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20.10.25

A vueltas con los boomer

Tres ideas que le tomo a Peláez, de una suya en ABC el otro día. A vueltas con esa generación que se ve a sí misma como "la más formada de la historia":

  • La primera: La formación personal excede el ámbito académico y la mayor parte de ellos están muy poco formados
  • La trampa de las expectativas: su punto de partida es nuestro punto de llegada. "Hemos nacido en una España fea y contaminada, en una España pobre y atrasada llena de yonquis que se picaban -y se morían- mientras jugábamos al fútbol. Una sociedad violenta y deprimida y abandonada en las zonas rurales. Y la epidemia del sida. Hemos salido adelante como hemos podido con ayuda de nuestros padres, trabajando para pagarnos los estudios y aceptando empleos precarios con la certeza de que con tiempo, esfuerzo y talento podríamos, con suerte, llegar a lograr algún día todo lo que ahora se ve como 'normal'. Nuestro punto de llegada es su punto de partida y lo que nosotros llamábamos aspiracional es lo que ellos consideran 'necesidad básica'.
  • Corolario: El joven medio de hoy tiene cosas que ni el más afortunado de mi generación soñaría.

4.7.25

Ramón Menéndez: generaciones y vascos

Más cosas que son de interés en la biografía de Ramón Menéndez Pidal, el último liberal unitario: 

"A su modo, Ramón ejercía así, sin ser muy consciente de ello, una de las estrategias que, por entonces, en las décadas finales del siglo XIX, comenzaba desarrollar la modernidad artística: la utilización subversiva de la tradición contra las vanguardias instaladas en el poder."

Cita de Menéndez Pelayo, en la página 84: “el catolicismo y el clasicismo son hermanos gemelos: la Iglesia fue un medio de confederación del mediodía contra los pueblos del norte, y un arca de salvación de la cultura clásica.” 

La fascinación por lo vasco: "Hay que tener en cuenta que muchos conspicuos representantes de la cultura y de la política española del siglo XIX, más o menos tocados por el mito vasco ibérico, se casaron con vascas: una forma rápida de injertarse en la raíz misma de la nación… española. Así sucedió, por ejemplo, en los casos de Pi i Margall, Menéndez Pidal, Américo Castro, el propio Unamuno y, sobra, decirlo, Sabino Arana Goiri"

8.8.23

La muerte (II)

Sigo con el hermoso libro de Horvielleur. Más cosas sobre la cultura judía:

- Los fantasmas. Sostiene la autora que “Todos convivimos con fantasmas. […] Están los de nuestras historias personales, familiares o colectivas; los de las naciones que nos vieron nacer; los de las culturas que nos acogen. […]

Me cruzo con esos espectros cada vez que recibo a alguien en mi despacho. […] En las antiguas leyendas judías se los llama dibuk la palabra procede de una raíz hebraica, dabak que significa pegado o prendido, pues esas presencias surgidas de nuestros pasados se adhieren de buenas a primeras a nuestras vidas igual que un parche thermoadhesivo aplicado a un tejido desgastado. Los dos elementos se mezclan y se transforman en uno  solo.

- Las generaciones. En hebreo, “generación” se dice dor, aunque la palabra alude en realidad a un concepto algo más complejo: es, literalmente, la acción de tejer cestos. La imagen es sencilla e impactante. Para hacer un cesto hay que pasar un mimbre o un carrizo entre las varas bien ordenadas del linaje previo. Un cesto se fabrica de abajo arriba. Cada vuelta nueva se une a la que le dio origen, se ancla a ella para constituir a su vez el apoyo sólido de la vuelta siguiente.

Tal cual. 


10.3.23

Moral en transición

Qué interesante esta semana Emilio Lamo en El Mundo, sobre la moral y la transición de la moral con el paso del tiempo. Es difícil tratar mejor en menos palabras un tema tan complejo. Y este párrafo, de ejemplo: "los procesos de transición moral tienen tres fases a caballo de otras tres generaciones: la de experimentación en grupos marginales, su posible adopción por las cohortes de jóvenes y, finalmente, su generalización al cuerpo social más amplio. Un proceso que tiene su ritmo temporal, que suele ser también el de las tres generaciones sobre las que camina."

Pero léanselo entero...

26.8.22

Guerra entre generaciones

Xavier Colás analizaba esta semana en El Mundo la invasión rusa como una guerra generacional. La gerontocracia del Kremlin con la joven democracia ucraniana. Los casi setenta años de Putin contra los poco más de cuarenta de Zelenski. Los funcionarios clave de la maquinaria de guerra rusa tienen de media 64 años. Ellos conocieron la Unión Soviética, la élite ucraniana apenas la recuerda.

Una buena clave para entender la guerra. 

2.1.19

Las generaciones de Somosaguas y los (falsos ) sujetos históricos

El maestro Jon Juaristi, el sábado pasado en El Mundo. Este párrafo, brillante: "No se puede decir eso, la generación no es un sujeto político. Y en aquel discurso se enuncia como si fuese una verdad probada. Una generación no se merece todo, cada una tiene que pasar por un proceso de tribulaciones e irse depurando, acrisolando con el sufrimiento para merecer algo. Y menos una generación que sale de Somosaguas"

5.9.16

Citas, al azar

Abro El último encuentro de Sándor Márai un poco al azar, antes de prestarlo. Me topo con una reflexión de uno de los protagonistas, subrayada a lápiz, como en cualquiera de mis libros. Acababa un mundo y llegaba otro. Y pienso en mi padre y en su generación, ahora que se van yendo, porque la biología no perdona. Aquellos que de verdad fueron grandes:

"Fueron una excelente generación, pensó el general, mirando los retratos de los parientes, amigos y compañeros de su padre. Fueron una excelente generación, pensó el general: hombres un tanto solitarios que no lograban fundirse con el mundo; eran orgullosos, creían en cosas, en el honor, en las cualidades de los hombres, en la discreción, en la soledad y en la palabra dada"

3.10.14

De padres a hijos

"Padres e hijos: la transición interminable": la magnífica cuarta página del País de ayer, firmada por José Luis Pardo y leída con detenimiento en el tren. Y de fondo el Spoon River Euskadi, de tanto cincuentón inmaduro que confunde la anodina marcha de su vida con la historia de su país.

No deje de leerla desocupado lector. Hoy que es viernes y yo salgo al encuentro del otoño en la mi tierra senabresa...

17.1.14

Novelar nuestros temores...

Terminé Laciega.com una novela de Félix Teira editada por Funambulista. Un libro bien escrito, articulado sobre una trama algo endeble y con un título que no le hace justicia. Un grupo de amigos ya pasados los treinta. Esa edad en la que descubres que el mundo no es de plastilina y que, como en el tetris, tus aciertos desaparecen y sus errores se acumulan. Uno detrás de otro. Buena escritura, entretejida con un magnífico ritmo narrativo. Zaragoza al fondo. De frente, unos padres que envejecen. Una relación que no era lo que tú esperabas. Hacerse mayor de manera gris, notando como el tiempo se va diluyendo alrededor tuyo. Una novela generacional, bastante cabrona, por cierto. El espejo de muchos de nuestros miedos. La soledad de todos nuestros fracasos.


Un papelillo, en suma, interesante. 

9.9.11

Pasados, legajos y placeres...

Era La Casa del Barrio. Ahí empezó a fraguarse una parte de los orígenes de mi familia. Era Isidro. Mi tatarabuelo. Era arriero, creo. Y había muerto ya en 1903. En 1886 un vecino lo sometió a juicio. Duró más de cuatro años. Por unas entradas. El juicio en realidad era contra su mujer, Margarita, y contra la hermana de ésta, Isabel, pero en aquella España quienes representaban a sus mujeres eran sus maridos y fueron ellos los que litigaron, porque ellas se dedicaban únicamente “a las labores propias de su sexo”. Ello me lleva a barruntar que La Casa del Barrio venía de parte de su mujer, una San Román, que la había heredado a su vez de su padre, Miguel San Román, un Miguel de quien nada sé, únicamente que ya había muerto en 1871.

Aún no he acabado de comprender el sentido del pleito, pero creo que se dictó sentencia en 1890. Mi padre me acompañó y me enseñó la entrada objeto de litigio. Uno de mis paseos favoritos en el mi pueblo es salir por el barrio hacia la Llagona y de ahí tomar el camino, cruzando el río, que me lleva a San Miguel o al pueblo de los que trabajaban el cobre. Un camino ideal para hacer en septiembre, cuando la luz empieza a ser más suave que en agosto y aún no hace frío.

El placer de descifrar estos papeles. El placer de señalar con el dedo, bajo la luz, una palabra inescrutable. El placer de ir atando cabos; de sonreír satisfechos tras cuadrar algún nombre, tras descifrar una fecha. Tantos placeres, en fin, que comienzan por el placer de compartir.


PS: hablando de placeres, tras una semana de un esfuerzo delicioso, cansancio incluido, esta tarde un buen amigo dicta una conferencia preparada a cuatro manos en el Mercado del Puente. A las siete, en los bajos de la oficina de turismo. Si están por la zona, no falten…

20.6.11

Almorzando con otras generaciones...

El otro día tuve un almuerzo intergeneracional. De esos que la gente que me conoce poco no acaba de entender. El caso es que, por azares del destino, acabé comiendo con los padres de una querida y admirada amiga. A las personas nos unen las inquietudes. No la edad. Nos acercan las preguntas, no las respuestas. Es algo que siempre supe, intuitivamente, y que Magris me confirmó en su Danubio. Y es que la verdadera transversalidad es la generacional: ser capaz de ver más allá de la edad porque a uno le atraen las mismas cosas que a otras personas.

Descubrimos al azar un interés común: poner en claro la historia de nuestro pueblo en el XIX. Yo siempre había pensado que allí hubo una familia poderosa, los legendarios Rodríguez de Medio, sacerdotes leales a la Corona y contrarios a una Constitución sin dios, luego consultores del Papa, y finalmente altos cargos durante la dictadura. Siempre pensé que sus herederos naturales, los treinta, habían sido unos advenedizos que llegaron tarde al pueblo. Como muchas otras veces, estaba equivocado. Las dos familias coincidieron en riqueza, apoyo y rivalidad durante el XIX. Quizá unos eran cristianos viejos y los otros no. Y resultó que los treinta, antes de ser Sanromanes, habían sido Arias. Y que habían sido ricos, como los Rodríguez, al menos desde el siglo XVIII. Y a cada documento una nueva duda. Y a cada duda una nueva hipótesis: judíos, prestamistas, asentados a lo largo del XIV, quizá con Pedro y Men, o del XV, con la expulsión, es las lejanas y escuras tierras de Senabria. Quizá nadie descendía en realidad de Cristóbal Pérez, “el ynjerto”. Quizá la nuestra tierra sea una tierra de francos más que de nativos. Quizá. Quizá aquí no hubo más hidalguía que la del trabajo ni más dinero que el de la usura. Pero quedan muchas cosas por explicar: ¿cómo pudo un pueblo como este tener dos familias ricas durante varios siglos?, ¿cómo se gestionaba una economía no capitalizada?

Se pasa las noches ahí metido y le dan las tantas”, me dice amablemente su mujer, señalando el escritorio donde a mi compañero de almuerzo se el amontonan los legajos, esperando quizá algún reproche por mi parte. Es complicado. Conozco esa sensación. De entrar en un documento como quien entra a una cama. A disfrutar. A no levantarse hasta que no está todo hecho.

El otro día le leí a César Antonio Molina que Proust escribió que la lectura es una conversación con hombres mucho más sabios y mucho más interesantes que aquellos que podemos tener ocasión de conocer a nuestro alrededor. No sólo la lectura, añado yo. También la posibilidad de conversar con personas de setenta años es, en cierta forma, una manera de leer. De ampliar horizontes. De conocer otras vidas. De entender lo que fuimos. Placeres a los que no renunciar. Placeres que uno ha de aprender a conocer. De la mano de alguien, claro.


PS: fantástica entrevista el domingo en La Opi. Hay que ver qué nivel me está cogiendo la prensa de provincias. No dejen de leerla, hablando de historias. Por cierto que para aquellos lectores que aún no hayan leído Los muertos, pueden descargárselo pinchando aquí, aunque no respondo de la calidad de la traducción. Si lo que prefieren es oírlo en castellano pinchando aquí. De nada.

25.7.10

Las generaciones...

Los niños. Lo comentaba con alguien el día que nació Elicia, hace ya más de tres años. Está naciendo la gente que, si todo va bien, nos enterrará dentro de muchos años. La gente que dirá: está mi tío muy mayor ya, o que dirá, murió el padre de tal o el abuelo de cual.

Pienso en todos los que han ido naciendo cerca de mí en estos últimos tiempos, todos los niños que, por uno u otro motivo, han significado, están significando y significarán algo (no lo dudes) a lo largo de mi vida; y pienso en qué será de ellos cuando sean ancianos y todos los que los hemos visto nacer hayamos desaparecido, cuando sea el año, yo no sé, 2068 ó 2070 y ellos sean ya mayores. ¿Qué recordarán de su infancia?, ¿Qué de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos? Dónde andará, en ese momento el hijo de Joao, mi estimado Álvaro, que siempre que me ve me llama y me sonríe; dónde Elicia, ¿Habrá tenido hijos y nietos sanabreses o la postmodernidad habrá borrado ya este jardín premoderno que con tanto esmero estamos cultivando?, a qué habrá dedicado su vida el hijo de Mi General, y qué habrán sido sus hijos: ¿americanos, europeos, vascos, españoles? Dónde habrán acabado viviendo los dos niños de Hannah, qué recordarán de una madre que tanto los quiere aquí y ahora, lo mismo que los hijos de Bebé; o el hijo de Amelí, qué recordará de un abuelo que lo lleva por el campo; o la hija de Chisun, mi admirado Chisun, ¿qué pensará de la España del cambio de siglo, la España en la que se criaron sus padres?

Gracias a Ortega, sé desde hace muchos años que en realidad los hombre no nacemos en el vacío. Nacemos en una generación, con ella crecemos, sus valores compartimos o impugnamos y con ella morimos. Sus creencias son muy parecidas a las nuestras y el aire que respiramos, como la placenta que nos envuelve antes de nacer, está compuesta de partículas generaciones imposibles de entender cuando uno no está dentro de ella…

Por eso Dorian Gray acaba volviéndose loco.

Por eso nunca somos amigos de nuestros padres ni de nuestros hijos. Porque nuestros amigos han de compartir nuestro ethos generacional, y eso no nos puede pasar con alguien que no pertenezca a nuestra época.

Por eso, desocupado lector, y cito de nuevo al maestro Ortega, un hombre se parece más a su tiempo que a su padre..


PS: "Una generación es una variedad humana, en el sentido riguroso que dan a este término los naturalistas. Los miembros de ella vienen al mundo dotados de ciertos caracteres típicos, que les prestan fisonomía común, diferenciándolos de la generación anterior. Desde ese marco de identidad pueden ser los individuos del más diverso temple, hasta el punto de que, habiendo de vivir los unos junto a los otros, a fuer de contemporáneos, se sienten a veces como antagonistas. Pero bajo la más violenta contraposición de los pro y los anti descubre fácilmente la mirada una común filigrana. Unos y otros son hombres de su tiempo, y por mucho que se diferencien, se parecen más todavía. El reaccionario y el revolucionario del siglo XIX son mucho más afines entre sí que cualquiera de ellos con cualquiera de nosotros. Y es que, blancos o negros, pertenecen a una misma especie, y en nosotros, negros o blancos, se inicia otra distinta".

Ortega y Gasset, J: “La idea de las generaciones”, en “El tema de nuestro tiempo”, publicado en 1923.

5.9.07

Generaciones

Escribo, mientras cae la tarde, en el jardín de mi casa. En Sanabria. Ventajas de los portátiles. Hace un rato, mi padre le hacía carantoñas a su primera nieta, Elicia. Está feliz con ella. Y juega con ella como nunca lo había visto jugar. Pienso que, a veces, la historia tiene finales felices.


Mi padre nació en 1932. Su país atravesaba una época convulsa que, pocos años después, se resolvería a la brava, mediante el castizo recurso a una guerra civil. En la postguerra pasó hambre. Tengo por ahí su cartilla de racionamiento. Un niño de doce años al que el Estado le daba la comida racionada. Con catorce, marchaba, andando, a trabajar a un túnel. Mierda de Estado que manda a trabajar a sus niños de catorce años. No pudo estudiar y cuando cumplió los veinte, la única salida era la emigración. Luego llegó su hijo. Nació en los setenta, con su país atravesando de nuevo otra época convulsa, tras la muerte del General Franco. Pero esta vez, quizá porque el simplón no estaba aún en política, la cosa acabó bien. Su hijo, que ya no pasó hambre, pudo estudiar. De pequeño en casa en Sanabria aún hacía algo de frío, pero aquello se acabó solucionando. Ahora llega su nieta. Todas las comodidades son pocas. Nada de hambre, por supuesto. Calefacción. Silla en el coche. Agua esterilizada. Mi padre sonríe. Mi hermana cree que es por la niña. Yo creo que también, pero sólo en parte. Creo que mi padre sonríe porque debe recordarse a sí mismo con quince años apostándose con el destino a que conseguirá un futuro mejor para sus hijos y sus nietos. Y sonríe porque ha ganado.


A veces, las historias terminan bien. Lo decía Gabriel Aresti, quizá el mejor poeta en eusquera del siglo XX: Batzutan esan zaharrak erratzen dira, que en castellano viene a ser algo así como “A veces, los viejos decires se equivocan”. Pues eso.


Cita de hoy:

La consigna estaba clara. Los institucionalistas no vamos a la zarzuela, ni a los toros, no a los colmados, y en la medida de lo posible evitamos el trato sexual con españolas, esos animales con anillos de oro colgando de las narices, cubiertas de pedrería, plumas y bordados, la navaja en la liga y la falda chorreando sangre.

La Institución [para Giner] era un islote de Europa en un océano de barbarie.

Marco, José María: Francisco Giner de los Ríos: pedagogía y poder. Península, Barcelona, 2002. Página 332