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5.3.13

Desde Casablanca...


Es ya medianoche cuando salgo de la estación. Atocha es un entorno solitario. Triste. Todo este Madrid, al sur de Goya, es un arcano para mí. El taxista me ayuda con la maleta. Me siento. La ciudad duerme. A mi conductor el acento lo delata. Le pregunto. Es de Casablanca. Vino hace veintidós años. Allí no había futuro. En televisión veíamos a Europa como la tierra del dinero, de la felicidad. Tiene dos hijos. Le pregunto si les han enseñado árabe. Al mayor no, me pilló trabajando y yo llegaba muy tarde a casa. Con la niña sí que lo he intentado. El niño estudia informática, es muy bueno, pero aquí no lo van a contratar, con ese apellido que tiene, él se quiere ir fuera a Estados Unidos o a Inglaterra. Él vuelve de vez en cuando a su ciudad. Le inquiero por los cambios que ve: va a más, se ve que hay dinero, construcción y todo, pero yo estoy bien aquí ahora.
Un Madrid dormido no escucha nuestra conversación. Nunca llegará a entenderla. Al final, llegamos a nuestra destino. Pago. Lo despido con un apretón de manos.
Y recuerdo aquella sentencia de Borges cuando hablaba de “las migraciones que el historiador, guiado por las azarosas reliquias de la cerámica y el bronce, trata de fijar en el mapa y que no comprendieron los pueblos que las ejecutaron.


14.9.11

Aquellos personajes del XIX...

Curioso personaje, Sagasta. Hijo de buena familia de provincias, sufrió el destierro de niño por la postura política de sus padres. Un tipo muy inteligente que terminó por asumir, en su vida personal, cosas que incluso hoy son difíciles de asumir. Conoció a Ángela Vidal y se enamoró de ella. Perdidamente. Él era un joven ingeniero destinado en una provincia que era, ya entonces, el limes de la civilización, justo al lado de donde empezaba el fin del mundo. Ella era una joven, hija de indiano, emparentada con la gente bien de una capital pobre. Casada con apenas dieciséis años en un matrimonio que a todos venía bien aunque a nadie convencía. Y por el que ella no fue preguntada.

Así que Sagasta y ella lucharon. Por sus vidas. Porque no sabían si iban a volver a tener tanta suerte. Ella lo acompañó a la Sanabria y allí tuvieron un hijo, probablemente en la Puebla. Lo bautizaron en Zirbaaaaaaaaaaantes, que ya es casualidad; la patria chica del Perdíu. Y lo bautizaron como hijo de padres incógnitos. Vivieron juntos sin estar casados, todo un escándalo en aquella Sanabria. Y no digamos en aquella España. O quizá no tanto. Más cosas de las que parecen son fáciles de entender cuando se viven de cerca. Y entonces uno descubre que las personas juzgan menos de lo que aparentan. Aún tuvieron otra hija, aunque no pudieron casarse hasta 1885, cuando ya eran dos ancianos para la época. Ángela murió en 1897, seis años antes que él. Casi cincuenta años juntos. Con todo en contra. Con todo de frente.

Una historia de amor que recorrió medio siglo y que comenzó en aquellas tierras zamoranas...