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3.12.23

El primero

Se asomaba el verano de 1960. Llevaba poco más de cuatro años en Madrid y tocaba ya independizarse. Seguir trabajando para su tío ya no era rentable, imagino. O simplemente quería mejorar. Allá en el pueblo seguían sus padres y seguro que pensó en ellos también. En ayudarlos. Los hijos aún tardarían años en llegar, lo mismo que la mujer. Así que la compró, la que siempre fue su licencia fetiche: y más de sesenta años después fue su hijo el que, en nombre de su viuda, la vendió. Dejó una vida plena, dos hijos y cuatro nietos. Y un recuerdo que no se perderá jamás porque, al morir y como nos enseñó Martin Amis, vamos directos al corazón de las personas que nos recuerdan, y ahí seguimos mientras ellos vivan...

27.6.14

De la mina al rosco y del rosco al paseo...

Era tarde y llegaba aún más tarde a una cena. Lo veo cerca de la parada y monto. El viaje dura unos veinte minutos. Un hombre con mostacho. Ya se ven pocos. Hablador. Con la voz ronca. Asturiano. Llegó hace años a Madrid, pero sigue soñando con su tierra. Empezamos la conversación con la cortesía en la conducción. Nos tratamos de usted, como hacen los hombres. Hay bondad en sus palabras. Lleva desde las seis de la mañana en pie. Trabajó de joven en la mina. En dos años lo dejo todo, me jubilo y me vuelvo. Me describe el Oviedo señorial y se convierte durante el trayecto en mi lazarillo por la vieja Vetustaen la calle Uría me crié.  Llegamos a mi cena. Él se va ya para casa. Nos despedimos con un apretón de manos. La ciudad nos engulle y nos devuelve en pocos segundos a nuestra condición de completos desconocidos. El coche se aleja, entro en Barandales...

16.4.13

A Venezuela en taxi...


Supongo que si Arcadi Espada leyera este post no tardaría en sospechar que mezclo de manera ventajista ficción con realidad. Todo demasiado casual; pero la vida, como demuestra la historia de Sugar Man, es a veces más sugerente que  la  fiction
Cojo el taxi en la puerta del garaje, cargado de enaras y de trastos. A Gómez Moreno, por favor, me responde un acento caribeño, aún no sé bien si cubano, panameño o venezolano. No tardamos en hablar. Siempre de usted. A las personas se las respeta cuando no se las conoce. Luego el tiempo pone ya a cada uno en su sitio. Es caraqueño. No tarda en sacar el tema de Chávez. Vino hace ocho años a España. Han robado las elecciones, me dice por el retrovisor, y mi país se hunde sin que nadie haga nada por evitarlo. Me cuenta de la inseguridad, en la ciudad que lo vio nacer: hasta doscientos muertos de manera violenta al mes en Caracas y a los dos nos ataca la nostalgia hablando de aquella Venezuela inmensa y rica a la que llegaban, en patera, hordas de canarios hasta los años sesenta. 
Llegamos a la plaza. Mientras se baja me confiesa, algo ruborizado, sé que no está bien, pero me alegro mucho de que el tirano muriera. No hay reproche en mi mirada. Un apretón de manos. Suerte en la vida.


PS: hablando de Espada, ese cierre en la columna de hoy. tan demoledor para los que siempre hemos soñado con una derecha liberal, culta e internacionalista:  “[…] no hay que engañarse. Rajoy tiene sus propios números hechos. Nadie llega a la presidencia de Francia o de los demócratas americanos desdeñando la cultura. Por el contrario, Rajoy sabe que puede llevar de regalo al Papa una camiseta de la roja en facsímil”.

5.3.13

Desde Casablanca...


Es ya medianoche cuando salgo de la estación. Atocha es un entorno solitario. Triste. Todo este Madrid, al sur de Goya, es un arcano para mí. El taxista me ayuda con la maleta. Me siento. La ciudad duerme. A mi conductor el acento lo delata. Le pregunto. Es de Casablanca. Vino hace veintidós años. Allí no había futuro. En televisión veíamos a Europa como la tierra del dinero, de la felicidad. Tiene dos hijos. Le pregunto si les han enseñado árabe. Al mayor no, me pilló trabajando y yo llegaba muy tarde a casa. Con la niña sí que lo he intentado. El niño estudia informática, es muy bueno, pero aquí no lo van a contratar, con ese apellido que tiene, él se quiere ir fuera a Estados Unidos o a Inglaterra. Él vuelve de vez en cuando a su ciudad. Le inquiero por los cambios que ve: va a más, se ve que hay dinero, construcción y todo, pero yo estoy bien aquí ahora.
Un Madrid dormido no escucha nuestra conversación. Nunca llegará a entenderla. Al final, llegamos a nuestra destino. Pago. Lo despido con un apretón de manos.
Y recuerdo aquella sentencia de Borges cuando hablaba de “las migraciones que el historiador, guiado por las azarosas reliquias de la cerámica y el bronce, trata de fijar en el mapa y que no comprendieron los pueblos que las ejecutaron.


20.4.12

El mar de Madrid...

Cuando vamos a enfilar la calle Alcalá, miro la cartera y veo que sólo tengo un billete de cinco y otro de cincuenta. El taxímetro marca ya cuatro euros. Caballero, -le digo-, si no tiene usted cambio de cincuenta, páreme un momento en algún cajero, que solo tengo un billete de cincuenta y uno de cinco. No se preocupe, me contesta, me paga usted con el de cinco y el resto ya me lo dará.
Sonrío. Antes de que le vaya contestar que esto es Madrid, que a saber cuándo volvemos a coincidir, me suelta a bocajarro... lo he visto muchos días ahí, en la esquina de la calle, a veces me coge cargado, y yo decía: a ver si este señor tan elegante me para a mí alguna vez. Me ruborizo. Vive en la calle de mi oficina. Empezamos a charlar. La hablo de mi padre. Él me cuenta de su vida. Una caída lo dejó casi parapléjico hace diez años. No se resignó. Tras salir del coma, empezó la rehabilitación y logró subirse de nuevo a su taxi. Es un hombre optimista. La mejor compañía para estos tiempos de mediocres y de vividores. Hombre que trabajan duro y que levantaron un país que parecía condenado al olvido. Llegamos a la Puerta del Sol. Se baja del taxi. Nos damos la mano como señores. Volveremos a vernos. Claro.
El cielo de Madrid está encapotado, con esa luz que hubiera cantado Claudio.
Los taxistas de Madrid.
Llego cinco minutos tarde a la reunión, pero la verdad es que no me importa.
Adoro esta ciudad.

16.6.11

Un hombre al volante...

Me subo al taxi con prisa. Como siempre. Soy un tío que va de traje y con prisa a los sitios, normalmente en taxi, aunque a las cosas importantes siempre llego tarde. Saludo y digo la dirección. Cuelgo el teléfono. El taxista me dice que, si no me importa, quiere poner un cedé, “que estoy preparando un examen”. No se preocupe por mí. Doblamos doctor esquerdo para coger goya. Los tipos de leyes, se oye en el altavoz, la ley ordinaria y la ley orgánica. Es que mire, está la cosa mal y estoy con una oposición. No puedo evitar corregir al del cedé en cuanto al concepto de ley orgánica. Es usted funcionario. No, la verdad, es que no, pero doy clase de esto. Apaga la radio. Empieza la vida. Me cuenta. Le cuento. Me cuenta. Un diálogo sin tutearnos, un placer en estos tiempos plenos de vulgaridad democrática. Repasamos el concepto de Estado. El papel de la monarquía en nuestro ordenamiento jurídico. El propio concepto de reserva de ley. Nos recomendamos libros. Lo veo escéptico y me alegra: es el primer camino hacia el liberalismo y el conocimiento. Sale Popper claro. Lo conoce. Le hablo de Isaiah Berlin y cruzando Colón, recuerdo con nostalgia su Riga natal, parte de un Imperio que no pudo evolucionar hacia la democracia. Me recomienda un par de libros, estamos ya en los bulevares, dejando atrás la Glorieta de Bilbao. El concepto de ciencia en el derecho. Es sociólogo. “La sociología no es una ciencia, no se proocupe”, le digo mientras me deja en Quintana. Se baja del taxi y nos damos la mano desde el respeto. Le deseo suerte. En la oposición y en la vida.

Uno hombre no es más que otro si no hace más que otro, dice esa escuela de libertad que es el Quijote. Es difícil encontrar algún ejemplo de mayor dignidad que el que ofrece alguien que lucha por progresar en la vida. Que quiere formarse para dejar atrás lo que fue. El medio sólo consiente las identidades de origen, aunque yo no haya sido capaz de transmitírtelo. La libertad y el mundo moderno nos dejan romper esa maldición.

Mientras lo veo alejarse en su taxi, pienso en Morfeo y en la frase que tantas veces he repetido sin éxito: “lo único que te ofrezco es la verdad”.

Entro en clase. Buenas tardes, mi nombre es…

16.4.11

Los taxis de la emigración

Volví de Castilla. Era tarde y me pasé por la oficina. Había que terminar una oferta y dejar encarrilada otra. Eran casi las once cuando salí para casa. Cogí un taxi, que no iba yo para cargar con peso a estas alturas. El acento lo delató. ¿Porteño? Le pregunto. . Nos pasamos el viaje enero charlando. Unos cuarenta y cinco. Vino a España hace siete años. Un mes después llegaron los chicos. Allí no había futuro, me dice. Los niños tienen ahora quince y once. Para ellos Argentina ya no es nada más que un recuerdo. La gente roba, me dice. Qué cómo veo la crisis, me pregunta. Estamos en Europa, y somos demasiado grandes para caer, espero. Allí estábamos en el cono sur y no nos salvó nadie. La macroeconomía, la microeconomía, nos ponemos filosóficos. Es asalariado del taxi. Le cuento de mi padre. Seguimos sin tutearnos, como hacen las personas educadas que acaban de conocerse. Que qué opino de la regulación de la jornada. Me parece un horror le digo, las regulaciones no arreglan nada, y el taxi es un sector para currantes, para gente que tenga ganas de salir adelante en la vida. El que tenga ganas de trabajar ocho horas e irse a su casa, que se meta a conductor de autobús, El que tenga alma de funcionario que se meta a chofer de un Ayuntamiento.

El taxi es un sector para la épica, para emigrantes recién llegados, con ganas de integrar a sus hijos en la clase media de la sociedad que los recibe. Polacos en Nueva York, como aquella vez, haitianos en la Florida, como aquella otra, zamoranos en Madrid, como los nuestros.

Llegamos a casa. Le pago, nos damos la mano, como los señores, y me bajo. Se aleja, con su licencia.

El taxi, ese mundo tan lejano pese a haber crecido con él. Ese mundo que, ahora sí lo creo, ya no volverá a ser el mío…