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26.11.21

Lluvias y melancolías (es noviembre)

Se me van las emociones cuando en un libro o en la pantalla se aborda la relación entre padre e hijo. O cuando se habla de infancias lejanas. Estoy sensible. Dejé, con el andurlino, de ser adolescente. Pensaba también en este párrafo hermoso de la Lluvia amarilla, esa sensación con la que tantos crecimos: "Recuerdo que, de niño, escuchaba a mi padre historias y sucesos de otro tiempo, veía a mis abuelos y a los viejos del pueblo sentados junto al fuego y el pensamiento de que ellos ya existían cuando yo ni siquiera había nacido me llenaba de angustia y me dolía. Entonces, sin que nadie lo supiera —sentado en el escaño, en un rincón, seguramente ni siquiera me veían-, escuchaba hasta dormirme sus relatos y adoptaba sus recuerdos como míos. Imaginaba los lugares y personas de que hablaban, les otorgaba los rostros que creía habrían tenido y, al igual que se dibuja y se da forma a la imagen de un deseo o un pensamiento, construía de ese modo mi memoria con las suyas"

19.11.21

Hojas de lluvia

A Julio Llamazares lo descubrí de joven, vía Mile. Creo que lo primer que leí debió de ser El río del olvido, no lo recuerdo bien. Luego cayeron varios, entre ellos, la historia del final de Ainielle en La lluvia amarilla. Después de no pisar un teatro desde febrero, nos acercamos a verla al Español, cortesía del Udaletxe. Una hermosa y dura adaptación. Llamazares tiene muchos méritos, entre otros, haber empezado a hablar del tema treinta años antes que el resto. Es difícil no emocionarse: el hijo que marcha y nunca vuelve -dejarás caer la casa que construyó tu abuelo-, la niña muerta, el perro como acompañante final, la memoria perdida de tantos y de tantos, con hijos diletantes jugando a ser campeones de la nada en la gran ciudad. Me veía paseando entre fantasmas por el mi pueblo. Y recordaba la voz del mi hermanu Lauru, hablándome de aquel proceso de despoblación de los setenta en primera persona...

Un mundo que se va. Quizá no pase nada, en efecto. Pero es un mundo que se va. 

23.5.13

Más sobre el ferrocarril


El sábado hablaba con Mi Coronel del tren. Es hombre cabal y me planteaba objeciones de libro a mi protesta contra el cierre del ferrocarril que une la Puebla de Sanabria con Valladolid pasando por Zamora: poco uso, escasa rentabilidad incluso social. Ayer almorzaba con el amigo Kantor y, ante el cocido barandalero, me hacía objeciones similares: coste por viajero, la inutilidad de contabilizar el coste de una infraestructura una vez que está hecha…
Ambos tienen razón. Pero mi cabreo no viene por eso. Mi cabreo viene por la falta de equidad. Por el desigual tratamiento. Si hay que medir el coste, que se mida. Pero el de todos. Y todos los costes, no sólo el de la ratio ingresos viajero: también la pérdida de puestos de trabajo que genera la competencia desleal y subsidiada de la Alta Velocidad. Y es que uno levanta la vista y sólo alcanza a ver desesperación. Pura y dura. Ya no son los más de mil ochocientos millones de euros de desvío en la obra del AVE a Barcelona (localidad unida con Madrid por un puente aéreo que era un ejemplo para todo occidente), o las estaciones fantasma por las que nunca pasa nadie. Son las autopistas radiales. Claro que estaban infladas las cifras de la previsión de viajeros. Pero no pasa nada. No se cumplen y que pague el contribuyente. Autopista mala. Banco malo. Aeropuerto malo. Ese capitalismo español. A veces, tengo la sensación de que aquí el único que se ha jugado su dinero para crear una empresa he sido yo.

Pero cuando llega la hora de cortar por lo sano, el Estado sólo se atreve con los débiles. Con los que no se pueden defender. Con los lugares periféricos, donde no queda ya ni la sombra de los árboles bajo la que esperar el final. Lugares llenos de lluvia amarilla, donde la ciudadanía va desapareciendo porque ese espacio de solidaridad que nos dijeron que era el Estado nunca ha llegado a estar presente. Y mientras razono las atinadas críticas de mis interlocutores, no dejo de pensar en aquella coda con la que se cerraba una canción de los roqueros de Salvatierra: “mala es esta justicia, si por lo que a unos premia, a otros se los castiga”.