Qué cosas, un descubrimiento este grupo de La M.O.D.A. Esa canción de 1932, ese pensamiento de que "Esto va por todos los que estuvieron".
Esas canciones "por la tierra yerma de Castilla."
Esa música.
Visión más o menos liberal de lo que pasa. Reflexión sobre la cultura, la sociedad y la vida. En general. Se admite debate.
Qué cosas, un descubrimiento este grupo de La M.O.D.A. Esa canción de 1932, ese pensamiento de que "Esto va por todos los que estuvieron".
Esas canciones "por la tierra yerma de Castilla."
Esa música.
La vieja estación del Norte. Me pasa un poco como a Nieto, que el otro confesaba que vive en el siglo XIX. A mí la estación me suena a la estación por la que salieron Sagasta y otros líderes de la sublevación de San Gil en junio de 1866. Hasta que no estuvieron fuera del país no se les condenó a muerte.
Bueno, que me lío, el caso es que ahora la vieja estación se transforma un hub de música: estudios de grabación, espacios de cocreación, y todo ello disponible las 24 horas al día en The Music Station.
Ciudades creativas, las llamó Richard Florida, mientras Madrid se va...
Me voy haciendo mayor. Y más listo, supongo: no por los años, pero sí por las lecturas, que funcionan como un círculo virtuoso. Lo que contaba Grijelmo el otro día en el país en relación a la canción Qué demasiao´
lo he pensado yo alguna vez pero con la de Pacto entre caballeros, también de Sabina. ¿Cuánto sobrevivirán estas letras? ¿en qué momento dejarán de ser entendibles? ¿Sabrá mi hijo de lo que hablan cuando las escuche dentro de veinte años?
La vida, que no se detiene...
Hablaba el otro día de cuando la poesía se hace música. Me hice en Itunes, pagándolo, claro, con el último disco de Loquillo. Ponerle música a un conjunto de poemas de alguien tan heterodoxo como Luis Alberto de Cuenca. El resultado es espectacular. Lo es, vaya si lo es. Llevo dos semanas escuchándolo. Impresiona. Además, decidí acercarme a él como se acerca uno a una mujer desnuda, dejándome llevar por las sensaciones, dejando que el azar guíe mis manos y que el azar me indique el camino para poder degustar olores nuevos, saborear pliegues escondidos, mirar silencios con las manos... Por eso, decidí ir oyendo canciones sin seguir ningún orden. Y aún estoy tarareando. El disco se abre con un canto a la incorrección política. Un poema delicioso que sólo alguien como De Cuenca puede escribir. Un canto a las mujeres rubias, a las que quieren con locura y para siempre, a las que no han renunciado a ser mujeres y que, además, odian el mediterráneo. Esas mujeres de tierra adentro, que son capaces de mirar de frente a las verdades más sagradas. Esas mujeres por las que, siglos atrás, hubiéramos ido de cabeza a la hoguera.
Esas mujeres que quizá sólo existen ya en mi imaginación.
PS: uno de los tipos que salen al fondo en el video clip es el propio De Cuenca. Fantástico.
De joven, miraba con recelo la relación de la poesía con la música. Se me fueron cayendo los prejuicios, también estos. Empecé con aquel Paco Ibáñez, ¿recuerdas Hornuez?, al que cantábamos ante la mirada atónita de los quinquis de la Facultad. Me enganché al formato, y fue gracias a Mile, claro, a los dos discos de poemas que Loquillo sacó hace años. Dos delicias. Ahí empecé a descubrir otro Loquillo. Estábamos aún en la facultad cuando llegó “La vida por delante”. Algunos de los poemas del disco son espectaculares. El desolador “no volveré a ser joven”, de Gil de Biedma, con su ritmo pausado y esa voz que lo llena todo, el dulce de Lisboa, de Sopeña, al que ir alguna vez con la mujer amada, la dignidad de Cantores, tantas veces traicionada. Atxaga y la vida como un extremo u otro. Y ese Julia Reis del que nunca podré explicar de qué manera me ayudó a entenderme a mí mismo aquella primavera del noventa y cinco.
Años después llegó “Con elegancia”. El disco del final de la facultad. De mi viaje al Oxfordshire. Empezando de nuevo. Siempre empezando de nuevo. Ahí conocí a Luis Alberto de Cuenca, me acerqué a Salvat-Papasseit y su delicioso Ara nos fa, pro jo encara ho faria, descubrí la emoción de las cosas que tallant com un ganivet, con Pere Quart, (el catalán, ese vaso de agua clara) llegué a Borges y vinculé la infancia con una provincia.
El placer de escuchar poemas. La poesía nos lleva más lejos de lo que somos capaces de mirar. Sobre todo los que, como yo, tenemos miopía en los ojos y desengaño en el corazón. La maldición de ser Casandra.
La noria. El Rock the Casbah. Los Clash. Los fedayines. La línea verde...
Todo estaba en aquella canción: Ehun Ginen, de música inquietante y letra desasosegada que Kortatu lanzó en 1990 dentro del disco Kolpez Kolpe.
“Beyrouth sartaldea / Uraren ordez hautsa / Eta bost mila izar / Gehiago gauez… / Norien alboan.
Damasko irratian rock the casbah / Fedayinen auzunean ramadán / Garorik gabeko basamortuak / Inguratzen du / Sortaldeko beyrouth / Hondarrezko gartzelan / Itzalik gabe pasiatzen dira / Maiteminduak / Norien alboan…
Barraka itxiek / Ezinaren mugak laztantzen dituzte. /Zelako krisi / Halako bizi / Beyrouthen ez da inor bizi! / 100 ginen / 22 / Orain bakarrik gaude 2 / Zelako krisi / Halako bizi / Ezin gaitezke superbizi! / 100 ginen / 22 / Orain bakarrik gaude 2 / Zu ta ni, zu ta ni, zu ta ni, ninininini!”
Una cierta traducción al castellano sería (thanks txikitin):
“ Beirut oeste / Polvo en vez de agua/Y cinco mil estrellas / De noche, más… / Junto a las norias.
En Radio Damasco, Rock the casbah / en el barrio de los fedayines ramadán / el desierto sin helechos / rodea / Beirut oeste / en la cárcel de arena / se pasean sin sombra / los amantes / junto a las norias…
Las barracas cerradas / acarician las fronteras de lo imposible / A tal crisis / tal vida / En Beirut no vive nadie! / éramos cien / veintidós / ahora sólo somos dos / A tal crisis / tal vida / ¡no podemos sobrevivir! / éramos cien / veintidós / ahora sólo estamos 2 / Tú y yo, tú y yo, tú y yo, yo yo yo yo
La noria.
Mis canciones de verano.
Cuando uno pertenece a una generación ágrafa, en la que la letra escrita no tiene valor y la cultura o es tortura o es gratis, es difícil que sea capaz de ubicar los países en sus coordenadas básicas. El Líbano. Nunca supe mucho del país: unas guerras terribles, entre cristianos, musulmanes y todo el que pasaba por allí. Un país destrozado entre Incendies y vecinos mal avenidos. Luego me fueron contando: la Suiza de oriente próximo durante muchos años. Un país francés. Un país fenicio. Una universidad de élite en el oriente. Un país mirando hacia el oeste. Unos días para pasear Beirut en medio del oasis, para recordar Biblos, teniendo presente que septiembre fue sólo un sueño. Y conocer Tiro o Sidón. Pero lo mejor, como siempre, no es el destino, sino la compañía. Abrazar viejos amigos. Brindar con buen vino por la vida, que no se detiene. Nunca. Charlar sosteniendo una Seagrams en aquel lado del mediterráneo. Espero el embarque y suena Kortatu en el Iphone: es una música amarga, con un punto de melancolía que no he sido capaz de quitarme nunca de la cabeza. La letra acompaña: Beyrouth sartaldea / Uraren ordez hautsa / eta bost mila izar / gehiago gauez / Norien alboan, Norien alboan, Norien alboan…
Embarco. Solo. Los hermanos Muguruza me lo recuerdan: éramos cien, luego veintidós, ahora sólo somos dos: tú y yo, zu ta ni, zu ta ni…
Ya le contaré, desocupado lector…
PS: El diplomático australiano Robert Bowker dice en Egypt and the Politics of Change in the Arab Middle East que en España se traducen anualmente más libros que los traducidos al árabe en los últimos mil años
Debo de ser un tío un poco raro. No consigo sentir nada especial por la muerte de la cantante británica, la tal Winehouse. Sé que hace poco suspendió un concierto en Belgrado porque no atinaba a estar de pie. Me daba pena, pero poco más. Y no creo que su muerte la convierta en ningún mito. Pienso en la cantidad de niños que sufren, en las niñas casadas contra su voluntad, en los niños que no pueden ir al colegio. Pienso también en los adolescentes que mueren victimas de alguna enfermedad que no han elegido. Pienso y llego incluso hasta un niño ahorcado por unos que se llaman a sí mismos talibanes. Y luego miro y veo a esta tía poniéndose hasta el culo de droga y tirando su vida a la basura, ante la gracia cómplice de los medios y del público. Pienso en tantas personas que no han tenido oportunidades, pese a luchar por ellas, y luego veo a todos estos niñatos y no puedo dejar de sentir asco. Por ellos. Tanta paz lleve como aquí dejó. Y que la tierra le sea leve…
Las mujeres que han marcado mi vida han dejado en ella, entre otras cosas, una memoria musical. Una memoria hecha a base de canciones que me las devuelven por un instante como en un bucle. Las imágenes se van tiñendo de sepia, pero no terminan de irse. Hubo aquella a la que recuerdo cantando aquello de “voldría ser capitá” con una voz dulce y bondadosa que desencajaba con el resto del perfil. Hay un recuerdo sobre un estribillo de los Panchos que me martillea la cabeza y del que no logro desprenderme. Se me junta con un recuerdo que va desde Marisol en Popayán, a trasluz, oscureciendo, hasta una bodega en el valle del Vidriales sobre música popular española.
Ocurrió el otro día. Salía de recoger las lentillas e iba andando a por el coche. A veces, de noche, las oigo cantar. Porque a veces, de noche, me transformo en Gabriel Conroy y todas las Gretta Conroy que ha habido en mi vida vienen a recordarme que yo también fui Michael Furey. A recordarme, en suma, que el papel que un hombre puede jugar en la vida se limita a ser Gabriel unas veces y ser Michael otra. Iba camino del coche, digo. Entonces la vi: salía del metro, e iba unos treinta o cuarenta pasos delante de mí. Fumaba. No me vio. Ni siquiera reparó en su coche, aparcado un centenar de metros más adelante. Y pensé, claro, en la canción de voldría ser capitá… Al llegar al coche paré y la seguí con la vista hasta que dobló, a la altura del Comité, para ir a su casa. Abrí la puerta, me senté en el asiento y arranqué…
PS: Ese último párrafo del relato “Los muertos”, de Joyce: “Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.”
También, en el cine, Robin Hood. Buena relectura del mito, aportando alguna novedad. No tendría mucho sentido haber hecho la misma película que se hace cada quince años sobre el bandido inglés. Aquí se plantea como una precuela, valga el palabro, que termina justo donde empieza la leyenda. Sombría, en la línea de Scott, y con buenos actores. Interesante.
Por cierto que fui también a los toros. A San Isidro, claro. Es plástico el toreo, quizá el último espectáculo premoderno que nos queda en este mundo bobo de lo políticamente correcto. Es difícil igualar el momento en el que el banderillero se suspende en el aire de camino al toro. El toreo: un arte en el sentido literal de la palabra.
Hablando de artes, cómo es capaz de emocionarme la buena música, lo voy descubriendo con los años. Cuánto me hubiera gustado saber más de música y no ser el analfabeto funcional que soy (también) en este ámbito.
Ser consciente poco a poco de las cosas que ya no harás en tu vida, eso es exactamente envejecer.
Qué pena.
PS: Descubrimientos: Damien Rice y su bola de cañón: There’s still a little bit of your taste in my mouth / There’s still a little bit of you laced with my doubt. / It’s still a little hard to say what's going on.
There’s still a little bit of your ghost your witness / There’s still a little bit of your face I haven't kissed / You step a little closer each day / That I can´t say what´s going on