9.7.11

Lo han robado (I)

Lo han robado. No me cabe en la cabeza. Es como si alguien se llevara la Puerta de Alcalá, o la Sagrada Familia, o incluso, la iglesia de mi pueblo. Pero es real. Lo han robado. Algún nuevo rico con bueno gusto. Yo, que siempre soñé con ser Thomas Crown, lo tendría también en mi casa, pero no tengo dinero suficiente como para encargar un golpe así. Lo han robado.

Verán, cuando yo era un chaval y empezaba ya a leer cosas sobre la mi tierra, me crucé, creo que de la mano del Mile, con el Pseudo Turpín. El nombre era lo suficientemente atractivo como para interesarme. “Alguien habló de Sanabria ya en la Edad Media”, me dijo a finales de un agosto, principiando la década de los noventa. Ángel y Juancarlos estaban en Sanabria, haciendo obras, tenían un Simca, nosotros mil pelas en el bolsillo, Mi General trabajaba en el Lago y el verano era una vida por delante. Pero yo me quedé con el nombre: el Pseudo Turpín.

Nunca me olvidé de él; de niño había oído la leyenda de la noche de San Juan, y de Valverde de Lucerna. En esto, el cou fue una epifanía, la obra del pesado de Unamuno. Sanabria. Un pueblo sumergido. Había material para una historia y se buscaba un narrador que le diera forma.

Así, entré en contacto con el Códice Calixtino. Déjeme que le cuente, desocupado lector, ahora que ha caído la noche sobre la mi tierra, y el olor a los prados mojados lo inunda todo. Esta mi tierra en la que preveo un agosto feliz a fuer de doloroso. La historia comienza en el año 1109. Estamos en una localidad francesa llamada Poitou. Allí, un monje llamado Aymerico Picaud, inicia un viaje con el objetivo de acompañar al pontífice Calixto II, Guido de Borgoña, en la peregrinación que éste va a realizar a Santiago de Compostela…

¿Por qué a Santiago?, ¿Por qué ir al lejano occidente europeo? Desde finales del siglo VIII y durante casi cien años, fue difundiéndose por Europa la noticia de que el cuerpo de Santiago el Mayor, uno de los discípulos más amados de Jesucristo, estaba enterrado en los confines occidentales de la Cristiandad, concretamente en las tierras de la actual Galicia. Aquello fue probablemente una mentira más en la guerra de propaganda que sostenían asturianos y gallegos con el objetivo de posicionarse en el ámbito de la Monarquía Astur-leonesa. Es más, quizá el cuerpo que reposa en el Campo de las Estrellas sea el de un hereje. Peso esa es otra historia. Y, sin embargo, de aquella mentira, brotó un Camino que nos hizo en parte como somos. Porque el Camino no sólo fue una ruta de peregrinación y no sólo fue una ruta comercial. Fue, también, ruta de repoblación en un momento, a inicios del nuevo milenio, en el que las fuerzas cristianas estaban recuperando rápidamente territorio a los musulmanes que habían invadido la península en el año 711.

Por ello, las peregrinaciones a Santiago fueron amparadas y potenciadas por la Monarquía castellana, especialmente a partir del reinado de Alfonso VI. La llegada de oleadas de viajeros y de peregrinos alterará, para siempre, la configuración de las ciudades, villas y pueblos por las que transcurre la ruta jacobea. Y estas tierras no volvieron a ser nunca las mismas…

8.7.11

Echando ratos con los locos de la Avenida Madison

Acabé la tercera temporada de MadMen. La serie se va oscureciendo, en todos los aspectos. Quizá porque así transcurrieron los felices años sesenta. Si la segunda temporada es correcta, la tercera flojea, aunque se recupera un poco al final. Ese mundo en el que uno se va de una empresa a otra llevándose los clientes. Crear un nuevo negocio. Emprender un nuevo sueño. La ética del esfuerzo. La estética del dinero. Las empresas de servicios, tan parecidas aún con el paso de los años: la dificultad de crear valor sobre aspectos intangibles. La dificultad de que el cliente entienda lo que uno aporta. Y esos personajes: esa incapacidad para expresarse de Draper, profundamente imbricada en un porte siempre impecable. Ese Pete Cambell, sólido hijo wasp, siempre tan pendiente de su reputación y de su necesidad de ascender, (mal) casado, porque todo el mundo lo hace a una edad y eso te da respeto. Esa búsqueda de la felicidad de la esposa de Draper, Betty, a la que no le arredran ni los niños ni el entorno. Divorciarse en aquella época debía de ser un drama. Y más con niños pequeños. Pero a veces las cosas ocurren y zas, de repente alguien se pone el mundo por montera y con el tercer niño siendo un bebé, decide que aún no es tarde para intentar ser feliz. La mirada de su hija, que ve un hogar en el que nadie es feliz. Que ve a su madre sin sonreír. Joan, la secretaria, que no se resigna a vivir lo que otros quieren para ella. Roger Sterling, aquel hombre maduro que no entiende que la vida iba en serio… En el fondo, aquellas rebeldías marcaron en cierto sentido nuestras vidas. Su punto de vista se universalizó: la mujer se liberó, cayeron muchos tabúes. Venimos de ahí, y con ellos compartimos parte de sus miedos. Y de sus esperanzas. Quizá ahí resida el éxito de la serie. El miedo a ser libres. A ejercer la libertad. A vivir conforme uno desea. Un miedo que aún no nos ha abandonado del todo...

Supongo que en breve empezaré con la cuarta temporada. Ya le contaré, desocupado lector.


PS: Betty le dice a su hija una gran verdad: “The first kiss is very special It´s whrere you go from being a stranger to knowing someone”, and every kiss with him after that is a shadow of that kiss.

7.7.11

Wohin soll ich jetzt, ich, ein Trotta?

El pasado lunes día 4 murió en Baviera un hombre llamado Otto. Era un anciano. Una muerte más, pensará el desocupado lector. Tenía 98 años. Su vida resume lo que fue el siglo XX y nos permite intuir que las cosas pudieron haber sido de otra manera. Fue hijo del último Emperador, y a la vez sobrino nieto del Gran Emperador. La Monarquía de los Habsburgo llegó moribunda al siglo XX. Pero llegó. Y era una muestra de que las organizaciones estatales podían articularse sobre algo más que sobre la siniestra nación. Es mentira que hubiera más alternativas. La lealtad a un soberano o unas leyes podían servir igualmente de base legal para el Estado. Sin patrias. Sin banderas. Sin lenguas que normalizar. Patriotismo de la ley. Del respeto. El Imperio en su ocaso es un recuerdo lívido ya, casi transparente, de otro mundo. De mundos plurilingües con koinés aceptadas por todos. De mundos pluri-identitarios sin necesidad de construir uniformidades artificiales; más propias de rebaños que de personas.

El Imperio cayó. No sólo gracias a la guerra, sino también gracias a la labor de zapa que durante años habían desarrollado los nacionalistas húngaros, tan parecidos a nuestros catalanistas, como ha demostrado Sosa en un libro magnífico.

El Imperio cayó y ahí nos quedamos sin patria tantos que no soy capaz ni de citarnos a todos. No sólo Roth. También Marai, y Zweig. Y Andric, aunque él entonces no lo supiera. Y yo, claro. También los Trotta, aquella familia de ficción que simboliza aquel mundo que creció oyendo la marcha de Radetzky en enero y que dirigió sus últimos pasos hacia la cripta de los Capuchinos, cuando todo estaba terminando. No es de extrañar que en la última línea de la novela el protagonista se pregunte, una vez consumada la anexión de Austria por la Alemania nacional y socialista: Y ahora, ¿a dónde puedo ir yo, un Trotta? (Wohin soll ich jetzt, ich, ein Trotta?)

El Imperio cayó y Otto, el hijo del último emperador, huyó. Vivió en Lequeitio, con su madre Zita, hasta que la vengativa República española los echó. Eran unos parias. El nazismo quiso matarlo. No se dejó. Y acabada la guerra entró en política. Desde el centro derecha, claro. Con la idea de contribuir a unir Europa en un formato similar al Imperio de su familia: múltiples lenguas, múltiples identidades, pero un proyecto común basado en el respeto. Fue eurodiputado, quizá el mejor que nunca hayamos tenido. Y así los españoles tuvimos la suerte de que fuera también nuestro representante. Porque quizá nadie represente mejor la idea de Europa que un Habsburgo.

Ha muerto un europeo. Una persona fascinante. Y ha muerto viendo como en parte las naciones europeas van perdiendo importancia. Viendo como aquella bobada de las naciones y las razas se va desinflando como un soufflé malo, tras haber causado millones de muertos.

Que la tierra os sea leve, Majestad. Estoy seguro de que, donde quiera que os hayáis encontrado, el viejo Joseph os habrá invitado a un trago para daros la bienvenida y hablar de los viejos tiempos.


PS: "Como es bien sabido, en el siglo XIX se había descubierto que todo individuo tenía que pertenecer a una nación o a una raza determinada si realmente pretende ser reconocido como ciudadano burgués. “De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad”, había dicho el dramaturgo austriaco Franz Grillparzer. Justo por entonces empezó eso de la “nacionalidad”, la fase previa a esa bestialidad que estamos viviendo ahora". Roth, J: “El busto del Emperador”, Acantilado, Barcelona, 2009.



PD: de camino a Caceré...

5.7.11

Las historias que encierra un viejo trozo de papel...

El abuelo Miguel se iba a Madrid. Era 1919. Era el 4 de marzo. El abuelo Miguel debía de frisar ya los cincuenta años. Supongo que había hambre. Lo que es seguro es que había tres niñas que alimentar. Se había quedado viudo en la Sanabria rural de los primeros años del siglo XX. Tres hijas. La menor, de poco más de diez años. La mayor, sin llegar a los dieciocho. Eran poca ayuda para las tareas del campo. Tenía que irse. El viaje era incierto. No era como ahora, con comodidades y atasco. Ni siquiera había aún una Casa de Zamora para acogerlo. Así que fue previsor. Cogió un papel, y una pluma. Y lo dejó escrito. Me marcho por necesidad, pero por si me sucediera algo, reconozco como herederas mías y de los bienes de su difunta madre a mis tres hijas. Y las cita con nombre y apellidos. Tres niñas que perdieron a su madre siendo muy jóvenes. Y que ven marcharse una mañana a su padre a Madrid. Estaba acabando el invierno. Y padre se va lejos. Perdonen la tristeza.

Una de ellas, mi abuela, quedó a cargo de la ti Paula, me cuenta mi padre emocionado mientras leemos el papel, envejecido por los años y la humedad. Nunca sabré qué hizo en Madrid. Pero sí que volvió. A su tierra. A cuidar de sus niñas. No le debió ir bien por la gran ciudad, o quizá lo mató la nostalgia de sus hijas. Así que un día regresó. Y en su tierra permaneció aún muchos años, hasta su muerte, al caerse de la burra, allá por los años sesenta, casi con noventa años ya.

La ti Paula. Uno de sus nietos, Joxe, es lector habitual de esta bitácora y me honra hace mucho con su amistad y sus buenos consejos. Quizá sea cierto que todas las generaciones son en realidad la misma, más allá de los nombres y más allá de los tiempos. Porque la bondad que reside en el corazón de las personas pasa de padres a hijos, y de hijos a nietos. La abuela de Joxe cuidó a la mía hace casi un siglo cuando ella se quedó sola. El sábado estuve con él, hablando de aquellos lugares que a los dos nos calman el dolor. Y recordé la historia que me había contando mi padre sobre su abuela. Y nos emplazamos para almorzar o para vernos un fin de semana en nuestro pueblo. Y pasear a la sombra de los recuerdos que nuestro Macondo particular encierra para todos nosotros. 

Una escañeta, sentados junto al fuego. Ya mayores. Mirando La Casa del Barrio

4.7.11

Una novela de misterio en forma de exposición...

Hay gente que piensa que el arte es aburrido.

Que ir a ver una exposición es una buena forma de echar el rato o de quedar bien con alguna mujer o incluso con algún compañero de trabajo al que le está tirando los tejos. Nunca sabrán lo que se pierden. Fuimos a ver la exposición que sobre el joven Ribera ha organizado el Nacional del Prado. ¿El joven Ribera? ¿Por qué de joven? Yo, como tantas otras veces, no tenía ni idea, así que decidí ir y enterarme. La historia es fascinante, y si me permite se la cuento, desocupado lector. Resulta que de los primeros años de Ribera, un pintor que los italianos llaman el Spagnoletto y consideran tan suyo como nosotros al Greco, sabemos muy poco. Que nació en Játiva en el entorno de 1591 y que muy joven partió para los territorios italianos de la Monarquía. Esto es importante. No iba al extranjero. Iba a seguir siendo súbdito de aquella monarquía cristiana y universal pero en sus posesiones en la península itálica. El caso es que hasta hace unos años no se conocían obras suyas de sus primeros años en Italia, ya que hasta los años treinta del siglo XVII, es decir, cuando Ribera tiene ya cuarenta años, no aparecen casi obras firmadas con su nombre. El caso, y ahí viene lo fascinante de la historia, es que durante años, y a raíz del cuadro del Juicio de Salomón, se habló por parte del historiador italiano Longhi de un “Maestro del Juicio de Salomón”, autor de varias obras, como el Apostolado de Cosida, al considerar que eran de un mismo y desconocido autor. Así, hasta que en el año 2002 el italiano Giannni Pappi consideró que el Maestro era en realidad el joven Ribera y que las obras que se asignaban a esta autor desconocido eran en realidad del maestro en sus primeros años.

La exposición está bien montada, aunque los textos que la acompañan tienen algunos errores de bulto. Y resulta fascinante cuando, al acabar de verla, uno se acerca, como hicimos nosotros, a las salas 7, 8 y 9 que guardan la colección permanente del Ribera ya adulto que custodia el Museo. Las obras del joven Ribera, muy influido por Caravaggio, muestran temas y estilos tenebrosos. Ese San Bartolomé con su piel desollada, cuchillo en mano. Ese San Sebastián aseteado. Un artista se debe a su público, y hace lo que pagan. Los temas bíblicos. El inmortal Susana y los viejos. La resurrección de Lázaro. Muertos y martirios. Aquella Europa contrarreformada. La fe como un elemento político. El juego de sombras y de luces de Ribera como una metáfora del aquel mundo cercano ya al barroco. El miedo. La amargura. La muerte que a todos nos lleva.

Cuando luego uno compara sus obras con aquellas que sólidamente se sabe que son Ribera lo asaltan las dudas. No soy experto en arte, y bien que lo siento, pero hay matices que muestran quizá un tránsito, un salto demasiado arriesgado entre las obras de los años diez y las de los años treinta. No lo sé, pero quizá dentro de unos años el tema vuelva a estar de actualidad y alguien reivindique que el Maestro del Juicio de Salomón es en realidad otro pintor.

En cualquier caso, la muestra es magnífica.

No se la pierda. No te la pierdas. Eso sí, antes de ir, diez minutos de fantástica explicación pinchando aquí. De nada.


PS: Sale uno del cine y recuerda la sentencia de Fernando R. Lafuente a propósito de la nueva prensa que llega: “La ausencia de la cultura en los periódicos es la muerte lenta de una sociedad.”


PD: esta tarde empieza el Curso de Verano. A predicar de nuevo

3.7.11

Del oeste y del teatro

Estuve viendo Tombstone, quizá como un anticipo de la recién comprada Deadwood. Un western de la época, más o menos de Sin Perdón. A principios de los noventa, con el western crepuscular, cambió la forma de hacer películas del oeste, y empezamos a ver más emociones y más realidad, frente a los decorados de cartón piedra y mujeres bonitas y recatadas que esperaban al Duque en el quicio de la puerta. La película es buena, un territorio sin ley al que llega un hombre dispuesto a hacerse rico tras haberse pasado años sirviendo a la ley. Un jugador tísico. Una banda mafiosa. La lucha es inevitable. Y está bien narrada.

Volvía al teatro. Y esta vez fue una pena. Una bobada llamada un poco de ternura, o algo así. Creo que es la peor obra que he visto en muchos años. Una idiotez a la que soy incapaz de encontrarse sentido. No soy capaz, varios días después, ni siquiera de resumir el ¿argumento?. No sé si el director cree que escandaliza paseando actores desnudos en un país occidental. Si quiere escandalizar, que presente la obra en Arabia Saudí, a ver si tiene cojones y es tan rompedor. Una sucesión de llantos, gritos y lloros sin la menor gracia. En fin, para valorar el buen teatro, también hay que ver del malo.

Por cierto que muy honradas las cortesías de hoy. Y si no me cree, pinche aquí.


PS: No me da ninguna pena lo de que un duro tome el control de la Hacienda Provincial Guipuzcoana. Que hubieran votado otra cosa. Sólo lo siento por las víctimas. Ellas no merecen un final basado en el olvido.

1.7.11

El cine y la vida como dos caras de la misma moneda...

Salir del cine feliz. Con un estado de euforia cercano a la embriaguez. Casi dos horas de buen cine. El cine como contador de historias. Como pasaje a otros mundos. A otras vidas. ¿quién no ha tenido alguna vez el síndrome de la edad de oro? Ya saben, pensar que hubo una época en la que las cosas eran hermosas e interesantes, y no como en el tiempo que a uno le ha tocado vivir. El París posterior a la Gran Guerra. El París de la generación perdida. Ese París que tampoco acaba nunca. Aquellos personajes que marcaron una parte del XX: tomar una copa con Zelda y Scott Fitzgerald, charlar de literatura con Hemingway, luchar con Juan Belmonte, matador de toros por el amor de una dama. Conseguir que Gertrude Stein repase tu manuscrito mientras tomas café en su casa y charlas con Matisse. Tomar un vino con Dalí y ver partir a Monet a Giverny mientras le tomas el pelo a Buñuel.

Entre medias, la habitual historia de enredos amorosos, de decepciones cuando uno comprueba que no ha elegido bien a su pareja, y de humor que sólo un maestro como él sabe hacer.

Fantástica forma de de descubrir otras vidas a partir de la medianoche en París. Películas como esta convierten una tarde de cine en una aventura inolvidable. Adoro a Woody Allen.

No se la pierda. Un anticipo, pinchando aquí.


PS: Gil Pender, hablando de su prometida Inez, dice: “Aunque ella quiere vivir en California y yo en París, en las cosas importantes estamos de acuerdo: a los dos nos gusta la comida hindú, aunque no toda, buen en el pan de pita sí que estamos de acuerdo.”

30.6.11

Juicios en la memoria

Esta semana empezó en Phonm Penh, capital de Camboya, el juicio contra los pocos altos cargos que quedan del gobierno comunista de la que se llamó entre 1975 y 1979 la Campuchea Democrática. Fue, quizá, el genocidio más espeluznante del siglo XX. Más que el de las hambrunas ucranianas y quizá más que el propio Holocausto. Lo fue porque entre un veinte y un treinta por ciento de la población camboyana fue esclavizada y luego ejecutada, o directamente asesinada, a manos del gobierno del siniestro Pol Pot, líderes de los jemeres rojos, que era el nombre con el que se conocía al Partido Comunista de Camboya. Lo fue porque era un genocidio ya fuera de la historia, casi cuarenta años después de los genocidios estalinistas y casi treinta después de la locura nazi en centro Europa.

Qué lejano nos queda todo eso ahora. Uno tiene a pensar en la Camboya de los años setenta como un país lejano y atrasado. En cierta medida lo era, pero los años de dominación francesa habían dado lugar a una cierta clase media que vivía en entornos urbanos y estaba desarrollando ya una cierta economía de servicios. En la capital vivían casi dos millones de personas que, tras la entrada de los jémeres en abril de 1975, empezaron a ser evacuadas de manera forzada al campo. Yo era un bebe de un año. La locura del hombre nuevo. El horror historicista de pensar que uno está obedeciendo una lógica de algo. Ese terrorífico marxismo de salón, tan francés, tal europeo, en las universidades continentales fumando mientras debate sobre el futuro de otros seres humanos. Como en tantas otras ocasiones, el genocida era un hijo de buena familia, que vivió seis años en Europa. Después vino el horror durante cuatro años: llevar gafas era sinónimo de intelectualismo y valía una condena a muerte. Ser zurdo. Saber idiomas. Piense lector, casi un tercio de la población esclavizada y ejecutada en cuatro años. Imagine la muerte de quince millones de españoles en poco tiempo, fruto del designio feroz de un gobierno. Esa miseria del historicismo de la que habló Popper. Esa consideración de que si la verdad está en la izquierda y el resto somos imbéciles, habrá que actuar en consecuencia….

Que lejano nos queda todo ahora. Como gran parte de los genocidios de la izquierda en general y del comunismo en particular, una bruma de olvido se levantó sobre los crímenes de Pol Pot. Ahora llega la oportunidad al menos simbólica de la justicia. Espero que así sea…


PS: Pedro G Cuartango acababa su brillante columna del mundo de ayer así: "El PSOE ha sufrido un varapalo electoral tras llevar a este país a una crisis política, social y económica sin precedentes. Pero nadie dimite en sus filas ni siente la necesidad de hacer autocrítica ni asume la menor responsabilidad porque, como dice Peces-Barba, los que votan al PP son tontos. Ya pueden ir tranquilos de derrota en derrota los cuadros socialistas porque la culpa la tienen siempre los otros".

29.6.11

Aleix

Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a sabor, como se elige el teatro después de cenar, sino que es encontrarse de pronto y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable: en este de ahora. Nuestra vida empieza por la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, náufragos en un orbe impremeditado. No nos hemos dado a nosotros la vida sino que nos la encontramos, justamente, al encontrarnos con nosotros. Un símil esclarecedor fuera el de alguien que dormido es llevado a los bastidores de un teatro y allí, de un empujón que lo despierta, es lanzado a las baterías, delante del público... Pues se halla sumido en una situación difícil sin saber cómo ni por qué, en una peripecia; la situación difícil consiste en resolver de algún modo decoroso aquella exposición ante el público, que él no ha buscado, ni preparado, ni previsto. En sus líneas radicales la vida es siempre imprevista. No nos la han anunciado antes de entrar en ella -en su escenario, que es siempre uno concreto y determinado-, no nos han preparado.

Ortega y Gasset, J.: “Meditación de nuestro tiempo” en Obras Completas, XII, pág. 35


(Esta tarde nació Aleix, mi segundo sobrino. Sus ojos dibujaban la sorpresa de existir de la que hablaba Ortega. Lógicamente, este post sólo puede estar dedicado a el: ¡bienvenido!)

28.6.11

Encontrarme con gente de Sanabria de hace más de un siglo

Estaba rematando mi artículo para el mensual con el que colaboro y me tocó, allí en la Sanabria, fíjese usted, buscar información sobre Sagasta. Ya saben, el eterno conspirador que diseñó un parte de “la General”, que vivió en Sanabria y que allí dejó un hijo natural, bautizado en Zirbantes. El caso es que acabé de bruces con un número del Heraldo de principios de siglo. El Heraldo era la voz de los liberales en la Zamora del cambio de siglo. Porque esta provincia fue, durante mucho tiempo, un sólido baluarte de los liberales. Cualquier lo diría un siglo después. El caso es que el jueves ocho de enero de 1903 el número del Heraldo iba dedicado, casi en exclusiva, a la muerte del prócer liberal, ocurrida en Madrid el lunes de esa misma semana. Y como El Perdíu es curioso por naturaleza, no pude dejar de fijarme en varias cosas.

La primera, que lo que sería el editorial viene dedicado al órgano de los conservadores de la provincia, el viejo Correo, el diario que se tituló durante una época “diario integrista”, afeándole su mal comportamiento con el difunto todavía de cuerpo presente. Este afán de considerar enemigo al adversario. De perseguirlo más allá del muerte. Ese afán tan humano. Y quizá tan español.

La segunda, la cantidad de información sobre la tierra sanabresa. Informaban desde la Puebla que en Lubián había aparecido muerto entre la nieve el anciano Leandro Álvarez García, a causa de una congestión cerebral. En Villardeciervos, se quemó por completo la casa de Teresa Martín Figuero, calculándose las pérdidas en más de 1.300 pesetas. La Guardia Civil había detenido ya a Pedro Santiago y Eugenio Benéitez como presuntos autores. Finalmente, en Robleda, le habían robado al vecino Tomás Matellanes 205 pesetas aprovechando un momento en el que estaba fuera de casa. La Guardia Civil, pese a sus pesquisas, no había logrado dar con el ladrón.

Aquella España. Uno de mis abuelos aún no había cumplido tres años y el otro no llegaba a los cuatro. Lee uno las noticias, amarillentas ya por los años, y no puede dejar de pensar en dónde habrán ido a parar los sueños de todas aquellas personas; las penas de aquel Leandro, muerto entre la nieve, quizá desorientado por la noche, en aquel Matellanes, que seguro que conoció la historia del Perdíu, y en tanto otros cuyos miedos, anhelos y ansiedades se tragó la historia. Nadie habla ya de ellos. Nadie los recuerda. Así que traerlos aquí es, en cierta medida, una forma de devolverles la vida, al menos por un instante, en la mente del lector.



PS: Borges escribió en El Hacedor: "Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillamos, pero una cosa, o un número infinito de cosas, muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo, como han conjeturado los teósofos. En el tiempo hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo; la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con la muerte de un hombre. ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo? ¿La voz de Macedonio Fernández, la imagen de un caballo colorado en el baldío de Serrano y de Charcas, una barra de azufre en el cajón de un escritorio de caoba?"


PS:

Qué cosas.

27.6.11

Autores que nos buscan y nos acaban encontrando bajo la cerezal...

Hay autores que nos buscan. No es fácil que den con nosotros: uno necesita suerte y buenas compañías, y quizá no en este orden, para que te puedan localizar. Me pasa con algunos de la tercera España: ya saben, la que no estaba ni con los hunos ni con los hotros durante la maldita guerra de España. Hace mucho que creo que yo hubiera sido de ellos, aunque el difunto Carles siempre decía que no, que él tenía claro que yo la guerra también la hubiera ganado. Llegué a estos autores por azares. A Chaves Nogales, a través de mis añoradas amigas de fronda. A Salazar Chapela, gracias a Arcadi Espada. A Pla, a través de Pericay. El primero, en cualquier caso, fue Chaves Nogales. Su maestro Juan Martínez anticipa algunas cosas de Capote.

El caso es que hace unos meses, no pude evitar comprar su crónica de la caída de Francia. Yo recordaba el tema de manera confusa gracias a Nemirovski: su suite es un relato magnífico de lo que aquella primavera terrible de 1940. La lectura estos días en Sanabria de la obra de Chaves Nogales complementa, en cierto sentido, la obra de la ucraniana asesinada por los nazis. Si ella novela la vida, Chaves analiza las causas. Es un ensayo lúcido. Militante. E insobornablemente liberal. Lo cual es extraordinario habida cuenta de que está escrito en plena contienda, cuando la lucha era entre totalitarismos de izquierda y de derecha. Por qué cayó Francia. Y cómo cayó. Y qué destino aguardaba a los que, como Chaves Nogales, seguían creyendo en la libertad y en la democracia. Una lectura instructiva, hecha casi en exclusiva a la sombra de la cerezal, en la Pradera, con toda la tarde por delante. Chaves Nogales: el hombre que abandonó España en plena contienda porque ya no le interesaba saber si el futuro dictador iba a salir de un lado u otro de las trincheras.

Chaves Nogales, aquella España que tampoco pudo ser…

Para leer de un tirón, o para alternarlo con la Suite francesa.



PS: “Durante varios días, el hombre de París, que estaba condenado a aguantar lo que viniese porque era pobre, vio desfilar por las puertas de la ciudad cientos de miles de automóviles cargados hasta los topes en que huían quienes tenían medios económicos para desertar del sufrimiento. Vana ilusión […]” Chaves Nogales, M: La agonía de Francia. Libros del Asteroide, Barcelona, 2010. Página 65

26.6.11

Leyendo a Gomá en mi pueblo...

Paseaba esta tarde por mi pueblo, libro en mano. Hay poca gente, así que casi nadie me señala con el dedo. “Pareces el cura”, me decían cuando lo hacía en agosto y todo el mundo me veía. Ahora me cuido de hacerlo en público, tal es mi rubor. Voy ya por el tercer capítulo de un libro fascinante. Una invitación a la reflexión. Al deleite. Al pensamiento. Volver a leer a alguien que se explica con la cortesía con la que lo hacía Ortega. El libro habla de la ejemplaridad pública y está escrito, todo un descubrimiento a mis años, por Javier Gomá. Ortega: ese frontón sobre el que hacer rebotar todas nuestras reflexiones, como ya dijo alguien. Cómo construir una ética basada en la finitud y que acepte que la vulgaridad, consecuencia inevitable de la democracia, ha de ser el punto de partida. Qué ética para qué ciudadanos. Cómo afrontar el desencantamiento del mundo del que habló Weber y que nos trajo la modernidad. Ese mundo, ya lo sabes, en el que todo lo sólido se desvanece en el aire.

Voy por el tercer capítulo. Y lo leo de paseo, como hace un rato, y también en la cama. Como ahora. Lo leo solo, pero eso ya no es culpa mía. El placer de compartir un libro, un párrafo, es difícil de explicar a quien no participa de esta vida. Es difícil de hacer entender, y de compartir por tanto, con aquel para quien la cultura no es nada. Y constituye una añoranza terrible, melancólica, que acompaña para siempre a los que alguna vez conocieron ese mundo, pero no llegaron a pasar del quicio de la puerta y muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, habían de recordar aquellas tardes remotas en los que alguien les señalaba los libros con el dedo, para que fueran descubriéndolos, para que fueran creciendo...


PS: Botho Strauss escribió una vez: “la obra de arte nos protegía en otro tiempo de la dictadura total del presente

25.6.11

El víspera

El víspera de San Juan”. Muchos años, nos cogió en Oriñón. Casi únicamente de ahí recuerdo hogueras una noche como esa. Íbamos la segunda quincena de junio. Allí estaba Mi General esperándome, siempre. Nuestro edificio, Capri, tenía un ring de boxeo en medio del patio. Cuántas batallas allí libradas. De frente, las dunas que anunciaban el mar. Cuando bajaba la marea, íbamos en busca de chirlas. A veces, incluso, a por navajas. Una playa enorme. El cantábrico (Kantauri da urrun). Yo tenía diez años, perdonen, pero ya intentaba que me compraran la prensa. El Correo con don celes al fondo. El Athletic se paseaba en la Liga y se hacía con las copas. Ahí me aprendí su himno. Me lo enseñó Mi General, claro.

Iban pasando los años. Nunca íbamos en invierno, siempre diez o quince días en junio. A veces íbamos dando un paseo a La Ballena. La Ballena nos perseguía desde cualquier lugar de la playa. Miraras donde miraras, allí estaba. Nunca logramos saltar a ella. Había, y sigue habiendo, un peligroso saliente de mar que no lo hace fácil. La Ballena es inconquistable, me dijo una vez Mi General, quizá tendríamos doce años. Quizá además el hecho de que estuviera en Sonabia la convertía en algo aún más mítico. Aquellos ecos de la Sanabria a la que íbamos unos días después a echar el resto del verano. Crecimos sanabreses porque allí creció nuestra memoria. Algunas tardes nos llevaban a Laredo y a Castro. Lugares señoriales para unas vacaciones con cierta clase en la playa. De noche hacíamos hogueras y asábamos salchichas. Y buscábamos en el horizonte las luces del buque mercante de Antón. Corríamos. Jugábamos. Soñábamos. La marea subía y defendíamos un fuerte contra el agua que todo lo inundaba. Yo me quemaba. Siempre. Apenas sabía nadar y a los dos días ya estaba quemado. Fuimos creciendo. Creo que el último año que fuimos para quedarnos debió de ser el ochenta y siete o el ochenta y ocho. Estuve muchos años sin volver. El año pasado, Mi General tomó el avión, vino a buscarme y me llevó allí, pasando antes por Lequeito, donde aún nos dio tiempo a conversar con Zita y oírle sus quejas por el mundo de ayer. Paseamos por la playa, tomamos unos vinos y fuimos hasta La Ballena. De nuevo. Lo que nos diferencia del resto de la creación es que somos animales que se construyen desde la memoria. Lo recordaba casi todo, veinte años después. Y Mi General también. Volvimos a juramentarnos. Retornaremos dentro de unos años. Seguro. Y sonreiremos al vernos gritando a los niños que tengan cuidado con el agua.

PS: Hacia dónde camina el mapa del mundo. Una fantástica reflexión de Lamo de Espinosa. No sea perezoso, desocupado lector, y léala. Pinchando aquí. De nada.

24.6.11

Inquietudes para determinadas sociedades...

Me relaja sumergirme entre legajos. Entre papeles ajados ya por los años. La memoria de personas que ya no están, y que nunca imaginaron que yo sabría de su existencia. Las cosas, escribía Borges, duran más allá de nuestro olvido. Algunos testamentos. Aquella España de los años treinta del XIX. Una guerra, decían. Sí, pero no aquí. Esto era, y en cierta medida es, el fin del mundo. Encontré la boda de unos antepasados. En pleno trienio liberal. Compras. Usuras. Ventas. Reivindicaciones de origen. De vida. Familias de origen quizá judío y familias quizá cristianas. Y el monte. Y los comunales. Aquel mundo en el que aún no había Estado en el sentido moderno del término. Ahora, cada paseo por mi pueblo es diferente, soy capaz de ubicar dónde estuvieron algunas de las personas que configuraron sus perfiles actuales. Ayer “el víspera de Sanjuan, como decía siempre su madre, cumplió años mi padre. Setenta y nueve ya. Estos legajos me permiten estar cerca de él, mucho más que la tele o el huerto. Me va contando. Le voy escuchando. Vamos conociendo. Y mientras lo oigo, y escucho a otros como él, recuerdo a Alexis de Tocqueville, el famoso historiador y pensador francés del siglo XIX. Tocqueville escribió un fantástico ensayo titulado "La democracia en América" en el que describía la joven sociedad americana de los años treinta del siglo XIX. Hablando de la democracia (pero yo diría más bien el mundo moderno) escribió:

"Así, la democracia no solamente hace olvidar sus antepasados a cada hombre, sino que le oculta sus descendientes y le separa de sus contemporáneos, y le conduce constantemente hacia sí mismo y amenaza con encerrarle por completo en la soledad de su propio corazón"

Un texto hermoso, en el que pienso mientras paseo por los castaños del Barreiro, y tras entrar en el Rincón, me acerco al río, ya en Cobreros, en busca de una sombra a la que sentarme. Nadie me mira. Saco el libro de Chaves Nogales con el que ando y sigo leyendo…

PS: Tolstoi anotó en su diario: “Escribir no es difícil, lo difícil es no escribir.

23.6.11

Una Real Orden Petrista

Todavía no habíamos empezado con el Uno. Sólo habíamos saboreado algo de Arianne. Es cierto que hacía calor, y que estábamos junto a Soto, que iba dale que te pego con la paella. El caso es que el amigo Joseantonio empezó a contar lo de los Caballeros de Yuste, y ahí nos fue surgiendo un tema que ya habíamos tratado alguna vez: ¿Y si generáramos una Real Orden vinculada a la nuestra tierra? El vino nos iba haciendo sus efectos y nos fuimos viniendo todos arriba, yo el primero. Tanto, que propuse hasta nombre: la Real Orden de Caballeros Petristas. Jurando lealtad a Pedro I para entrar en ella. Reivindicando aquella Castilla que no fue, la Castilla de Men, la castilla de los burgueses, de los comerciantes. La Castilla amiga de los judíos. Con la sede en el Pinar de Vigo, claro. Fue el último rey legítimo. Todo lo que vino después era mentira. Y tengo la sensación de que con él llegaron los judíos a la mi tierra. O al menos se asentaron de manera definitiva. Una Real Orden con doce miembros fundadores. Y que sólo admitiera uno nuevo cada año. Caballeros juramentados para difundir y dar a conocer la suya tierra.

No es la primera vez que le doy vueltas al tema. Aquel fin de semana, un fin de semana extrañamente luminoso para ser febrero, ya había salido lo de crear un Instituto Cultural para la nuestra tierra. Era la tarde y estábamos en los meleiros. Pero aquello se paró. ¡Son tantas las cosas a las que yo sólo no llego!

Va cayendo la tarde y estoy en la Sanabria. Buscando, como siempre que llego y abro al azar algún libro del poeta, qué hazaña vibra en la luz. La luz del oeste. Mágica para quien sabe mirar. Y para quien es capaz de ver. Porque también lo dice, de nuevo, el poeta: “Muchos hombres pasaron junto a nosotros pero / no eran de nuestro pueblo […]”