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12.4.24

Mitología de la ciudad

Leo al poeta Tomás Sánchez Santiago en Una ruta literaria por Zamora que “Toda ciudad termina por ser su propio nombre”. Hay una labor, sostiene en el prólogo, consistente en “Crear una núcleo estable de identidades y nexos o que la designen con cierta constancia y convicción. Necesitamos tener una mitología. Una mitología de la ciudad.”

Cita el autor a Jordi Doce y señala, en relación a Nueva York, que “una ciudad no son solo sus calles y jardines, sus tiendas y fachadas, sus viejas estaciones de tren o sus hangares de extrarradio, sino también sus palabras, los libros que ayudaron a explicarla y retratarla, los personajes de ficción que vagaron por ella, las sílabas sonoras que la cantaron o la contaron, la inmensas biblioteca de voces y experiencias y reflexiones  que componen su dobles de papel, las múltiples ciudades que llevan sus nombre y que, nacidas a su amparo, rivalizan con ella hasta el punto de suplantarla en nuestra imaginación.”


16.3.21

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (III)

Algunos elementos más del magnífico libro sobre el jinete pálido, de Laura Spinney. Elementos sobre China, sobre la mi Zamora y sobre Nueva York

Los modernizadores chinos de las primeras décadas del siglo XX lucharon con denuedo contra toda la bobada de la medicina tradicional. El diagnóstico fue, en medio de la pandemia, demoledor: "nuestros médicos no entienden de ciencia" escribió en 1915 uno de los líderes de la Nueva Cultura, un movimiento fascinante de jóvenes turcos a la china y que tuvieron claro que la modernización era la occidentalización.

La mi Zamora, con un obispo moderno llamado Antonio Álvaro y Ballano. Senador del Reino y hombre culto, no dejó de ser un hombre de su tiempo, responsable en parte de que la gripe se llevara por delante al 3% de la población de la ciudad, el doble de la media española. Las misas y las procesiones no era, ahora lo sabemos, la mejor manera de luchas contra el virus. Pero hay que entender, está claro, que para muchos españoles -y europeos- aquello que no se podía ver era un castigo de Dios. Y no olvidemos que los primeros antivirales -como recuerda la autora- no llegaron hasta los años sesenta.

En fin, los problemas para entender lo que pasa cuando la gente no ve la enfermedad. Ahí juegan un papel muy importante los líderes. El ejemplo del comisario de sanidad de Nuova York Royal S Copeland, se dio cuenta de que los que vivían hacinados eran los que peor lo pasaban. Hay que tener en cuenta, a mayores, que cuatro millones y medio de italianos llegaron a Estados Unidos entre 1880 y 1920. Fue clave en aquella época el papel que los periódicos jugaron en las comunidades pobres, alguien alfabetizado se lo leía a la comunidad, como pasó con los italianos con  Il progreso Ítalo-americano.


18.4.17

El Partido Demócrata

Me puse en vacaciones con el número 160 de la Nueva Revista, vinculada ahora a la UNIR. Un artículo de Pedro Rodríguez sobre el futuro del Partido Demócrata de los EE.UU. Algunas notas interesantes en el artículo: la bomba de neutrones que según John Podhoretz lanzó Obama sobre su partido, con casi un millar de cargos electos derrotados durante su mandato; el resultado son 31 Estados con gobernador republicano y 18 con gobernador demócrata. Un 80% de la población del país vive hoy bajo gobierno estatal republicano.

Otro elemento de interés: más de un tercio de los escaños demócratas en la Cámara de Representantes proceden únicamente de tres Estados: California, Nueva York y Massachussetts. Es más: dos tercios de estos representantes están elegidos en distritos de la Costa Este y de la Costa Oeste. 

Así es muy difícil gobernar un país...

8.1.14

De la esclavitud al folk...

Tardes de cine. Hay que conservar los buenos hábitos. Nos acercamos a ver 12 años de esclavitud. McQueen hace un cine pausado, ya lo vi en Shame, y creo que esa es la marca del autor. El horror de la esclavitud, la crueldad de tratar a las personas como a ganado. Otra mirada, diferente en la forma a la que aplicó Tarantino con Django pero bastante similar en el fondo. Cuando uno rebusca en el pozo de la historia de los países suele haber más fango que rosas. Se me hizo larga, pero me gustó. Está bien Fassbender, por cierto, y magnífico Chiwetel Ejiofor en el papel de Solomon Northup.


Nos acercamos a ver también A propósito de Llewyn Davis,  la última de los Hermanos Coen. Una larga balada sobre un perdedor, un cantante de folk en el Nueva York de los años sesenta. No está a la altura de ninguna de sus últimas obras. Buenos diálogos, eso sí, como suele ser marca de la casa. Pero el problema es que la película no va a ningún sitio. Una trama circular que acaba dejando frío al espectador. Se puede ver, porque son buenos directores, pero no pasará a la historia como su mejor película. Y un magnífico John Goodman que protagoniza quizá las mejores escenas del film. También buena música, pero nada de esto es suficiente cuando uno ha rodado, por ejemplo, No es país para viejos o Valor de ley. Otra vez será. 

31.3.13

El cine como un viaje


A veces hay cine que te sorprende. 
Cogí el otro día con La Razón la película 16 calles. Sonaba a polis, disparos y Nueva York, con Bruce Willis al fondo. No había oído hablar de ella, pero el binomio Willis y Nueva York sigue generando un influjo poderoso en mí. Empecé a verla sin ganas. Aguanta me dijo el Coronel, compartiendo alguna confidencia de domingo por la tarde. Y aguanté. Hace un papelón Willis, en la piel de un policía derrotado. Hay algo estéticamente irresistible en estos perdedores a los que ha acabado derrotando la vida en general y nadie en particular. Buen papel de Def, al que no conocía, y brillante también Morse. La película se justifica por su final, no por intuible menos interesante.

Otro viaje.

La sensación de que uno sólo encuentra la redención al final del viaje. 

¿Y si Kavafis no lo hubiera comprendido y fuera verdad que el objetivo del viaje es llegar, y no sólo vivirlo?

3.3.11

Qué es Nueva York y dónde se encuentra

Estuve en Nueva York, un par de veces, hace ya tanto tiempo…

Nueva York son varios poemas: el de Octavio Paz (Abre los ojos: ya estás adentro de ti mismo, / en un barco de monosílabos navegas), sobre todo y alguno del viejo Whitman, pero también es un libro, el de Lorca; aún recuerdo ese verso que clavé en un trabajo de Cotarelo en quinto: “No hay más que un millón de herreros / forjando cadenas para los niños que han de venir”. Es también capítulos de algunos libros, como el fantástico de César Antonio Molina y sus lugares que nos calman el dolor.

Es el Soho, y son varias películas de Allen, obsesivamente rodadas en Manhattan. Son las escaleras de incendios y un sistema de calefacción que suelta vapor de manera obsesiva. Una tienda de Apple, un desayuno en Tiffany. Es un skyline que todos conocemos; un Chinatown lleno de baratijas y un MoMa deslumbrante (lo que uno no debe perderse jamás) donde pude ver por fin de frente (y ajustar cuentas, en cierta medida) el cuadro más enigmático de Dalí... Es, en fin, un Downtown que dio nombre al de todas las ciudades, como cuenta Kaplan en su fantástico viaje al futuro del imperio.

Nueva York es, en suma, la ciudad en la que todos hemos estados muchas veces antes de aterrizar allí por vez primera…

Nueva York, una ciudad a la que volver.

Nueva York, la capital del mundo.

8.1.08

Confesiones

Jacques Chirac y Villepin asumiendo como probable, antes del inicio de la guerra, la existencia de armas de destrucción masiva en Irac.

El origen de la Carta de los Diez, que demostraba que era mentira que Europa entera estuviese contra la guerra de Irac: Italia, Reino Unido, España, Portugal… fue Francia, empero, quIeN se arrogó el papel de discernir lo que era Europa y quien merecía o no unirse a ella.

El papelón del patético Moraleda, haciendo méritos, amenazando de expulsión de la UPA a Inocencio Arias, (noticia filtrada convenientemente al país) por su actitud en la guerra de Irac (páginas 202-203) Abrir expediente a alguien por su posicionamiento político. Como en el franquismo.

El lamentable papel de la Junta de Andalucía alentando los referéndums sobre el Sáhara mientras gobernaba el pepé en España. (página 240). La confesión de un alto cargo del
Frente Polisario de paso por Nueva York, a los pocos meses de la llegada del simplón al poder: "Se decía desconcertado con nuestro nuevo gobierno […], me agradeció, ahora sin tapujos, la labor de nuestra presidencia y me comentó que ya estaba echando ostensiblemente de menos a Aznar" (página 248).

Un recordatorio: en octubre de 2003, la Resolución 1511 "no sólo […] autorizaba la presencia de una fuerza multinacional […] sino que instaba a otros Estados a unirse a la misma" (página 290). No hay más que leer el punto 14 al respecto.

Un oportuno listado de los países que armaron a Sadam Hussein durante la guerra irano iraquí: el 50% las vendió la URSS, el 15% Francia, el 10% China. EEUU, menos del 5% (página 292).

Las estúpidas, alocadas y evitables manifestaciones del simplón de león en Tunez en diciembre de 2004, animando a otros países de la coalición a retirarse de Irac. Su problema al no levantarse al paso de la bandera norteamericana y cómo fue interpretado por la clase política norteamericana (página 314).

Las peripecias para llevar a España al Consejo de Seguridad, el 11S, la ONU como telón de fondo. Nueva York, el fútbol americano, cómo nos ven a los españoles, la Super Bowl. La lealtad de Moratinos, con el gobierno popular apoyándolo para que fuera nombrado director del UNESCO, el mismo gobierno pepero que presionó para que fuera nombrado representante de la Unión en oriente próximo.

Todo esto, y mucho más, en uno de los libros que acabé estas fiestas: Arias, Inocencio:
Confesiones de un diplomático. Del 11-S al 11-M. Planeta, Barcelona, 2006. Bien escrito y de fácil lectura.

1.9.07

Día 12. De vuelta a casa

Nos levantamos con la fresca. Àngel, Jimena y yo salimos de paseo. Desayunamos en Pershing Square, frente a la estación central. Un dominicano nos atiende. Queremos andar la ciudad y a ello nos ponemos, Hay un mercado que ocupa varias manzanas. Empezamos a subirlo. Jimena se relaja la espalda a manos de un especialista japonés. Camisetas, comida, gafas, herramientas. Todo se vende. Hay algo de ironía en el contrapunto que suponen los rascacielos como fondo y las baratijas como sustancia. Volvemos a ver Central Park, pero ahora lo bordeamos. Seguimos de paseo y entramos en la tienda oficial de la enebea. De adolescente, en la época de los grandes duelos entre los Lakers y los Celtics, yo era seguidor de estos últimos, así que me marco un pequeño homenaje adquiriendo un gorro verde decorado con un trébol. La ciudad es un paseo por el mundo; la sede de Tiffany, la de Playboy, el iphone… apenas queda nada que no esté por aquí. Quizá hasta me haya cruzado con algún personaje de Woody Allen. Qué lejana queda España desde Broadway; qué pequeños aparecen nuestros problemas y qué insignificantes somos, como país, en el concierto mundial.

Hay que viajar, pienso mientras volvemos al hotel, donde vamos a almorzar antes de salir para el JFK. Es nuestro único antídoto contra el medio en el que hemos nacido. Es la única manera de intentar construirnos como personas frente a las identidades que nos trata de imponer nuestro entorno natural. Al fin, almorzamos. Al aeropuerto nos lleva un taxista de Sri Lanka que habla un inglés espantoso. Como no le gusta el túnel, nos hace salir de Manhattan por los puentes. También lleva su música puesta, quizá porque aún no ha entendido que la patria es aquella que da de comer a sus hijos. En cualquier caso, salir de la isla a través de uno de los puentes es una hermosa forma de despedirse de esta ciudad.

Llega la hora de hacer balance. Estados Unidos es un gran país. El viaje ha sido fascinante y muchos aspectos han impresionado al Perdíu. Ha habido también impresiones negativas, pero tengo una duda. No sé hasta qué punto muchas de ellas son únicamente el rechazo que nos produce lo diferente. Por ejemplo la estética. No tengo claro que mi concepto sea mejor, y quizá lo rechazo únicamente porque no es el mío. Está también el caso del transporte público. Objetivamente, el Metro de Madrid está varios escalones por encima en cuanto a calidad y conservación de cualquiera de los metros que hemos visto aquí, pero claro, la mitad de la red de metro de Madrid tiene menos de quince años. En Boston, el metro tiene más de setenta. Así que creo que es importante contextualizar. Veremos como está el metro de Madrid en el año 2075. Empero, algunos otros aspectos son menos discutibles. El proceso de vaciado de los centros de las ciudades parece conducir al país a un nuevo modelo de segregación que ya apuntó, con su maestría habitual, Kaplan en su Viaje al futuro del imperio. Hay suburbios pobres, algunos con un nivel de deterioro estructural que quizá no tenga parangón en España.

Llegamos al aeropuerto. No queda mucho más ya por hacer. El sistema de gestión de esperas de Delta es francamente mejorable, pero es lo que hay. Embarcamos, el viaje de vuelta es más ligero que el de ida. Aterrizamos en Madrid. A dormir un rato. Sanabria nos espera. Cuando uno acaba de llegar de la capital del mundo, el mejor rincón para descansar suele ser el que más lo aproxima a su infancia.

31.8.07

Día 11. En la capital del mundo

Madrugamos. Hay tráfico, pero el viaje no se hace muy pesado. Lo peor de las carreteras norteamericanas son los límites de velocidad, que oscilan entre los 89 quilómetros por hora en algunos Estados a los 73 en otros. Paramos en una gasolinera y nos extraña ver que no es autoservicio. Una ley del estado de Nueva Jersey prohíbe las gasolineras en modo autoservicio. ¿Qué pasaría en España si una Comunidad legislara eso? ¿Se rompe por ello la unidad de mercado? Cuando entre las partes hay lealtad, los problemas empequeñecen.

Otra cosa llama la atención a un europeo; la pienso ahora que veo que la capital de este Estado de NJ es Trenton en vez de Newark (aquélla es tres veces más pequeña que esta), es la de que la capital de los Estados esté en ciudades que, con el paso del tiempo, se han quedado en nada. La capital del Estado de Nueva York es Albany (el puerto al que más arriba podían llegar los barcos por el Hudson); la capital de Connecticut es Hartford y no Bridgeport; la de California, Sacramento, la de Pensilvania es Harrisburg y no Filadelfia…

Llegamos de nuevo a Manhattan. Ahora nos alojamos cerca de las Naciones Unidas, en el Hotel Tudor. Salimos a por la ciudad. Jimena decide ir al MOMA; Carles, Àngel y yo queremos ir al Empire State. Cuando llegamos, la cola nos hace desistir. El guardia de seguridad nos dice que el tiempo de espera medio es de dos horas. Ni locos nos quedamos. Así que seguimos paseando por la ciudad. Manhattan no se acaba nunca. Edificios, empresas, personal, todo heterogéneo, todos indiferentes unos de otros. Al pasar por Madison recuerdo El Federalista y el importante papel que él y sobre todo Hamilton jugaron durante el invierno de 1787 cuando apostaron públicamente por un gobierno federal fuerte que superara los egoísmos de los Estados. No les vendría mal leerlos a alguno de nuestros políticos analfabetos, ahora que andamos todos en ver qué Comunidad Autónoma es más singular que las demás. A mí en la facultad de estas cosas me hablaba Ramón Cotarelo. Qué tiempos aquellos en los que había algo parecido a una izquierda ilustrada en España. Seguimos de paseo. Entramos en Macy´s, hay que aprovechar la depreciación del dólar y hacer algunas compras. A la hora del almuerzo nos reunimos de nuevo con Jimena. Elegimos un italiano y decidimos ir por la tarde a Chinatown. Para ello, tomamos el destartalado metro neoyorquino.

Al igual que ocurre en otras partes del país, cuando el viajero llega a Chinatown le parece haber estado allí antes. Hemos visto tantas veces esas imágenes. Empieza el juego. Alguien te ofrece un reloj, otro te dice que conoce a alguien que puede saber algo de la marca por la que preguntas. Para las camisetas y otros artículos similares, el regateo es al por mayor. Tras hacer algunas compras, volvemos en metro. En la parada, las indicaciones están también en chino. Bajamos en Central Park. Pequeño paseo, compras de algunos libros. Entramos en un bar. El camarero es irlandés. Cuando le decimos que venimos de España nos dice “Fernando Torres, Atlético”. Para que luego digan que son unos pupas.

Cuando llega la hora de la cena, elegimos un restaurante cercano al hotel. Es caro, para lo que ofrece, pero estamos en Manhattan. Una copa de vuelta. Va habiendo cansancio, pero también nostalgia. Mañana por la tarde volvemos a España.

13.8.07

Día 3. Un millón de herreros

Mi cuerpo me despierta a las 03.36 de la mañana. Cosas del jet lag. Me cuesta volver a dormir. Estamos en un hotel en la 48 con Broadway, casi en Times Square. La humedad es sofocante.
Decidimos empezar el día cogiendo el bus turístico que recorre la isla. Impresiona. En algunas calles no se ve el cielo. El bullicio en Times Square, con sus luminosos de colores, mezclado con el pegajoso calor nos desconcierta. El tour del Soho. Chinatown. El guía nos insiste en el carácter holandés de la ciudad. Tiene la edad y la cara de estar descubriendo su identidad y por eso nos fustiga. Nos apeamos en Battery Park. La esfera que se ubicaba entre las torres gemelas preside ahora el parque: "Su sacrificio nunca será olvidado", dice una placa respecto de los muertos en aquel atentado. Igualito que en España. Nos vamos acercando a la Zona Cero. En un edificio que está frente al lugar que ocupaban las torres hay un mirador que muestra bien la magnitud de aquel desastre. Cuando vamos a entrar, vemos que un cartel advierte que no se puede fumar en la puerta del edificio. Unos metros antes, la zona para fumadores en una terraza de un bar, está acotada y separada de la zona de no fumadores. Atravesamos la isla hacia el East River y pasamos por Wall Street.

Nuestra idea es subir hasta el MoMA y comer en el restaurante del Museo. La humedad sofoca. Cuando llegamos a la 53, vemos que no teníamos que haber reservado. Almorzamos en un irlandés. Nos atiende Mervin en un deficiente español. "Mi mamá es española" dice, para explicarnos que es dominicana. En la carta aparece un "Spanish Caffe". Mervin nos aclara. Café con licor.
Carles y yo vamos al MoMa. Una empresa patrocina la entrada gratis de los viernes por la tarde, así que tendremos que disfrutar del hotel entre una marabunta de gente. Empecemos por el continente. El edificio es espectacular. Abierto, luminoso. Vamos ascendiendo por las plantas. Las primeras nos interesan menos, aunque son pintorescas. Las mesas de información están ocupadas por jubilidas que dan información sobre el museo. ¿Sería posible algo así en España? La parte verdaderamente brillante de la colección está en las dos últimas plantas, al menos en lo que a pintura se refiere. Una buena colección de impresionistas. Cada vez soy más impresionista (y tengo la teoría, por cierto, de que el primer impresionista fue El Greco, pero de eso hablaremos otro día). También el siglo XX está magníficamente representado. Kandinski, Kokoschka, Matisse, Chirico... Destacada presencia de artistas españoles. Algo del enigmático Juan Gris, y bastante Picasso. Este año se cumplen cien años de la creación de "Las señoritas de Aviñón" y el Museo le dedica una exposción para explorar el proceso que llevó a Picasso a realizar la obra. Desgraciadamente, no está "La persistencia de la memoria", un cuadro de Dalí por el que siempre me he sentido atraído, ya que ha sido cedido para una exposición en Londres.
El único error de la visita ha sido coger las audioguías en español. Están en una mezcla de mejicano e inglés que nos descorazona. Cuando hablar del Conservador Jefe de un Museo, se rerfiere a él como "curadero en jefe".

Nos asomamos al Quinta Avenida. A un lado se divisa Central Park, pero decidimos bajar de vuelta al hotel. Visitamos la catedral del San Patricio. Manhattan es capaz de comerse a esta catedral y a cualquier otra. No hay ninguna perspectiva, le ocurre un poco como a la Catedral de Toledo. La ciudad la ha engullido y hay que estar casi encima para verla.
De noche cogemos de nuevo el bus para acercarnos ahora a Brooklyn. El guía nos habla ahora de putas y de mafia. Cada loco con su tema. Cenamos. Va siendo hora de irnos a dormir.
Manhattan se mueve en una escala que supera lo que un europeo está habituado a ver. Apenas hay cielo. La humedad y el jet lag nos tienen algo mareados.

De camino al hotel, tampoco sé bien porqué, recuerdo el Grito hacia Roma (desde el Chrisler Building) y recuerdo en especial algunos versos:


Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elefantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.

9.8.07

Dia 2 de agosto

El dia empieza fino para ser el inicio de las vacaciones. El calentador, tras algunos avisos, ha dejado de funcionar. Asi que toca ducharse con agua fria. Llegamos a Barajas. Cola de turistas irreverentes para facturar. Salimos a Nueva York con Air France via Paris. Cuando uno se mentaliza para un vuelo transoceanico, la primera parte del viaje siempre se le hace corta. Llegamos, en hora, al Charles de Gaulle. Embarcamos alli en un 747, en la parte de arriba. Una gozada. Siempre me gustaron los aviones. Los aeropuertos me parecen una buena metafora del liberalismo: gente que realiza actividades en su propio provecho y sin meterse con nadie. Despegamos. Aprovecho el vuelo para devorar Mi vida, mi libertad, la autobiografia de Ayaan Hirsi Ali. Una delicia, ya les contare. La profusion de comida que ofrecen durante el vuelo, algun que otro sudoku y la conversacion hacen que el vuelo pase rapido.
Llegamos por fin al aeropuerto JFK. Los controles de seguridad no son tan terribles como nos habian pintado. Cogemos un taxi. El conductor es polaco. Es de noche ya. La pegajosa humedad de Nueva York. Musica melancolica polaca suena en el caset del coche. Bajamos por la 495 "Es la mejor vista de la ciudad" nos asegura el taxista desde su soledad. Impresiona ver Manhattan desde lejos. Sus rascacielos. Sus luces de colores. El sol difuminado en el horizonte. Llegamos al hotel, cerca de Broadway, al lado de Times Square y estamos ya reventados. Cenamos algo en un italiano grasiento y rapido. Vamos a dormir. La humedad se nos ha metido ya en los huesos. Aunque el hotel no es muy fino, la ubicacion es inmejorable. Esperamos soportar el jet lag lo mejor posible.
Aqui estamos, por fin en Nueva York. Y yo, no se porque, me acuerdo de un poema de Octavio Paz:

Verdes y negras espesuras, parajes pelados,
río vegetal en sí mismo anudado:
entre plomizos edificios transcurre sin moverse
y allá, donde la misma luz se vuelve duda
y la piedra quiere ser sombra, se disipa.
Central Park Don't cross Central Park at Night.
Cae el día, la noche se enciende,
Alechinsky traza un rectángulo imantado,
trampa de líneas, corral de tinta:
adentro hay una bestia caída
dos ojos y una rabia enroscada.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
No hay puertas de entrada y salida,
encerrada en un anillo de luz
la bestia de yerba duerme con los ojos abiertos,
la luna desentierra navajas,
el agua de las sombras se ha vuelto un fuego verde.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
El espejo es de piedra y la piedra ya es sombra,
hay dos ojos del color de la cólera,
un anillo de frío, un cinturón de sangre,
hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
Abre los ojos: ya estás adentro de ti mismo,
en un barco de monosílabos navegas
por el estanque-espejo y desembarcas
en el muelle de Cobra: es un taxi amarillo
que te lleva al país de las llamas
a través de Central Park en la noche.
Don't cross Central Park at Night.