10.9.07

Memoria histórica de un sitio donde se vive muy bien...

Hoy no escribo yo. Encontré esta historia en una página que ofrece como enlace ¡Basta Ya!. Es la página de Bremaneur. Una historia, "Aquí se vive muy bien" parece que firmada por Jon Juaristi. Desgarradora. No me resisto a copiarla entera.
La vida y la muerte pendiente de las páginas amarillas. Jone Goricelaya diciendo aquello de "algo habrás hecho, cabrón". La vida y la muerte de Luis Reina. Como en una historia de Borges. No dejen de leerla...

"Aquí se vive muy bien"

No es difícil pegar la hebra en cualquier lado. Lo mismo en el metro que en la pensión. El portero me cuenta la historia de un gallego que trabajaba en Baracaldo. Acabó marchándose a Barcelona porque “no aguantaba el ambiente”, según señala con un gesto displicente. Un tiempo después lo vio, no sé si en Galicia, o en Cataluña, y le dijo que tenía que volver a Bilbao de visita, que no se podía imaginar cómo había cambiado la ciudad. El gallego, con cierta reticencia, volvió para quedarse tres días. Le fascinó tanto la ciudad que terminó quedándose una semana. “Es que aquí se vive muy bien”, termina diciéndome el portero. El señor que nos acompaña, muy mayor, que juguetea con la llave de una habitación que le delata como huésped un tanto misterioso, asiste ante esta frase terminante. Con voz algo campanuda, producto no tanto del bilbainismo atroz como de su edad, pasa a hablar de aquellos tiempos en que las cuadrillas llenaban los bares cuando se iban de potes. Aquí se vive muy bien. No es la primera vez que oigo esa frase. Y no me refiero a la que le espetó Ibarretxe al hijo de José Ramón Recalde cuando fue a hacerse la foto al hospital donde éste permanecía ingresado tras haber sido tiroteado por un etarra. En Apología de Bilbao (texto también recogido en la bellísima edición de Vaga memoria de cien años) dice Rafael Sánchez Mazas: “El tema, el lema de Bilbao, como dice un documento antiguo, era ‘los que quieren bien vivir”, o sea, el ‘honeste vivere’ latino, que con el ‘alterum non laedere’ y el ‘suum cuique tribuere’, forman la doctrina del hombre civil en el estado justo”. Pero la conversación alcanza ese momento delirante en el que tres personas intercambian frases sobre tres temas distintos sin que se ocupe uno del asunto del otro, así que salgo a la calle.

Calle de María Muñoz. A la izquierda, pasada la calle Solokoetxe y unos metros más allá, está la calle Fica. Actualmente es uno de los reductos del botellón en Bilbao, que pretende ser erradicado por el Ayuntamiento. Toda esta zona está tomada por eso que Patxo Unzueta llamaba “ese sector alegre y combativo de nuestra rebelde juventud actual: tan alegre como un funeral, tan rebelde como un rebaño”. El día 12 de septiembre de 1981, Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, llegó a las puertas de su domicilio unos veinte minutos antes de las nueve de la noche. El número 32 de la calle Fica. Subió los nueve escalones que le separaban de su buzón y cogió un paquete que estaba remitido a su nombre. Algunos meses antes Luis Reina había sufrido una embolia que le había afectado al oído y a la vista. Por este motivo, se acercó el paquete a la cara. El paquete explotó y le destrozó el cráneo y parte del tórax. Fueron unos 150 o 200 gramos de explosivo. La explosión causó algunos destrozos en el portal. El ruido hizo que algunos vecinos se acercaran. Entre ellos estaba su hijo, de 25 años. Más tarde, y todavía con el cadáver de Luis Reina presente, dos hermanas del asesinado, ya mayores, se sentaron en un comercio cercano sin poder decir palabra. A la mujer de Luis Reina, paralítica, con quien estaba casado desde hacía unos veinte años, no le dijeron nada hasta pasado un tiempo. En ese momento el Ministerio del Interior desconocía los motivos que habían podido tener los asesinos para matar a Luis Reina Mesonero, pescadero de 61 años de edad, con un paquete bomba remitido a su nombre.

Pocas horas después de haberse conocido el asesinato, Jon Idígoras, dirigente de HB, confirmó que Luis Reina Mesonero era simpatizante de la coalición abertzale y que el partido colaboraría en la preparación del funeral. Daba a entender que había sido asesinado por algún grupo de ultraderecha, como ya había ocurrido en algún otro caso. La familia se apresuró a desmentir lo dicho por Idígoras. Miembros de HB se reunieron con los familiares, y poco después anunciaron que Luis Reina Mesonero nada tenía que ver con ellos. No había lugar a victimismo alguno.

El 23 de septiembre de 1989, eta confiesa haber matado a Luis Reina por “una equivocación y error irreparables”. En el mismo comunicado dice hacer “la más seria y sincera autocrítica”. Eta atribuye su confusión al hecho de que Luis Reina tenía el mismo nombre que un policía. La Jefatura Superior de Bilbao negó que hubiese ningún policía con ese nombre.

José María Calleja, en La diáspora vasca, sólo cuenta lo ocurrido al otro lado de este suceso. Luis Reina era propietario de un concesionario de vehículos en Bilbao. Policías y responsables del gobierno civil de Vizcaya compraban allí, y eta se enteró. Amenazó a Luis Reina, que hizo lo posible para que eta no le asesinara. Habló primero con Txomin Ziluaga, “gran dirigente de Herri Batasuna”, que le prometió “tratar su caso para que no le pasara nada, consciente de que este hombre no merecía un atentado”. También acudió Luis Reina a Txema Montero, abogado de HB, que le garantizó que no le pasaría nada. Luis Reina se entrevistó también con Jone Goirizelaia, también abogada de HB, que le espetó que si “la organización” le había amenazado, era porque algo habría hecho.

Un tiempo después, Luis Reina moría asesinado. Luis Reina Mesonero. Los guerrilleros intrépidos, esos que aparecen en los periódicos de los años setenta y ochenta como protagonistas de una peli de polis negros, audaces y efectivos, inteligentes, fríos y eficaces como máquinas de acero, consultaron las páginas amarillas para localizar a la persona que habían de matar. Y erraron.

Luis Reina, propietario del concesionario, huyó del País Vasco. A Luis Reina Mesonero, pescadero, le reventaron la cabeza y el tórax. Creo que todavía vive una de las hermanas mayores, una de esas ancianas que se sentaron sin poder articular palabra el día del asesinato. El hijo vive en la misma calle Fica. ¿En el mismo inmueble donde asesinaron a su padre? Hay un puesto de pescados en el Mercado de la Ribera a nombre de la mujer paralítica de Luis Reina Mesonero.

PS:
de predicación en Santiago,

8.9.07

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Uno va creciendo y va leyendo y asimilando conceptos. Creo que la primera vez que lo leí debió de ser a principios de los noventa. Para un estudiante de políticas dispuesto a conocer, en la medida de lo posible, el mundo que le rodeaba, las columnas de Umbral era una buena manera asomarse a la vida. Recuerdo muchas de sus columnas, las que hablaban de la España del momento, las que retrataban (país de tabaco negro y picadura) el país que nunca habíamos dejado de ser. Notario de esa modernidad que empezamos a transitar, a veces sin darnos ni cuenta. Luego marchó unos años al abecé y le perdí la pista, pero volvió, como debe ser. Y ahí seguía. Dándonos los buenos días y repartiendo estopa a diestro y siniestro, sin más criterio que el de su conciencia. Es curiosa la relación que se establece entre el articulista y el lector. Aquél se va y nunca conoce a éste. Umbral, a quien no conocí, a quien no traté nunca, forma parte de mi vida literaria. Aún uso alguna expresión que le leí a él. Nos quedan sus columnas y nos queda su recuerdo. Porque la inmortalidad de una persona está en sus frutos.

Quizá nadie como él hubiera expresado lo que muchos sentimos viendo el espacio que los medios de comunicación y la sociedad en general dedicaban, en su muerte, coincidente en cuanto al día, a un jugador de fútbol y al mejor articulista de la segunda mitad del siglo XX español.

País de tabaco negro y picadura.

País de mierda.

7.9.07

Constatación y recomendación sobre la base de la constatación

Los cuatro cargos públicos mejor pagados en España están en Cataluña. Ser presidente de la Generalidad, presidente de la Diputación Provincial de Barcelona, alcalde de ciudad condal, o presidente de la Diputación Provincial de Lérida renta más que cualquier otro cargo público electivo en España. No juzgo. Sólo constato.


Recomendación al lector sobre la base de la constatación.

De las cuatro canonjías, la más sencilla de conseguir es, sin duda, la de presidir la Diputación Provincial de Lérida. El actual presidente, maestroscuela, pertenece a un grupo político que obtuvo tres diputados de un total de veinticinco. El 12% de los diputados provinciales, toma ya. Ya saben, deber ser por cosas como esta por la que la democracia en Cataluña está más avanzada que en el resto de España. Así que ya sabe, desocupado lector, tres diputados provinciales en Lérida y a vivir, con 108.000 euros al año, que son dos días.


Corolario. Dicen que Josep Pla comentó mientras su avión se acercaba, de noche a Nueva York, al ver las luces de la ciudad: “Y todo esto, ¿Quién lo paga?” Pues con lo de Andalucía, lo mismo.

6.9.07

Lecturas agostiles (III)

Siguiendo la recomendación de Huber, leí El Maestro y Margarita, de Bulgakov. Se trata de una novela ambientada en la Unión Soviética y con un argumento sorprendente: el diablo decide ir a Moscú. Libro irónico. Una crítica bajo la máscara del humor a la sociedad y la política soviética; escritores que sueñan con privilegios mientras los ciudadanos sufren escasez y colas; las mujeres de la alta sociedad soviética que cambian sin problemas su revolución por unas medias de seda. Comercios donde se paga en divisas. El fraude, en fin, del comunismo bajo la máscara de un divertimento. Entre medias, quizá los mejores momentos literarios del libro, una crónica desgarradora de los días previos y posteriores a la muerte de Jesús de Nazareth en Jerusalén. En el palacio de Poncio Pilatos. De camino al gólgota. La muerte de Cristo, vista de la óptica de Pilatos. ¿Qué relación tiene esta historia con el Moscú de la época soviética? Permitirá, desocupado, que no se lo revele. La respuesta está en la novela…


PS: La UGT de Galiciarexeita categoricamente todo intento de división por este motivo [nacionalismo], da clase traballadora galega coa do resto do Estado, que como clase, ten os mesmos intereses fronte á burguesía”. No me digan que no es un texto entrañable para haber sido aprobado en julio de 2005.


PD. Principian las mejores fiestas de Sanabria. Las Victorias. La Puebla, engalanada.


5.9.07

Generaciones

Escribo, mientras cae la tarde, en el jardín de mi casa. En Sanabria. Ventajas de los portátiles. Hace un rato, mi padre le hacía carantoñas a su primera nieta, Elicia. Está feliz con ella. Y juega con ella como nunca lo había visto jugar. Pienso que, a veces, la historia tiene finales felices.


Mi padre nació en 1932. Su país atravesaba una época convulsa que, pocos años después, se resolvería a la brava, mediante el castizo recurso a una guerra civil. En la postguerra pasó hambre. Tengo por ahí su cartilla de racionamiento. Un niño de doce años al que el Estado le daba la comida racionada. Con catorce, marchaba, andando, a trabajar a un túnel. Mierda de Estado que manda a trabajar a sus niños de catorce años. No pudo estudiar y cuando cumplió los veinte, la única salida era la emigración. Luego llegó su hijo. Nació en los setenta, con su país atravesando de nuevo otra época convulsa, tras la muerte del General Franco. Pero esta vez, quizá porque el simplón no estaba aún en política, la cosa acabó bien. Su hijo, que ya no pasó hambre, pudo estudiar. De pequeño en casa en Sanabria aún hacía algo de frío, pero aquello se acabó solucionando. Ahora llega su nieta. Todas las comodidades son pocas. Nada de hambre, por supuesto. Calefacción. Silla en el coche. Agua esterilizada. Mi padre sonríe. Mi hermana cree que es por la niña. Yo creo que también, pero sólo en parte. Creo que mi padre sonríe porque debe recordarse a sí mismo con quince años apostándose con el destino a que conseguirá un futuro mejor para sus hijos y sus nietos. Y sonríe porque ha ganado.


A veces, las historias terminan bien. Lo decía Gabriel Aresti, quizá el mejor poeta en eusquera del siglo XX: Batzutan esan zaharrak erratzen dira, que en castellano viene a ser algo así como “A veces, los viejos decires se equivocan”. Pues eso.


Cita de hoy:

La consigna estaba clara. Los institucionalistas no vamos a la zarzuela, ni a los toros, no a los colmados, y en la medida de lo posible evitamos el trato sexual con españolas, esos animales con anillos de oro colgando de las narices, cubiertas de pedrería, plumas y bordados, la navaja en la liga y la falda chorreando sangre.

La Institución [para Giner] era un islote de Europa en un océano de barbarie.

Marco, José María: Francisco Giner de los Ríos: pedagogía y poder. Península, Barcelona, 2002. Página 332


4.9.07

Lecturas agostiles (II)

Quizá los libros también elijan a sus lectores. Hay libros que esperan, pacientes, a que su lector se acerque a ellos y lo haga suyo primero con sorpresa y luego con autoridad. Algo así me pasó con Mi vida, mi libertad, la autobiografía de Ayan Hirsi Alii. Lo compré hace meses en el Círculo y lo tenía rondando por casa. Todavía no, me decía a veces cuando buscaba libro por entre las estanterías. Finalmente, me decidí a cogerlo poco antes de irme a los Estados Unidos. El libro ha sido todo un descubrimiento. Escrito sin rencor, Ayan cuenta la historia de su vida, desde su nacimiento en la Somalia del dictador comunista Siad Barre. La vida de una niña de familia rural que se traslada a la ciudad: las costumbres, la insistencia de su abuela porque no pierda el contacto con el campo, los problemas de su padre, un opositor a la dictadura. El mundo islámico somalí. Un mundo tribal, obsesivo para con la mujer. Un mundo de linajes en el que los niños han de memorizar a sus antepasados. Algo que pone los pelos de punta: la descripción de la mutilación genital femenina a la que somete a las mujeres. ¿Qué hay detrás? Una concepción medieval del honor y una visión de la menstruación como algo impuro que convierte a la mujer en un ser inferior…

Años después, Ayan marcha a Kenia. La vida en un campo de refugiados. Una familia que se desestructurada. Un padre que vuelve a casarse en Yemen pero, preocupado por sus hijas, arregla un matrimonio para Ayan con un somalí residente en Canadá. Armada de valor, Ayan se escapa en una escala del vuelo y ahí empieza, poco a poco, su vida pública. Refugiada en Holanda, al poco tiempo, intérprete de somalí para otras refugiadas. La universidad, el permiso de conducir. Sus primeros acercamientos a la socialdemocracia holandesa son especialmente relevadores, porque muestran bastante bien la sorprendente empanda mental que atenaza, desde hace más de quince años, a la izquierda europea sobre algunos temas tan importantes como la emigración. Finalmente, su llegada a las filas liberales, su amistad con Theo Van Gogh y su posterior salida del país.


El libro alterna las reflexiones profunda (vg. sobre el modelo de tolerancia holandés cuando las comunidades que llegan no comparten los valores mínimos del país de acogida) con situaciones emotivas (su relación con una hermana víctima de la anomia en Holanda) y supone un magnífico documento para conocer, de primera mano, los problemas de integración que hay en Europa con ciudadanos de religión islámica.


Muy recomendable y, por una vez, me atrevo a hacer una distinción por sexos. Tengo la sensación de que se trata de un libro que impresionará mucho más a mis desocupadas lectoras que a mis improbables lectores. No dejen de leerlo. No les defraudará.


3.9.07

Lecturas agostiles (I)

Quizá no esté todo perdido. Queda, a lo que parece, una cierta izquierda en España que sabe leer y escribir. Uno de los tres libros que he disfrutado este agosto ha sido El Estado fragmentado, que el profesor Sosa Wagner ha escrito con su hijo Sosa Mayor. Es un texto magnífico que, en mi opinión, va de más a menos. El Cuaderno Primero, que ocupa casi la mitad del libro, es un esclarecedor repaso de la historia de la Monarquía del Danubio, desde sus orígenes hasta su disolución, pero haciendo especial hincapié en los sucedido durante el siglo XIX. Aunque no sea educado citarse a uno mismo, El Perdíu tiene por ahí escrito, hace ya muchos años, que lo que más les gustaba a Lluch y a su gente del modelo austriaco no es cómo funcionaba, sino cómo acabó. Uno va leyendo el cuaderno y a veces parece pensar que le están hablando de España: los intentos húngaros no sólo por tener más autonomía, sino por conseguir que los demás no la tuvieran (para que su estúpida “singularidad” no quedara oscurecida por nadie), la locura de disponer de espacios de bilateralidad en un Estado tan complejo, la niñería fascista de conseguir que localidades con dos o tres nombres en diferentes idiomas sólo pudiesen ser conocidas oficialmente por uno. El acabar con el bilingüismo en los nombres de las calles. La reclamación de la “pluralidad” del Imperio mientras se intentaba construir, en Hungría, un territorio étnica y lingüísticamente homogéneo, los intentos y los éxitos de acabar con el alemán como segunda lengua en las escuelas, para conseguir que en cada territorio del Imperio la gente sólo hablara un idioma, acabando así con siglos de bilingüismo… ¿Le suena todo esto de algo, desocupado lector? Este primer cuaderno se lee con interés y se apoya en datos, lo cual no es muy habitual.

El segundo cuaderno muestra a un espectador atónito ante el proceso de reformas estatutarias emprendido por las élites políticas en nuestro país. Los autores cantan las verdades del barquero. Y en un país en el que el nivel del debate público es tan pobre, es de agradecer. Hay un par de capítulos especialmente brillantes, los referidos a los derechos históricos y a la lengua propia. A ver si algún día, desocupado lector, podemos reflexionar con calma sobre ese barbarismo jurídico que supone que haya poblaciones que pretendan obtener ventajas a cuenta de las leyes del siglo XIV, sin que se les aplique ninguna de sus contrapartidas. Añadiendo, comos señala el profesor Sosa, que de dichas leyes sólo se cogen, confusamente, las partes que interesan.

Finalmente en el tercer cuaderno, más flojo a mi entender, el autor hace una encendida defensa de los Estados grandes y supranacionales como garantes de la igualdad, y hace un ataque a los pequeños Estados, a los que imagina devorados por la gran banca y el capitalismo internacional. Aunque la tesis que expone es interesante y no anda escasa de razón en algunos momentos, ahora la forma se vuelve más militante y el autor empieza a buscar demonios (básicamente el neoliberalismo) para poder explicar lo que a su juicio es una evolución negativa de las democracias capitalistas.

Interesante lectura, desocupado lector.



PD: Aquí disfruta las vacaciones el mismo tirano hereditario que prohíbe a sus súbditos entrar en los hoteles extranjeros en Cuba.



Cita de hoy

El resultado era la nacionalización del día a día, entendida ésta como un intento […] de elevar el criterio de lo nacional al estatus de única categoría válida del discurso social, político y cultural. El ciudadano de a pie se venía envuelto las veinticuatros horas del día por unos razonamientos que medían con el rasero de lo nacional todos y cada uno de sus actos, desde la lengua que hablaba hasta la música que le gustaba, desde las tiendas en las que compraba hasta el partido al que votaba…

Sosa Wagner Francisco y Sosa Mayor, Igor: El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España. Editorial Trotta, Madrid, 2007. Página 118.


1.9.07

Día 12. De vuelta a casa

Nos levantamos con la fresca. Àngel, Jimena y yo salimos de paseo. Desayunamos en Pershing Square, frente a la estación central. Un dominicano nos atiende. Queremos andar la ciudad y a ello nos ponemos, Hay un mercado que ocupa varias manzanas. Empezamos a subirlo. Jimena se relaja la espalda a manos de un especialista japonés. Camisetas, comida, gafas, herramientas. Todo se vende. Hay algo de ironía en el contrapunto que suponen los rascacielos como fondo y las baratijas como sustancia. Volvemos a ver Central Park, pero ahora lo bordeamos. Seguimos de paseo y entramos en la tienda oficial de la enebea. De adolescente, en la época de los grandes duelos entre los Lakers y los Celtics, yo era seguidor de estos últimos, así que me marco un pequeño homenaje adquiriendo un gorro verde decorado con un trébol. La ciudad es un paseo por el mundo; la sede de Tiffany, la de Playboy, el iphone… apenas queda nada que no esté por aquí. Quizá hasta me haya cruzado con algún personaje de Woody Allen. Qué lejana queda España desde Broadway; qué pequeños aparecen nuestros problemas y qué insignificantes somos, como país, en el concierto mundial.

Hay que viajar, pienso mientras volvemos al hotel, donde vamos a almorzar antes de salir para el JFK. Es nuestro único antídoto contra el medio en el que hemos nacido. Es la única manera de intentar construirnos como personas frente a las identidades que nos trata de imponer nuestro entorno natural. Al fin, almorzamos. Al aeropuerto nos lleva un taxista de Sri Lanka que habla un inglés espantoso. Como no le gusta el túnel, nos hace salir de Manhattan por los puentes. También lleva su música puesta, quizá porque aún no ha entendido que la patria es aquella que da de comer a sus hijos. En cualquier caso, salir de la isla a través de uno de los puentes es una hermosa forma de despedirse de esta ciudad.

Llega la hora de hacer balance. Estados Unidos es un gran país. El viaje ha sido fascinante y muchos aspectos han impresionado al Perdíu. Ha habido también impresiones negativas, pero tengo una duda. No sé hasta qué punto muchas de ellas son únicamente el rechazo que nos produce lo diferente. Por ejemplo la estética. No tengo claro que mi concepto sea mejor, y quizá lo rechazo únicamente porque no es el mío. Está también el caso del transporte público. Objetivamente, el Metro de Madrid está varios escalones por encima en cuanto a calidad y conservación de cualquiera de los metros que hemos visto aquí, pero claro, la mitad de la red de metro de Madrid tiene menos de quince años. En Boston, el metro tiene más de setenta. Así que creo que es importante contextualizar. Veremos como está el metro de Madrid en el año 2075. Empero, algunos otros aspectos son menos discutibles. El proceso de vaciado de los centros de las ciudades parece conducir al país a un nuevo modelo de segregación que ya apuntó, con su maestría habitual, Kaplan en su Viaje al futuro del imperio. Hay suburbios pobres, algunos con un nivel de deterioro estructural que quizá no tenga parangón en España.

Llegamos al aeropuerto. No queda mucho más ya por hacer. El sistema de gestión de esperas de Delta es francamente mejorable, pero es lo que hay. Embarcamos, el viaje de vuelta es más ligero que el de ida. Aterrizamos en Madrid. A dormir un rato. Sanabria nos espera. Cuando uno acaba de llegar de la capital del mundo, el mejor rincón para descansar suele ser el que más lo aproxima a su infancia.

31.8.07

Día 11. En la capital del mundo

Madrugamos. Hay tráfico, pero el viaje no se hace muy pesado. Lo peor de las carreteras norteamericanas son los límites de velocidad, que oscilan entre los 89 quilómetros por hora en algunos Estados a los 73 en otros. Paramos en una gasolinera y nos extraña ver que no es autoservicio. Una ley del estado de Nueva Jersey prohíbe las gasolineras en modo autoservicio. ¿Qué pasaría en España si una Comunidad legislara eso? ¿Se rompe por ello la unidad de mercado? Cuando entre las partes hay lealtad, los problemas empequeñecen.

Otra cosa llama la atención a un europeo; la pienso ahora que veo que la capital de este Estado de NJ es Trenton en vez de Newark (aquélla es tres veces más pequeña que esta), es la de que la capital de los Estados esté en ciudades que, con el paso del tiempo, se han quedado en nada. La capital del Estado de Nueva York es Albany (el puerto al que más arriba podían llegar los barcos por el Hudson); la capital de Connecticut es Hartford y no Bridgeport; la de California, Sacramento, la de Pensilvania es Harrisburg y no Filadelfia…

Llegamos de nuevo a Manhattan. Ahora nos alojamos cerca de las Naciones Unidas, en el Hotel Tudor. Salimos a por la ciudad. Jimena decide ir al MOMA; Carles, Àngel y yo queremos ir al Empire State. Cuando llegamos, la cola nos hace desistir. El guardia de seguridad nos dice que el tiempo de espera medio es de dos horas. Ni locos nos quedamos. Así que seguimos paseando por la ciudad. Manhattan no se acaba nunca. Edificios, empresas, personal, todo heterogéneo, todos indiferentes unos de otros. Al pasar por Madison recuerdo El Federalista y el importante papel que él y sobre todo Hamilton jugaron durante el invierno de 1787 cuando apostaron públicamente por un gobierno federal fuerte que superara los egoísmos de los Estados. No les vendría mal leerlos a alguno de nuestros políticos analfabetos, ahora que andamos todos en ver qué Comunidad Autónoma es más singular que las demás. A mí en la facultad de estas cosas me hablaba Ramón Cotarelo. Qué tiempos aquellos en los que había algo parecido a una izquierda ilustrada en España. Seguimos de paseo. Entramos en Macy´s, hay que aprovechar la depreciación del dólar y hacer algunas compras. A la hora del almuerzo nos reunimos de nuevo con Jimena. Elegimos un italiano y decidimos ir por la tarde a Chinatown. Para ello, tomamos el destartalado metro neoyorquino.

Al igual que ocurre en otras partes del país, cuando el viajero llega a Chinatown le parece haber estado allí antes. Hemos visto tantas veces esas imágenes. Empieza el juego. Alguien te ofrece un reloj, otro te dice que conoce a alguien que puede saber algo de la marca por la que preguntas. Para las camisetas y otros artículos similares, el regateo es al por mayor. Tras hacer algunas compras, volvemos en metro. En la parada, las indicaciones están también en chino. Bajamos en Central Park. Pequeño paseo, compras de algunos libros. Entramos en un bar. El camarero es irlandés. Cuando le decimos que venimos de España nos dice “Fernando Torres, Atlético”. Para que luego digan que son unos pupas.

Cuando llega la hora de la cena, elegimos un restaurante cercano al hotel. Es caro, para lo que ofrece, pero estamos en Manhattan. Una copa de vuelta. Va habiendo cansancio, pero también nostalgia. Mañana por la tarde volvemos a España.

30.8.07

Día 10. En la tierra de los cuáqueros

Filadelfia, la ciudad del amor fraterno, fue fundada como una utopía. Urbanizada en cuadrículas, a cada colono se le concedía una. Llegamos temprano y nos alojamos en un hotel cercano al río. La dinámica de los hoteles norteamericanos es extraña. El chequin se hace a partir de las tres de la tarde, pero el checaut se hace a las once de la mañana. Así que tenemos que dejar las cosas en el coche y echarnos a andar por Race Street para descubrir la ciudad. Aquí se concentra una parte importante de la historia del país. Tras dejar atrás el Constitution Center, El turista entra en el Independece Visitor Center, un Centro de Recepción de Visitantes en sentido amplio. La historia del país y la importancia de la ciudad adecuadamente contextualizada. Un poco más adelante, el Liberty Bell Center edificio donde guardan la histórica Campana de la Libertad. Un video explica la importancia de la campana en la historia del país, tanto en la lucha por la independencia, como en la lucha contra la esclavitud. “Llevad la libertad hasta el último rincón del territorio”. El mito del adán norteamericano. La última frontera. El territorio de la libertad.

Seguimos paseando por la ciudad colonial y nos adentramos en el Independence Nacional Historical Park. Ante nosotros se alza ahora el Independence Hall. El edificio donde se redactó la Declaración de Independencia; quizá el más hermoso texto político de los últimos siglos y que ocupa, junto con el discurso fúnebre de Pericles, un puesto en el altar de la libertad:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.

Almorzamos en un restaurante cercano y volvemos al hotel. Tras registrarnos y dejar las cosas, seguimos nuestro paseo por la tarde. Ahora nos toca ver la Filadelfia moderna. El Ayuntamiento de la ciudad es un edificio extraño para estos lares: demasiado recargado, demasiado europeo. Seguimos caminando. Un templo masónico al lado de una iglesia. Caminamos por la Benjamín Franklin en dirección al Museo de Arte. La Catedral de San Pedro y San Pablo. Tomamos unas cervezas en un pub. Hojeo la prensa local. Siguen impactados por el hundimiento de un puente. Para volver al hotel, decidimos tomar el 38, pero cometo un error pensando que da la vuelta y lo cogemos en dirección contraria. Pasamos por los barrios pobres blancos, luego los barrios pobres negros y, al fin, tierra de nadie. Nos apeamos. Oscurece. Esperamos un taxi. Hay cierta inquietud. A un lado, un centro comercial, al otro, nada. Cae la noche. Por fin aparece un taxi, las mujeres y Carles van en él. Quedamos Àngel, Hornuez y yo. Sigue la espera. Por fin, aparece otro. Volvemos al hotel. De camino, a la vez que pasamos por las casas iluminadas en la ribera, el taxista nos ofrece putas y otras delicatessen locales. Declinamos la oferta con cortesía. Decidimos cenar por la zona, en el Columbus Blvd., cerca del puerto. Entramos en una gran nave; junto a la zona de cenas, hay una de juegos. ¿Imaginan el formato? Enorme. No hay tiempo para copa. Mañana queremos irnos temprano a Nueva York y, aunque la distancia es pequeña, suponemos que habrá atasco.

28.8.07

Día 9. Una ciudad sobre la colina

Soy de sueño ligero. Es una característica clásica de las personas con poco apego al trabajo. Me despierta, poco antes de las seis, una tormenta de verano. Es agradable el sonido de la lluvia. Me vienen a la cabeza los acordes de una canción de cuando El último era El último: “todo el día llovió, toda la noche lloviendo”. Nos ponemos de camino hacia Washington. Sigue lloviendo. El atasco, para dejar atrás los alrededores de Pittsburgh, es importante. La mañana se nos va conduciendo y a eso de la una divisamos la capital. Tardamos en acceder, aunque hace rato que vemos el Potomac. Cuando llegamos a la ciudad, decidimos aparcar y comer antes de que nuestra única opción sea un McDonalds. Encontramos un restaurante y entramos. Una de las camareras, salvadoreña; el otro, etíope. Cae un café y volvemos al coche. La ciudad, quizá una de las primeras del mundo en ser planificada expresamente para ser capital, engaña en cuanto a las distancias. Calles interminables y distancias más relevantes de lo que parece a primera vista. Aparcamos cerca de la Casa Blanca y nos dirigimos a ella caminando. Llegamos por fin al 1600 Pennsylvania Avenue, la dirección postal más escrita del mundo.

Vallespín nos contaba en un curso hace muchos años que la estética de los edificios de la capital de Estados Unidos está más relacionada con el intento de hacer un país nuevo sobre la imagen de Roma, que simplemente con el neoclasicismo en boga en la época. Aquella ciudad que se creaba sobre la colina recuperaría de las fuentes clásicas las mejores virtudes y orillaría para siempre la decadencia en la que se habían sumido las sociedades europeas.

Damos una vuelta por el perímetro de la Casa Blanca. El Departamento del Tesoro. Turistas. Magris hace en El Danubio una magnífica reflexión sobre esos estúpidos turistas que se quejan de que los sitios a los que van están llenos de turistas sin pensar, siquiera un instante, que ellos también son un estorbo para las fotos del resto de turistas que piensan, exactamente, lo mismo de ellos. Hay policía en cada esquina. Vemos el Obelisco. Tomamos el coche y vamos hacia el Capitolio. La sede del legislativo estadounidense y una de las siete colinas de Roma. Otro edificio impactante. No temáis la grandeza, decía Shakespeare.

Aquí ya votaban cuando en España estaba Fernando VII y unos cuántos catalanes le pedían más firmeza y que, con dos cojones, reestableciera la Inquisición. Aquí ya votaban cuando en España gobernaban espadones. Aquí iban a las urnas mientras en España gobernaban generales golpistas, o se hacían con el poder republicanos locos o egocéntricos. ¿De qué coño se ríen los progres en España?

Un poco de paseo por la ciudad antes de volver al coche. Queremos dormir en Baltimore, una ciudad que, antes de pisarla, nos suena a la generación perdida, a absenta y a los decadentes años veinte. La ciudad está cerca. De salida a la autopista, vemos desde fuera el Robert F. Kennedy Memorial Stadium, en el que juega DC United, que se enfrenta a esta hora con LA Galaxy en lo que supone el debut de Beckamm en la liga norteamericana.

El camino es ligero. Cuando entramos en Baltimore vemos un par de estadios, uno del (incomprensible) fútbol americano y otro del (aburrídisimo) béisbol. Nos alojamos y salimos a ver la ciudad. Caminamos por el puerto. La noche es agradable. Los edificios de oficinas se alternan, en caótico desfile, con las tabernas del puerto. En Baltimore está atracado el buque insignia de la marina de guerra de los Estados Unidos. Cenamos por allí. El vino, nuevamente de California, vuelve a ser flojo. Las cartas de vinos muestran caldos, flojos a lo que vemos, de entre 20 y 30 dólares, y luego grandes caldos de más de cincuenta por botella.

Durante el paseo ligero antes de volver al hotel. Vemos un restaurante español, pero no hemos venido aquí a comer gazpacho. Mañana nos espera la ciudad del amor fraterno. Hay que recogerse.



24.8.07

Día 8. Hacia Pittsburgh

Madrugo. Jimena queda durmiendo. Nos acercamos a un cibercafé para reservar los hoteles que nos quedan. El progreso. Españolitos de clase media haciendo un viaje a golpe de Internet y de gps.


Desayunamos. Entramos en un sitio especializado en desayunos. Está lleno. No lo sabemos pero vamos a presenciar uno de los momentos estelares del viaje. Pedimos unas tostadas, unos zumos y, cuando llegan los cafés, le pido a la camarera “hot milk”, Just Hot Milk, please”. Me mira con cara de asombro. Va a la cocina. Vuelve. “No tenemos leche, lo siento”. Un lugar de desayuno, con más de cien clientes, no sirve leche. Usted puede tomar panceta, tortilla, mermelada, mantequilla, café, soja y casi todo lo que se le ocurra. Pero no hay leche.


Nos acercamos de nuevo a las cataratas. Esta vez vamos a entrar. Sacamos tiques para el Maid of the Mist. Hermoso y poético nombre. Buques que se acercan a las cataratas. Hace calor. La cola es larga. La organización la ameniza. Un grupo de jóvenes te hace una foto tras rogarte que sonrías y luego te la vende. También te venden montajes en los que salen paseando por encima de las cataratas. Por fin entramos. El buque va hasta arriba. Un pequeño chubasquero azul. A nuestro lado, un matrimonio ruso con sus hijos. Nos acercamos. El agua empieza a salpicarnos. El rugido es ensordecedor. Merece la pena. Mis gafas están ya caladas, pero no dejo de mantenerle la mirada al coloso. El agua. De ahí venimos. Bienvenido a casa.


Nuestro GPS decide que entremos a Estados Unidos por Búffalo, lo que hace que hagamos unos treinta quilómetros por una autovía canadiense. La cola en la frontera, parados “puntacima” de un puente, es monumental. Cuando entramos, nos ponemos de camino a Pittsburgh. La ruta nos lleva un rato en paralelo al lago Eire. Parece un mar. Qué pequeño queda el Lago de Sanabria desde aquí. No hay como viajar para poner las cosas en su justa medida. Comemos en un McDonalds ubicado en un área de servicio. Entramos en Pensilvania. El bosque ha cambiado, apunta sagaz Hornuez. Se abren más claros y se ven más casas.


Fascinante Estado, Pensilvania. Fundado por William Penn, vástago de una adinerada familia británica a la que la Corona debía mucho dinero. A finales del XVII, creó una sociedad en la que se garantizaba no sólo la libertad de culto sino, en cierta medida, ciertas libertades civiles. Los poderes estaban razonablemente separados y, de hecho, sus leyes fueron una fuente de inspiración para los independentistas un siglo después. Mientras, en Europa, el modelo presentaba características tan simpáticas como el absolutismo francés y las guerras religiosas.


Llegamos por fin a Pittsburgh. Tras registrarnos en el Hotel, vamos a dar una vuelta por la ciudad. El downtown es pequeño, y en él se repite esa caótica forma de superponer edificios y estilos sin aparente orden ni concierto. La ciudad ha sido tradicionalmente la capital del acero en el país. Tiene, además, un alcalde de 27 años. ¿Se imaginan en España a una gran ciudad con un alcalde tan joven?


Empieza a caer la tarde. Nos dividimos. Carles, Jimena y yo entramos en un bar. Todo como en las pelis: música en directo, y sitio sólo en la barra. Para hablar, has de girarte para ver a tu interlocutor. La televisión retransmite fútbol europeo. Cuando volvemos a juntarnos todos, entramos a cenar en un griego. A los postres, el camarero nos ofrece el “postre Onassis”. Intrigados, preguntamos. Resulta que el cocinero del restaurante lo fue durante años del yate de Onassis, y allí diseñó un postre que era el favorito del patrón. Lógicamente, pedimos probar el postre. No está mal. Al acabar la cena, buscamos al cocinero. Tiene las manos grandes. Está envejecido. Charlamos un rato con él.


Llega la hora de volver al hotel. Los días van pasando factura y mañana nos espera Washington, la capital de aquel país que surgió con la idea de ser “una ciudad sobre una colina”.


23.8.07

Día 7. Niágara (II)

La presencia de las cataratas marca la vida de gran parte del pueblo. Enfilamos la calle que nos lleva al motel, convertida a su vez en un enorme motel de todos los colores: grandes, pequeños, cutres, dignos, más cutres…

Tras hacer el chequin, empezamos a andar hacia las cataratas, tomando Victoria Ave. El espectáculo es desolador, al menos para los ojos de un europeo de clase media. De camino, y hasta que enfilamos Clifton HI, no hay más que tiendas de todo a cien y chiringuitos para comer barato. Pensamos en el horror, pero no sabemos que nos espera algo peor al doblar la esquina de Clifton. Fíjese por donde hemos ido a encontrar la apoteosis del mal gusto no en los EEUU sino en Canadá. El espectáculo es inenarrable. A menos de quinientos metros de las cataratas una sucesión interminable de museodecera, bolera, casa de los horrores, todo a cien, baila en la calle, come barato, caraoque, camisetas baratas, perritos calientes, museo de los horrores, tren de la bruja


Y de repente, al llegar a Victoria Park, el viajero se sorprende. La pesadilla termina. De frente, las cataratas. Son dos, la estadounidense y la canadiense. La primera es más pequeña y menos espectacular. Tiene rocas acumuladas en la base y hace que la caída del agua pierda impacto. La brutal es la candiense. Esta foto está tomada desde el borde mismo desde el que empieza a caer el agua. El sonido es impactante.

Se nos va la tarde viendo no sólo las cataratas, sino también a la variada fauna que las visita. Decidimos subir a ver la Skylon Tower y, si tal, cenar allí. Las vistas hacia las cataratas son impresionantes. Finalmente, cenamos. Un buffet con un cierto salmón y algo de fruta. Ahora podemos ver las cataratas iluminadas.

Estamos cansados ya. Vamos a dormir. Mañana hay que madrugar porque queremos hacer muchas cosas en poco tiempo

22.8.07

Día 7. Niágara (I)

Continuamos nuestro viaje hacia el oeste. El Desayuno en el motel causa cierta hilaridad. Algo parecido a café, una magdalena y sucedaneo de mermelada. Subimos al Expedition. Caen los quilómetros. Aunque Jimena trajo “El concierto de Aranjuez”, hemos optado, tras el primer día, por poner como sonido de ambiente la música de la radio. En algunas de las Áreas de Servicio, se ven monumentos y placas en recuerdo de los patriotas muertos, bien en el XVIII, bien en el siglo XX. La persistencia de la memoria.

Al final de la mañana llegamos a Búffalo. Restos fabriles camino del downtown. Este eclecticismo norteamericano es desconcertarte para un europeo: rascacielos pegados a edificios del XIX. Aparcamos en la zona histórica de la ciudad y, como se va haciendo tarde, buscamos algún sitio para comer. Un restaurante griego es la solución. Por fin, después de varios días, algo de pescado con arroz. Reparador. A la hora de comer, en el grupo nos dividimos entre los que disfrutan de la gastronomía local (Carles y Miri), los que alternan y son infieles sin rubor (Chorch y Gelito) y los que preferimos cosas algo más europeas (Jimena y yo). Para tomar el café, cruzamos la calle y entramos en un espacio diminuto que parece sacado de una película: la puerta y la pared, horadada por un gran ventanal , son rojas. Un negro fuma sentado en la puerta. El camarero, joven, nos invita a pasar. Apenas hay sitio, pero el lugar tiene encanto, caliu. Los cafés los hacen con máquina y nos sientan a gloria. Sentados, charlamos. Empieza a llover. El café no tiene aseo. Cosas que pasan. Es hora de seguir la ruta por Búffalo, pero ahora en coche. Vemos un poco la ciudad y enfilamos al motel en el Niágara.

Llegamos poco menos de media hora después. Diluvia. Bajamos las maletas. Hay un problema. No tenemos ninguna habitación reservada. Insistimos, la mujer que nos atiende en recepción busca en el ordenador y nos explica, paciente y amable, que la reserva que nos hicieron ayer era para esa misma noche y no en este motel. ¿Dónde nos reservaron? Preguntamos. Not very far, dice el que parece ser el jefe. Ella nos aclara que a unos quinientos quilómetros. Qué relativas, las distancias.

Protestamos. Nos indignamos. Ella nada puede hacer. Además, el cargo a la tarjeta ya está hecho. Nuestra loca de ayer nos la jugó bien. Pedimos habitación en este; en algún sitio hay que dormir. Están llenos. Nos cagamos todos en la puta. Le pedimos que haga el favor de llamar al Súper 8 que está en el lado canadiense. Quedan habitaciones. Reservamos. Damos las gracias. Volvemos a cargar. Salimos. Sigue lloviendo. Hay que pasar el Rainbow Bridge, que separa Canadá de los Estados Unidos. En la aduana, los canadienses nos hacen las preguntas de rigor y nos dejan pasar sin problemas. A un lado, el Lago Ontario, al otro, el Lago Erie; entre medias, las cataratas del Niágara.

21.8.07

Día 6. Un alto en nuestra ruta hacia el oeste

Partimos hacia el oeste. La primera sorpresa llega la dejar el hotel. Las llamadas entre Estados son a doce dólares el minuto. Toma ya. Se nos salen los ojos de las órbitas. Pagamos, qué remedio, y nos ponemos en ruta. Varios de los coches que adelantamos llevan una pegatina en forma de lazo, con los colores de la bandera de los EEUU y en la que se puede leer: “support our troops”. Si la encuentro la compraré. Estas cosas no salen nunca en las infantiles crónicas que nos endilgan a diario los socialistas de todas las televisiones españolas cuando hablan de los Estados Unidos. Paramos en un Área de Servicio. El concepto es tan diferente al de España que asusta. Para empezar, la gasolinera está separada del resto de negocios. Cuando has repostado, entras en el área en sí, y allí no fallan el McDonalds, la pizza y todas las guarrerías de chocolate que se le puedan ocurrir, desocupado lector.


El viaje, pese a las horas de coche, no se hace largo. Los bosques son interminables. Atravesamos quilómetros y quilómetros en los que no se ve otra cosa. Tienen, los bosques, algo de inquietantes. Por fin, nos acercamos a Amsterdam, donde nos alojamos en un motel de carretera. Es casi la hora de comer. Tras registrarnos, entramos en el pueblo. Son casi las dos y media y ya apenas hay ningún bar abierto para comer. Vemos un cajero al que se accede desde el coche. También un buzón de correos para coche. Las calles están relativamente sucias. En el casco vive una clase media relativamente depauperada. En el porche de una casa ondea una bandera del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Alguien descubre un McDonalds. Será nuestra salvación. Antes de entrar, vamos a la pharmacy a hacer unas compras. ¿Sois de por aquí? Nos pregunta la dependienta. El concepto de la community. Tras el almuerzo, nos ponemos en ruta hacia el Lago Sacandaga, que cierra por el sur un enorme Parque Natural. Bordeamos durante algunos quilómetros el lago. No se ve demasiada infraestructura turística. Si se lo dejaran un par de años a lo de marinador, se iban a enterar de lo que vale un peine. Hacemos un alto en Northville. Esto empieza a parecerse a lo que uno imagina de la America profunda. Un Instituto con un enorme campo de soccer. Niños jugando, uno con la camiseta del Madrid. Quizá algún día el fútbol europeo acabe arraigando en los EEUU, y veamos una NBA llena de europeos y unas ligas europeas llenas de jugadores yanquis.


Cae la tarde. Tornamos a Ámsterdam. Recorremos en coche la zona deprimida del pueblo. Población negra en casas pobres. También algo de lo que se ha dado en llamar white trash. Entramos en un bar. Como en las películas. Una barra, una mesa de billar y una máquina para poner discos. “¿Qué cerveza bebe aquí la gente” le pregunto al camarero; unos cincuenta años, delgado para los estándares de la zona. “Bud”, me contesta. Empezamos a beber. Chorch pone algo de música. Los del billar siguen a lo suyo. Charlamos. Ahora Carles toma un güisquito. Cenamos en el bar, un sándwich y alguna hamburguesa. Jimena ríe. Se nos hace tarde y estamos cansados. Directos al motel.


Ahora la recepcionista ha cambiado. Unos cuarenta y cinco. Desaliñada. Sus gafas proceden de una película de los setenta. Le pedimos que nos reserve habitación en el Super 8 de Niágara, nuestro destino de mañana. Reacciona de manera extraña: hace aspavientos, señala el teléfono, se levanta, habla con alguien, gruñe. Quizá white trash. Al final, nos dice que ok, que ha reservado. Nos vamos a dormir. La habitación, como todas, tiene una pequeña máquina para hacer café. Pero es un café malo, dice Jimena. Los cafeteros lo pasan mal aquí. Incluso a mí, que en España siempre tomo “café americano”, el de aquí me parece demasiado aguado.


Tiempo de dormir, pues.

20.8.07

Día 5. Boston

Amanece. Desde nuestra habitación se ve a la ciudad reflejada en el río Charles. Viendo los cauces y caudales estadounidenses uno siente cierta ternura por el padre Duero que cantara Claudio Rodríguez. En Boston el turista puede ver los monumentos más importantes sin ayuda externa. Una senda de varios quilómetros, denominada “la Ruta de la Libertad” (The Freedom Trail) guía al viajero por aquellos sitios que no debe perderse. Los norteamericanos saben de dónde vienen y les gusta recordarlo. Saben que la libertad es difícil de conseguir y compleja de gestionar. Echamos a andar. Nuestra ruta principia en el Faneuil Hall, un mercado del XVIII. También son gente práctica. Una de las paradas de la ruta es un edificio del XVIII que ha sido reconvertido, parcialmente, en boca de metro. Llegamos a uno de los cementerios históricos de la ciudad. Aquí están enterrados algunos de los patriotas que fueron asesinados por los británicos al comienzo de la guerra. Me gustan los cementerios históricos. Sus lápidas nos muestran la fugacidad de la vida y la persistencia de la memoria. Abandonamos parcialmente la ruta. A cada paso nos asaltan hamburgueserías y pizzerías. La mala alimentación de los estadounidenses es legendaria. Un monumento, sobrio, a las víctimas del Holocausto. Qué hubiera sido de Europa sin la intervención de los EE.UU. en la segunda guerra mundial.


Nos adentramos en little Italy. Una placa recuerda a los hombres del barrio “who gave their lives in defense of our country”; los nombres y los apellidos son todos italianos: Coscarelli, Dantone, Bugno… Las identidades, una fuente inagotable de misterios. Unas fotos muestran la celebración en el barrio de la victoria de Italia en el último mundial. Little Italy. Sus abuelos y bisabuelos eran italianos. Sus nietos se siguen sintiendo italianos, pero “their country” no es Italia, sino los Estados Unidos. Quizá ahí resida una de las ventajas competitivas de los EEUU: su capital simbólico es inagotable. Su ventaja respecto al resto, aún es sideral. Los italianos allí quieren ser norteamericanos. Aún no sabemos qué querrán ser, en un par de generaciones, los hijos de ecuatorianos o de marroquíes nacidos en España. Pero las perspectivas no invitan al optimismo. Entre la legendaria empanada mental de la izquierda española, y la tradicional cobardía de la derecha, no parece que podamos ofrecerles un país o una sociedad simbólicamente atractiva, de manera que se integren en ella y renuncien a reproducir su sociedad de origen aquí.

Entramos a almorzar a un pequeño restaurante. Rudy, el camarero, es salvadoreño. Del Barsa. Nos dice que el Real también es bueno, pero que “el Barsa es “el mejor”. Qué pequeños resultan desde Boston Laporta y sus intentos de provincializar un fenómeno mundial como es un club de fútbol.

Un par de quilómetros más por la senda de la libertad y volvemos al hotel. Hay que descansar un poco. Jacuzzi, sauna y Piscina. Cogemos en recepción unas bicis y nos ponemos a pasear siguiendo la orilla del Charles. El paseo es precioso. Verde y agua. A la vuelta, cambiamos de acera y pasamos por el MIT. Grandeza. Nos asomamos a sus instalaciones. Aunque el Perdíu no es más que un pobre agnóstico, siente un respeto reverencial por los lugares sagrados, ya sean estos religiosos o laicos. Y el MIT, con su trayectoria, su historia y su presente, lo es.

Nos toca cenar en un Mall. Más hamburguesa y más pizza. No tenemos claro dónde vamos a dormir mañana. Nuestra ruta girará hacia el oeste, camino de la América profunda. Buscamos un motel de carretera, lo más típico posible. Internet, que todo lo sabe, nos ofrece cerca de las once de la noche la solución.

Vamos a dormir. Hermosa Boston, tan coqueta, tan verde, tan sabia.

17.8.07

Día 4

Hoy dejamos Nueva York. Nos acercamos a recoger el coche del alquiler. Por el camino, entramos en una farmacia. El modelo es radicalmente diferente al de España. No hay cuotas, ni cupos. Y la farmacia se parece más conceptualmente a una vieja ferretería de pueblo que a la bobada esa que han dado en llamar, los defensores del monopolio, el “modelo mediterráneo de farmacia”. Llegamos a la cuarenta. El coche es un Ford Expedition. Todo aquí es a lo grande. Un problema añadido. Me cuesta entender a los estadounidenses cuando hablan rápido. Al del coche apenas le cojo al vuelo cuatro palabras. Cambio automático. Con los días descubriré que son coches más fáciles de conducir que los de cambio manual. Hemos de salir de Manhattan en dirección al norte. Hay un atasco monumental. Luego nos quejamos de los nuestros, pero un atasco de verdad es esto. Un cruce de caminos. Seis autovías que se juntan y se separan. Todas paradas. Una bendición: el gps. Sin él, creo que aún estaríamos saliendo de la isla. Siguiente sorpresa: los límites de velocidad. En una autovía de tres carriles por sentido, el límite es, al cambio, 89 quilómetros por hora. El personal, más o menos, lo respeta. Paramos en Mamaroneck. Nos atiende un cubano en su “grocery”. El inglés y el castellano se van fusionando. Los intentos puristas de mantener separadas ambas lenguas son hermosos pero profundamente inútiles. Empiezan los bosques. Inacabables. Bosques de verdad. Inquietantes. Sin final. Paramos en la costa a comer, en el Rusty Scupper. En la carta nos advierten que los servicios para seis o más clientes llevan añadida una propina del 18%. Hay algo de pescado. El vino, de California, flojo. Echamos casi todo el día en la carretera. Por fin, entramos en Massachussets. Nuestro hotel está en Cambridge, localidad vecina a Boston, de la que la separa el río Charles. La habitación tiene unas vistas magnificas sobre el río y sobre el downtown de la ciudad. En la recepción está Julio Pérez, salvadoreño. Creo que es la primera vez que veo a uno en vivo y en directo. Nos lleva al centro, ya que tiene que ir a recoger a un cliente. Por el camino, nos desgrana su historia. Llegó hace años. Primero fue a Los Ángeles, pero la ciudad no le gustó. Acabó aquí, y lleva ya varios años en el hotel. “Es una ciudad bonita y segura”, nos dice con su castellano de acento tímido, “no tengan problema para volver luego en metro”. Ambientazo en la ciudad. Un edificio del XIX convertido en centro comercial. Música en directo. Gente en las terrazas. Cenamos razonablemente bien en uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad. Una copa. Volvemos a dormir, aún nos persigue el jet lag y queremos madrugar mañana para ver bien la ciudad.
Boston, una de las ciudades más activas en la lucha por la independencia en el XVIII. Boston. Harvard. El MIT.

13.8.07

Día 3. Un millón de herreros

Mi cuerpo me despierta a las 03.36 de la mañana. Cosas del jet lag. Me cuesta volver a dormir. Estamos en un hotel en la 48 con Broadway, casi en Times Square. La humedad es sofocante.
Decidimos empezar el día cogiendo el bus turístico que recorre la isla. Impresiona. En algunas calles no se ve el cielo. El bullicio en Times Square, con sus luminosos de colores, mezclado con el pegajoso calor nos desconcierta. El tour del Soho. Chinatown. El guía nos insiste en el carácter holandés de la ciudad. Tiene la edad y la cara de estar descubriendo su identidad y por eso nos fustiga. Nos apeamos en Battery Park. La esfera que se ubicaba entre las torres gemelas preside ahora el parque: "Su sacrificio nunca será olvidado", dice una placa respecto de los muertos en aquel atentado. Igualito que en España. Nos vamos acercando a la Zona Cero. En un edificio que está frente al lugar que ocupaban las torres hay un mirador que muestra bien la magnitud de aquel desastre. Cuando vamos a entrar, vemos que un cartel advierte que no se puede fumar en la puerta del edificio. Unos metros antes, la zona para fumadores en una terraza de un bar, está acotada y separada de la zona de no fumadores. Atravesamos la isla hacia el East River y pasamos por Wall Street.

Nuestra idea es subir hasta el MoMA y comer en el restaurante del Museo. La humedad sofoca. Cuando llegamos a la 53, vemos que no teníamos que haber reservado. Almorzamos en un irlandés. Nos atiende Mervin en un deficiente español. "Mi mamá es española" dice, para explicarnos que es dominicana. En la carta aparece un "Spanish Caffe". Mervin nos aclara. Café con licor.
Carles y yo vamos al MoMa. Una empresa patrocina la entrada gratis de los viernes por la tarde, así que tendremos que disfrutar del hotel entre una marabunta de gente. Empecemos por el continente. El edificio es espectacular. Abierto, luminoso. Vamos ascendiendo por las plantas. Las primeras nos interesan menos, aunque son pintorescas. Las mesas de información están ocupadas por jubilidas que dan información sobre el museo. ¿Sería posible algo así en España? La parte verdaderamente brillante de la colección está en las dos últimas plantas, al menos en lo que a pintura se refiere. Una buena colección de impresionistas. Cada vez soy más impresionista (y tengo la teoría, por cierto, de que el primer impresionista fue El Greco, pero de eso hablaremos otro día). También el siglo XX está magníficamente representado. Kandinski, Kokoschka, Matisse, Chirico... Destacada presencia de artistas españoles. Algo del enigmático Juan Gris, y bastante Picasso. Este año se cumplen cien años de la creación de "Las señoritas de Aviñón" y el Museo le dedica una exposción para explorar el proceso que llevó a Picasso a realizar la obra. Desgraciadamente, no está "La persistencia de la memoria", un cuadro de Dalí por el que siempre me he sentido atraído, ya que ha sido cedido para una exposición en Londres.
El único error de la visita ha sido coger las audioguías en español. Están en una mezcla de mejicano e inglés que nos descorazona. Cuando hablar del Conservador Jefe de un Museo, se rerfiere a él como "curadero en jefe".

Nos asomamos al Quinta Avenida. A un lado se divisa Central Park, pero decidimos bajar de vuelta al hotel. Visitamos la catedral del San Patricio. Manhattan es capaz de comerse a esta catedral y a cualquier otra. No hay ninguna perspectiva, le ocurre un poco como a la Catedral de Toledo. La ciudad la ha engullido y hay que estar casi encima para verla.
De noche cogemos de nuevo el bus para acercarnos ahora a Brooklyn. El guía nos habla ahora de putas y de mafia. Cada loco con su tema. Cenamos. Va siendo hora de irnos a dormir.
Manhattan se mueve en una escala que supera lo que un europeo está habituado a ver. Apenas hay cielo. La humedad y el jet lag nos tienen algo mareados.

De camino al hotel, tampoco sé bien porqué, recuerdo el Grito hacia Roma (desde el Chrisler Building) y recuerdo en especial algunos versos:


Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elefantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.

9.8.07

Dia 2 de agosto

El dia empieza fino para ser el inicio de las vacaciones. El calentador, tras algunos avisos, ha dejado de funcionar. Asi que toca ducharse con agua fria. Llegamos a Barajas. Cola de turistas irreverentes para facturar. Salimos a Nueva York con Air France via Paris. Cuando uno se mentaliza para un vuelo transoceanico, la primera parte del viaje siempre se le hace corta. Llegamos, en hora, al Charles de Gaulle. Embarcamos alli en un 747, en la parte de arriba. Una gozada. Siempre me gustaron los aviones. Los aeropuertos me parecen una buena metafora del liberalismo: gente que realiza actividades en su propio provecho y sin meterse con nadie. Despegamos. Aprovecho el vuelo para devorar Mi vida, mi libertad, la autobiografia de Ayaan Hirsi Ali. Una delicia, ya les contare. La profusion de comida que ofrecen durante el vuelo, algun que otro sudoku y la conversacion hacen que el vuelo pase rapido.
Llegamos por fin al aeropuerto JFK. Los controles de seguridad no son tan terribles como nos habian pintado. Cogemos un taxi. El conductor es polaco. Es de noche ya. La pegajosa humedad de Nueva York. Musica melancolica polaca suena en el caset del coche. Bajamos por la 495 "Es la mejor vista de la ciudad" nos asegura el taxista desde su soledad. Impresiona ver Manhattan desde lejos. Sus rascacielos. Sus luces de colores. El sol difuminado en el horizonte. Llegamos al hotel, cerca de Broadway, al lado de Times Square y estamos ya reventados. Cenamos algo en un italiano grasiento y rapido. Vamos a dormir. La humedad se nos ha metido ya en los huesos. Aunque el hotel no es muy fino, la ubicacion es inmejorable. Esperamos soportar el jet lag lo mejor posible.
Aqui estamos, por fin en Nueva York. Y yo, no se porque, me acuerdo de un poema de Octavio Paz:

Verdes y negras espesuras, parajes pelados,
río vegetal en sí mismo anudado:
entre plomizos edificios transcurre sin moverse
y allá, donde la misma luz se vuelve duda
y la piedra quiere ser sombra, se disipa.
Central Park Don't cross Central Park at Night.
Cae el día, la noche se enciende,
Alechinsky traza un rectángulo imantado,
trampa de líneas, corral de tinta:
adentro hay una bestia caída
dos ojos y una rabia enroscada.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
No hay puertas de entrada y salida,
encerrada en un anillo de luz
la bestia de yerba duerme con los ojos abiertos,
la luna desentierra navajas,
el agua de las sombras se ha vuelto un fuego verde.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
El espejo es de piedra y la piedra ya es sombra,
hay dos ojos del color de la cólera,
un anillo de frío, un cinturón de sangre,
hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque.
En Central Park. Don't cross Central Park at Night.
Abre los ojos: ya estás adentro de ti mismo,
en un barco de monosílabos navegas
por el estanque-espejo y desembarcas
en el muelle de Cobra: es un taxi amarillo
que te lleva al país de las llamas
a través de Central Park en la noche.
Don't cross Central Park at Night.




1.8.07

New York, New York...

Podríamos hablar hoy del papelón de nuestra diplomacia, a medio camino entre el gorila (acepción cuarta del diccionario de la RAE) venezolano y el terrorismo libanés.

Podríamos hablar también del proceso, y de la credibilidad de un partido cuyos dirigentes intercambian llamadas y quien sabe si arrullos con un grupo de terroristas (bendita transparencia y bendita lealtad).

Podríamos hablar de un país en el que el gobierno de una Comunidad Autónoma pueda acusar a militantes del partido que, pese a ganar, no pudo gobernar, de estar detrás de los incendios del verano.

En fin, podríamos hablar incluso de la gran paradoja que supone que Pepe Blanco, ya saben, el que dice que “tiene estudios de derecho” llame “ignorante” a alguien.

Pero no, vamos a hablar de otras cosas. El Perdíu parte mañana para la costa este de los Estados Unidos, en un viaje de once días que le llevará, si todo va bien, a Nueva York, Boston, los Grandes Lagos, Philadelphia o Washington entre otras ciudades. Va en buena compañía: Jimena, Hornuez, Carles, Gelito y Miribedecé. Si tiene tiempo, intentará ir contándole a usted, desocupado lector, sus impresiones sobre tan fascinante país. A la vuelta, unos días de descanso y luego otra vez a trabajar, allá por el veinte de agosto.

Buenaventura y salud.