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14.5.25

Lucía y el pueblo

Lucía Méndez el otro día en el Mundo, con una sensación que tenemos muchos de nosotros: La educación en Humanidades, tan intensa y exigente en aquellos colegios religiosos, me hizo mejor persona y me enseñó a disfrutar del Arte y la Historia. Las generaciones actuales no saben la grandeza de lo que se pierden.

Aunque dejé de ir a misa, nunca perdí la espiritualidad y supongo que tampoco abandoné del todo la fe en Dios. Intento llevar a rajatabla los principales mandamientos y las obras de misericordia.

26.3.24

Morir solo

Lucía Méndez, también el sábado en El Mundo, sobre su infancia premoderna en Palacios: “En mi pueblo, las familias eran extensas y vivían como tales. Abuelos, padres, madres, nietos, tíos y tías solterones -que se decía entonces-, todos juntos. Si un vecino enfermaba, al minuto lo sabía todo el pueblo. Era inconcebible de todo punto que un vecino muriera y los limítrofes tardaran cuatro días en echarle de menos. Por entonces, casi nadie vivía ni moría solo”.

Aquel mundo…

8.5.16

Esa España

Esa España interior. Vacía. Yerma. Esa España. Hace poco nos hablaba Muñoz Molina de ella en Babelia. Esa España. La única a la que en realidad pertenezco.


5.3.16

Mundo rural, mundo olvidado

Tenemos mucho que reflexionar sobre el mundo rural en esta España postmodena y pasada de vueltas en la que parece que todos somos urbanos desde hace siglos. Para ir abriendo boca, Julio Llamazares, el otro día en el país, a vueltas con las Diputaciones:

[...] pero también hay que tener en cuenta que son las únicas instituciones que se ocupan de los problemas del mundo rural, ése tan olvidado por el Estado central y las comunidades autónomas, volcados casi exclusivamente en atender a las grandes áreas urbanas por su mayor rentabilidad política y económica, y de unas circunscripciones, las provincias, que con su desaparición lo único que harían es aumentar la marginación y abandono de sus habitantes, alejados cada vez más de los centros de decisión política.

15.12.12

La (última) metáfora de Paradores (un judío de leyenda)


El ejemplo del Parador de La Puebla de Sanabria es de libro.  

Casi cinco millones de euros invertidos hace pocos años. Y en un lugar como la Sanabria; un lugar similar a Verín, a Zafra, a Cervera… territorios para los que nacieron los paradores. Allí nunca habrá un gran hotel privado de cuatro estrellas; además, los establecimientos de alta calidad en la zona, y los hay, no pueden atraer a un tipo de cliente que atraen los paradores. Pero no sólo es eso. Es la España rural. La poca que queda. La que necesita de la inversión pública para no morir ahogada. Despedir a 19 empleados en el parador de La Villa es cerrar la empresa más grande que hay en un territorio similar en tamaño al de la provincia de Guipúzcoa. Ese es el drama en forma de círculo vicioso: personas que han de irse, que dejan de consumir, territorios cada vez más pobres... Si tiene alguna sentido esta pamema de Estado social es también y sobre todo por ser capaz de generar espacios de solidaridad dentro de su propio territorio… harto estoy de ver a tanto progre llorar por el Sáhara y mirar con desprecio a La Raya.  

Pero estamos condenados: cerrarán el parador de la Puebla y dentro de unos años abrirán más paradores en la costa. Porque quizá la historia de Paradores está resumida en aquellos versos de un viejo judío que un día le oí recitar al maestro Juaristi: “Ni al andar se hace camino / ni al volver la vista atrás / senda alguna otearás: / abrojos, cardos y espinos / que volverás a pisar”.

Y no sólo la de Paradores (me temo)

22.11.11

El nacimiento de las aldeas

El cambio de Milenio, del primer Milenio. Algunas reflexiones del libro de Holland de las que todavía no había hablado aquí y que me resultan muy cercanas, no sólo por venir de dónde vengo, sino por lo que me interesa ese mundo de origen. El revolucionario cambio que supuso el nacimiento de las aldeas. El horror del campesinado en la historia. Nacer pobre, trabajar y morir pobre. Cambiaba el milenio y ellos eran bestias, en ocasiones de carga. Rodeados de mierda, nacían y morían analfabetos, casi siempre sin haber abandonado nunca su tierra natal. En aquella época, su mundo cambió. Poco a poco, fueron dejando de vivir en granjas o en villas como había sucedido desde Roma y fueron dejando de moverse de una granja a otra. Empezaron a nacer las aldeas. Como la mía, o tal vez como la suya, desocupado lector; ligadas a oficios (herreros, cobreros...) o ligadas al campo directamente. Así estaban apiñados en poco espacio y eran más fáciles de exprimir y de controlar; como si fueran ovejas. El fin de las ciudades es el sueño de cualquier tirano. El nacionalismo siempre es rural y patina en las ciudades. Concentrar a toda la población en pequeños espacios, fácilmente controlables a través del fisco o de la religión. Y al fondo, un castillo para tenerlos controlados. Desde lo alto de un risco, o en la peña senabresa, por ejemplo. Impecable, una estructura en la que guarecerse de los rigores de la vida y donde celebrar fiestas y banquetes. Implacable, con hombres armados que toman por la fuerza lo que necesitan de las aldeas que lo rodeaban.

El poder del Estado frente al individuo, ya en aquella época. Y todavía me dicen que es una alegría que le vaya mal al Mercado. En fin.



PS: “Derrumbados y desangrados, esos campesinos que se adaptaban a la nueva experiencia de tener que vivir arracimados con sus vecinos trabajarían en lo sucesivo como siervos [...]

Holland, Tom: Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo. Planeta, Barcelona, 2009. Página 197