"El tren, a las puertas del rescate", llevaba por título el reportaje del suplemento económico del Mundo ayer domingo. Los datos que da son, en general, escalofriantes: la alta velocidad española tiene una deuda de más de veinte mil millones de euros. Ninguna línea es rentable. Ninguna. Y no lo son ni aunque descontemos el coste de amortización de la infraestructura física. Ni aunque dejáramos de contar el coste del material que corre las vías. A mayores, todas las previsiones de viajeros estaban infladas. Todas: de 3,6 millones de viajeros a Valencia a la dura realidad de 1,8 millones. Y así con todas las demás. La estación de Zaragoza debe 400 millones de euros. El túnel de Pajares, aún sin acabar, ya está costando el doble de lo presupuestado. Dos tercios de la estaciones no llegan a los trescientos pasajeros diarios...
Podríamos seguir. Hasta el aburrimiento.
Con datos tan tremendos, uno no puede dejar de fijarse en lo más patético de todo. Lo más lamentable. Lo más increíble. Nuestros dirigentes políticos se han puesto serios y han decidido afrontar de una vez este sindios, atacando el coste de las líneas de media distancia.
Así, se han puesto manos a la obra, serios, dignos, con la mirada en la lejanía, y han decidido ejemplarizar acabando con ese escándalo de que cada año se pierda algo más de medio millón de euros en una línea que comunica la España rural desde Valladolid hasta la Puebla.
Parece una broma, pero es lo que hay. Qué grandes son todos.
Y qué mala es esta justicia, que trata de manera tan desigual a los desiguales optando por esa cosa tan humana de ser fuerte con los débiles, inane con los fuertes...
El corolario de esta farsa es que, para este viaje (en tren), no necesitábamos al Estado...