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1.9.10

A vueltas con El Perdíu

No sé si recordará el desocupado lector que hace unos meses le hablé de El Perdíu, del hombre que, siendo mi antepasado, acabo dando nombre al autor de esta bitácora. El otro día me escribió Manoluá, mi franco más querido. Me corrige algunos aspectos de mi post y yo, que soy muy obediente, paso a recogerlos aquí.

El Perdíu era en realidad un oscuro nativo de Santiago de la Requejada, que se casa con Maria Rabanillo una viuda "rica" y al que una versión hace origen del hundimiento de esa "tan rica casa" (de ahí lo de ser “un perdíu”)" que se comió la fortuna de la familia dedicándose a su gran pasión, la caza. Pedro, el hijo, marchó en realidad a casa de un herrero de Ferreros a aprender el oficio, no de Cervantes, como yo decía. En realidad El Perdíu tuvo cuatro hijos, no los tres que yo tenía localizados: Francisco, el que se fue al País Vasco, Josefa, el abuelo Pedro y Carmen la monja, la más joven, que murió en Pamplona y a la que la unos piquetes izquierdistas, durante la Guerra Civil, echaron desnuda del convento, (cosas de la memoria histórica, que tiene para todos.)

Acaba su correo Manoluá diciéndome: “era impensable ir al Mercado y no pasar por casa de tu abuelo... aunque se fuese a comprar a otros sitios[…] En todo caso fue todo un PERSONAJE, digno de una interesante biografía y, estoy convencido: un SER BUENO

Y yo, al leerlo, sonreía...


PS: “En el pueblo, su abuelo sabía dónde moriría, el cementerio en el que lo incinerarían, el río sobre el que esparcirían sus cenizas; sabía que los amigos y los primos con los que había crecido estarían cerca de él hasta que muriera. El urbanita no tiene tal confianza en la durabilidad de las relaciones".

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 552

30.8.10

Final del verano

Bajamos del pinar y nos acercamos a echar la tarde a la playita de Castellanos. Una delicia. Exhibición de mus. La luz de agosto. Buena pareja. Victoria segura. Hubiéramos sido invencibles, en todos los aspectos. El resto de la semana, lánguida, viendo cómo se me iba el verano de entre las manos. Paseo por Zamora el viernes. La Zamora de mi memoria. Cada día más hermosa. Cada día más ciudad. Cada día más mujer. Injusto con quien no lo merece. Algo de bici, una copa en el Scaparate. Es domingo. Despierta. Vuelves a Madrid. Se acabó el sueño.

¿Se acabó el sueño?

Tanto decirlo, y al final quizá fuiste tú el que, de nuevo, volvió a esconderse detrás de los días. Llega septiembre, llega la cosecha, pero tú no cosecharás lo que sembraste. Otros vendrán, como Ángel González y dirán “debiste haber hablado más claro y en alta voz”. Y yo abandonaré a Claudio por una temporada y volveré a Vallejo (al fin y al cabo, un piscis): “hoy me gusta la vida mucho menos / pero siempre me gusta vivir: ya lo decía […] / Hoy me palpo el mentón en retirada / y en estos momentáneos pantalones yo me digo: / ¡Tanta vida y jamás!"


PS: La infortunada reina, sumida en un profundo dolor, fue junto al cuerpo desfigurado de Héctor, pero sin verter lágrimas, como yo ahora junto a estas rocas que se asemejan a tantos rostros y ciudades derrumbadas. Sin verter lágrimas, porque siempre que la aflicción alcanza el grado de la desesperación, las lágrimas no pueden salir. Así Séneca hizo decir a Andrómaca los siguientes versos: “Levia perpessae sumus, / si flenda patimur” (“No es muy grande el dolor / si podemos llorar”)

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 201

29.8.10

Paseando por la Sanabria, en busca de las huellas de Men

Subimos hasta el pinar de Vigo. De Vigo de Sanabria, claro. Ahora hay allí una casa vieja, de los años cincuenta o así del siglo pasado. Pero el pinar de Vigo en uno de esos lugares mágicos que tanto abundan por la Sanabria. No sólo tiene la mejor vista sobre Nuestro Padre El Lago, sino que, además la leyenda sitúa allí la casa de Men Rodríguez de Sanabria.
Men Rodríguez. El primer sanabrés que apreció en la historia con datos claros. Leal vasallo de su rey Pedro el Justiciero, el amigo de los judíos. El hombre en torno al cual se arremolinaban los sectores más dinámicos de la Castilla del XIV. El último rey legítimo en estas tierras. Men Rodríguez, el hombre que no lo abandonó nunca. Jamás. El hombre que prefirió el exilio antes de ponerse al servicio de un rey no sólo bastardo sino también ilegítimo. El hombre que mantuvo la bandera del rey muerto en esta zona. El hombre que acabó en Portugal, amigo de los judíos, y que desapareció de la historia después de ver como un rey felón le arrebataba la Sanabria para entregársela a los arribistas Losada.

Men Rodríguez. Si uno fuera dado a la épica lo imaginaría pensativo, al oscurecer del otoño, desde donde ahora está el pinar de Vigo, mirando al lago, antes de partir a la llamada de su señor.

Hacía calor y eran casi las tres de la tarde, pero no pude dejar de cantar, en bajito y para mí mismo, aquella canción que a Men le hubiera gustado compartir con nosotros, tantos años después: “It was a long time coming – but / I knew I'd see a day / When you and I could sit down / And have a drink of Tanqueray”. No te apures, quizá, después de todo, también la cantemos algún día nosotros, sentados en un escaño, a la lumbre, mientras atardece.

PS: […] como escribió Paul Valéry, “la belleza convierte un objeto en un enigma”. Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 467

27.8.10

Un bosque de magia

Hay un bosque de cuento. Un bosque sacado de las leyendas artúricas, de las andanzas del villano de Sherwood o, lo que es aún más impactante, de las pruebas de Hércules en Hispania. Si mi amigo Jesús en otra vida nace por aquí, encontrará, sólo él puede hacerlo, la conexión de este bosque con La Cueva toledana.

Un bosque mágico. El Tejedelo. Hecho de tejos y forrado de acebos. El tejo. Quizá el árbol más majestuoso de nuestros bosques. A su saludo, mis adorados castaños se vuelven adolescentes, como le pasa al Perdíu cuando lee a Arcadi cada sábado en El Mundo. Subimos. Hacía años que no pasaba por allí. El recuerdo de una imprudencia, aquel viernes santo que pudo ser luctuoso, me alejaba del bosque. Subimos, además, con niños. Fue fantástico explicar pacientemente la diferencia entre un carballo y un roble, entre un sendero y un cortafuegos. Pasear de la mano con un niño transmite vida, y cuando además cantamos a dos voces la canción del pirata (y va el capitán pirata, / cantando alegre en la popa, / Asia a un lado, al otro Europa…), la vida se transforma en luz. Subimos. Arriba chispeaba. Almorzamos. Desde lo alto no sólo se ve el bosque, sino que también entrevimos lo que esto pudo haber sido. Se veía claramente desde arriba. Sólo había que saber mirar, pero no todo el mundo cuando mira, ve. Igual que no todo el mundo cuando besa, ama. Igual que no todo el mundo es feliz, aunque sonría.

El descenso fue más ligero. Me volvía Claudio Rodríguez: “no porque llueva seré digno”, dice uno de los versos de Don de la ebriedad, el libro que publicó con apenas diecinueve años. La luz aquí, incluso con niebla. La luz. La luz del oeste, en agosto. Cómo lo ilumina todo y cómo nos hace a todos más personas. A todos, también a ti, aunque no quieras entenderlo.

En Zamora, echando el día, como los hacendados que bajan a la capital a resolver gestiones.


PS: "Quisiera estar contigo no por verte / sino por ver lo mismo que tú, cada / cosa en la que respiras como en esta / lluvia de tanta sencillez, que lava" […] (Claudio Rodríguez, 1953)

26.8.10

Paseos, ahora con Pacheco

Fuimos a regar los castaños. Así le voy poniendo nombre a las tierras. Esta vez regamos los que están en la tierra “del rincón”, ya en la vecina pedanía de Cobreros, y vimos los de “tras de la serrana”, ambas en el Barreiro. Eran tierras de cereal, hace años. El río queda abajo, y como el cereal no se riega, eso facilitaba las cosas. Ahora ya no. Ahora sólo son escobales. Una metáfora de lo que será el mundo rural en poco tiempo. Algunos, como mi padre, intentan plantarle cara al destino, y ponen castaños, y tienen limpias las fincas, pero es una lucha, melancólica, condenada al fracaso. Regamos con cubos. Con poco método. Da igual, creo que lo que mi padre disfruta es verme con él, compartiendo las historias de cada una de las fincas. No soy capaz de quedarme con todas las marcas ni con todos los linderos. En la historia de estas fincas está recogida, en metáfora, la historia de la Sanabria del XX. Castaños talados por cuatro duros cuando venía un portugués que “andaba a la madera”, tierras vendidas “porque los hijos se han ido a Bilbao y quieren que liquide esto y marche yo para allá, que ya esto y mayor”. Emigración. Silencio. Una herencia de tres hermanas repartida y firmada por sus tres maridos en 1960. Un mundo que desaparece.

Yo no le debo nada a esta tierra, lo sé. Y sé que no debo nada a ninguno de sus muertos, y que, de deber algo, será a muy pocos de sus vivos, si se me apura. Pero mientras paseaba ayer con el Barreiro por mi padre y veía los castaños, ya de vuelta para casa, pensaba en los versos de José Emilio Pacheco, tan míos cuando estoy aquí: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / -y tres o cuatro ríos".

25.8.10

Yo sé de un lugar...

Estoy en el único lugar donde algunos de los padres de mis amigos fueron amigos de mis padres. En el único lugar donde algunos abuelos de mis abuelos fueron amigos de mis abuelos. En el único lugar donde alguien recuerda aún al hijo del Perdíu, y recuerda la maldición de no haberse ido con él.

Estoy en el único lugar del mundo donde queda gente que me vio ser un pésimo estudiante y suspender todo en séptimo de egebé. El único lugar donde, Hornuez aparte, tengo amigos de más de veinte años de solera.

El único lugar en el que, un día como hoy, puedo volver a ver a una prima tras veintiséis años y reconocerla por la forma de la cara (y emocionarme cuando me cuenta que se lloró al llegar al Mercado).

Estoy en el único lugar en el que la gente sale y no deja la casa cerrada. Donde duermo con el coche abierto. Donde la gente entre y golpea la ventana de la cocina para anunciar que han llegado. El único lugar donde una semana santa logré no cocinar y no me sentí de gorra en casa alguna.

Estoy en el único lugar en el que paso las navidades sintiendo que estoy de vacaciones. El único lugar en el que me hubiera casado. El único lugar en el que hubiera confiado, y aún confío, en llegar, por fin, a casa.

Estoy, claro, en el único lugar que me calma el dolor. El lugar al que volveré.

Mi Junín.


PS: “Todavía para nuestros abuelos una casa, una fuente, una torre que les era familiar, aun su propio vestido, su abrigo, eran cosas infinitamente más familiares; cada cosa era casi un receptáculo en que se encontraba algo humano y a la que añadían su parte de humanidad. […] Las cosas partícipes de nuestra intimidad están declinando y ya no pueden ser sustituidas. Nosotros somos quizá los últimos que habrán conocido tales cosas. A nosotros nos toca la responsabilidad de conservar no únicamente su recuerdo, sino su valor humano […]"

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 209

24.8.10

Cosas que no tienen precio

Ayudar a Chimenauer, que ha llegado tarde, a hacer las primeras gestiones para el bar.

Salir de casa a las cuatro de la tarde, con la solana, para empezar a preparar la yincana; recorrer la entrada al uteiro, la plaza, la fraga, el Franco, el barrio bajo, observando los detalles. Tardar casi tres horas en escribir las cincuenta pruebas de larga distancia.

Ir al hotel a imprimir las pruebas. Recortarlas. Ensobrarlas. Colocarlas con el tiempo al límite antes de que empiece.

Organizar la yincana. Estar hasta las tres de la mañana. Con frío.

Volver por la tarde. Los juegos de los niños. Arcilla. Que te empapen de agua y espuma no sólo tu sobrina, sino también los hijos de tus primos. Librar épicas batallas con ellos mientras, ¡oh capitán mi capitán!, te atacan por babor con el ímpetu de los seis años, se suban a tus brazos y te restrieguen la espuma por el suelo.

Cenar algo, subir a la fiesta. Bailar. Tirarle un muñeco a Elicia, y llevarlo sano y salvo a casa (se llamará Felipe, por cierto, tras una larga discusión con la niña, convenciéndola de que las cosas han de tener nombre ¡¡¡bienvenido a la familia!!). Sujetar el bombo para el bingo.

Levantarse resacoso el sábado, vermú. Bajar a la yincana infantil, por si acaso. Nada. Ir a cenar, en vez de al pico del fraile, a vilarino, por si acaso. Nada. Bailar, bailar y bailar, hasta las seis de la mañana. Entregar tres placas. Una de ellas con todo el corazón. Quizá la primera vez que hablo en público, micrófono en mano, aquí. Nada.

Ir al vermú el domingo, jugar con la sobrina, ver a los niños en los hinchables, recoger las botellas que la gente ha tirado por el campo. Merendar algo de empanada.

Subir andando desde el campo, mientras oscurece.

La luz, la luz de Castilla a final de verano.

¿Descansar los días de la fiesta? Imposible.


PS: "Un recuerdo no se mide por su verdad o falsedad, sino porque uno lo quiere tener como materialización de la nostalgia"

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 657

21.8.10

Sigo de paseo

Sigo de paseo por mi pueblo. Con mi padre. Los castaños del Barreiro. Me cuenta con la pasión de un entomólogo quién los plantó y en qué momento, esperando, en vano, que yo sea capaz de recordarlo. Nos sale en la conversación otro cura legendario, el cura Pereira. Miguel Pereira llegó aquí, quizá procedente de Hermisende, en 1878 y, como Serrano, estuvo treinta años al frente del pueblo. Hacía casi diez años que el anterior titular, Sebastián Rodríguez había abandonado el pueblo, en 1869, coincidiendo con la llegada del gobierno revolucionario, acaso porque tampoco quiso jurar la constitución. Y el pueblo anduvo sin pastor durante casi diez años. Cánovas y la Restauración volvieron las cosas a su cauce. Llegó Pereira. El padre de Amelí me enseño hace poco un libro autografiado por él. Montó una preceptoría. En este pueblo. Llegó a tener, a finales del XIX, casi cien alumnos. Venían de toda la tierra sanabresa. Aquí se hicieron muchos de los curas que salían de la Senabria en dirección al seminario de Astorga: aquí los legendarios Rodríguez de Medio, D. Miguel, también D. Jesús, el que luego fue asesinado en la terrible guerra de España.

Pereira falleció en 1908. Es posible que su tumba sea una tumba cural que está aún visible en el cementerio. Se perdió su memoria. Qué frágiles son las acciones de los hombres. Qué liviano es todo lo que ahora nos parece eterno. Sólo lo que queda escrito sobrevive. Aunque sea sólo como un guiño. Cómo no darnos cuenta de que, a veces, nuestros mayores carceleros son nuestros temores. Ya lo escribió, sabiamente, Ehrmann hace años: "muchos de nuestros miedos nacen de nuestra soledad”.

PD:El sábado pasado compré El País. No quedaba el mundo y el abecé sin el cultural no me interesa los sábados. A página entera “Un milagro llamado Claudio Rodríguez”. Sonrío. ¿No ves que todo no lleva a Claudio?. A los hechos me remito: “Si tú la luz te las has llevado toda, / ¿Cómo voy a esperar nada del alba? / Y, sin embargo, -esto es un don-, mi boca / espera, y mi alma espera, y tú me esperas”.

20.8.10

Paseando por mi pueblo

Salí a pasear con mi padre. Por la parte alta del pueblo. Pequeñas propiedades, compradas con sudor, que pertenecen a la familia, algunas desde hace más de cien años. Siempre me ha fascinado este mundo de cortinas y praos que nunca he sido capaz de comprender bien. Hay un caño en mi pueblo, dejénme que me ponga melancólico, que llaman de la esnilla. Baja el agua de la sierra hasta el pueblo y es lo que garantiza que tengamos agua de cierta calidad desde tiempo inmemorial. Siempre que nos acercamos a los depósitos mi padre me cuenta su historia. Esto lo hizo el cura Serrano. Le dijo al pueblo que él ponía los materiales y que los vecinos pusieran el trabajo, y así se hizo. No sé porqué, como mi padre lo cuenta con naturalidad y cercanía, siempre pensé que el cura Serrano debió de estar por aquí a principios del siglo XX. Un día, viendo el registro cural del pueblo, me sorprendí. Miguel Serrano llegó a mi pueblo en 1806, acompañado del coadjutor Nicolás Arias. Ambos estuvieron en el pueblo, cada uno en su cargo, nada menos que treinta años. Los dos vivieron la caída de un Rey y la configuración del mito de la España nación, la invasión francesa, la guerra, el absolutismo, el liberalismo y el Estado ya liberal. En 1836 ambos dejaron su puesto. Curiosamente, el pueblo estuvo cuatro años sin cura, no sé aún porqué, hasta que en 1840 tomó posesión Sebastián Rodríguez. Pero lo que me importa es cómo se ha mantenido viva la memoria del cura Serrano y de la obra que acometió en caño la esnilla, hace casi dos siglos. Los pueblos, esos microcosmos a veces tan hermosos y casi siempre tan miserables.


PD: ¡¡Empiezan las fiestas!!


PS: "Algunas de las numerosas sociedad rurales autosuficientes y a pequeña escala de la edad moderna que se han estudiado con particular detalle son comunidades de España y Filipinas que mantienen sistemas de regadío y aldeas alpinas suizas que ponen en práctica economías agrícolas y ganaderas mixtas, todas las cuales operaron durante muchos siglos mediante acuerdos locales detallados sobre la gestión de los recursos naturales".

Diamond, Jared: Colapso, por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Barcelona, Círculo de Lectores, 2006. Página 404.

16.8.10

Legio VII Gemina

Por la mañana bajamos a León. Fuimos al MUSAC. A James, que es hombre luterano de formación, estas cosas le aburren, así que no me detengo demasiado en la visita. El edificio es hermoso, un juego de luces y colores con los que convivo en Madrid cada vez que voy a comer a Barandales. Por dentro, la exposición “Modelos para armar”, artistas iberoamericanos (odio la expresión latinoamericanos) en la colección del Museo. Un coche fantasma. Ruido, soledad. El arte contemporáneo es un reflejo del mundo que lo produce. Por eso nos causa tanta perplejidad y tanto desasosiego. Algunas creaciones me interesan especialmente. Los museos como el vino, te gustan o no, te dicen algo o no. Silencios. Gracias a Dios hay poca gente. Un regalo para la niña. No sólo para ella.

Salimos y alcanzamos San Marcos paseando. Un café. Impone. Hubo un tiempo en el que aquí se decidía el destino del mundo conocido. Adoro estas ciudades, al revés que el poeta, en las que demora su salida el invierno. Creo que va a ser la primera vez que vengo y no bajo a San Isidoro. Imperdonable.

Almorzamos antes de volverme para la Sanabria. Estamos los dos un tanto desencantados de la política. De la pasión que le ponemos a algo que se escapa totalmente a nuestra voluntad.

He retomado a Magris, a ratos. Cada vez leo con menos rigor y menos concierto, pero me da igual. Me fascina el caos de mezclar cinco lecturas a la vez. Dejar de correr. Nadie me persigue.

Estoy también con el canto a mí mismo de Whitman, siguiendo viejos consejos de Hornuez y el regalo antiguo de Joxemanuel. Viejo Walt Whitman. Sólo he fallado por un año.

PS: "Mi lengua, todos los átomos de mi sangre, formados de esta tierra y de este aire, / Nacido aquí, de padres que nacieron aquí, lo mismo que sus padres, / A los treinta y siete años de edad, con la salud perfecta, empiezo, / Y espero no cesar hasta la muerte […]"

(My tongue, every atom of my blood, form´d from this soil, this air, / Born here of parents born here from parents the same and their parents the same, / I, now thirty-seven years old in perfect health begin, / hoping to cease no till death) Whalt Whitman. Song of Myself

15.8.10

Legio VI Victrix

Volví a León. A León siempre vuelvo, al menos desde que tengo doce o trece años. Fueron muchas navidades allí, y navidades muy buenas. Siempre estoy en casa. Cómo ha ido cambiando. Ya no hay coches ni en Ordoño ni en la plaza frente a la Catedral. Qué hermosa ciudad para pasear y quizá para vivir. Olvidarme de todo, venir aquí, dejar de escribir y formar una familia. Oscurecido de todo. ¿Sería capaz?. Estuve con James. James y Hornuez, dos de los mejores anfitriones que conozco, cada uno a su estilo. La casa de James es solariega, a las afueras. Comemos y nos tumbamos, a vegetar como los decadentes senadores romanos que ya nunca seremos. Su Chigre. Su vida; una vida viajera, construida a retazos entre Boston, Londres y Vietnam. Salimos a tapear por el Húmedo, ya de noche. Abrazo con Jose, emocionado. Lo bueno de hacerte mayor es que ya eres tú quien elige la parte de la familia con la que quieres mantener relación. Guillem, todo un hombre ya, con quince años. Aún recuerdo cuando nació, aquel febrero del noventa y cinco. Cómo olvidarlo. Viene este verano a la Sanabria porque le gusta una niña de Mombuey. Su padre me invitaba a mí a copas hace veinte años y este verano invitaré yo al hijo.

La vida.

Un eslabón.


PS: “Praga es la última de las antiguas ciudades y todavía ofrece afablemente / un rincón donde se mueve el tiempo / y el reloj está parado”, escribe el Premio Nobel de literatura de 1984, el checo Jaroslav Seifert.

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 641

12.8.10

Avance de programación

Primer avance de ocio veraniego. Floja la Breve historia de Inglaterra, de Chesterton. Demasiada paradoja acaba aburriendo a un lector diletante como yo. No consigo seguir el ritmo del Vértigo, de Sebald. Bueno el de las armas, los gérmenes y el acero de Diamond, y bastante original el de los alemanes y su papel en el holocausto. He vuelto a Borges. Siempre hay que volver. Estoy con Ficciones. Un libro, otra vez, deslumbrante. Entre lo que voy leyendo de Jesús y lo que me voy encontrando por ahí, todo me recuerda a Borges. Quizá mi vida sea también un relato de Borges, no lo sé…

Estuve viendo Duplicity, de Tony Gilroy. Buena trama, bueno ritmo y un final muy logrado. Cine para disfrutar. Empiezo a ver Hermanos de Sangre. Promete. James me pone los dientes largos con la vida de John Adams, otro prodigio de la HBO, en este caso sobre la independencia de lo que hoy son los Estados Unidos. La veré.

Una reflexión final; por primera vez en mi vida, me da cierto reparo leer por mi pueblo, lleno ahora de gente. Quizá me voy haciendo mayor. Quizá me he rendido. Aunque siempre me ha disgustado la acumulación de personas, ahora noto que pueden conmigo. Salgo a leer hacia Cobreros, que hay menos gente y apenas me cruzo con nadie.

Por la noche he hecho de caballito con Elicia y la he subido hasta su habitación. Antes me ha estado peinando “en la peluquería” y luego me ha dado un masaje en el cuello. A cambio, su tío el pesado no para de decirle que “los libros son tus amigos y tienes que cuidarlos”.

Sigue haciendo calor para ser agosto sanabrés.


PS: Pero las masas rara vez habían deseado la libertad: [según Herzen] “Son indiferentes a la libertad individual, a la libertad de expresión. Las masas aman la autoridad. Siguen cegadas por el arrogante brillo del poder; las ofenden quienes permanecen solos. Por igualdad entienden igualdad de opresión”.

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 343

11.8.10

Hacia el este

Marché hacia el este, hacia el valle del Vidriales. Un grupo de zamoranos se junta desde hace años a comer y a veces los acompaño. Esta vez almorzamos en Morales, a cuenta de la generosidad de la alcaldesa. El viaje es corto, y placentero, aunque un tanto irreal. Allí los amigos, Joao, ingeniero y presidente, y Juanantonio, bodeguero fino. Cada vida, una historia. A los postres sale la política, a cuenta del tema de los toros en Cataluña. Me da igual, la verdad, y ya no sé cómo decirlo. Estoy cansado de los nacionalistas catalanes. Estoy cansado de Cataluña como entidad. Estoy cansado de debatir con ellos, estoy cansado de intentar salvarlos. ¿Les prohíben los toros? Pues que se jodan y que voten otra cosa ¿No pueden escolarizar a sus niños en una lengua universal? Pues que se jodan y voten otra cosa. Esta es una democracia y la gente vota opciones. No votar es una opción, pero también tiene sus consecuencias. No estamos ya para salvar a nadie de sí mismos. Todos estos estúpidos conceptos culturales, nación española, nación catalana, son en realidad conceptos de aquel lejano planeta, Tlön, que Borges imaginó en su libro Ficciones. No sé cómo dejamos que nos consuman tanta energía. Una disputa de finales del XIX a inicios del siglo XX. El mundo girando hacia el oeste, como Toynbee pronosticó, y nosotros debatiendo payasadas. Estoy cansado, la verdad. Cansado de que se crean algo como colectivo. Cansado de que se consideren europeos y nos consideren a nosotros cavernícolas. Reivindico mi derecho a vivir en el postnacionalismo. No me interesan las naciones, ni la mía ni la de los otros, así de claro. Y si la nación española me resulta algo lejano, la vasca o la catalana me resultan, directamente, risibles. Tengo que intentar que mis lealtades sean éticas, no étnicas. No sé si voy a conseguirlo. Sólo las lealtades personales han de poder se premodernas. Ese es el reto.

Hace calor. Gran parte de la tarde leyendo.

PS: "En la mitología del catalanismo, Francia había sido siempre una aspiración. Es decir, una antítesis. De España, naturalmente. Francia eran las luces, la cultura, la modernidad, la república; España, todo lo contrario".

Pericay, Xavier: Filología catalana. Memorias de un disidente. Barataria, Barcelona, 2009. Página 74

10.8.10

Ahora sí, Atapuerca

Salimos para Atapuerca. Casi nos equivocamos porque yo pensaba que se entraba por Ibeas de Juarros. En esa base militar vi jurar bandera al único amigo al que le he visto hacerlo. Al final entramos por arriba y vamos directos al pueblo de Atapuerca. Hay una mezcla de sobriedad y cutrez, conceptos tan castellanos ambos, que asombra. El guía es bueno. El autobús nos deja a la entrada, nos ponemos el casco. La trinchera del ferrocarril. La legendaria trinchera del ferrocarril, allí a nuestros ojos. Hace años leí, gracias al Círculo, claro, “La especie elegida”, de Arsuaga, así que como tantas otras veces, tengo la sensación de haber estado aquí antes. Nos lo explica con pasión, haciendo participar a los cuatro o cinco niños que vienen en el grupo. La sima de los huesos. Pero el material didáctico en el que se apoya es pobre. La gran dolina. Qué azar tan grande hizo que todo esto se descubriera. ¿Para qué vale todo esto? Me dice Snows en un aparte. No lo sé, pienso, pero tenemos que conocerlo, claro que sí. Saber de dónde venimos y cómo hemos llegado a ser lo que somos. Una especie menor, el Sapiens, una especie recién llegada que ha acabado dominando el planeta.
Volvemos al pueblo y vamos al Parque. Otro guía apasionado. Admiro a la gente que disfruta con su trabajo. Un recorrido por lo que fuimos. ¿Por qué pintaban?, ¿cómo hacían sus herramientas?. Un ejemplo práctico de cómo hacer fuego sin herramientas modernas, impactante. Comemos allí mismo. A la tarde vamos a ver el Museo. Los tres edificios del complejo son impresionantes. Y qué bien ha quedado el viejo solar. Y qué arreglada la ribera del Arlanzón. Como esto es España, hemos abierto antes el Museo que el Centro de Investigación, porque aquí las prioridades las tenemos claras de siempre. Una planta del museo es impresionante. El largo viaje en el que tanto intervino el azar, de millones de años. El misterio de los Neanderthales, que quizá se cruzaron con nosotros o quizá no, quien sabe. El papel del cerebro. ¿Dónde está la conciencia? Un librito con pegatinas sobre la prehistoria para Elicia. Hay pocas cosas más gratificantes que hacer un regalo. Aunque a veces no sea fácil entregarlo.
Se hace tarde ya, con tanto palique. Vuelvo a la Sanabria.

PS: Borges escribió algo así como: las migraciones, que los arqueólogos trazan sobre el mapa y no comprendieron los pueblos que las ejecutaron

9.8.10

Atapuerca, parada y fonda

Salgo para Burgos. La cabeza de Castilla. Con pocas ciudades de estas región he tenido más trato desde hace veinte años. De aquí era la famosa Arancha de Burgos y con Hornuez vine la primera vez que fui consciente de venir aquí. En el invierno del noventa y nueve aquí conocí no sólo a Oscarnello, sino a otras personas de cuyo nombre ahora no me quiero acordar. Es selectiva la memoria. Durante un año vine varios fines de semana y fui conociendo poco a poco la ciudad, el Hospital del Rey, la callé Laín Calvo, los Golem… y sin embargo apenas la recuerdo a ella ahí. Paso por el Arco del Pilar y apenas soy capaz de imaginarme el apartamento en el que vivía. Casi nada me recuerda a ella, y me pasa también en Zamora. ¿Será un mecanismo contra el dolor? Puede que sí, y aunque dé cierta pena pensar cómo las cosas pueden evaporarse, es un alivio poder viajar sin fantasmas.

El viaje es ligero. Recorriendo el norte de Castilla. La planicie cerealística de Palencia. Al teléfono. Es un alivio oír la sonrisa de quienes queremos. Poco a poco. Snows y Mi Pastor. Salimos de cena y hago de leve cicerone por la ciudad. A las llanas a tomar una copa. Un gintonic bien preparado. Ligeramente borracho. Intensa conversación, como siempre que uno está con buenos amigos. La niña ya está en Tejas y todo ha ido bien. Qué importante es estar rodeado de gente que aporte. Qué importante es que te pongan enfrente personas que te hagan crecer, ¿no crees?.

Duermo mal, entre guatsaps y llamadas extemporáneas. Abro la ventana, hace calor en el hotel a las cinco de la mañana burgalesa. Me miro al espejo. No sé si casi ocho meses después el personaje que veo se parece a mí.


PS: "Según lo voy leyendo, el diario de Renard me engancha más. Cuánto me gusta este hombre y qué absurda me parece su muerte, aunque desde entonces hayan pasado veinticuatro años".

He aquí la única forma de eternidad que vale después de veinticuatro años: el estar más vivo que un hombre vivo y que la memoria de uno sea tan real como una presencia física".

Sebastian, Mihail: Diario (1935-1944), Entrada del 16 de abril de 1936.

8.8.10

Desde el oeste

No paro. Quizá porque si me paro, la vida se me vuelve un domingo por la tarde, con el móvil metido en un cajón. Fuimos a Trabanca, a poner fin a la hermosa aventura del proyecto de conocimiento mutuo de los jóvenes de ambos lados de La Raya. El viaje fue un recorrido por el occidente zamorano. Cómo va cambiando la luz conforme bajamos al sur. Cómo el paisaje va ganando en encinas y perdiendo robles. Cómo empiezan a aparecer algunos olivos. La división de parcelas en Sayago, hecha con piedra aún más rústica que en la Sanabria. El horizonte que se extiende sin final. La presa de Almendra, espectacular. Trabanca, tengo la sensación, es un lugar hecho a la medida de su alcalde, un poco como le pasa a la Puebla. Un magnífico centro multiusos para un pueblecito de apenas doscientos habitantes. Sesión de trabajo, incluso en agosto. Casi dos horas. Malas noticias para el Maiquel, ya me jode. Al final, la asociación se llamará Saltarigo. Hay que cargarse la frontera. Me sigue dando reparo hablar en público cuando hay mucha gente y cuando lo que se espera de mí es, precisamente, que hable. Aquí nos faltan tanto las aportaciones de Hannah como el sentido común de mi Coronel. Nos vamos al bar, a confraternizar. Como he estado en tres de las sesiones, ya soy capaz de poner algunos nombres. Ivo, mirandés, su hermana Filipa, que vendrá este año a España a hacer una estancia en algún hospital, tras haber acabado enfermería. Le aclaro que si lo que quiere es aprender castellano, que no se vaya a Lugo. Es lo que hay. Sara, la presidenta, portuguesa, que estudia bachillerato en Zamora y que quiere hacer medicina en Salamanca.

Nos vamos de cena. Hay vidas. Un hombre que tras varias años de trabajar en cooperación ha montado una casa rural en los arribes; un técnico de medio ambiente que es bajo en uno de los grupos de rock que va a cerrar la jornada. Un opositor a prisiones. Una muchacha de Burgos que ha vivido en mil sitios. Que fue a Finlandia a estudiar música. Que ahora está en Salamanca. Pase de tacón a Yimi para que remate la jugada. Llegan las copas. La exaltación de la amistad. Se nos ha hecho tardísimo y volvemos para la Sanabria. Hay un buen germen ahí. Espero que les cuaje. El futuro no está escrito en ningún lado. En ninguno. Ni para los territorios. Ni para las personas. Somos, en el fondo, lo que queremos ser.


PS: "¿La patria no es también un paisaje? Para mí, -como para Améry o W.G. Sebald- el paisaje de la patria es un conglomerado de lo vivido y lo leído; pero para un campesino analfabeto la patria estaba simbolizada en los bosques, los ríos, las nieblas o el mar de su tierra originaria […]"

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 433

5.8.10

En el lago

Estuvimos en el Lago casi toda la tarde. Qué capacidad de juego tiene un niño. Y qué capacidad para ensuciarlo todo. Su tío enfrascado en la lectura, pero se da cuenta de que con el rabillo del ojo la vigilo. Vamos a bañarnos, me dice, pero le da miedo nuestro padre el Lago. Apenas llega a las rodillas quiere que la coja. Volvemos a salir. Así dos o tres veces. “Vamos a llenar el cubo de agua”. Vamos. Se lo lleno. Le da miedo también el agua, y no está cómoda. Al final, va con su padre un rato (a mí el sol me está devorando la piel). Sigo leyendo. Acabando los lugares donde se calma el dolor. Vamos a jugar, me dice. Hagamos un castillo, le propongo. La imaginación no tiene límites, así que hacemos una fortaleza en la que un palito nos sirve de bandera y unas ramitas secas de puente levadizo. Le voy recitando despacio la canción del pirata, de Espronceda, y de pronto el castillo se nos transforma en un barco. Miramos de frente a nuestro padre el Lago y le digo despacio al oído Asia a un lado, Europa al otro y allá a su frente Estambul. Sonríe y destroza el barco al pisarlo sin darse cuenta. Nos vamos a por un helado. No sólo hay lugares que calman el dolor. También hay personas, aunque no lo sepan.

Se nos va la tarde y volvemos a casa.

PS: “Allí están, a los pies de la colina de Posillipo, la cueva de Virgilio, su propia tumba y también la de Leopardi. […] Los romanos se hicieron construir sus villas en este alto promontorio. La mayor de estas mansiones tenía por nombre Pausilypon, “el lugar que calma el dolor”, pues un bálsamo era la vista virginal de la bahía de Nápoles que ofrecía".

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009.

3.8.10

Iscar, parada y fonda

Salí tarde de Madrid, salí sin rumbo “cuando en la sombra aun manda el gris”. Salí con la sensación de que no debería cogerme vacaciones. Hacerte sentir culpable por el ocio, esa es la ética luterana que arraigó en Castilla, incluso en alguien tan indolente como yo.

Oscar me convenció e hice un alto en la tierra de los pinares. Hay un espacio indefinido, que una vez fue un mar, que limita con Tordesillas por el oeste, con Aranda por el este y acaso Cuellar por el sur y que actualmente se reparten las provincias de Valladolid, Burgos y Segovia. Ahí me hice persona. Gracias, sobre todo, al hijo de Contemplación. A Toño. Fueron dos años en la Peña más Fiel de Castilla. Dos años memorables. Me desvió en Adanero y tomo la 601 hasta Olmedo. Conozco ese paisaje de pinares, ese olor a lechazo. Ese acento. Ese leísmo que me sacaba de quicio ya con doce años. Los nombres de los pueblos me dicen mucho. Pedrajas de San Esteban, de ahí era Risi, José Luis Fernández, creo recordar, Campaspero, Langayo, Cogeces, Cabezuela, Riaza. Tierra de Pinares. Me desvío en Olmedo y pongo rumbo a Iscar. Conozco el paisaje, conozco los polígonos industriales, conozco, la puesta de sol. Conozco el pan que por aquí se hace. Hace más de veinte años ya, pero cada vez que me cruzo por aquí tengo la sensación de llegar a casa de algún familiar que va a salir a decirme aquello de “acércate hasta la puerta, pasa sin pestañear, / te esperamos hace tiempo / pasa ya”. Un día la traje a ella, hace ya muchos años. No sé para qué, la verdad. Cuánto tiempo perdido. Tengo que aprender a ser más selectivo con quien llevo a los lugares donde a mí se me calma el dolor. Nadie más, espero, se reirá nunca de ellos. Ni falta que hace.

Llego a Iscar. Me espera Oscarnelo ataviado con el traje de su peña. Ha sido un viaje improvisado. “Esto las tías no lo entienden”, me dice con su mirada de amigo cuando nos dirigimos a su casa para que yo me cambie y me vista de mozo inmaculado. Su madre. Bailó en la sección femenina y conoce, gracias a ello, medio mundo. Vinos y toros. Amena conversación. Y culta, claro, que no con todo el mundo hay que hablar de futbol. Dice que mi argumento sobre el ¿porvenir? de Europa se lo ha oído ya a Josep Piqué.

Paseamos por el pueblo. Los acentos son los mismos. Esta parte de Castilla, tan cercana y tan lejana a la mía. No nos acostamos tarde, mañana queremos ver a los jinetes conducir a los toros hasta el pueblo. Y no puedo evitar dormirme pensando en Antonio Torres Heredia, que como todos ustedes saben, era hijo y nieto de Camborios. Me meto en la cama. Muerto.


PS: "El microcosmos engendra claustrofobia, pero como escribe otro raro intelectual triestino y judío, Robert Balzen, también el cosmos provoca la misma sensación".

Molina, Cesar Antonio: Lugares donde se calma el dolor. Barcelona, Destino, 2009. Página 199