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4.12.19

Este mundo...

Lo recordaba ayer viendo la cantidad de quinquis que se han acreditado como diputados en el Congreso. Y es que ya lo anunciaban los de Salvatierra en los ochenta: Hoy en este mundo / tan moderno y tan jodido...

Todos a bailar:


2.11.14

Aquellas ratas desalmadas

Aquel año tremendo. 

Aquella maldita carrera de bicis en Salvatierra, como recordaba con maestría Antonio Muñoz Molina el otro día en Babelia. 

El esfuerzo de hacer cine, a cargo de Iñaki Arteta. Un hombre al que nunca subvencionará el gobierno nacionalista vasco. Un hombre al que allí no aprecian ni los cruentos ni los incruentos. El hombre que una vez nos contó trece historias entre mil...

El recuerdo de todos aquellos que murieron en nuestro nombre, y solo porque los asesinos no podían matarnos a todos.

Aquellas ratas sin alma. Que por cierto mataban por ser nacionalistas y por ser de extrema izquierda. Y mataban, ahora que somos todos tan jatorras, a personas que no eran ni nacionalistas ni de extrema izquierda. Y los mataban, precisamente, por no serlo.


Aquel 1980 de Iñaki Arteta. 



Muy pronto en cines. Y esto lo escribo hoy, el día en que los cristianos celebran la fiesta de los fieles difuntos...

23.5.13

Más sobre el ferrocarril


El sábado hablaba con Mi Coronel del tren. Es hombre cabal y me planteaba objeciones de libro a mi protesta contra el cierre del ferrocarril que une la Puebla de Sanabria con Valladolid pasando por Zamora: poco uso, escasa rentabilidad incluso social. Ayer almorzaba con el amigo Kantor y, ante el cocido barandalero, me hacía objeciones similares: coste por viajero, la inutilidad de contabilizar el coste de una infraestructura una vez que está hecha…
Ambos tienen razón. Pero mi cabreo no viene por eso. Mi cabreo viene por la falta de equidad. Por el desigual tratamiento. Si hay que medir el coste, que se mida. Pero el de todos. Y todos los costes, no sólo el de la ratio ingresos viajero: también la pérdida de puestos de trabajo que genera la competencia desleal y subsidiada de la Alta Velocidad. Y es que uno levanta la vista y sólo alcanza a ver desesperación. Pura y dura. Ya no son los más de mil ochocientos millones de euros de desvío en la obra del AVE a Barcelona (localidad unida con Madrid por un puente aéreo que era un ejemplo para todo occidente), o las estaciones fantasma por las que nunca pasa nadie. Son las autopistas radiales. Claro que estaban infladas las cifras de la previsión de viajeros. Pero no pasa nada. No se cumplen y que pague el contribuyente. Autopista mala. Banco malo. Aeropuerto malo. Ese capitalismo español. A veces, tengo la sensación de que aquí el único que se ha jugado su dinero para crear una empresa he sido yo.

Pero cuando llega la hora de cortar por lo sano, el Estado sólo se atreve con los débiles. Con los que no se pueden defender. Con los lugares periféricos, donde no queda ya ni la sombra de los árboles bajo la que esperar el final. Lugares llenos de lluvia amarilla, donde la ciudadanía va desapareciendo porque ese espacio de solidaridad que nos dijeron que era el Estado nunca ha llegado a estar presente. Y mientras razono las atinadas críticas de mis interlocutores, no dejo de pensar en aquella coda con la que se cerraba una canción de los roqueros de Salvatierra: “mala es esta justicia, si por lo que a unos premia, a otros se los castiga”.