Es un libro bonito la Feria de Ana Iris Simón, un recuerdo de una España que se va. Y una mirada crítica a un presente eterno que, lo veo en mis chavales, vive solo de festivales, sellos en el pasaporte y ocio como sustituto de la vida. La vida es la infancia, nos recuerda la autora, que se atreve con temas prohibidos para las mujeres de izquierdas. Su visión sobre la madre y su amor (La madre está siempre
condenada al reproche porque es el amor primero coma el amor puro y el dolor
sobrevenido de no poder ser el otro coma de no poder ser 1 con el otro coma
imposible siempre de satisfacer. La decepción primigenia viene, como el amor
primigenio, de la madre).
Su visión sobre la mujer y el feminismo (para gustar
los hombres tienen que hacer pero a nosotras nos basta con ser) ya que, como dice en un párrafo memorable, el ideal de la belleza femenina, el de la novia cadáver, lo gestionan hombres homosexuales. Sus disquisiciones sobre la patria y el mito de la identidad internacionalista. Su desprecio sobre la izquierda divina (Nada nuevo bajo el sol:
señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es), su crítica a lo que ve en su generación (No tener más identidad que la estupidez).
Y esa mirada sobre los mayores (Los abuelos no deberían
morirse nunca) que comparto plenamente, porque soy quien soy porque soy nieto de quién soy y sigo cazando charrelas con el Ché en el sierro cien años después, ¿Verdad hermanu?), y sobre la paternidad (Uno es padre porque no
podía no serlo).
En fin, que todos venimos de un
linaje mítico, pero son muy pocos los que saben contarlo.
Un buen libro. Que vacuna contra el cinismo, el gran mal de nuestro tiempo.