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13.12.25

Irnos y no volver

No sé donde leí los versos de Agustín de Foxa. La melancolía de irse. La rabia de que el mundo siga girando igual cuando uno se ha ido, ya que "sobre mis huesos danzará la vida."


El poema completo:

Y pensar que después de que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar yo solo hacia el abismo
y que la luna brillará lo mismo
y  ya no la veré desde mi caja.




1.6.24

Antes eran felices

Este mito del mundo que se fue lo tenemos grabado a fuego en lo más profundo de nuestros inconsciente. Claro que la modernidad trae riesgo, porque asumir la ficción de la individualidad exige mucha valentía, pero no creo que la solución sea recrearnos en un pasado que nunca existió. Lo que es relevante es no perder de vista la comunidad: individuos, sí, pero dentro de un entorno.

8.3.23

Aquel Madrid

Fuimos jóvenes, también en aquel Madrid. Lo contaba muy bien Antonio Lucas. A mi también me asombra que haya tantos garitos que no conozca ya de nada. Esas cosechas de nostalgia...

22.12.22

Las cosas, también en Moscú

Hace décadas que sueño con el poema de Borges sobre las cosas. Y ayer leí esta reflexión de Aleksander Mozhayev sobre la destrucción del viejo Moscú en el libro de Pomerantsev sobre La nueva Rusia: "Las paredes y las puertas viejas saben algo que nosotros no podemos entender: la verdadera naturaleza del tiempo. El drama de las vidas humanas está escrito en los edificios. Nosotros nos iremos; solo unos lugares permanecen.

Qué melancólico me vuelven estas cosas. Lo que durará más allá de nuestro olvido.

La mi casa, la mi tierra, los mis olores...  

8.12.22

Relojes

Un día me contaba mi padre sus viajes los lunes al Mercao´. Salir al alba, llegar y comprar y vender y comprar y vender, y tomar un vino, sellar un trato, hundir los pies en el barro, entrar con su padre o con su abuelo en la tienda de Pedro Barrios... Le pregunté cuanta tardaba en ir de su pueblo al Puente: "No lo sé, no tenía reloj: salíamos temprano y volvíamos antes de que oscureciera".

Me he acordado de aquel mundo leyendo esto de Garrocho en ABC, a vuetas con los relojes 

19.11.21

Hojas de lluvia

A Julio Llamazares lo descubrí de joven, vía Mile. Creo que lo primer que leí debió de ser El río del olvido, no lo recuerdo bien. Luego cayeron varios, entre ellos, la historia del final de Ainielle en La lluvia amarilla. Después de no pisar un teatro desde febrero, nos acercamos a verla al Español, cortesía del Udaletxe. Una hermosa y dura adaptación. Llamazares tiene muchos méritos, entre otros, haber empezado a hablar del tema treinta años antes que el resto. Es difícil no emocionarse: el hijo que marcha y nunca vuelve -dejarás caer la casa que construyó tu abuelo-, la niña muerta, el perro como acompañante final, la memoria perdida de tantos y de tantos, con hijos diletantes jugando a ser campeones de la nada en la gran ciudad. Me veía paseando entre fantasmas por el mi pueblo. Y recordaba la voz del mi hermanu Lauru, hablándome de aquel proceso de despoblación de los setenta en primera persona...

Un mundo que se va. Quizá no pase nada, en efecto. Pero es un mundo que se va. 

21.8.21

Los abuelos

De manera diletante retomo los Hijos del fútbol, de Gálder Reguera. Esta reflexión, que yo me sigo haciendo muchas veces a lo largo del año, en relación con mis abuelos. Es una reflexión inútil, está claro, pero a mi también me atenaza muchos días el corazón. “A veces la observo y pienso en cómo sería nuestra relación si él siguiera vivo. Hoy, adulto, soy una persona muy distinta a aquella que soñaba ser cuando él murió, es decir, alguien a su imagen y semejanza. ¿Qué tal nos llevaríamos? ¿Hablaríamos de política? ¿Tendríamos ideas cercanas sobre lo que es el éxito en la vida, la familia? ¿Estaría en contra de aquellas convicciones que yo considero innegociables? Aunque suene a bagatela, pues al fin y al cabo está muerto desde hace casi treinta años y nunca discutiremos, estas cuestiones me angustian enormemente”.

9.3.21

Goznes genearcionales

A vueltas con la nación, en el número de febrero de la Revista de Occidente. Muy interesantes las reflexiones, hasta que me topo con este párrafo de Juan Pablo Fusi sobre el Gatopardo -descubro por cierto que el autor no llegó a ver publicada en vida su novela-. Señala Fusi que el príncipe de Lampedusa "sólo se propuso la reconstitución de un mundo perdido, escribir, como ha quedado dicho, sobre la decadencia de los Lampedusa: «pertenezco –hacía decir al Príncipe de Salina en su conversación, en noviembre de 1860, con el caballero piamontés Aimone Chevalley de Monterzuolo, representante en Sicilia del nuevo Estado italiano– a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto ni en aquellos ni en estos».

Esta melancolía de los que estamos heridos de modernidad. 

El perfil del contenido revista, aquí:


31.1.21

Léxico leonés

Un repertorio de léxico leones recopilado en los los noventa y que consulto de vez en cuando lleno de melancolía. Lo hago en días como hoy, domingos oscuros: viajo a la infancia y está mi tía acochándome mientras mi abuela me habla del filandar que tenían al serano las noches de septiembre mientras mi abuelo vuelve con el manal y mi padre guarda el zacho y la rastriella con el resto de la herramienta. 



30.10.20

Se nos van yendo

El otoño me pone melancólico. No puedo evitarlo. Miro desde la ventana el mi bosque y recuerdo a los que ya no están. Se han ido muchos en poco tiempo. Nada raro, eran mayores, pero ahí pienso que ya no queda casi nadie de la cuadrilla de mi padre. Ya casi no están los que eran mayores y organizaban las fiestas en los ochenta y noventa. Los que se fueron de aquí en los cincuenta y sesenta, los que se fueron a buscarse la vida a Madrid pero nunca olvidaron quiénes eran y de dónde venían. Valoraron mucho la cultura y la educación de sus hijos: sabían que era el mejor pasaporte para ir por la vida. Y muchos de sus hijos respondieron, son mi entorno, la mi gente que diría el maestro Anta. Los veo a ellos y me llenan de orgullo, todos han salido adelante y han formado su familia sin olvidar quiénes son. Como me llena de respeto pasear por el camposanto y verlos ya descansando en paz, a Miguel, a Antonio, a Suso, a Ángel, y a tantos otros, ya de cara a un cielo que cada noche se presenta cuajao de Estrellas. Ese cielo. Vuestro cielo, que hicisteis nuestro...