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15.5.22

Madrid se va (VI)

La vieja estación del Norte. Me pasa un poco como a Nieto, que el otro confesaba que vive en el siglo XIX. A mí la estación me suena a la estación por la que salieron Sagasta y otros líderes de la sublevación de San Gil en junio de 1866. Hasta que no estuvieron fuera del país no se les condenó a muerte. 

Bueno, que me lío, el caso es que ahora la vieja estación se transforma un hub de música: estudios de grabación, espacios de cocreación, y todo ello disponible las 24 horas al día en The Music Station.  

Ciudades creativas, las llamó Richard Florida, mientras Madrid se va...


17.6.20

El poder de la influencia...

Encontré por casa unas fotocopias del capítulo sobre Castilla y León del magnífico libro coordinado por Varela Ortega sobre El poder de la influencia: geografía del caciquismo en España. Un tema interesante, durante la Restauración, el porcentaje de diputados conservadores (fieles o disidentes) y liberales (también fieles o disidentes) se altera en Zamora en relación tanto al conjunto de lo que hoy es Castilla y León, como al conjunto de España, según demuestra el profesor Pedro Carasa:
  • Zamora: 45,6% de diputados conservadores, frente a casi un 53% de diputados liberales.
  • En lo que hoy es Castilla y León, los conservadores son un 52,5% y los liberales un 43,6%.
  • Finalmente, en el conjunto de España, 45,2% conservadores, frente a un 40,9%
Esta situación tiene una explicación en forma de un riojano llamado Práxedes. Nuestro hombre había nacido en el verano de 1825 en el seno de una acomodada familia riojana de comerciantes, los Mateo-Sagasta, una familia que había sufrido represalias tras la vuelta de Fernando VII al trono, por lo que tuvieron que abandonar Logroño para refugiarse en el pueblecito de Torrecilla en Cameros hasta la muerte del rey. 

Este joven llegó en la Navidad de 1849 a una desolada ciudad de provincias recién salido de la Escuela de Ingenieros de Caminos. En aquella provincia conocería el amor de su vida, Ángela Vidal, y aquí nacería el primero de sus hijos, bautizado por cierto donde me bautizaron a mí, en la parroquia de Cervantes. 

La influencia del ingeniero en la provincia -en la que fue conocido durante las elecciones de 1854 como Sagasta, el de los puentes- duraría décadas...

14.9.11

Aquellos personajes del XIX...

Curioso personaje, Sagasta. Hijo de buena familia de provincias, sufrió el destierro de niño por la postura política de sus padres. Un tipo muy inteligente que terminó por asumir, en su vida personal, cosas que incluso hoy son difíciles de asumir. Conoció a Ángela Vidal y se enamoró de ella. Perdidamente. Él era un joven ingeniero destinado en una provincia que era, ya entonces, el limes de la civilización, justo al lado de donde empezaba el fin del mundo. Ella era una joven, hija de indiano, emparentada con la gente bien de una capital pobre. Casada con apenas dieciséis años en un matrimonio que a todos venía bien aunque a nadie convencía. Y por el que ella no fue preguntada.

Así que Sagasta y ella lucharon. Por sus vidas. Porque no sabían si iban a volver a tener tanta suerte. Ella lo acompañó a la Sanabria y allí tuvieron un hijo, probablemente en la Puebla. Lo bautizaron en Zirbaaaaaaaaaaantes, que ya es casualidad; la patria chica del Perdíu. Y lo bautizaron como hijo de padres incógnitos. Vivieron juntos sin estar casados, todo un escándalo en aquella Sanabria. Y no digamos en aquella España. O quizá no tanto. Más cosas de las que parecen son fáciles de entender cuando se viven de cerca. Y entonces uno descubre que las personas juzgan menos de lo que aparentan. Aún tuvieron otra hija, aunque no pudieron casarse hasta 1885, cuando ya eran dos ancianos para la época. Ángela murió en 1897, seis años antes que él. Casi cincuenta años juntos. Con todo en contra. Con todo de frente.

Una historia de amor que recorrió medio siglo y que comenzó en aquellas tierras zamoranas...

13.9.11

Del Bilbao y la Barcelona de aquella España...

Aquella España. No era una España africana, más que le pese al tal Giner. Era una España que se modernizaba. Con muchos problemas. Con poco dinero. Un país devastado por la ocupación francesa y en el que las familias del liberalismo no fueron capaces de llegar a acuerdos esenciales durante décadas. Pero una España que entraba en el mundo moderno. Una España, lo cuenta el profesor Ollero Vallés en el libro que he terminado, en la que los bilbaínos agradecían con homenajes multitudinarios a Espartero que los liberara de los carlistas. Una España en la que el Ayuntamiento de Barcelona homenajeaba en 1860 a los voluntarios catalanes que participaron en la toma de Tetuán durante la guerra de África.

Una España en la que las cosas pudieron haber sido de otro modo. Una España más civilizada, desde luego, que la de sus nietos, los que nos llevaron a todos a la tragedia del treintayseis. Y ahí va un ejemplo. A mediados de la década de los sesenta, la izquierda liberal había optado la insurrección como forma de llegar al poder. En junio de 1866 intenta un pronunciamiento que pasará a la historia como el del Cuartel de San Gil; pero el pronunciamiento sale mal. Lo interesante es que en aquella España aún había liberales. Ni las bestias fascistas ni los comunistas habían asomado aún por la arena pública y la política se hacía entre señores. El gobierno pacta con los cabecillas, de manera discreta, que salgan del país. Les entrega incluso salvoconductos. Cuando el último de ellos se ha ido, se pone en marcha un Consejo de Guerra contra ellos, en el que resultan condenados a morir por garrote vil.

Las condenas a muerte no se ejecutarán jamás…

Aquella España…


PS: El 21 de enero [de 1932] Azaña anunció al consejo de ministros, reunido con el presidente de la República, que se disponía a proceder "con toda rapidez y con la mayor violencia" a reprimir la rebelión y que se fusilaría a quien se cogiese con las armas en la mano.

Avilés Farré, Juan: La izquierda burguesa y la tragedia de la IIª República. Servicio de Documentación y Publicaciones de la Comunidad de Madrid, Madrid, 2006. Páginas 166-167

11.8.11

Conversando con Práxedes

Ando liado con la biografía de Sagasta, escrita por el profesor Ollero Vallés. Me gustan las biografías (¿cómo iba yo a ser marxista si me gustan las biografías?): permiten viajar en el tiempo y, de la mano de una persona, recorrer la historia de una época. Además, nos recuerdan que en parte somos protagonistas de nuestros destinos, y que no hay, gracias al cielo, dos personas iguales. 

Le estoy cogiendo cariño al bueno de Práxedes: un riojano liberal que acabo enredado en la mi tierra zamorana y al que imagino algún día comiendo en la venta de las ánimas o en lo que allí hubiera, en el mi pueblo, mientras dirigía las obras de la carretera que iba a unir Madrid con Vigo. Vino a Madrid a estudiar Caminos, una carrera ligada a los progresistas y a su forma de entender la vida y la política. Y nació en un mundo de relaciones familiares y de apoyos mutuos sin los cuáles no hubiera triunfado nunca. Nació en el exilio interior, porque su padre Clemente Mateo Sagasta había sido liberal en el Trienio y tuvo que ir al pueblo de su mujer a esconderse Hay mucho mito en su vida, mitos que fueron cuidadosamente elaborados por sus exégetas en los últimos años de su vida: no raptó a su pareja el día que ella se casaba con otro, ni fue un superdotado. Fue un buen profesional, un ingeniero en aquella España que empezaba a nacer a la modernidad pero que tuvo la mala suerte de hacer política en un espacio que se quedó huérfano llegado el siglo XX: nadie reivindica hoy a los progresistas; para los sociatas, para los pocos que saben algo de historia, son gente extraña, liberales antes que socialdemócratas; para los conservadores, gente que no entendió cuáles eran las luchas que se libraban en el XIX. Aquella España en la que los ingenieros, a partir de cuarto de carrera, eran ya funcionarios. Aquella España en la que las Obras Públicas, hasta 1847, dependían de Gobernación, con aquella concepción de los caminos como algo a vigilar.

Sagasta perdió su sitio, pero no puede uno leer su vida sin sentir cierta simpatía por el personaje.
Les iré contando, que el tipo era fino, y creo que sacó su escaño en Madrid utilizando su influencia en la provincia, prometiendo caminos que luego nunca llegaron...