Se asomaba el verano de 1960. Llevaba poco más de cuatro años en Madrid y tocaba ya independizarse. Seguir trabajando para su tío ya no era rentable, imagino. O simplemente quería mejorar. Allá en el pueblo seguían sus padres y seguro que pensó en ellos también. En ayudarlos. Los hijos aún tardarían años en llegar, lo mismo que la mujer. Así que la compró, la que siempre fue su licencia fetiche: y más de sesenta años después fue su hijo el que, en nombre de su viuda, la vendió. Dejó una vida plena, dos hijos y cuatro nietos. Y un recuerdo que no se perderá jamás porque, al morir y como nos enseñó Martin Amis, vamos directos al corazón de las personas que nos recuerdan, y ahí seguimos mientras ellos vivan...
3.12.23
El primero
27.6.14
De la mina al rosco y del rosco al paseo...
16.4.13
A Venezuela en taxi...
5.3.13
Desde Casablanca...
20.4.12
El mar de Madrid...
16.6.11
Un hombre al volante...
Me subo al taxi con prisa. Como siempre. Soy un tío que va de traje y con prisa a los sitios, normalmente en taxi, aunque a las cosas importantes siempre llego tarde. Saludo y digo la dirección. Cuelgo el teléfono. El taxista me dice que, si no me importa, quiere poner un cedé, “que estoy preparando un examen”. No se preocupe por mí. Doblamos doctor esquerdo para coger goya. Los tipos de leyes, se oye en el altavoz, la ley ordinaria y la ley orgánica. Es que mire, está la cosa mal y estoy con una oposición. No puedo evitar corregir al del cedé en cuanto al concepto de ley orgánica. Es usted funcionario. No, la verdad, es que no, pero doy clase de esto. Apaga la radio. Empieza la vida. Me cuenta. Le cuento. Me cuenta. Un diálogo sin tutearnos, un placer en estos tiempos plenos de vulgaridad democrática. Repasamos el concepto de Estado. El papel de la monarquía en nuestro ordenamiento jurídico. El propio concepto de reserva de ley. Nos recomendamos libros. Lo veo escéptico y me alegra: es el primer camino hacia el liberalismo y el conocimiento. Sale Popper claro. Lo conoce. Le hablo de Isaiah Berlin y cruzando Colón, recuerdo con nostalgia su Riga natal, parte de un Imperio que no pudo evolucionar hacia la democracia. Me recomienda un par de libros, estamos ya en los bulevares, dejando atrás la Glorieta de Bilbao. El concepto de ciencia en el derecho. Es sociólogo. “La sociología no es una ciencia, no se proocupe”, le digo mientras me deja en Quintana. Se baja del taxi y nos damos la mano desde el respeto. Le deseo suerte. En la oposición y en la vida.
Uno hombre no es más que otro si no hace más que otro, dice esa escuela de libertad que es el Quijote. Es difícil encontrar algún ejemplo de mayor dignidad que el que ofrece alguien que lucha por progresar en la vida. Que quiere formarse para dejar atrás lo que fue. El medio sólo consiente las identidades de origen, aunque yo no haya sido capaz de transmitírtelo. La libertad y el mundo moderno nos dejan romper esa maldición.
Mientras lo veo alejarse en su taxi, pienso en Morfeo y en la frase que tantas veces he repetido sin éxito: “lo único que te ofrezco es la verdad”.
Entro en clase. Buenas tardes, mi nombre es…
16.4.11
Los taxis de la emigración
Volví de Castilla. Era tarde y me pasé por la oficina. Había que terminar una oferta y dejar encarrilada otra. Eran casi las once cuando salí para casa. Cogí un taxi, que no iba yo para cargar con peso a estas alturas. El acento lo delató. ¿Porteño? Le pregunto. Sí. Nos pasamos el viaje enero charlando. Unos cuarenta y cinco. Vino a España hace siete años. Un mes después llegaron los chicos. Allí no había futuro, me dice. Los niños tienen ahora quince y once. Para ellos Argentina ya no es nada más que un recuerdo. La gente roba, me dice. Qué cómo veo la crisis, me pregunta. Estamos en Europa, y somos demasiado grandes para caer, espero. Allí estábamos en el cono sur y no nos salvó nadie. La macroeconomía, la microeconomía, nos ponemos filosóficos. Es asalariado del taxi. Le cuento de mi padre. Seguimos sin tutearnos, como hacen las personas educadas que acaban de conocerse. Que qué opino de la regulación de la jornada. Me parece un horror le digo, las regulaciones no arreglan nada, y el taxi es un sector para currantes, para gente que tenga ganas de salir adelante en la vida. El que tenga ganas de trabajar ocho horas e irse a su casa, que se meta a conductor de autobús, El que tenga alma de funcionario que se meta a chofer de un Ayuntamiento.
El taxi es un sector para la épica, para emigrantes recién llegados, con ganas de integrar a sus hijos en la clase media de la sociedad que los recibe. Polacos en Nueva York, como aquella vez, haitianos en la Florida, como aquella otra, zamoranos en Madrid, como los nuestros.
Llegamos a casa. Le pago, nos damos la mano, como los señores, y me bajo. Se aleja, con su licencia.
El taxi, ese mundo tan lejano pese a haber crecido con él. Ese mundo que, ahora sí lo creo, ya no volverá a ser el mío…



