que hay en medio: la sociedad."

Entiendo el espíritu del artículo y lo que quiere transmitir el autor, pero no hacía falta la habitual francesada para referirse a la España de los siglos XIX y XX. Tiene razón el autor en que "Construir de forma eficaz una red de ferrocarriles requiere combinar varias cosas: movilizar grandes inversiones, aplicar técnicas innovadoras y un cuidadoso ejercicio de planificación. Es decir, finanzas, ingeniería y regulación" Pero de ahí a afirmar que "Exactamente todo lo que España nunca tuvo en el siglo XIX (ni en la mayor parte del XX)" va un doble salto mortal con tirabuzón de la que el autor no sale bien parado. Que la España de la modernidad no fuera Francia ni Alemania, no significa que fuera Biafra o Namibia. Claro que había un Estado, claro que había finanzas y claro que había regulación. Que no fueron punteros no significa que no existieran.

En fin, me gusta del autor la caracterización de las sociedad: "Judt tenía razón: mientras la sociedad medieval era fundamentalmente local, autoabastecida de bienes producidos en el entorno, el tránsito hacia la sociedad moderna, interconectada, arranca precisamente gracias a la nueva dimensión del tiempo y la distancia que trajeron los ferrocarriles. El Spanisch Brötli, como el pan sevillano y tantos otros productos, dejaron de ser locales para convertirse en bienes de consumo. Había nacido la sociedad moderna.

Interesante, es bueno leer cosas que no compartimos en su totalidad

  

19.10.18

Conceptos luminosos

Ser Edge People, el concepto que acuñó hace unos años el malogrado Tony Judt. Un concepto para tener siempre a mano, camaradas...


14.9.15

Judt y la BBC

Tengo mediado ya Algo va mal, el último libro que escribió Tony Judt antes de que la ELA lo devorara.

Un libro irregular, que no alcanza el nivel de otros que he leído del autor pero que, aún así, se lee con interés. 

Su reflexión sobre la BBC que puso en marcha Lord Reith, un hombre que trabajó siempre "con el autoimpuesto objetivo de elevar el nivel de los gustos populares, en vez de limitarse a satisfacerlos".

Pues eso

30.8.15

Recapitulación estival

Lecturas de verano, cuando aún están mediadas las vacaciones y enfocamos ya Portugal. Veranos ibéricos. Enfilando el final de Cero, cero, cero, el último libro de Roberto Saviano, a vueltas con la cocaina. Escalofriante, igual que aquel Gomorra de otro verano lejano. Le estoy dando una oportunidad a Algo va mal, de Judt. Muy por debajo, me parece, de otros libros suyos. Pero aún así, el autor merece un voto de confianza. Los Ensayos de Montaigne, debajo de la nogal, aquí frente al mar, y siempre lúcidos. Iniciada también una interpretación de la historia de Portugal recomendada por el gran Moreta. Me dejé a Federico Sánchez en Sanabria, para que lo disfrute mi padre y tengo también conmigo a Epicuro.

Hay que viajar siempre en buena compañía. 

12.7.14

La odisea del Doctor Zhivago

Publicaba el otro día El Mundo una entretenida crónica sobre cómo logró la CIA publicar el Doctor Zhivago, la legendaria novela de Boris Pasternak. La obra estaba prohibida en la Unión Soviética y la inteligencia occidental sabía que su publicación en ruso haría que la misma se acabase leyendo en la patria de los trabajadores. 

La crónica es buena y nos recuerda algunos datos que aún hoy siguen produciendo escalofríos: el gobierno comunista de Stalin ordenó, sólo entre 1938 y 1939, la eliminación física de veinticuatro millones de libros; o el hecho de que Aleksei Surkov lo amenazó de muerte en la prensa comunista occidental a Pasternak por atreverse a publicar la obra, ante el silencio cómplice de la intelectualidad europea, acostumbrada a mirar para otro lado ante los crímenes y el matonismo soviético, tal y como nos contó de manera magistral Tony Judt hace muchos años

Péguele un vistazo a la crónica firmada por María Ramírez, desocupado lector. Que para eso es sábado y Lisboa resplandecía... 

25.6.08

Libros de guarda (V).

El final del libro de Tony Judt se adentra en el proceso de construcción del enemigo de la izquierda francesa: el liberalismo, convertido en la actualidad en “neoliberalismo”. La libertad no lo tenía fácil: el espacio público francés raramente ha estado ocupado por el pensamiento liberal. La concepción de la libertad negativa de Berlin no cuajó en Francia. Los derechos no defendían a los ciudadanos frente al poder, sino que legitimaban las actuaciones de éste poder frente a los administrados. A ello se sumó el bodrio de los derechos más allá de los individuos (vg. derechos de los trabajadores), que con tanta fortuna se han visto aquí reflejados en esa cosa que no aprobaron ni la mitad de los catalanes. El Estado debía convertirse en el arma de la que se dotaba la sociedad para conseguir los objetivos últimos. El modelo liberal, que considera el conflicto como consustancial a la sociedad y no como un problema a superar, quedó atrás. Y es que para Sartre, el pluralismo era fuente de alienación. Por ello, lo mejor de la producción de Aron y de otros liberales se movió en el marco conceptual de la izquierda. Se escribía para responderles, no para proponer otras alternativas. Llovía, en casa estaba la izquierda y nadie quería dejar entrar a los liberales…

Es cierto que, como recuerda Judt, esta situación no fue exclusiva del mundo francés. Gentuza como
Bernard Shaw aseguró que el proletariado soviético amaba a sus camaradas estajanovistas. O aquel Sweezy, que realizó un estudio sobre la violencia en las sociedades socialistas frente a las capitalistas, en las que lógicamente, aquellas eran las que salían bien paradas frente a estas…

Pero en Francia todo esto se generalizó en el discurso de las élites. Unas élites, además, extraordinariamente despreocupadas por el conocimiento empírico. Por no hablar de su absoluto desconocimiento de la economía. A ellos se le suma un chauvinismo nacionalista brutal. Francia no sólo tenía una visión desinteresada del mundo (
Mauriac dixit), sino que Francia era y siempre sería “la vanguardia del progreso humano” (Le Monde dixit). Francia era la nación elegida y su lengua la más perfecta. A fin de cuentas, “sólo un francés sabe lo que es la prosa” (Jacques Chardonne dixit). Y ahí da Judt una clave. “Al defender a la URSS, el intelectual burgués francés superó su propia irrelevancia provinciana y volvió a hablar por la historia y con la historia”.
Muchos europeos creyeron todo esto. Para otros, en especial para los de la Europa central y del este, todo se vivió como un drama. Durante años Francia había representado la tierra de asilo y de promisión para los refugiados de medio continente. Es cierto que muchos de los intelectuales del este callaron, pero es que ellos sí se estaban jugando la vida. Los que debieron hablar, en París, miraron para otro lado. Y todavía la socialdemocracia europea se pregunta el motivo del desaforado atlantismo de checos, rumanos o albaneses. No te jode.


Todo aquello empezó a cambiar en el 56. La masacre de Hungría fue demasiado evidente para todo. Así que la izquierda francesa desplazó su punto de mira. Asumir lo ocurrido en Hungría exigía demasiadas preguntas y demasiadas respuestas dolorosas. Así que la atención se fijó en la descolonización, como una forma de combatir el capitalismo y el imperialismo europeo. Ello permitió a los intelectuales abandonar sin mácula sus posturas primigenias. Algunos serían idiotas hasta el final, como ese patético Sartre proclamándose maoísta a finales de los sesenta. Pero las cosas habían cambiado. Francia no era ya el mismo país a finales de los sesenta que en los cuarenta. Un mundo urbano se abría paso a toda velocidad. Los intelectuales, poco a poco, fueron perdiendo su espacio público. La educación superior y la lectura se generalizaron en una sociedad de clases medias. En realidad, Sartre y su tropa ya llegaron tarde. Su mundo había terminado cuando ellos estaban en pleno apogeo. No supieron verlo. Nuestra intelectualidad, la española me refiero, obviamente tampoco. Sartre y
Brasillach tenían más en común de lo que nunca hubieran reconocido. Y aquel era su mundo. En este sentido, son pocos lo que como Aron o Camus, estuvieron, el concepto es de Ortega, a la altura de los tiempos.

Queda poco de todo aquello. Y queda más fuera de Francia que en el hexágono. En este sentido, el caso español no es único: una gran parte de la élite intelectual absolutamente fascinada por Francia y lo francés. No es que los intelectuales ya no sean importantes, es que terminó la época de las certezas absolutas. Y es falso que aquella época fuera la época de oro de la responsabilidad; al contrario, dice Judt, nunca los intelectuales fueron más irresponsables; escribieron sin ningún fundamento sobre lo que les vino en gana, sabiendo que nunca tendrían que confrontarse con sus palabras.


PS: En 1977
Mary McCarthy escribía: “El socialismo de rostro humano sigue siendo mi ideal. Vivir en un sistema así sin duda exigiría un reajuste, pero sería emocionante. Espero que uno esté deseoso de sacrificar las comodidades de una vida a la que se halla acostumbrado en extremo. Creo que esa emoción constituiría una drástica diferencia”. Citado por Judt, Tony: Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 281

PD:
en mi tierra también habitan aquellos pájaros de los que hablaba Borges en su libro sobre los seres imaginarios. Unos pájaros que volaban siempre de espaldas, porque lo que les interesaba no era saber a dónde iban, sino de dónde venían.

PS:
algo de cordura queda en el gobierno. Menos mal

23.6.08

Libros de guarda (IV). Del chivo expiatorio y de la indignación importante

La imagen que los franceses tenían de los Estados Unidos estaba ya fijada antes de la Segunda Guerra Mundial, asegura Tony Judt en su pasado imperfecto. América era un futuro muy desagradable para una Europa que se veía a sí misma decadente. La historia no se detiene y los europeos veían emerger un poder que, antes o después, les pasaría por encima. Fue providencial, en ese sentido, el golpe soviético de 1917. Aquella acción convirtió a un mundo oriental que era simbólicamente atractivo, en un modelo políticamente atractivo para una parte de la clase intelectual europea. Por si fuera poco, asegura Judt, los norteamericanos fueron ocupando un lugar similar al de los judíos en el imaginario cultural francés: unos y otros se identificaban con la libre circulación de personas y de capitales, así como con la presencia relevante en la vida pública. Esta identificación convirtió a los EEUU en enemigo, por igual, de la extrema izquierda y de la extrema derecha. 

El Plan Marshall fue demasiado para el imaginario de la izquierda: Francia volvía a ser un país ocupado; cualquier intento norteamericano de ayudar era considerado por la izquierda divina como un nuevo intento de humillar no sólo a Europa en general, sino a Francia en especial. El discurso contra la ocupación, que con tanta demagogia maneja la izquierda europea en los últimos años, tiene raíces antiguas.

Aquel escenario de evidentes mejoras materiales en la Francia ocupada por los norteamericanos, frente a lo que ocurría en la Europa liberada por los soviéticos, obligó a los intelectuales a un ejercicio de responsabilidad: no había, bajo ningún concepto, que desilusionar a los obreros. Todo aquello se resumió en aquel lema de “No debemos desilusionar a Billancourt”, un barrio obrero de la periferia de París. Cualquier cosa, en fin, antes que, como había hecho Koestler, abandonar al proletariado. Para ello, se identificó al anticomunismo como un arma de guerra, frente a la paz que representaba el comunismo.

Se trataba de un discurso que hizo mucha fortuna y que se mantuvo, de hecho, hasta minutos antes de que el bloque soviético implosionara en 1989. Ahí nació el Movimiento por la Paz, en 1948, el Congreso de los Partidarios de la Paz, el Movimiento de los Intelectuales Franceses en defensa de la Paz… la guinda, les sonará de algo, lector, la Asociación Internacional de Juristas Democráticos, con el objetivo de centrar la atención internacional en las injusticias acaecidas en el mundo no comunista. Todos ellos, huelga decirlo, burdamente dirigidos, financiados y controlados por la Unión Soviética
Y es que el tradicional discurso de la izquierda a favor de la paz, ese que llega hasta hoy mismo y que tuvo su momento de esplendor en España tanto en las
manifestaciones por el desarme en los ochenta, como en la oposición a la guerra de Irac, ese discurso, digo, hunde sus raíces en la mayor ciénaga moral del siglo XX.
Lo dice Judt, y tiene la misma validez que si lo hubiera dicho Agamenón. O su porquero.

PS: “Durante los años en los que la pintura fue sistemáticamente destruida en la Unión Soviética y en las democracias populares, usted prestó su nombre a las proclamas que glorificaban el régimen de Stalin […] Su peso contó en la balanza, y arrebató las esperanzas de quienes en el Este no deseaban someterse al absurdo. Nadie sabe qué consecuencias podría haber tenido una protesta categórica de usted […] contra el juicio de Rajk, por ejemplo. Si su apoyo ayudó al terror, su indignación también habría importado". Czeslaw Milosz. Carta abierta a Pablo Picasso, 1956. Citado por Judt Tony:
Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 309

20.6.08

Libros de guarda (III). De culpables y de perros

Sigo repasando con usted, desocupado lector, el magnífico pasado imperfecto escrito por Tony Judt.
Las cosas iban estando claras. Benda trajo a colación el asunto Dreyfus para hacer un llamamiento a la rebelión de los intelectuales ante los juicios farsa de la Europa socialista. La respuesta de Paul Eluard no puso ser más clara: “estoy demasiado ocupado con inocentes que afirman su inocencia como para ocuparme de culpables que proclaman su culpa”. Y ahí nos aparece Albert Camus. Ya en 1948 proclamó que el juicio moral sobre las dictaduras era indivisible, y que quien condenase la dictadura en España no podía callar ante lo que pasaba en la Unión Soviética. Pocos tuvieron, igualmente, la claridad de Lefort: la Unión Soviética no sólo no era un Estado obrero sino que era un Estado que vivía, precisamente, de la explotación de los obreros que allí existían.
La traición de los intelectuales se completó, claro que se completó. No había una ideología, había una fe, un deseo de creer, y nada podía imponerse en el camino. Así,
Lyssenko, por raras que sonaran sus teorías, era un sólido científico porque el “Comité Central no va a confiar el futuro de su agricultura a un charlatán”. Si en España había restricciones alimenticias, era porque el Estado quería tener a su pueblo controlado, si esto pasaba en Polonia, era porque esa era una forma magníficamente democrática de compartir en tiempos de escasez (no parezca esto una broma, la misma idiotez supina ha defendido en tiempos recientes el novelista Sampedro). Esa voluntad de ignorar la realidad es lo que estaba en el medio de aquella fe. Y el que estaba fuera de la misma era un hereje. Que se lo digan a Silone

Esta fe daba lugar a ese doble rasero al que tan acostumbrados estamos; para Sartre, el comunismo no deseaba la opresión, mientras que la represión era consustancial al sistema capitalista. Por ello, no se podía criticar a la Unión Soviética desde occidente porque occidente no podría tener nunca la 
conciencia tranquila.

Y es ahí donde la izquierda francesa se deslizó por lo que Judt denomina, brillantemente, por la senda de “la metáfora como obscenidad”. Así, los barrios obreros de París eran auténticos gulags. Y ahí seguimos: los ataques israelíes contra terroristas palestinos son "asaltos al gueto de Varsovia". Cuando el lenguaje se relativiza, la realidad se evapora como por ensalmo. Y es que, aunque en occidente los intelectuales vivieran bien, la gran esperanza para los obreros estaba en el este. Por eso Sartre escribía aquello de “un anticomunista es un perro; de ahí no me apeo ni me apearé jamás”.
De ahí al antiamericanismo no había mucho tramo que recorrer…

PS: "La inagotable letanía de las referencias de la era de la resistencia a la renovación, la purificación y la lucha, había conformado una red de símbolos lingüísticos que los comunistas manipulaban con contrastada facilidad, tanto más si se piensa que este léxico político radicalizado vino a suplir la revolución misma". Judt, Tony:
Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 64

PS: interesante noticia. Un cómico que mandó
a la mierda “a la puta Cataluña” en Telemadrid, ante la sonrisa cómplice del presentador, se sentará en el banquillo.

16.6.08

Libros de Guarda (II). Perder para ganar siempre

El libro de Tony Judt sobre el pasado imperfecto describe, igualmente, la recepción en Francia del terror que se desató en Europa del Este entre el 47 el 53. A finales de los cuarenta, la información sobre lo que era en realidad el estalinismo estaba disponible para quien quisiera acercarse a ella. Pero es más cómodo fingir no ver. Louis Aragon, ese horror totalitario, escribía en 1937 que “aceptar la inocencia de aquellos hombres era como adoptar las tesis hitlerianas”. Acabó la guerra y los pecados de la URSS se olvidaron. Pero la cabra tira al monte; enseguida llegó el caso Petkov en Bulgaria; un izquierdista ejecutado por un gobierno comunista. El terror desatado en Rumanía, ¿de qué manera explicar que un partido con apenas mil afiliados ganara unas elecciones? Aquellos juicios de postguerra tenían un sentido que Judt denomina “funcional”. Los partidos comunistas europeos estaban después de la guerra llenos de personas con mentalidad independiente y que habían convivido demasiado con demócratas de todo tipo. Y aquello había que purgarlo, no fuera a ser que se convirtieran en herejes. Y los intelectuales franceses callaron.

Y es que la respuesta de la intelectualidad francesa ante el terror fue, en general, lamentable… la historia tiene una lógica y una fuerza, y no tiene sentido oponerse a ella. Muy pocos, como
Aron, rechazaron sin matices esta argumentación. Fueron más lo que, como Aragon, simplemente aceptaron lo que había. Otros, como Morin, se fueron, y finalmente estaba el grupo de los que, como Sartre, trataron de explicarlo, convirtiendo en racional el asesinato y la destrucción de sociedades enteras. Cuando explicar significa comprender. Para gentuza como Sartre, la Unión Soviética  gozaba de privilegios especiales gracias a que sus objetivos (justicia y libertad para todos) estaban por encima de los objetivos del resto de los Estados. Así, con dos cojones. Esta era la élite intelectual europea. No había, pues, que pronunciarse contra las injusticias cometidas por un Estado comunista pues eso sería “dar munición” a los Estados capitalistas. Recuerden: prefiero equivcarme con Sartre a acertar con Aron. Toda una declaración de honradez intelectual, sí señor.

Hay aquí una cierta fascinación por la violencia (ejercida siempre contra el otro lejano) que parece beber de las fuentes más profundas de la irracionalidad filosófica del XIX europeo. Una violencia, eso sí, progresista, que permitía juzgar con criterios diferentes los miles de muertos en Europa del Este respecto de los dos muertos en lo que la ideología progresista dio en llamar “
caza de brujas” ocurrida en los Estados Unidos.
Así, mientras en Europa del Este algunas de sus mejores cabezas (Heda Kovaly, Edith Bone) y algunos miembros de la izquierda (London, Loebl, Szasz) vivían el comunismo como un drama diario, la izquierda intelectual francesa lo vivía a distancia y como un dilema fascinante.
Algo similar a lo que ha ocurrido, en España, durante muchos años con el terrorismo etarra. Ya saben, aquello de “vosotros fascistas sois los terroristas”.

PS: "Thomas Pavel ha sabido describir con precisión qué sucedió a gran parte de la élite intelectual francesa durante los años cuarenta y cincuenta, calificándolo de “una negativa a escuchar”. Judt, Tony:
Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 16

9.6.08

Libros de guarda (I)

Hay libros que ayudan a entender el mundo en el que vivimos. La primacía intelectual de “lo francés” en el mundo occidental durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX era, en gran parte, un arcano para mí. Quizá porque no provengo de un entorno criado en la cultura francesa, quizá porque yo llegué a la universidad cuando el mundo francés estaba en franco declive. Los antimodernos, de Compagnon, fueron un primer (y deslumbrante) acercamiento a aquel mundo. Pero me faltaba por acercarme a la segunda mitad del siglo XX. Y en ese momento apareció Pasado imperfecto, la magnífica obra de Tony Judt que me permito, la confianza me lo posibilita, recomendarle vivamente, desocupado lector.

Las cosas no son fáciles de entender sino se comprende la situación de la comunidad intelectual francesa en la agonía de la III República, así como lo sucedido durante la ocupación alemana. El anhelo de un nuevo orden mundial, el engagement como forma de notoriedad. Aquel momento en el que la clase intelectual descubrió que la desobediencia estaba la clave de la libertad. La resistencia en retrospectiva. La urgencia de sumarse al bando ganador en 1944, intentando además recuperar el tiempo perdido. La fascinación que el PCF ejercía en los más jóvenes, que no recordaban lo ocurrido durante los años treinta. El mito de que sólo mediante una revolución podía ver la luz un hombre nuevo fundado sobre principios estrictamente racionales. La creación del “Síndrome Vichy”: al acabar la guerra, todos estuvieron de acuerdo en que, salvo una pequeña excepción, todo el pueblo francés estuvo con la resistencia. Aquello era mentira, por supuesto. La habilidad del PCF para manipular los símbolos sobre los que se construía el relato de la liberación: resistencia / violencia / traición…El intelectual que traiciona, como Brasillach, ha de ser ejecutado. La primacía, en fin, de lo político, sobre cualquier otra clase de consideración. Algo muy importante: el positivismo austriaco apenas rozó Francia. Las grandes teorías de la ética y la filosofía contemporánea, una vez en el exilio, marcharon a Inglaterra o a Estados Unidos, pero no a Francia, dejando al ámbito cultural francés con la herencia de Hegel y Nietzsche. Una generación que buscaba filosofías para transformar el mundo, y que buscaba respuestas claras, más allá de la duda en la que la modernidad había instalado al hombre. La certeza estaba en y con el comunismo. La duda y el compromiso eran, al fin y al cabo, debilidades burguesas.


PS: El 17 de diciembre de 1952, tras el juicio contra
Slansky, [Karel Bacilek] informó al Congreso Nacional del Partido Comunista de Checoslovaquia y dijo que, ante todo, había que ser muy claro: “La cuestión relativa a quién sea culpable y quién sea inocente la decidirá al fin y a la postre el Partido con ayuda de los organismos de la Seguridad Nacional” Judt, Tony: Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1956. Taurus, Madrid, 2007. Página 117